viernes, 5 de marzo de 2010

Costado de Cristo: Eucaristía e Iglesia (Textos de los Padres - VIII)


"Si quieres conocer más la fuerza de la sangre de Cristo, acuérdate del primer origen de donde manó; esta sangre corrió de la herida del costado del Señor crucificado... El agua es el símbolo del bautismo, la sangre el símbolo del sacramento santísimo; por eso no se dice: Salió sangre y agua, sino primero salió agua y luego sangre. Porque primero somos lavados por el bautismo y después se nos otorga la gracia del sacramento santísimo. Aquel soldado picó el costado y cavó en la pared del santo templo, y yo encontré el tesoro y tomé la riqueza. Así sucedió también con el cordero. Los judíos inmolaron el cordero, y yo he cogido como fruto el sacrificio. Del costado, sangre y agua. No pases superficialmente por este hecho lleno de sentido, y considera qué otro secreto hay escondido allí. Decía yo que el agua y la sangre son el símbolo del bautismo y del sacramento santísimo; pues la Iglesia está fundada sobre la renovación espiritual por medio del baño de la regeneración y en el sacramento santísimo, los cuales tienen su origen en el costado de Cristo. Por tanto, Cristo edificó de su costado la Iglesia, como hizo del costado de Adán a Eva. Por eso dice Pablo: Somos carne de su carne y de sus huesos (Ef 5,30), insinuando el costado... Ved, pues, qué íntimamente se ha unido Cristo con su esposa, ved con qué comida nos sacia; Él mismo es nuestra comida y alimento, y como una mujer alimenta con su propia sangre y leche a su hijo, así también Cristo a aquellos a quienes Él engendró alimenta constantemente con su propia sangre".

(S. Juan Crisóstomo, Homilía a los bautizados).

jueves, 4 de marzo de 2010

Año sacerdotal. A vueltas con la identidad


Instrucción "El presbítero, pastor y guía de la comunidad parroquial", 5:

La identidad del sacerdote debe meditarse en el contexto de la voluntad divina a favor de la salvación, puesto que es fruto de la acción sacramental del Espíritu Santo, participación de la acción salvífica de Cristo, y puesto que se orienta plenamente al servicio de tal acción en la Iglesia, en su continuo desarrollo a lo largo de la historia. Se trata de una identidad tridimensional: pneumatológica, cristológica y eclesiólogica. No ha de perderse de vista esta arqui-tectura teológica primordial en el misterio del sacerdote, llamado a ser ministro de la salvación, para poder aclarar después, de modo adecuado, el significado de su concreto ministerio pastoral en la parroquia. Él es el siervo de Cristo, para ser, a partir de él, por él y con él, siervo de los hombres. Su ser ontológicamente asimilado a Cristo constituye el fundamento de ser ordenado para servicio de la comunidad. La total pertenencia a Cristo, convenientemente potenciada y hecha visible por el sagrado celibato, hace que el sacerdote esté al servicio de todos. El don admirable del celibato, de hecho, recibe luz y sentido por la asimilación a la donación nupcial del Hijo de Dios, crucificado y resucitado, a una humanidad redimida y renovada.
El ser y el actuar del sacerdote -su persona consagrada y su ministerio- son realidades teológicamente inseparables, y tienen como finalidad servir al desarrollo de la misión de la Iglesia: la salvación eterna de todos los hombres. En el misterio de la Iglesia -revelada como Cuerpo Místico de Cristo y Pueblo de Dios que camina en la historia, y establecida como sacramento universal de salvación-, se encuentra y se descubre la razón profunda del sacerdocio ministerial, «de manera que la comunidad eclesial tiene absoluta necesidad del sacerdocio ministerial para que Cristo, cabeza y pastor, esté presente en ella».

Ya aquí se revelan puntos concretos de la identidad del presbítero y su ministerio.

La identidad sacerdotal es tridimensional al ser:
  1. Pneumatólógica: Es el Espíritu Santo el que configura con Cristo y realiza por nuestras manos la obra de la santificación hoy.
  2. Cristológica: El sacerdote tiene una total pertenencia a Cristo por una vinculación ontológica que lo marca y lo orienta para toda su vida (es ipse Christus), mediante el Sacramento del Orden.
  3. Eclesiológica: El sacerdote está volcado y vive para la Iglesia, Esposa de Cristo, atendiéndola, cuidándola con delicadeza y paciencia. Su relación con la Iglesia es esponsal, y su signo es el celibato sacerdotal que posee un valor teológico-espiritual (y se desfigura completamente si sólo se señala su aspecto ascético-disciplinar y su carácter de “ley eclesiástica”).
El sacerdote es ministro de la salvación, cooperando en la fe y en la verdad, al servicio de vuestra alegría. Si es ministro de la salvación de Dios (no de un proyecto mundano o meramente histórico o inmanente) debe ser hombre de fe (arraigada, confiada, firme, esperanzada), un verdadero hombre de Dios y, por tanto, un hombre de Iglesia, con sentido de Iglesia, con alma eclesial (“vir ecclesiasticus”, que deseaba Orígenes).

El presbítero “presencializa” a Cristo en la comunidad eclesial a través de su vida y coherencia personal, respondiendo a la gracia recibida en el sacramento del Orden, y del ministerio que se le encomienda por parte del Obispo; y presencializa a Cristo como Esposo, Cabeza y Pastor de la Iglesia (no es un simple dirigente, o un responsable, o animador, o líder...).

¿Cómo hace presente a Cristo? De la respuesta a esta pregunta depende todo, y de renovar el propio ser e identidad, la fuente de la espiritualidad sacerdotal. El presbítero hace presente a Cristo porque actúa –por la fuerza del Espíritu- in persona Christi capitis. Aquí los esquemas sociológicos o democraticistas caen para comprender el ministerio sacerdotal; la perspectiva solamente puede ser sobrenatural: la economía de la salvación, el “designio” de Dios sobre su Iglesia y la salvación de los hombres.

Oremos, entonces:

"Tú que, en medio de los fieles, consagraste a los santos pastores, y por tu Espíritu, los dirigiste,
llena del Espíritu Santo a todos los que rigen a tu pueblo" (Preces II Vísp., Común de Pastores).

miércoles, 3 de marzo de 2010

Viacrucis: La Verónica limpia el rostro de Jesús (VI)

6ª Estación: La Verónica limpia el rostro de Jesús

Una mujer se atreve a lo que nadie se arriesgaba; sale de la fila, se expone a las burlas o a los empujones de los soldados, y movida por la compasión y la misericordia, como sólo una mujer sabe hacerlo, le limpia el rostro al Salvador. La piadosa tradición cuenta que ese divino rostro quedó sobreimpresionado en el paño de la mujer. Es el único gesto valiente y decidido, con una recompensa impen
sable: tener grabado su rostro.

“Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro”. Toda la tradición espiritual de la Iglesia insiste en la necesidad de buscar el rostro de Jesús para adquirir la semejanza con Él. La Verónica deviene hoy para nosotros en un icono, en una imagen del verdadero creyente y orante al tiempo que un estímulo para nosotros.

Las cosas son más sencillas de lo que parecen y el catolicismo no es tan co
mplicado. Todo se reduce a un encuentro de verdad, profundo, con el Misterio, con el rostro de Jesús, donde cada uno se encuentra fascinado por Cristo, se siente amado como nunca antes lo había sido; acogido como nadie lo había acogido; escucha palabras de boca de Cristo que responden a su inteligencia y a los deseos más profundos, nobles y puros y se siente feliz con Cristo. Es la gracia del encuentro con el Señor que suscita en el corazón el estupor y la fascinación. Después de ese encuentro todo encaja: la liturgia, la vida moral, la oración, que será santificarse con Cristo, vivir santamente como Cristo, tratar con Cristo. Y todo nace, surge con vigor, de la gracia del encuentro; en palabras de Benedicto XVI: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Deus caritas est, 1).

Se multiplican actividades, proyectos, reuniones, programas, actos culturales... y pasa a veces a un segundo lugar lo que debería ser siempre lo primero: contemplar el Rostro de Jesús, estar ante Él muchas veces, no vaya a ser que hagamos muchas cosas por Jesús y en su nombre pero apenas estemos con Él y se vaya vaciando o secularizando nuestro espíritu cristiano y enfriando la amistad personal con Jesús. “El nuestro es un tiempo de continuo movimiento, que a menudo desemboca en el activismo, con el riesgo fácil de ‘hacer por hacer’. Tenemos que resistir a esta tentación, buscando ‘ser’ antes que ‘hacer’” (Juan Pablo II, NMI,15).


No hay tarea más importante ni cometido más urgente que la experiencia personal y eclesial de contemplar el rostro de Cristo en silencio y amor, cada día, en la oración personal, en la adoración eucarística, en la misa diaria, en la lectura del Evangelio. Con la fuerza que le caracterizaba Juan Pablo II explicaba que “a la contemplación plena del rostro del Señor no llegamos sólo con nuestras fuerzas, sino dejándonos guiar por la gracia. Sólo la experiencia del silencio y de la oración ofrecen el horizonte adecuado en el que puede madurar y desarrollarse el conocimiento más auténtico, fiel y coherente de aquel misterio” (NMI, 20). Hoy el cristianismo deberá distinguirse por el arte de la oración y cada católico de verdad asumir su compromiso de una vida de oración diaria, de unas normas de vida, para contemplar el rostro de Cristo y que este rostro se imprima en el alma. ¿Católico sin vida diaria de oración personal? ¡No hay católico!


¡Santa mujer Verónica!, que tu ejemplo nos convierta en orantes para que en nuestras almas se grabe el rostro de Cristo.

martes, 2 de marzo de 2010

Con deseos de la Pascua (San Atanasio)

Ya que hoy san Atanasio ha sido puesto de moda por algunos como campeón de la ortodoxia, acudamos a él, y veremos que san Atanasio, como los Obispos de Alejandría en general, fijan su mirada en la Pascua, comunican su fecha mediante una epístola (llamada "festal") que se leía en las Iglesias de la cuenca del Nilo e Iglesias limítrofes, con una exhortación a preparar la Pascua y vivirla como la gran fiesta.

Lo más tradicional en la Iglesia (cuando hoy tantos reivindican el tradicionalismo per se) es vivir la gran fiesta anual de la Pascua celebrada en la Vigilia pascual. Ésta con la decadencia en general de la liturgia pasó de ser una Vigilia (: celebración nocturna) para ser una Misa durante la mañana del Sábado (el llamado Sábado de Gloria), sin que el pueblo acudiese. Hubo de ser Pío XII con la reforma de los ritos de la Semana Santa (1955) el que revisase el ordo de la Vigilia pascual y le devolviese su carácter nocturno. Aún así, la santa Vigilia ni ha recuperado su lugar prioritario en la pastoral ni entra en la espiritualidad, porque algunos la ven con un sabor "modernista": ¡con el Viernes Santo ya tienen bastante!


La Iglesia tuvo en gran honor la celebración anual de la Pascua del Señor, convocaba a todos sus hijos, los reunía para velar, orar, cantar salmos, escuchar la Palabra, celebrar los sacramentos de la Iniciación cristiana. Nadie podía ausentarse.
Y ya que a san Atanasio lo quieren destacar tanto -por razones muy concretas- leamos sus palabras que son una invitación HOY para toda la Iglesia:

“Una vez más, queridos, Dios nos ha conducido al tiempo de la fiesta, y en su amor por los hombres nos ha llevado a su convocatoria. En efecto, Dios, aquél que hizo salir a Israel de Egipto, también ahora nos ha llamado a la fiesta, diciendo por medio de Moisés: Observa el mes de los nuevos frutos y celebra la Pascua por el Señor, tu Dios (Dt 16,1) y por medio de los profetas: Celebra Judá tus fiestas, cumple tus votos al Señor (Na 2,1)

Si Dios ama e invita a la fiesta, no es justo dilatar la respuesta, hermanos míos, ni ser negligentes, sino que debemos proceder hacia ella con rapidez y celo, de modo que, comenzando desde aquí abajo con prontitud, podamos recibir las arras de la fiesta celeste. En efecto, si celebramos con diligencia la fiesta de aquí abajo, recibiremos sin duda la alegría completa que está en los cielos, como dice el Señor: he deseado mucho comer esta Pascua con vosotros, antes de que yo sufra: os digo, en efecto, que no la comeré hasta que ese cumpla con vosotros en el reino de Dios (Lc 22, 15-16). Nosotros la comemos siempre y cuando comprendamos en nuestra mente el fundamento de la fiesta y reconozcamos al bienhechor para que nos comportemos conforme a la dignidad de su gracia, como dice Pablo: De modo que hagamos fiesta no con la levadura vieja, ni con levadura de maldad, sino con los panes ácimos de la pureza y de la verdad (1Co 5,7).


El Señor, efectivamente, murió en aquellos días para que ya no practicásemos las obras de la muerte; se dio a sí mismo para que guardásemos nuestra realidad de los engaños del diablo; y aún algo que es verdaderamente maravilloso, el Logos estuvo en la carne para que nosotros no viviésemos más en la carne, sino que, estando en el espíritu (Rm 8,9), adorásemos a Dios, que es espíritu (Jn 4,24)” (S. Atanasio, Epístola Festal 6, I, 1-4).

