viernes, 5 de febrero de 2010

Corazón eucarístico de Jesús (Textos de los Padres - VI)

"Además de esto, se cumplía un misterio inefable. Brotó, pues, agua y sangre. Y no manaron sin razón y por casualidad esas fuentes, sino porque de ambas se formó la Iglesia. Esto lo conocen muy bien los iniciados, que renacen por el agua y se alimentan con la sangre y carne. De aquí tienen su origen los misterios, para que, al acercarte al tremendo cáliz, lo hagas como si fueras a beber de ese mismo costado. Y el que lo vio es el que lo asegura, y su testimonio es verdadero (Jn 19,35)".

(S. Juan Crisóstomo, Hom. 85, 3 sobre el Evangelio de San Juan).

La devoción al Corazón de Jesús -que es más, es toda una espiritualidad, un modo de vivir y tratar con Jesucristo- es sacramental.
El cáliz contiene la Sangre del Señor, recibimos su Cuerpo en la comunión y hemos sido lavados en el bautismo con el agua que brotó de su Costado.
Adoramos su Cuerpo eucarístico en la comunión, en el Sagrario y en la exposición eucarística... ¡y recibimos su amor y su salvación!


Salve, Cuerpo verdadero,
que has nacido de la Virgen.
Por nosotros inmolado,
en la cruz has padecido.
De tu pecho traspasado
brotan ríos de agua y sangre.
Que podamos recibirte
en la hora de la muerte.
¡Oh Jesús dulce!

¡Oh Jesús bueno!

¡Oh Jesús, hijo de María!

jueves, 4 de febrero de 2010

Año sacerdotal. La oración del sacerdote


Sin oración, se diluye la vida del sacerdote.
Con la vida de oración, el ministerio se vuelve verdadero, significativo e incluso fructífero.
El sacerdote que ora se va convirtiendo en hombre de Dios y, por extensión, en hombre para los demás, sus hermanos.

En la oración el sacerdote pedirá por sus fieles y presentará al Padre su intercesión por los hombres.
En la oración el sacerdote podrá conocer la voluntad del Padre y discernir a la luz de la fe.
En la oración el sacerdote se confrontará con la Palabra y luego podrá ofrecer en la predicación enseñanza y alimento.
En la oración el sacerdote será robustecido ante las tentaciones de laicización o conformismo o modernización falsa.
En la oración el sacerdote “descubrirá continuamente las dimensiones del Reino de Dios” (Juan Pablo II, Carta Novo Incipiente, n. 10).
En la oración el sacerdote perseverará con Cristo en la cruz para servir a los demás incansablemente, con dificultades, renuncias y sacrificios.
En la oración el sacerdote recibirá el amor de Cristo y responderá con amor viviendo cristológica y esponsalmente el celibato por el Reino y realizando “otra paternidad y casi otra maternidad” (Id., n. 8) engendrando sobrenaturalmente hijos para Dios.
En la oración resistirá a las tentaciones distintas que le acechen e implorará el don de la fidelidad: “cada uno debe buscar ayuda en la oración más fervorosa. Debe, mediante la oración encontrar en sí mismo aquella actitud de humildad y de sinceridad respecto a Dios y a la propia conciencia, que es precisamente la fuente de la fuerza para sostener lo que vacila” (Id., n. 9).
En la oración, el sacerdote tratará los asuntos de sus fieles con el Señor, pidiendo por ellos.
En la oración, el sacerdote expiará los pecados de sus penitentes, impetrará la conversión de las almas.
En la oración, el sacerdote encontrará el consejo oportuno que un alma espera de él.
En la oración, el sacerdote intercederá por la santidad de sus hermanos.
En la oración, el sacerdote discernirá qué espera el Señor de su parroquia, de su comunidad.
En la oración, el sacerdote será sostenido por Cristo, ya que es el amigo del Esposo.
En la oración, el sacerdote experimentará el consuelo de Cristo en medio de las tribulaciones del ministerio.
En la oración, el sacerdote ante el Sagrario estará realmente acrecentando la vida espiritual de la Iglesia.

"Oh Dios,
que constituiste a tu Hijo unigénito sumo y eterno sacerdote,
te rogamos que cuantos fueron elegidos por Cristo como ministros de tus misterios,
se mantengan siempre fieles en el cumplimiento de su servicio"
(O Colecta, Misa por los sacerdotes).

miércoles, 3 de febrero de 2010

“Jesús Hombre hablando con Dios y de Dios”


"En la mayor parte de los salmos, si no en todos, se habla en nombre y representación de Jesús, o se cuenta por anticipado su vida y su obra por medio de la gracia y de la gloria.

Pío X, de santa memoria, ha proclamado con emoción: “Es imposible no sentirse inflamado de amor ante el pensamiento de que bajo la letra de los salmos se deja adivinar la imagen de Cristo hábilmente delineada”.

En los salmos, si el sonido de la letra cuenta la historia del pueblo de Israel, la intención del Espíritu Santo, su inspirador, cuenta la prehistoria de la Iglesia, de su Cabeza y de sus miembros. En los salmos, quien canta, quien ora y quien habla, o de quien se habla, es Cristo por boca de David.

Leyendo los salmos podemos afirmar, sin medio de duda: así canta Jesús, así siente, así ora, así habla a su Padre en las distintas circunstancias de su vida en la tierra, viviendo con los hombres. ¡Cuántas veces nos presentan los evangelistas a Jesús repitiendo salmos o aludiendo a lo que en los “salmos estaba escrito de Él!”. ¿Será faltar a las leyes de la lógica deducir de esa afirmación esta otra: así debo yo cantar, sentir y hablar ante el Jesús de mi Misa, de mi Comunión y de mi Sagrario?

¡Ah! ¿tiene algún parecido mi oración formularia, casi siempre rutinaria y distraída, monótona, fría, sin los altos y bajos de la emoción y de la espontaneidad, con el lenguaje movido, apasionado, graciosamente salpicado de resoluciones, entregas, agradecimientos, preguntas y respuestas, mojado con lágrimas de contrición, ungido con suspiros de esperanzas, con gritos de triunfo y con sollozos de súplica de los salmos?

Éste es el trato íntimo, afectuoso y personal que el Corazón de Jesús quiere y tiene derecho a esperar de sus amigos.

Aquél es el trato, si no de los malos amigos, de los despegados.

¡Qué triste adjetivo para ponerlo a continuación de éste, infinitamente bello y sustantivo: ¡Amigo! ¡Amigo despegado de Jesús!”

Beato D. Manuel González, Así ama Él, en O.C., Vol. I, nn. 305-306.

martes, 2 de febrero de 2010

Día de la vida consagrada, pequeño homenaje a las contemplativas

Tentado estaba de escribir sobre el sentido litúrgico de esta fiesta de la Presentación, o sobre el contenido teológico, Christus lumen gentium!... pero me he dado cuenta de que aún en el blog no he escrito nada ni dedicado artículo alguno a la vida contemplativa en la Iglesia, y voy a aprovechar este día, que es la Jornada de la vida consagrada, para hablar de los monasterios.

Mi vida ha transcurrido muy cercana a los monasterios de clausura. A los 16 años, descubrí el monasterio de “mis” monjas donde cada domingo por la tarde se exponía el Santísimo y me iba allí a rezar durante una hora y luego participaba en el canto de las Vísperas dominicales. Allí se fue fraguando mi vocación, creciendo en intimidad con el Señor y descubriendo el valor de la solemnidad de la liturgia con el canto de los salmos. Estas monjas rezaron muchísimo por mí y creo que a ellas les debo parte grande de mi vocación y mi sacerdocio. En ese monasterio (en el altar de la foto que acompaña el post) celebré la Eucaristía por primera vez en la más estricta intimidad: Canto del Veni Creator y Misa votiva del Espíritu Santo.

Luego, con el ministerio, conocí otros muchos monasterios, alguno muy querido en mi corazón: impartí Ejercicios espirituales, prediqué retiros, di clases semanalmente, he sido capellán de ellas... y algunos Monasterios forman parte de la “comunidad virtual” de este blog: leyendo los artículos, o encargando a una hermana que los imprima para que estén en el coro para la lectura espiritual, o trabajándolos en el noviciado, o incluso algún Monasterio cuyas Constituciones son rigurosas con el uso de los medios de comunicación tienen a alguna amiga seglar que imprime los artículos mensualmente. También las contemplativas están aquí en el blog.

