Con esta parábola, las lecturas y los sentidos que se encuentran en ella son innumerables, enriquecedores para la vida cristiana. Es un alto en el camino que, sin lugar a dudas, suscita la esperanza.
El Señor vendrá, y vendrá como el Esposo para el banquete de bodas con su Esposa, la Iglesia, semper reformanda. No tememos a quien amamos, sino que velamos con el deseo de que llegue.
Sugestiva la imagen: vírgenes prudentes con lámparas encendidas en procesión con el Esposo para entrar en la sala del banquete. Nosotros, en la liturgia, la plasmamos ritualmente en un rito delicioso que hemos de entender espiritualmente: la noche de la santa Vigilia pascual -¡oh noche que resplandeces!-, se bendice el fuego nuevo, se enciende el cirio y de él las velas de los fieles, y en la oscuridad de la noche (y del templo) entramos en procesión tras Cristo-Luz, iluminados por Él, a la sala preparada para el Banquete pascual, la Vigilia de la noche de Pascua y la Eucaristía, anunciando -pregustando- el banquete eterno.
El aceite de las lámparas contiene muchos simbolismos; en la misma Liturgia de las Horas, en el común de vírgenes, oramos diciendo: "Señor Jesús, esposo que has de venir y a quien las vírgenes prudentes esperaban, concédenos vivir en vela, esperando tu retorno glorioso", y también: "Oh Cristo, a cuyo encuentro salieron las vírgenes santas con sus lámparas encendidas, no permitas que falte nunca el óleo de la fidelidad en las lámparas de las vírgenes que se han consagrado a ti".
San Hilario de Poitiers explica la parábola:



