lunes, 14 de diciembre de 2009

San Juan de la Cruz, hombre eucarístico

San Juan de la Cruz posee un encanto especial, es escurridizo, se nos escapa de las manos fácilmente, por su pudor y discreción en su experiencia personal, que sólo deja entrever en su poesía -y el lenguaje poético es más evocativo que descriptivo-. Al celebrar hoy su memoria, fijémonos en su experiencia de Eucaristía, lo que sabemos por testigos, por su biografía, por lo que se vislumbra en sus escritos.

Fue monaguillo, de 1551 a 1555, cuatro años, en las monjas agustinas de Medina, donde diariamente asistía al altar, pequeño de edad, menudo de cuerpo. Para un alma sensible y fina, delicada e interior, estos años de joven acólito le marcarían en el trato con el Señor en el Sagrario y en algunas de las cuatro misas que cada mañana se decían. Creció en los atrios del Señor, aprendió a mirar a Cristo que en la Eucaristía cada día se le hacía cercano a Aquel a quien luego preguntará “¿adónde te escondiste, Amado...?”

La experiencia de Juan se basa en la misa matutina y en la práctica de la visita o exposición del Santísimo por la tarde, las costumbres piadosas que veía en su hogar pobre, pero reciamente cristiano, con Catalina su madre y con su hermano Francisco Yepes, verdadero creyente y místico seglar. ¿Qué no recibiría de los jesuitas de Medina donde estudió y aprendió literatura y poesía con las corrientes sanamente humanistas del Renacimiento? ¿Y del catecismo y las Vísperas en la parroquia? ¿No se acercaría también a la oración y a las devociones vespertinas en la iglesia conventual de “Santa Ana” de los frailes carmelitas? Iría a la iglesia de los carmelitas, qué duda cabe, cuando ya joven combinaba los estudios en los jesuitas con el trabajo en el Hospital de las Bubas en Medina de 1555 a 1563; iría a los carmelitas como iba su piadoso hermano; irían los dos juntos, pues Juan siempre admiró a su hermano Francisco (¡qué importante son los hermanos cuando juntos viven en Cristo, o amigos que son como hermanos si Cristo está con ellos!).

Ha decidido ser fraile carmelita (en silencio, callandito), por ser Orden dedicada a la Virgen María. 1563-1564 será el tiempo de su noviciado, de la intensa formación, de modelar su alma en la vocación carmelitana y, entonces, de muchas horas de coro y de Sagrario, donde el joven novicio vive la pureza de su amor entregado a Cristo. Nos queda un testimonio: "Le era de particular consuelo ayudar a misa, aunque gastase toda la mañana en esto, sintiendo con este ejercicio no cansancio, sino nuevo aliento..."

Destaca de forma especial el amor de fray Juan de la Cruz (en este momento, fray Juan de Santo Matía) al Sagrario en los años felices de 1565-1568, en el Colegio del “Señor San Andrés”, su convento estudiantil de Salamanca, mientras cursaba los estudios en la gran Universidad de renombre. Le tocó una celda que no era gran cosa, con una tronera en el techo para recibir la luz y, lo mejor para él, una ventanita sobre la iglesia, justo a la altura del Sagrario. Allí, asomado a la ventanita, muchos testigos luego declararán que pasaba mucho tiempo sobre todo durante la noche. “¡Oh noche que juntaste Amado con amada!”: allí San Juan de la Cruz, en noches amables más que el alborada, unía su alma con el Señor en la Eucaristía.

Conocemos algo de su primera Misa. Estamos en 1567. Ya sacerdote viene a decir una de sus primeras Misas a Medina, con su madre y su hermano. Ahora conocerá en Medina a Teresa de Jesús que acaba de fundar su Carmelo –después del de San José de Ávila-. ¿Su primera Misa? Nos dicen que fue una gracia de unión transformante, que lo unió esponsalmente a Cristo.

Si esto le ocurrió como gracia mística en su primera Misa, ¡qué vital y mística será la Eucaristía siempre para él! Cada Eucaristía es gracia de unión mística con Cristo, una unión transformante, viva, amorosa. Este tipo de vivencias íntimas, profundamente místicas y espirituales, siempre determinan el alma de un sacerdote cuando celebra la Misa.

Duruelo, el pobre y sencillo, rústico y apartado, primer monasterio de los carmelitas descalzos es casi un Sagrario, por lo pequeño y porque las estancias del convento todas ellas dan al Sagrario. Corre el año 1568: san Juan de la Cruz va a pasarse a la descalcez. El primer convento es un granero, un pajar amplio arreglado al gusto austero de Teresa de Jesús y Juan de la Cruz. El portal del granero será una minúscula iglesia con el Santísimo; en el piso de arriba sitúan el coro abierto hacia la iglesia con dos “ermitas” en cada lado mirando al Sagrario: dos tabiques, un poco de heno, donde sólo se podía estar sentado o de rodillas... y allí pasará muchas horas ante el Sagrario, más de las establecidas.

Pasan los años... Estamos en la cárcel toledana de san Juan de la Cruz, en el convento carmelita de Toledo donde, según los usos de la época y el capítulo penitencial de la Orden, deben sufrir castigo y corregirse los frailes que hayan cometido graves infracciones. Se lo han llevado preso, fray Maldonado, desde la casita de la Encarnación de Ávila al convento de Toledo. El trato de este superior al rebelde “reformador” fray Juan es duro, más de lo normal. Pero uno de los grandes castigos para el alma humanísima de fray Juan de la Cruz es la privación de la Eucaristía, ya que ni puede comulgar ni mucho menos celebrar la Santa Misa. Llega el Corpus Christi toledano de 1578; la ciudad en fiesta. Desde la estrecha celda –un retrete, un servicio en un salón para personajes importantes que visiten el convento- se oyen los cohetes y las campanas de Toledo para la gran procesión. ¡Él no puede decir Misa!, y lleva así doscientos días. Es la noche: “Qué bien sé yo la fonte que mana y corre aunque es de noche”. Aquí este pan vivo desea su alma, pero se lo privan.

Su amor a la Eucaristía es certificado por diversas monjas que fueron testigos en Beas de su vida, cuando subía de El Calvario a confesarlas y dirigirlas: “Le conocía devotísimo del Sacramento y de la Virgen, por la ternura con que hablaba de entrambas cosas” . San Juan de la Cruz no parece ser “cantor de la Eucaristía”... pero es un alma contemplativa que bebió amorosamente la fonte, la Eucaristía, que es su Amado mismo.

El Prior de El Calvario, en la sierra de Jaén, es un místico pudoroso, pero que recibe gracias místicas en la Eucaristía.

Cuando en el alma hay amor, se expresa de muchas formas, delicadas, sutiles, tiernas. San Juan de la Cruz tiene obsequios de amor al Sacramento. En el convento de Los Mártires, en Granada, época fecunda y estable del bendito fray Juan, entre 1583-1585, hay testigos que afirman la delicadeza de su amor eucarístico. Los novicios declararon que al prior, fray Juan de la Cruz, le gustaba dejar sobre la mesa de altar “una rosa o un clavel”, a veces un manojo de flores silvestres. Además “agradecía a los que lo hacían”. Lo primero, sin ruido ni extravagancias, era el Sacramento, el Amado eucarístico.

Un último detalle eucarístico en la vida de san Juan de la Cruz. Era el 13 de diciembre de 1591, en el convento de Úbeda. Cuando toquen maitines, el doctor místico podrá morir para “cantar maitines en el cielo”. Viendo los frailes que se moría, recitaron unos cuantos salmos. Cuando terminaron, San Juan de la Cruz, con delicadeza le pide al prior que traiga el Santísimo Sacramento, porque quiere adorarlo. No queda anotado si trajeron la custodia o el copón. Pero San Juan de la Cruz ve al Señor eucarístico, y con ternura dice: “Ya, Señor, no os tengo de volver a ver con los ojos mortales”. Pasada una hora, quieren recitar las preces de recomendación del alma. Nuestro doctor pide que sería mejor el Cantar de los cantares . Su alma que ha visto al Amado en el Sacramento, va a dormirse en el Señor con versos de amor a Cristo. Es la Eucaristía su consuelo y su amor.

Y ahora... ahora leamos sus poemas eucarísticos ("Qué bien sé yo la fonte"), el romance In principium y el Cántico espiritual, y veremos los sabores eucarísticos ante el Amado Jesucristo.

domingo, 13 de diciembre de 2009

Alegría: ¿motivo? ¡Cristo que viene!

La consideración e invitación a la alegría son constantes en toda la liturgia del Adviento; orienta así al reconocimiento de lo que es la alegría honda y sentida, que no es sino el gozo de descubrir al Señor y, sabiendo que viene, se convierte en gozo sostenido de quien aguarda a Alguien sumamente amado. La esperanza derrota la tristeza, la apatía y el decaimiento, y genera una alegría serena que se convertirá en desbordante al alcanzar su fin y completar su deseo. Al fin y al cabo, el Adviento reeduca nuestra alegría, la orienta hacia lo verdadero, la purifica de pequeñas alegrías falsas, materiales, aparentes, inmanentes, que decepcionan al final.