Este trato ministerial ininterrumpido me ha permitido conocer cada vez más el valor y el sentido de la vida contemplativa, su misión invisible pero real en la Iglesia, su santidad oculta y su humanidad real. En verdad, ¡la vida contemplativa es un tesoro preciosísimo en la Iglesia!
La vida contemplativa ofrece su alabanza litúrgica, su ascesis y penitencia, su oración secreta y escondida, por la vida de la Iglesia y del mundo. De la fidelidad a su propio ser, a su carisma, dependerá, en mucho, la santidad de la Iglesia. Y, desde otro punto de vista, si no se entiende el misterio de la Comunión de los santos, lo invisible de la Iglesia, jamás se podrá comprender la “utilidad”, el valor, de la vida contemplativa. María derramó el perfume de nardo a los pies de Jesús; era el amor el que la movía. En los cálculos pretendidamente “humanos”, “útiles”, no se entiende. Pero el Señor fue ungido con amor. La casa se llenó de perfume que todos pudieron aspirar. Y en la casa del Señor, la vida contemplativa es nardo derramado, el buen olor de Cristo, que a todos embriaga y a todos llega, por sobreabundancia de amor. Von Balthasar, quizás el más genial y contemplativo de los teólogos del siglo XX, exponía este misterio:

“María a los pies de Jesús es más fecunda para el Reino de Dios que la hacendosa Marta. Y cuando María, en el banquete de Betania, unge al Señor y Judas reprocha este “derroche” y calcula el posible importe del perfume es a su vez recriminado: la fecundidad del derroche que no repara en mérito alguno es para Jesús incomparablemente más importante que una posible obra de caridad... Lo que desde fuera aparece como improductivo es desde dentro más eficaz que todo lo demás, por lo menos cuando la ofrenda del creyente es utilizada por Dios para su implicación en la Pasión de Jesús por el mundo” (Católico, Madrid, Encuentro, 1992, pp. 67ss).

En este organismo, humano y divino, histórico y eterno, que es la Iglesia, la Comunión de los santos se ofrece como un don que se entrega inmerecidamente, del cual participamos, en el cual colaboramos y por el que estamos insertos. Nada nos es ajeno en la vida de la Iglesia, y todo nos pertenece en la vida de la Iglesia. Todo es nuestro. El sufrimiento del otro no nos es ajeno, es nuestro; la perseverancia del otro no me es ajena, me pertenece; la santidad de aquel me pertenece y es mía... Y así, en la Iglesia, por y en la Comunión de los santos, todos nos entregamos a todos, y todo lo del otro es mío y yo entro en la Comunión de los santos con lo que soy, y tengo, y me entrego, y me doy. La vida del católico, ofrecida con Cristo, permite que un enfermo viva en la esperanza, que la paz nazca en el corazón de los que están atribulados, que una vocación sea firme y salga adelante, que un pecador encuentre a Cristo y su perdón, que unos misioneros puedan seguir anunciando el Evangelio, porque mi oración y mi vida contribuye y acrecienta la Comunión de los santos, se robustece en la Comunión de los santos, hace visible y real la Comunión. En la Comunión de los santos, la vida contemplativa será siempre manantial de Gracia para toda la Iglesia.

Oremos por las contemplativas, oremos por las vocaciones, crezca nuestra gratitud a la vida de clausura, aumente nuestra cercanía espiritual a su modo de vida, acudamos a sus iglesias conventuales a participar con ellas en la Liturgia de las Horas.

lunes, 1 de febrero de 2010

Experiencia de Dios en la post-modernidad, ¿es hoy posible?

La post-modernidad ha tenido un efecto claro: se piensa que se sabe del cristianismo, que se le conoce, y viene ya de vuelta de todo. La experiencia cristiana es sustituida por las costumbres cristianas populares, profundamente arraigadas en la cultura: calendario de fiestas, procesiones, etc., pero desvinculadas de su contenido profundo y verdadero. La post-modernidad, ¡qué ilusa!, cree que el cristianismo ya nada tiene que decir, nada que aportar, nada que construir, lo considera agotado, pasado, un producto cultural más.

Con este planteamiento de fondo, la post-modernidad va apagando la sed interior del hombre, mejor, la va calmando como puede sin poder satisfacerla, apaga la inquietud afirmando que no se van a encontrar respuestas, y deja la inteligencia suspendida en el aire, y la conciencia adormecida. Los sentidos interiores del hombre se quedan aletargados, entumecidos, incapaces de reaccionar.

