miércoles, 8 de julio de 2015

El salmo 26


                Encontramos en nuestra catequesis de hoy la última parte del salmo 26, un salmo que es una plácida meditación que hace la Iglesia Esposa a Jesucristo, su Señor y Esposo. Normalmente el salmo responsorial suele seguir la línea de la primera lectura que se haya proclamado para que sea su eco, su respuesta hecha oración, o hecha canto, porque los salmos son para cantarlos.

                     Recordemos el texto completo del salmo:

                            El Señor es mi luz y mi salvación,
                            ¿a quién temeré?
                            El Señor es la defensa de mi vida,
                            ¿quién me hará temblar?
                            
                            Cuando me asaltan los malvados
                            para devorar mi carne,
                            ellos, enemigos y adversarios,
                            tropiezan y caen.
                            
                            Si un ejército acampa contra mí,
                            mi corazón no tiembla;
                            si me declaran la guerra,
                            me siento tranquilo.

                            Una cosa pido al Señor,
                            eso buscaré:
                            habitar en la casa del Señor
                            por los días de mi vida;
                            gozar de la dulzura del Señor,
                            contemplando su templo.

                            El me protegerá en su tienda
                            el día del peligro;
                            me esconderá
                            en lo escondido de su morada,
                            me alzará sobre la roca;

                            y así levantaré la cabeza
                            sobre el enemigo que me cerca;
                            en su tienda sacrificaré
                            sacrificios de aclamación:
                            cantaré y tocaré para el Señor.

                            Escúchame, Señor, que te llamo;
                            ten piedad, respóndeme.

                            Oigo en mi corazón:
                            "Buscad mi rostro".
                            Tu rostro buscaré, Señor,
                            no me escondas tu rostro.

                           

lunes, 6 de julio de 2015

La Misa del domingo

Cada domingo, el pueblo cristiano que está disperso en el mundo, santificándolo y transformándolo, se reúne, convocado por el Señor resucitado, para la celebración de la Misa. Ese es el corazón de la vida cristiana, el impulso santificador y evangelizador para toda una semana de trabajos y afanes.

En el domingo, reunidos todos, Cristo presente en medio de su Iglesia, retomamos la conciencia de nuestra pertenencia al Señor y de ser miembros de un Cuerpo. Pertenece a nuestra más íntima y radical identidad católica: en el domingo se visibiliza el misterio de la Iglesia en torno a su Señor, viviendo de su Señor. Ante el mundo y ante la sociedad, se manifiesta que hay un pueblo nuevo, una humanidad nueva, que se reúne, adora a Cristo, recibe su Palabra y su Cuerpo y que la Iglesia está viva, siempre viva, porque se nutre de la fuente viva del altar del Señor. Ante el mundo secularizado, aparece una multitud que acuden a sus iglesias para encontrarse con sus hermanos y celebrar la santa Misa.

El domingo pertenece a nuestra esencia cristiana. No es opcional, no depende de las ganas o no que tengamos, ni siquiera del tiempo libre que dispongamos. El domingo robustece la fe y la pertenencia a Cristo.

sábado, 4 de julio de 2015

Lo que esperamos de la Santa Misa (III)



3. Santidad de vida

La santidad es don precioso del Espíritu Santo que perfecciona el bautismo y lleva a plenitud sus riquezas contenidas en germen.



Es la santidad el pleno desarrollo de la gracia en nosotros y por ello, un don, algo que se recibe con deseo del corazón y súplica del alma.

Si proclamamos que “sólo Tú eres santo”, en el Gloria, nuestra santidad personal es una participación en su santidad, un pálido reflejo de su gloria, verdad y belleza.

La santidad de corte pelagiano, tan centrada en el hombre, es desalentadora y cansada, así como inalcanzable. El hombre no es santo porque sea un “católico comprometido” en mil actividades y grupos, o un convencido de los valores seculares (paz, solidaridad, el diálogo tan mitificado…) el esforzado que cree que todo lo puede si se esfuerza y la gracia viene después, en todo caso.

 La santidad pelagiana nada tiene que ver con la santidad cristiana. Dios obra su santidad en nosotros.

jueves, 2 de julio de 2015

La paz en el sufrimiento

Cristo, conocedor de la dificultad de la cruz, de la inquietud que genera, del dolor y de la desolación, nos dice. "En el mundo tendréis luchas, pero tened valor, yo he vencido al mundo" (Jn 16,33). Él nos deja su paz, que es paz distinta del mundo.


El sufrimiento sólo puede vivirse y ofrecerse teniendo paz en el alma. Esta paz no se identifica con una resignación pasiva, o negando la realidad que se vive como si no pasara nada, sino abrazando la cruz con la mayor paz posible. Puede que haya desolación y aridez en el alma para orar, incluso que se esté en una oscuridad que dure incluso años, pero hay una paz inalterable de quien sabe que está haciendo la voluntad de Dios, lo que Dios le está pidiendo en ese momento.

La paz es signo de una asistencia del Señor. No niega el dolor, ni siquiera facilita la oración cuando se vive en desolación, pero se vive la paz anclado en la voluntad de Dios.

miércoles, 1 de julio de 2015

Estando de rodillas, participamos en la liturgia (I)


            En la liturgia, hay distintos momentos en que todos los fieles se ponen de rodillas. Es un modo de participación exterior, activa, en que el cuerpo nos ayuda a vivir las realidades interiores. Así, de rodillas, se pide perdón, se ruega, se hace penitencia y de rodillas también se adora.

            Por eso participar es también ponerse de rodillas en los momentos que la liturgia prescribe.


           Una súplica intensa y urgente queda reforzada con la actitud humilde de quien se arrodilla, humillándose, para lograr ser escuchado (cf. 2R 1,13). Es también el gesto de quien invoca a Dios, le suplica, eleva sus preces: Salomón reza una larga plegaria ante el altar del Señor “donde había estado arrodillado con las manos extendidas hacia el cielo” (1R 8,54); Daniel, “se ponía de rodillas tres veces al día, rezaba y daba gracias a Dios como solía hacerlo antes” (Dn 6,11); Ana se postra ante el Señor pidiendo un hijo (1S 1,19; 1,28).

            Ante Jesús mismo, el padre del paralítico implora la curación de su hijo “cayendo de rodillas” (Mt 17,14-15) y también del leproso que pide su sanación “suplicándole de rodillas” (Mc 1,40), así como un jefe de los judíos “se arrodilló ante él” pidiendo la curación de su hija a la que, finalmente, resucitó porque ya había fallecido (cf. Mt 9,18-26). 

           El mismo Cristo, en su angustia ante la muerte, reza de rodillas al Padre en Getsemaní (cf. Lc 22,41) y el apóstol Pedro reza de rodillas antes de resucitar a Tabita (cf. Hch 9,40). En la playa de Tiro, antes de despedirse Pablo y embarcar, todos se arrodillan y rezan (cf. Hch 21,5).