Está llegando el tiempo de la Fiesta. Trabajemos nuestra alma para que sea iluminada por Cristo y lleguemos a la Vigilia pascual renovados. ¡¡Que si no hay participación en la Vigilia pascual, de nada serviría la Cuaresma, perderíamos mucho en nuestra espiritualidad e identidad cristianas!!

lunes, 1 de marzo de 2010

Viacrucis: El cirineo ayuda a Jesús a llevar la cruz (V)

5ª Estación: El cirineo ayuda a Jesús a llevar la cruz

Un hombre, un espectador que volvía de trabajar en el campo, es forzado a llevar la cruz porque Jesús parece que no va a llegar vivo al Calvario. Este hombre recibe una encomienda única y preciosa: ayudar al Salvador, aliviarle del peso de la Cruz. Pero éste no es un hecho esporádico, aislado, algo del pasado o una simple anécdota. No. No es algo pasado, ya que se convierte en vivo, actual, contemporáneo a nosotros, que también debemos, podemos, necesitamos, aliviar al Salvador de la carga qu
e soporta, llevar nosotros su cruz para que Él retome fuerzas. Esto, en lenguaje católico, tiene un nombre: se llama reparación, y una medida, la del amor, pues más se reparará cuanto más se ame al Redentor.

Quien ama no se queda impasible, frío, inerme; quien ama se implica, siente como propio el dolor ajeno y hace suyos los sufrimientos del prójimo. Quien ama mucho hace lo posible e incluso lo imposible para que el otro no sufra llegando a tomar sobre sí el dolor del otro. ¿Y la reparación, entonces, en qué consiste? En un amor tan grande, tan apasionado, fuerte, vivo e intenso, que mirando a Cristo quiero consolarlo, ayudarlo, aliviarlo; viéndolo hoy todavía despreciado por los hombres, yo ofrezca mi homenaje de amor y de entrega; que si lo veo solo –y cuántos sagrarios no están hoy abandonados- por amor lo acompañe y esté de rodillas ante el Sagrario; que si veo tanta frialdad incluso en muchos católicos, yo ofrezca a Cristo mi fervor y mi recogimiento al estar en la iglesia, al asistir a la Eucaristía, al comulgar; que si muchos se olvidan de Él con ingratitud y sólo se acuerdan de Cristo cuando tienen dificultades, yo viva en su presencia cada día, invoque su nombre con alguna jaculatoria, haga oración cada día y trate con Él en amistad; que si otros viven indiferentes ante Cristo como si nada tuviera que ver con sus vidas y fuera un añadido, algo superpuesto, yo viva cimentando mi vida en Cristo porque Él tiene que ver con todo lo humano, con lo que soy, con lo que vivo, sueño, sufro, amo, siento... que tiene que ver con mi vida, mi noviazgo, mi matrimonio, mi familia, mi trabajo, mi forma de pensar, ¡con todo!


La espiritualidad de la reparación, que tanto tiene que ver con el gesto del Cirineo, posee unas formas y unas prácticas concretas. Se repara ofreciendo al Corazón de Jesús todas las obras y trabajos cada mañana; se repara cuando se ofrece a Cristo el dolor, una enfermedad o una circunstancia concreta y difícil; se repara estando de rodillas en oración ante el Señor en el Sagrario o en la custodia; se repara cuando, voluntariamente, se practica alguna penitencia, alguna mortificación. Entonces, y de esta forma preciosa, uno se convierte hoy en Cirineo de la Cruz de Jesús, entregando amor y compañía al Corazón de Cristo.

Reparación y expiación; demos la palabra a Edith Stein, a santa Teresa Benedicta de la Cruz y que ella, maestra espiritual, nos imparta su doctrina: “El peso de la Cruz que Cristo ha cargado, es la corrupción de la naturaleza humana con todas su consecuencias de pecado y de sufrimiento... Sustraer del mundo esa carga, ése es el sentido último de la Via Crucis... Cualquiera que a lo largo del tiempo haya aceptado un duro destino en memoria del Salvador sufriente, o haya asumido libremente sobre sí la expiación del pecado, ha expiado, en parte, el inmenso peso de la culpa de la humanidad y ha ayudado con ello al Señor a llevar esta carga; o mejor dicho, es Cristo-Cabeza quien expía el pecado en estos miembros de su cuerpo místico que se ponen a disposición de su obra de redención en cuerpo y alma... La expiación voluntaria es lo que nos une más profundamente y de un modo real y auténtico con el Señor” (Amor por la Cruz).