Benedicto XVI habla así de esta situación, que es la del hombre post-moderno, y la dificultad real para evangelizar, para que Cristo tenga un impacto en el hombre que le provoque y despierte:

“San Gregorio Magno, en su exposición de este texto, trató de ir más a fondo y se preguntó: "¿Cómo es posible que un hombre diga "no" a lo más grande que hay, que no tenga tiempo para lo más importante; que limite a sí mismo toda su existencia?". Y responde: en realidad, nunca han hecho la experiencia de Dios; nunca han llegado a "gustar" a Dios; nunca han experimentado cuán delicioso es ser "tocados" por Dios. Les falta este "contacto" y, por tanto, el "gusto de Dios"... Nuestra tarea consiste en ayudar a las personas a gustar, a sentir de nuevo el gusto de Dios.

En otra homilía, san Gregorio Magno profundizó aún más la misma cuestión, y se preguntó: "¿Cómo es posible que el hombre no quiera ni tan sólo "probar" el gusto de Dios?". Y responde: cuando el hombre está completamente ocupado con su mundo, con las cosas materiales, con lo que puede hacer, con todo lo que es factible y le lleva al éxito, con todo lo que puede producir o comprender por sí mismo, entonces su capacidad de percibir a Dios se debilita, el órgano para ver a Dios se atrofia, resulta incapaz de percibir y se vuelve insensible. Ya no percibe lo divino, porque el órgano correspondiente se ha atrofiado en él, no se ha desarrollado. Cuando utiliza demasiado todos los demás órganos, los empíricos, entonces puede ocurrir que precisamente el sentido de Dios se debilite, que este órgano muera, y que el hombre, como dice san Gregorio, no perciba ya la mirada de Dios, el ser mirado por él, la realidad tan maravillosa que es el hecho de que su mirada se fije en mí...

¿Qué debemos hacer?... Aprended a pensar como pensaba Cristo; aprended a pensar como él. Este pensar no es sólo una actividad del entendimiento, sino también del corazón. Aprendemos los sentimientos de Jesucristo cuando aprendemos a pensar como él y, por tanto, cuando aprendemos a pensar también en su fracaso, en su experiencia de fracaso, y en el hecho de que incrementó su amor en el fracaso.

Si tenemos sus mismos sentimientos, si comenzamos a ejercitarnos en pensar como él y con él, entonces se despierta en nosotros la alegría con respecto a Dios... Creo que lo primero es entrar nosotros mismos en contacto íntimo con Dios, con el Señor Jesús, el Dios vivo; que en nosotros se fortalezca el órgano para percibir a Dios; que percibamos en nosotros mismos su "gusto exquisito".

Eso dará alma a nuestra actividad, pues también nosotros corremos el peligro de trabajar mucho, en el campo eclesiástico, haciéndolo todo por Dios, pero totalmente absorbidos por la actividad, sin encontrar a Dios. Los compromisos ocupan el lugar de la fe, pero están vacíos en su interior.

Por eso, creo que debemos esforzarnos sobre todo por escuchar al Señor, en la oración, con una participación íntima en los sacramentos, aprendiendo los sentimientos de Dios en el rostro y en los sufrimientos de los hombres, para que así se nos contagie su alegría, su celo, su amor, y para mirar al mundo como él y desde él. Si logramos hacer esto, entonces también en medio de tantos "no" encontraremos de nuevo a los hombres que lo esperan y que a menudo tal vez son caprichosos ―como dice claramente la parábola―, pero que desde luego están llamados a entrar en su sala.

Una vez más, con otras palabras, se trata de la centralidad de Dios; y no precisamente de un Dios cualquiera, sino del Dios que tiene el rostro de Jesucristo. Esto es muy importante hoy. Se podrían enumerar muchos problemas que existen en la actualidad y que es preciso resolver, pero todos ellos sólo se pueden resolver si se pone a Dios en el centro, si Dios resulta de nuevo visible en el mundo, si llega a ser decisivo en nuestra vida y si entra también en el mundo de un modo decisivo a través de nosotros” (Benedicto XVI, Homilía en la Misa concelebrada con los Obispos de Suiza, 7-noviembre-2006).