domingo, 30 de noviembre de 2014

Adviento, un nuevo despertar

Cada nuevo Adviento supone un estímulo, una llamada de alerta, para despertar. Así, constantemente, la liturgia nos hará oír la apremiante invitación de san Pablo:

"Ya es hora de despertar del sueño; la noche está avanzada, el día se echa encima. Dejemos las actividades de las tinieblas..."


Un nuevo Adviento, es decir, un nuevo tiempo de gracia para vigilar y despertar del sueño, hermano de la muerte, que nos paraliza. Despiertos y con las lámparas encendidas, vigilantes, atentos para que cuando venga el Señor y llame, se le abra inmediatamente la puerta.

Embotar los sentidos espirituales y el alma es cerrarse a percibir los signos, la presencia y la voz del Señor. No es eso lo nuestro, lo específicamente cristiano; más bien es la vigilancia, el cuidado atento, y nace de un corazón que ama y espera a Cristo como lo mejor y más deseado.

Por eso el Adviento marca bien y profundamente la vida cristiana, si nos dejamos empapar de sus claves litúrgicas y espirituales: nos hará salir de nuestro letargo.

viernes, 28 de noviembre de 2014

Mi 2ª conferencia teresiana (audio)

Como ya comenté, en este Año Jubilar teresiano he sido invitado, entre otras cosas, a impartir 9 conferencias-pláticas sobre santa Teresa de Jesús en dos sitios distintos de mi diócesis.




Muy amable y eficazmente, la Delegación Diocesana de Medios de comunicación de mi diócesis les ha puesto un banner en la página inicial de www.diocesisdecordoba.com y sube el audio de cada conferencia mensual.

Aquí tenemos ya la 2ª conferencia, pronunciada el pasado 15 de noviembre en la parroquia de Santa Teresa de Jesús, de Córdoba:

http://www.diocesisdecordoba.com/conferencias-con-motivo-del-jubileo-teresiano/

Deseo que este trabajo os sea útil.

Dios dé fecundidad a este ministerio de predicar, enseñar, formar.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Las ofrendas de la Misa (II)



2. A la luz de la historia

Entenderemos mejor, sin duda, qué se lleva como ofrendas en la Misa, por el sentido que tienen, si acudimos un poco a la historia de la liturgia, evitando así las cosas tan sorprendentes y extrañas que hoy se hacen.



 Sabemos, por las fuentes antiguas, cómo era esta procesión. Hipólito, en su obra la “Traditio Apostolica”, señala cómo los diáconos llevan al altar, el pan, el vino y el agua; san Justino, a mediados del siglo II, lo describe en su I Apología: “seguidamente se presenta al que preside sobre los hermanos pan y una copa de agua y vino mezclado: cuando lo ha recibido, eleva al Padre de todas las cosas alabanzas y gloria” (I, 65). Poco tiempo después, sobre el siglo IV, los fieles mismos llevaban al altar pan y vino (al no ser pan ázimo, aumentaba más y se procuraba llevar suficientes panes para que todos pudieran comulgar una vez fraccionados) y alimentos y ropas para los pobres y también para el sostenimiento de los sacerdotes:


            “también en el siglo VI la presentación de las ofrendas incluye una intención caritativa, pues los fieles llevan más de lo necesario con el objeto de subvenir a las necesidades de la Iglesia, del clero y de los pobres. La presentación de las ofrendas era considerada como un deber y un privilegio de los fieles, pues si éstos tenían la obligación de llevarlas sólo podían hacerlo quienes estaban en comunión con la Iglesia”[1].


            Más desarrollada es la presentación de los dones en los siglos VII-VIII, según el Ordo Romanus I, el rito de una Misa solemne del Papa. Aunque la descripción es amplia y detallada, ilumina mucho ver el valor que se le daba a este rito ofertorial, ceñido al pan y al vino, donde todos aportan. Es el pontífice quien se acerca a recogerlas en la nave de iglesia según los distintos órdenes jerárquicos y grupos de fieles, y también los subdiáconos. Todos ofrecen o pequeñas ánforas con vino o panes.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Sentido de los milagros, explicado por los Padres

Los milagros y curaciones que narran el evangelio, no son relatos míticos, sino reales, actuaciones concretas que hizo Jesús. Pero más que la curación de unos enfermos concretos, los milagros y curaciones son un signo del obrar divino de Jesús, un signo de su mesianidad, de que el Reino de Dios ha llegado.

La moderna teología y exégesis liberal niegan su carácter de verdad a las curaciones y milagros y las ven como símbolos liberadores de la opresión, de la opción por los pobres, negando su historicidad y su valor salvador. Pero la exégesis católica coincide con la lectura e interpretación que en su momento hicieron los Padres de la Iglesia.

El sentido de los milagros va más allá de la materialidad de una curación. Adquieren un carácter de testimonio, de auto-revelación de Jesús.

"El Señor de las potencias y el iniciador de la salvación humana, como Dios bueno y misericodioso, daba con abundancia la curación de la medicina celeste: liberaba a los oprimidos por el diablo, ahuyentaba a los espíritus inmundos y eliminaba todo padecimiento y enfermedad corporal mediante la palabra de su poder divino; para mostrar que había venido a traer la salvación del género humano y para evidenciar por medio de semejantes prodigios que era Dios, ya que nadie puede realizar signos tan grandes de poder, sino sólo Dios" (Cromacio de Aquileya, Com. Ev. San Mateo, trat. 40,3).

sábado, 22 de noviembre de 2014

Magisterio: sobre la evangelización (XXII)

¡El evangelizador es el santo!

Un santo evangeliza por la fuerza de su propia existencia. Se convierte en testigo cualificado a la par que maestro. Y el mundo hoy, si bien es verdad que necesita verdaderos maestros, prestará oídos a los maestros que sean siempre a la vez testigos.


La nueva evangelización poseerá el impacto de los santos o no será nueva evangelización. Estos santos son quienes han tenido un encuentro con Cristo tan vital, tan fuerte, que sus vidas han cambiado y ya no la pueden entender sin referencia a Cristo. El acontecimiento definitivo en sus vidas ha sido el encuentro con Cristo. Y allá donde van, donde aman, donde trabajan, caminan, comparten, conducen a todos a Cristo, los llevan a Cristo para que realicen ese mismo encuentro personal con Él.

"Verdaderamente, los tiempos en que vivimos exigen una nueva fuerza misionera en los cristianos, llamados a formar un laicado maduro, identificado con la Iglesia, solidario con la compleja transformación del mundo. Se necesitan auténticos testigos de Jesucristo, especialmente en aquellos ambientes humanos donde el silencio de la fe es más amplio y profundo: entre los políticos, intelectuales, profesionales de los medios de comunicación, que profesan y promueven una propuesta monocultural, desdeñando la dimensión religiosa y contemplativa de la vida. En dichos ámbitos, hay muchos creyentes que se avergüenzan y dan una mano al secularismo, que levanta barreras a la inspiración cristiana. Entre tanto, queridos hermanos, quienes defienden con valor en estos ambientes un vigoroso pensamiento católico, fiel al Magisterio, han de seguir recibiendo vuestro estímulo y vuestra palabra esclarecedora, para vivir la libertad cristiana como fieles laicos" (Benedicto XVI, Encuentro con los Obispos, Portugual, 13-mayo-2010).