domingo, 9 de noviembre de 2014

Encendida la lámpara

Con esta parábola, las lecturas y los sentidos que se encuentran en ella son innumerables, enriquecedores para la vida cristiana. Es un alto en el camino que, sin lugar a dudas, suscita la esperanza.

El Señor vendrá, y vendrá como el Esposo para el banquete de bodas con su Esposa, la Iglesia, semper reformanda. No tememos a quien amamos, sino que velamos con el deseo de que llegue.


Sugestiva la imagen: vírgenes prudentes con lámparas encendidas en procesión con el Esposo para entrar en la sala del banquete. Nosotros, en la liturgia, la plasmamos ritualmente en un rito delicioso que hemos de entender espiritualmente: la noche de la santa Vigilia pascual -¡oh noche que resplandeces!-, se bendice el fuego nuevo, se enciende el cirio y de él las velas de los fieles, y en la oscuridad de la noche (y del templo) entramos en procesión tras Cristo-Luz, iluminados por Él, a la sala preparada para el Banquete pascual, la Vigilia de la noche de Pascua y la Eucaristía, anunciando -pregustando- el banquete eterno.

El aceite de las lámparas contiene muchos simbolismos; en la misma Liturgia de las Horas, en el común de vírgenes, oramos diciendo: "Señor Jesús, esposo que has de venir y a quien las vírgenes prudentes esperaban, concédenos vivir en vela, esperando tu retorno glorioso", y también: "Oh Cristo, a cuyo encuentro salieron las vírgenes santas con sus lámparas encendidas, no permitas que falte nunca el óleo de la fidelidad en las lámparas de las vírgenes que se han consagrado a ti".

 San Hilario de Poitiers explica la parábola:

sábado, 8 de noviembre de 2014

La liturgia educando: ofrecer ofreciéndonos (y IV)


La originalidad del culto cristiano está en que no se ofrecen ni cosas simbólicas-inventadas, exteriores a uno mismo, sino que es un culto en Espíritu y Verdad (cf. Jn 4,23), en el que está implicada la persona cristiana, su corazón, su existencia toda.
 



Ya san Pablo exhortaba a ofrecerse a sí mismo como hostia viva, santa, siendo éste el “culto racional”, el “culto razonable” (Rm 12,1). Al celebrar la Eucaristía, y presentar los dones eucarísticos, es la propia vida la que se pone en el altar para ser transformada en Cristo, para ser ofrenda permanente entregada a Dios.

            Hermosamente lo explicaba Benedicto XVI en la exhortación Sacramentum caritatis:


            “La Celebración eucarística aparece aquí con toda su fuerza como fuente y culmen de la existencia eclesial, ya que expresa, al mismo tiempo, tanto el inicio como el cumplimiento del nuevo y definitivo culto, la logiké latría. A este respecto, las palabras de san Pablo a los Romanos son la formulación más sintética de cómo la Eucaristía transforma toda nuestra vida en culto espiritual agradable a Dios: “Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable” (Rm 12,1). En esta exhortación se ve la imagen del nuevo culto como ofrenda total de la propia persona en comunión con toda la Iglesia. La insistencia del Apóstol sobre la ofrenda de nuestros cuerpos subraya la concreción humana de un culto que no es para nada desencarnado… La doctrina católica afirma que la Eucaristía, como sacrificio de Cristo, es también sacrificio de la Iglesia, y por tanto de los fieles. La insistencia sobre el sacrificio –“hacer sagrado”- expresa aquí toda la densidad existencial que se encuentra implicada en la transformación de nuestra realidad humana ganada por Cristo (cf. Flp 3,12)” (n. 70).


viernes, 7 de noviembre de 2014

Ser y misión del laico (y II)

A poco que se conozca -¡y se asimile!- la doctrina de la Iglesia, tanto en el Concilio Vaticano II como en su desarrollo posterior, se verá que no hay fundamento alguno ni razón teológica para lo que se ha vivido y se ha visto en tantas ocasiones: los seglares desarrollando tareas sólo intraeclesiales, abdicando de su inserción en las realidades temporales, y los presbíteros empeñados en tareas extraeclesiales, sociales, renunciando al oficio de presidir, enseñar y regir la parcela del Pueblo de Dios que se les ha confiado. Ha sido la "clericalización" de los seglares y la "secularización" de los sacerdotes.


Vocaciones distintas en un mismo Cuerpo, con tareas por tanto distintas, se han invertido en muchos casos o se han suplantado. Por esa misma lógica, la unidad se ha visto rozada por rivalidades y una silenciosa lucha de poderes: algo absurdo si se conociera bien la enseñanza de la Iglesia y cada cual se entregara a vivir santamente el estado de vida cristiano propio.

No faltarán tampoco los "círculos" de seglares que han apropiado de un protagonismo tal que, lejos de servir, les ha servido para creerse "católicos comprometidos" que no permiten que otros realicen esas tareas; voces que se presentan sutilmente como 'colaboradores' pero cuyo protagonismo es evidente y acaparador.

Sin negar, ni mucho menos, las tareas eclesiales que corresponden a la naturaleza del laicado (en el campo de la liturgia, de la música, de la caridad, de la catequesis, etc.), habrá que poner más énfasis en la vocación al mundo del seglar que, permaneciendo fiel a Cristo y a la Iglesia, se inserta en las realidades temporales sin privatizar su fe: su matrimonio y familia, su propia profesión y el apostolado en la enseñanza, la política, la cultura, la economía, el arte... de manera privada o asociada. Sí, el mundo es el campo del laico.

Pero ¿habrá de vivir su apostolado y vocación por libre, aisladamente, autoconstituido en guía de sí mismo? ¿Al margen o en contra de la jerarquía de la Iglesia? Además, ¿podrá vivirlo sin una sólida vida interior, una espiritualidad recia, litúrgica, sacramental, orante?

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Salmo 144: Te ensalzaré, Dios mío, mi rey, bendeciré...

 Unas veces en los salmos hemos ido escuchando la voz de Jesucristo orando al Padre; otras veces hemos considerado el salmo, en lo que se llama la lectura moral, y nos lo hemos aplicado a nosotros, haciéndolos nuestra propia oración. El salmo de hoy, salmo 144, es la plegaria, la alabanza, que la Iglesia le dirige a Cristo su Señor y su Esposo; también en los salmos podemos oír la voz de la Iglesia que habla al Señor Jesucristo. Canta lo bueno que es el Señor.

Motivos de acción de gracias no nos faltan, ciertamente.

En primer lugar que hemos sido “arraigados en Cristo” y esto es un don de Dios y una bendición: conocer a Cristo y vivir unidos a Él. Cristo es Cabeza de toda la humanidad, ¡Cristo es Señor!, y por Cristo hemos obtenido nuestra plenitud. 

Luego una segunda bendición es que nuestra plenitud como personas sólo la podemos hallar en la persona de Cristo. Es san Pablo quien escribe que “por el bautismo hemos sido sepultados con Cristo y hemos resucitado con el Señor”. Por tanto, estamos unidos a la cruz y la resurrección de Cristo, y por la Resurrección, tenemos vida. Mayor grandeza este Misterio porque “estábamos muertos por nuestros pecados” pero Cristo nos ha perdonado los pecados; en la cruz “se clavó el protocolo que nos acusaba”, es decir, el protocolo que nos acusaba es la sentencia, como en un juicio, donde se dice “culpable por esto y con tal condena” sumando todos los cargos y dando sentencia de condenación.  Sin embargo, todas las sentencias de cada uno de nosotros y de la humanidad entera, están clavadas, no existen. Cristo pagó por nosotros aquello que nosotros teníamos que haber pagado por nuestros pecados. “Borró el protocolo que nos acusaba”.

 Si toda esa es la acción de Dios en la Persona de Cristo, con razón la Iglesia le dice a Cristo en este salmo: “Te ensalzaré Dios mío, mi Rey; bendeciré tu nombre por siempre jamás”

lunes, 3 de noviembre de 2014

Ser y misión del laico (I)

La naturaleza del fiel seglar, su vocación y su misión, así como su inserción y lugar propio en la Iglesia, vienen determinadas por la impronta del Bautismo y de la Confirmación. Es importante descubrirlo, es necesario reconocerlo.

La Iglesia, con el Concilio Vaticano II, ha pronunciado palabras importantes sobre el laicado, no atribuyéndole nada que antes no tuviera o no fuera, sino impulsando a vivir con hondura y señalando el horizonte hacia el cual encaminarse. Han sido palabras -en sus documentos- de ánimo, estímulo y envío.


Tampoco ha sido una inversión de la Iglesia misma, ni mucho menos, otorgando una ficticia independencia "a la base" en palabras tan manejadas, oponiendo "la base" a la jerarquía. El laicado está en la Iglesia, es parte vivísima de la Iglesia y la jerarquía, o sea los pastores legítimamente constituidos, son los responsables de la guía pastoral de la Iglesia sin pretender crear una división de clases, una lucha de clases y una oposición nada evangélica.

Catequesis ésta sobre el laicado para considerar la naturaleza y la dignidad del fiel laico correctamente sin desviaciones ni reduccionismos ideológicos ni prejuicios provenientes de la secularización.

"En el curso de esta breve conversación nos parece indispensable resumir algunas afirmaciones fundamentales, lo que la Iglesia piensa de vosotros, queridos seglares católicos. Como los navegantes, en el curso de su itinerario a través de la inmensidad del mar, “fijan el rumbo”, es decir, determinan su posición y su orientación, así también nos parece que vuestro tercer Congreso mundial requiere que se pongan en evidencia las adquisiciones doctrinales proclamadas por la Iglesia en esta fase más reciente de su historia, y especialmente en el Concilio Vaticano II.

Reconocimiento solemne de la Iglesia a los seglares

No se trata de cosas nuevas, pero sí de cosas ciertas, importantes, y, para vosotros que las escucháis y las meditáis aquí, cosas fecundas y de una inmensa riqueza vital. He aquí la primera: la Iglesia ha tributado al seglar, miembro de la sociedad a la vez misteriosa y visible de los fieles, un reconocimiento solemne. He ahí, permítasenos la palabra, una antigua novedad. La Iglesia ha reflexionado sobre su naturaleza, sobre su origen, sobre su historia, sobre su aspecto “funcional”, y ha dado la más digna y rica definición del seglar que a Ella pertenece: le ha reconocido como incorporado a Cristo, sin desconocer, por ello, su característica peculiar, que es la de ser un hombre de este siglo, un ciudadano de este mundo que se ocupa de las cosas terrestres, que ejerce una profesión profana, que tiene una familia, que se entrega, en todos los dominios, a los estudios y a los intereses temporales.