miércoles, 6 de enero de 2010

La Iglesia, una casa de puertas abiertas

Resulta ser la fiesta de hoy una fiesta realmente entrañable, tierna pero sin infantilismos, de un afecto desbordante de Dios, rostros sonrientes, ojos brillantes, ilusiones revividas. ¡Es la epifanía del Señor, su manifestación, su aparición gloriosa! Es todo aparentemente sencillo tal como lo relata San Mateo, pero, a la vez, da origen a hermosas tradiciones.

El Misterio es precioso. Tan precioso como esperado durante siglos. El protagonista es un “Niño”, Jesús, la Palabra que se ha hecho carne y que ha acampado ya entre nosotros, semejante en todo a nosotros excepto en el pecado. Hasta ahora, ¿quién han descubierto la realidad, la verdadera profundidad de este Niño en quien habita la plenitud de la divinidad? Han ido unos pastores, gente marginal, sencilla, pobre, los cuales han recibido un anuncio angélico: Hoy os nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. ¡Qué trabajo tuvieron los ángeles en estos días! ¿Fueron los sabios? ¿Acaso los escribas? ¿Acudieron los fariseos y saduceos? ¿Se atrevieron, siquiera se enteraron, los sacerdotes del Templo de Jerusalén? No. No había luces especiales, no se dignaron ir los grandes del mundo. Sólo unos pastores. Hoy acuden los grandes, pero no los que se suponen oficialmente que tenían fe y creían en el Señor, sino unos magos, unos extranjeros, unos paganos... que tuvieron que recorrer muchos kilómetros. ¿Qué Dios es éste que se manifiesta a los pobres y a los sabios extranjeros?

Van a Belén. Entran ya en la casa, tal como precisa San Mateo; una casa, ya han dejado el pesebre y la gruta y se han trasladado provisionalmente a una pequeña casa. ¿No habita este Dios en palacios? Hasta ahora va todo al revés, aparentemente. ¡Pero qué de lecciones nos regala el Señor! Las de hoy no son menos importantes que las anteriores.

Los magos son los que buscan con sinceridad a Dios, los que se atreven a peregrinar en busca de la Verdad. ¡Cuántos hombres hoy no estarán buscando a Dios! ¡Cuántos aún sin saberlo, tras la búsqueda de la felicidad, están buscando a ese Dios tan sencillo! ¡Cuántos serían felices si supieran lo que buscan y acudieran a adorar a Jesús! Unos magos: ellos son la representación de toda la humanidad, de los hombres y mujeres de toda raza, lengua, pueblo y nación que son salvados por Jesucristo, ¿o acaso vino sólo para Israel, para unos cuantos, unos escogidos? Todos los hombres de buena voluntad están representados en estos magos. Cristo ES PARA TODOS. A todos los espera, a todos busca –cual buen Pastor-, a todos viene a redimir. Son estos magos la primera cosecha de redención de Jesús, sus primeras gavillas. ¡Desde la cuna ya están salvando! ¡No pierde el tiempo este Niño! ¡Tiene prisa por salvar... desde la cuna hasta la cruz cuando clame: Tengo sed! ¡Sed de almas! ¡Sed de redención desde el pesebre de madera al madero de la cruz!

La casa donde se halla a Jesús es la misma Iglesia. No te extrañes y recuerda las Escrituras. Esta casa de Belén, Casa del Pan, Casa de la Eucaristía, es la ciudad puesta en lo alto de un monte, que bien difícil es de ocultar; esta casa es el candil que contiene la luz puesta en lo alto para que ilumine a todos los de casa. Esta casa –la casa de Belén, la misma Iglesia hoy- es una casa de puertas abiertas, todos pueden entrar en ella, quien quiera tiene las puertas abiertas y un sitio para él, es una casa común que tiene por centro a Jesús: en ella entraron los pastores, tal vez las buenas gentes de Belén, hoy los magos... La casa no se cierra, la casa está lista para todos: Venite adoremus!! En esta casa se halla la Luz verdadera que ilumina a todo hombre: Jesús, Luz del mundo, Jesús, Luz de la vida, Jesús, luz para el ciego.

¡Cuántas cosas hallamos en estos misterios redentores! Fijémonos en el simbolismo de la casa en esta epifanía, donde todo es luz y apertura. ¡Ojalá se nos quedase bien grabado en el alma: La Iglesia es una casa de puertas abiertas! En la Iglesia todos pueden hallar un lugar, todos caben, todos tienen sitio, todos pueden encontrar en la Iglesia su cálido hogar, todos absolutamente todos... y a nadie se exige ninguna etiqueta ni ningún tipo de carnet de identidad o de signos que identifiquen distinguiendo. Siempre son peligrosas las tendencias de hacer de la Iglesia en vez de una casa de puertas abiertas una catacumba, relegándola a lo escondido; ni convertir la Iglesia en pequeños salones para unos pocos, ni ser una reunión de elegidos o perfectos que miren por encima del hombro a los demás católicos porque no pertenezcan a esto o aquello. No hay nada más contradictorio que una Iglesia cerrada, de perfectos espirituales, clasificando a los cristianos como de primera clase, de segunda y de tercera. La Iglesia es una casa de puertas abiertas porque nada tiene que esconder, ni hay secretismo en ella, ni nada que ocultar porque sea para unos pocos predilectos... Todo lo que sea cerrado en la Iglesia huele mal. ¡La Iglesia no tiene nada que esconder u ocultar! Porque su misión es más bien abierta, universal, transparente: entregar a Cristo a las almas, lo que es mismo, evangelizar.

Es esta Iglesia abierta la que nos proporciona sumo gozo y renueva sus esperanzas cuando ve las realidades de un catolicismo pujante, diverso, en parroquias, en Monasterios, en asociaciones laicales, en vida religiosa... en tantas realidades eclesiales en todos los países y continentes...

Ya se está cumpliendo: un solo canto, una sola vez, en diversas lenguas e idiomas, que cantan alabad al Señor todas las naciones. Cristo contemplado por los ángeles, predicado a los paganos. Alabad al Señor todas las naciones.

¡Hemos contemplado su gloria, gloria propia del Hijo único del Padre lleno de gracia y de verdad!
La Gloria de Jerusalén, la gloria de Dios es este Niño al cual adoran hoy todas las naciones.
Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob, él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas.
Venid, ¡venid naciones todas!, venid y postraos.
¡Aclamadlo todos los pueblos!, porque la fidelidad del Señor es eterna.
¡Venid, venid a Belén!
¡Venid y entremos en la Iglesia donde está Cristo Luz, Cristo Palabra, Cristo Camino, Cristo Verdad!
¡Venid, venid, os rogamos, oh hombres todos!
Venite adoremus Dominum!!

martes, 5 de enero de 2010

El leccionario de Navidad

En la vigilia y en las tres misas de Navidad, las lecturas, tanto las proféticas como las demás, se han tomado de la tradición romana.

El domingo dentro de la Octava de Navidad, fiesta de la Sagrada Familia, el Evangelio es de la infancia de Jesús, las demás lecturas hablan de las virtudes de la vida doméstica.

En la Octava de Navidad y solemnidad de Santa María, Madre de Dios, las lecturas tratan de la Virgen, Madre de Dios, y de la imposición del Santísimo Nombre de Jesús.


El segundo domingo después de Navidad, las lecturas tratan del misterio de la Encarnación.


En la Epifanía del Señor, la lectura del Antiguo Testamento y el Evangelio conservan la tradición romana; en la lectura apostólica se lee un texto relativo a la vocación de los paganos a la salvación.


En la fiesta del Bautismo del Señor, los textos se refieren a este misterio.


Desde el día 29 de diciembre, se hace una lectura continua de toda
la primera carta de san Juan, que ya se empezó a leer el día 27 de diciembre, fiesta del mismo san Juan, y en el día siguiente, fiesta de los Santos Inocentes.

¿Por qué en la Misa diaria la Primera carta de san Juan?
Porque es una contemplación de la Palabra que se ha hecho carne, a quien hemos podido ver, oír y tocar y que se ha convertido en luz, vida, amor para los hombres, transformándonos y haciéndonos hijos de Dios.


Los Evangelios se refieren a las manifestaciones del Señor.
En efecto, se leen los acontecimientos de la infancia de Jesús, tomados del Evangelio de san Lucas (días 29 y 30 de diciembre), el primer capítulo del Evangelio de san Juan (31 de diciembre al 5 de enero), y las principales manifestaciones del Señor, tomadas de los cuatro Evangelios (7 al 12 de enero).


Por tanto, los Evangelios que se proclaman tienden a llevarnos al reconocimiento de la divinidad de Jesucristo que se esconde tras los velos de la carne de Jesús. Este reconocimiento se produce en su infancia (Simeón, Ana, etc.) como en su madurez en los relatos de manifestación: Andrés y Juan con el primer encuentro, la multiplicación de panes y peces, etc...

(Cf. Ordenación del Leccionario de la Misa, ns. 95-96).

lunes, 4 de enero de 2010

Revelación: lo que predica, cómo lo predica...

Jesucristo, hija mía, no vino a nosotros para contarnos frivolidades.
Ya comprendes que no hizo el viaje a la tierra,
Un gran viaje, entre nosotros,
(Y estaba tan bien donde estaba).
(Antes de venir.
No tenía todas nuestras preocupaciones).
Él no bajó a la tierra
Para contarnos chistes
Ni gracias.
No hay tiempo para divertirse.
No puso, no empleó, no derrochó
Los treinta y tres años de su vida terrestre,
De su vida carnal,
Los treinta años de su vida privada,
Los tres años de su vida pública,
Los tres días de su pasión y de su muerte,
(Y en el limbo los tres días de su sepulcro),
No puso, no empleó, no derrochó todo eso,
Sus treinta años de trabajo y sus tres años de predicación y sus tres días de pasión y muerte,
Sus treinta y tres años de oración,
Su encarnación, que es propiamente su encarnamiento,
Su hacerse carne y carnal, su hacerse hombre y su muerte en cruz y su sepultura,
Su encarnamiento y su suplicio,
Su vida de hombre y su vida de obrero y su vida de sacerdote y su vida de santo y su vida de mártir,
Su vida de fiel,
Su vida de Jesús,
Para venir luego (al mismo tiempo) a meternos chismes.
No puso, no empleó, no derrochó todo eso.
No hizo todo ese derroche
Considerable
Para venir a darnos, para darnos luego
Adivinanzas
Que adivinar
Como un mago.
Haciéndose el vivo.
No, no, hija mía, y Jesús tampoco nos ha dado unas palabras muertas
Que tengamos que guardar en pequeñas cajas
(O en grandes),
Y que tengamos que conservar en aceite rancio
Como momias de Egipto.
Jesucristo, hija mía, no nos entregó palabras en conserva
Para guardar,
Sino que nos entregó palabras vivas
Para alimentar.

(Péguy, El pórtico de la segunda virtud).

domingo, 3 de enero de 2010

Presencia de la Virgen María en el ciclo litúrgico de la Natividad


"El tiempo de Navidad constituye una prolongada memoria de la maternidad divina, virginal, salvífica, de aquella que, conservando intacta su virginidad, dio a luz al Salvador del mundo; efectivamente, en la solemnidad de la Natividad del Señor, la Iglesia, al adorar al divino Salvador, venera a su Madre gloriosa; en la Epifanía del Señor, al celebrar la llamada universal a la salvación, contempla a la Virgen, verdadera Sede de la Sabiduría y verdadera Madre del Rey, que ofrece a la adoración de los Magos el Redentor de todas las gentes; y en la fiesta de la Sagrada Familia (domingo dentro de la Octava de Navidad), escudriña con veneración la vida santa que llevan en la casa de Nazaret Jesús, Hijo de Dios e Hijo del hombre, María, su Madre, y José, el hombre justo.

En la nueva ordenación del período natalicio, nos parece que la atención común se debe dirigir a la renovada solemnidad de la Maternidad de María; ésta, fijada en el día primero de enero, según una antigua sugerencia de la liturgia de Roma, está destinada a celebrar la parte que tuvo María en el misterio de la salvación y a exaltar la singular dignidad de que goza la Madre santa, de quien hemos recibido al Autor de la vida; y es, asimismo, ocasión propicia para renovar la adoración al recién nacido Príncipe de la Paz, para escuchar de nuevo el jubiloso anuncio angélico, para implorar de Dios, por mediación de la Reina de la Paz, el don supremo de la paz. Por eso, en la feliz coincidencia de la Octava de Navidad con el principio del nuevo año, hemos instituido la “Jornada mundial de la Paz”, que goza de creciente adhesión y que está haciendo madurar frutos de paz en el corazón de tantos hombres”.

