Cada nuevo Adviento supone un estímulo, una llamada de alerta, para despertar. Así, constantemente, la liturgia nos hará oír la apremiante invitación de san Pablo:
"Ya es hora de despertar del sueño; la noche está avanzada, el día se echa encima. Dejemos las actividades de las tinieblas..."
Un nuevo Adviento, es decir, un nuevo tiempo de gracia para vigilar y despertar del sueño, hermano de la muerte, que nos paraliza. Despiertos y con las lámparas encendidas, vigilantes, atentos para que cuando venga el Señor y llame, se le abra inmediatamente la puerta.
Embotar los sentidos espirituales y el alma es cerrarse a percibir los signos, la presencia y la voz del Señor. No es eso lo nuestro, lo específicamente cristiano; más bien es la vigilancia, el cuidado atento, y nace de un corazón que ama y espera a Cristo como lo mejor y más deseado.
Por eso el Adviento marca bien y profundamente la vida cristiana, si nos dejamos empapar de sus claves litúrgicas y espirituales: nos hará salir de nuestro letargo.



