domingo, 26 de octubre de 2014

Plegaria: Cristo medianero (S. Juan de Ávila)

Un solo Mediador tenemos, Jesucristo, Sumo y eterno Sacerdote, en el Santuario del cielo.

Allí muestra sus llagas gloriosas ante el Padre e intercede por nosotros; desde allí, derrama el Espíritu Santo sobre sus hermanos y su Esposa la Iglesia.


Es el Mediador, el medianero -en palabras de san Juan de Ávila, doctor-. A Él podemos recurrir confiados en su omnipotencia salvadora.

A Él oramos hoy con palabras de san Juan de Ávila, para así, de paso, conocer y saborear la doctrina y estilo de este doctor de la Iglesia.



Cristo mediador


            Gracias, Señor, sean dadas a tu nombre, pues por él somos escuchados.

            Que no te contentas con ser nuestro medianero, para merecernos la gracia que de ti recibimos, ni con ser nuestra cabeza, que nos enseña y mueve a orar por tu Espíritu, como conviene, sino que también quieres ser nuestro pontífice en el cielo, para que, presentando a tu Padre la sagrada humanidad que tienes, y la pasión que recibiste, alcances el efecto de lo que en la tierra pedimos invocando tu nombre.

sábado, 25 de octubre de 2014

Los santos viven del amor de Cristo (Palabras sobre la santidad - VIII)

Como la santidad no es una opción ética, ni un razonamiento existencial, ni un voluntarismo moral, hay algo que es común a todos los santos, y es que todos, sin excepción, vivieron del amor de Cristo y su vida fue una respuesta al amor de Cristo.


La memoria, la inteligencia y la voluntad, los afectos, la sensibilidad y la acción, todo fue sellado por el amor a Cristo como una respuesta absoluta e íntegra a un amor mayor que ellos habían descubierto, el amor de Jesucristo. Cristo los amó primero y ellos amaron al saber amados. Sus vidas cambiaron por completo, se transformaron, se transfiguraron, al descubrir este mayor amor de Cristo y desde entonces y para siempre, nada ansiaban ni buscaban ni deseaban sino poder amar a Cristo.

La santidad encuentra su ser más hondo en el amor de Jesucristo.

jueves, 23 de octubre de 2014

¡¡Beato Pablo VI!!

Timonel en tiempos convulsos, guió la barca de la Iglesia con oleajes extremos. 

Sufrió lo indecible, siendo mártir sin derramamiento de sangre.

Amó a la Iglesia, amó a Cristo, amó a los hombres a los que quería conducir hacia el Señor.



Su Magisterio es lúcido a través de encíclicas (Ecclesiam suam, Mysterium fidei, Sacerdotalis Coelibatus, Populorum progressio, Humanae vitae...) y exhortaciones apostólicas (Paterna cum benevolentia, Marialis cultus, Evangelii nuntiandi, Evangelica testificatio, Gaudete in Domino...); sus discursos son obra de orfebrería en el lenguaje cuidado, en la doctrina brillantemente expuesta, en la unción con la que se comunica.

Ni populista ni popular, fue el Papa que vio la descomposición de Occidente, la secularización y la crisis cultural de mayo del 68; las aplicaciones arbitrarias del Concilio Vaticano II durante el aciago y turbulento postconcilio. 

Oró, amó, sirvió, se humilló.

Tenía fuerza interior, fuerza del Espíritu Santo y convicción profunda. El beato Pablo VI sabía comunicar la palabra de la fe.


miércoles, 22 de octubre de 2014

Pensamientos de San Agustín (XXVIII)

Un sello de los grandes maestros, como es el caso de san Agustín, es la profundidad con la que aborda todas las facetas de la vida cristiana, de la fe, del dogma, de la moral, de la oración, sin tener una visión reducida quedándose en un solo aspecto, así como la capacidad de hacer que lo más profundo y hondo se exprese con palabras sencillas, con claridad, para que todos podamos asimilarlas y entenderlas. La farragosidad o la oscuridad en el pensamiento no es signo de saber más, sino más bien de una vanidad intelectual. San Agustín es claro porque sólo busca sembrar un bien objetivo en los oyentes.


Aquí intentamos ir conociendo estos pensamientos de san Agustín por la amplitud que ofrece y porque así bebemos de las fuentes de la Tradición para nutrir nuestra alma católica.

Gracias al trabajo de Miserere, poseemos ya una buena colección de pensamientos breves pero sustanciosos. Sintámonos discípulos de san Agustín, saboreemos con la inteligencia y el corazón su doctrina.

¿Por qué es necesaria la oración? San Agustín da una razón de futuro, de esperanza; pero hemos de partir de la base que la oración sosegada ante el Señor, cada jornada, forma parte del bagaje cotidiano del cristiano. Ora el cristiano ante el Señor. ¿Para qué?
La oración nos es más necesaria por lo que seremos que por lo que hemos sido, de ahí que nos sea más molesto o vergonzoso no saber lo que pedimos que ignorar nuestro origen (San Agustín, De nat. et anim., 4,9,13).
La obra de Cristo Redentor con nosotros fue admirable, desbordante. Olvidarse de ella, es caer otra vez en el abismo y enfriar la caridad en el corazón, pero hacer memoria de la redención de Cristo nos sitúa de nuevo en el camino correcto.

lunes, 20 de octubre de 2014

Magisterio: sobre la evangelización (XXI)

La Iglesia, para ser fiel a sí misma, es evangelizadora. ¿Acaso no resulta esto de sus propias notas: "apostólica", "católica"?

¡Evangelizar! Y asumir una nueva evangelización ajustándonos a los retos y dificultades de hoy, con métodos de hoy, con nuevas expresiones hoy, pero con idéntico contenido pues Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre.


La metodología de tantos discursos sobre la nueva evangelización ofrece siempre un análisis de la realidad para pasar, posteriormente, a alentar el impulso evangelizador y señalar algunas pistas para lanzarnos mar adentro.

"El mismo Concilio Vaticano II ha sido un don del Espíritu: si es comprendido y aplicado adecuadamente, ofrece los medios adecuados al aggiornamento eclesial para llevar o reconducir a Cristo al mundo contemporáneo. También en nuestros tiempos la Iglesia continúa siendo Madre de santos. La novedad perenne del Evangelio, como produjo en el pasado figuras de hombres y mujeres capaces de cambiar el mundo, así puede suscitar y de hecho suscita también en nuestros días maravillosos fermentos de bien. En muchos sectores se nota un despertar a la vida de oración y de contemplación, una creciente necesidad de sólida espiritualidad, una búsqueda de lo "sagrado" y un redescubrimiento de la verdad cristiana, una disponibilidad de fuerzas y de recursos morales, que son una prometedora garantía para el futuro" (Juan Pablo II, Discurso a los obispos del Lazio, 12-abril-1986).