(PABLO VI, Marialis Cultus, nº 5)

sábado, 2 de enero de 2010

Cristo Señor del tiempo

El 2 de enero nuestro rito hispano-mozárabe ofrece la Misa In Caput Anni, la Misa al inicio del año. En este formulario encontramos una teología y espiritualidad de la vivencia del tiempo ante el año nuevo que empieza. Era propio de la cultura romana las Saturnalias que comenzaban desde el 17 de diciembre hasta los primeros días de enero, días de fiesta con todos los excesos inimaginables. Por eso desde el Concilio de Zaragoza (381) los cristianos han de reunirse para orar más intensamente y vivir el ayuno (precisamente el 17 de diciembre, el comienzo de lo que hoy son nuestras ferias mayores de Adviento). San Isidoro justifica así la costumbre hispana:

"El ayuno de las kalendas de enero lo instituyó la Iglesia a causa de los errores de la gentilidad. Jano fue un cierto príncipe de los paganos del cual recibe su nombre el mes de enero. Hombres ignorantes, pretendiendo dar culto a Dios, lo introdujeron en el culto religioso y, por tradición, lo transmitieron a la posteridad, es más, consagraron tal día con espectáculos y lujuria.

Ocurrió entonces que no sólo los hombres descarriados sino, lo que es más de lamentar, se muestran en apariencia de fieras; otros, simulando contorneos mujeriles, cambian su rostro varonil en afeminado; no faltan quienes, sisugiendo una fanática costumbre, profanan esa fecha dedicados a los augurios; todo lo invade el ruido de los pies de los danzantes y los aplausos de los bailarines sagrados y, lo que no puede ser más nefando, se entremezclan los coros de uno y otro sexo y a ellos se une la turba, fuera de sí y frenética de vino.

Visto lo cual, los santos Padres, pensando que en este día la mayor parte del género humano se entregaba a sacrilegios y lujurias, establecieron, en el mundo universo y en todas las iglesias, un ayuno público, por el cual reconociesen los hombres que a tanto había llegado la perversión, que era necesario ayunar ent odas las comunidades en desagravio de tales pecados" (De Eccl. Off., cap. 41). ¡Qué no diría hoy el santo arzobispo sevillano!


La entrada del año nuevo está marcada:
  • por el ayuno y la penitencia frente a las fiestas paganas
  • así como por la centralidad de Cristo, Señor del tiempo, único Señor del tiempo a quien pertenece todo, el principio y el fin, la recapitulación de la historia humana, ya que es el Alfa y la Omega (que siempre aparecen junto a la cruz en la tradición hispana).
  • Además, al inicio del año, los cristianos del rito hispano-mozárabe consagraban a Dios los trabajos del año que empezaba para que fuera una ofrenda agradable a Dios.
Estos tres principios se entrecruzan en la eucología de la Misa In caput Anni.

Así en la primera exhortación de los dípticos, la oratio admonitionis:


"Hermanos muy amados, con las ofrendas que presentamos humildemente,
consagremos a Dios el nuevo año que está a punto de empezar
y que hoy nos disponemos a acoger.

Pidamos que, Cristo, Señor y cabeza de todo poder,
nos conceda vivir el año próximo con integridad de espíritu
y que ante sus ojos benignos podamos complacerle en todo.

R/.
Amén".


A Dios nos ofrecemos para vivir el año que empieza en su santo servicio:


"Oh Dios, tú eres siempre el mismo y tus años no se acaban;

concédenos pasar el nuevo año con voluntad decidida de servirte,

de modo que no nos veamos privados de los bienes necesarios
y cumplamos tu divina voluntad con diligente fervor.

R/.
Amén" (Oratio Alia).


Y a Cristo reconocemos como único Señor del tiempo, por tanto, plenitud de la historia y del tiempo de los hombres:


"Santo y bendito es en verdad nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo;
él nos inspira cruzar con alabanzas el umbral del nuevo año;

él nos mueve a la compunción,
para que nos agrade
ocupar nuestro tiempo en su divino servicio.
Jesucristo es en verdad nuestro Salvador y nuestro Señor,
él es quien consagra el tiempo y el creador de los siglos.
El mismo Señor y Redentor eterno" (Post-Sanctus).


N.B. Quien pueda y ame la Tradición, puede participar de esta Misa hoy, en la iglesia de san Pascual (Paseo de Recoletos, 11, Madrid), a las 19.15 h.