Un recorrido por la eucología romana del Adviento nos ofrecerá la perspectiva teológica y espiritual de la alegría. Seguro que este recorrido no nos puede dejar indiferentes sino que provocará un eco (eso es catequesis: eco, resonancia) par
a la vida católica.

Las antífonas que iluminan el canto de los salmos en el Oficio divino están teñidas de gozos
a esperanza: “Alégrate y goza, hija de Jerusalén: mira a tu Rey que viene; no temas, Sión, tu salvación está cerca” (ant. 2, Of. Lect., Domingo I); incluso es una alegría “cósmica”, ya que toda la creación participa del gozo de la venida de Cristo: “Los montes y las colinas aclamarán en presencia del Señor y los árboles del bosque aplaudirán, porque viene el Señor y reinará eternamente. Aleluya” (Ant. 2, Laudes Dom. I), o también: “Destilen los montes alegría y los collados justicia, porque con poder viene el Señor, luz del mundo” (ant. 2, II Visp., Dom. III). Es una exhortación constante a la alegría ante el Señor, el Mesías, Rey y Sacerdote: (ant. 1, I Visp. Dom. I); “Hija de Sión, alégrate; salta de gozo, hija de Jerusalén. Aleluya”“alégrate y goza, nueva Sión, porque tu Rey llega con mansedumbre a salvar nuestras almas” (ant. 1, I Visp., Dom. II).

En las preces de la Liturgia de las Horas
la alegría es igualmente la situación vital de la Iglesia y el objeto, a su vez, de su súplica (enseñándonos a su vez a pedir, la cómo ha de ser la oración de petición). “Esperamos alegres tu venida: ven, Señor Jesús” (preces I Visp. Dom I); “Santo de Dios, ante cuya venida el Precursor saltó de gozo en el seno de Isabel, ven y alegra al mundo con la gracia de la salvación” (II Visp. Dom. I); “cólmanos de alegría y paz en nuestra fe, para que rebosemos de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo” (Laudes Viernes I); “Tú que por la Iglesia nos anuncias el gozo de tu venida, concédenos también el deseo de recibirte” (Laudes Lunes II); “danos la gracia de alegrarnos contigo en la gloria, pues ya en este mundo nuestra fe sincera te confiesa” (Visp. Martes II); “Que la tierra entera, que se alegra por la venida de tu Hijo, experimente más aún el júbilo de poseerte plenamente” (Laudes Jueves II); “Tú que desde el trono del Padre todo lo gobiernas, haz que aguardemos con alegría la dicha que esperamos, tu aparición gloriosa” (Laudes Sábado II).

Asimismo, si nos detenemos en las oraciones colectas, la alegría cristiana (el gozo, el júbilo) estará presente como una realidad actual o como súplica ante el Futuro precioso que nos aguarda:
“concédenos esperar con alegría la gloria del nacimiento de tu Hijo” (Martes II); “concédenos llegar a la Navidad, fiesta de gozo y salvación, y poder celebrarla con alegría desbordante” (Domingo III); “haznos encontrar la alegría en la venida salvadora de tu Hijo” (Jueves III); “haz que cuando vuelva en su gloria, al final de los tiempos, podamos alegrarnos de escuchar de sus labios la invitación a poseer el reino eterno” (21 de diciembre).

Junto a este tesoro eucológico –incompleto, para no alargarnos- las lecturas bíblicas; la lectura constante del
profeta Isaías en el Leccionario de la Misa y el Oficio de lecturas, con su invitación al gozo por el Mesías, así como las lecturas breves (o “capitula”) de la Liturgia de las Horas forjan el alma eclesial en la alegría plena, cuya raíz es siempre Jesucristo que viene; por ejemplo, cada domingo de Adviento, en las segundas Vísperas, se proclamará: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres...” (Flp 4,4).

¡Ésta es la alegría cristiana, la que nadie puede arrebatar, y que ni se nutre ni se sostiene en lo perecedero, en lo efímero, en la materialidad! Es la alegría de quien ama y espera a Aquel a quien ama porque va a venir, está llegando y es fiel a sus promesas. ¡Él no defrauda! Con Él, el gozo será desbordante, incontenido, exultante.

Es menester examinar nuestra alegría, purificarla, orientarla, acrecentarla. Es la pedagogía, tan sabia, de la Iglesia en su liturgia.


(¿Nos damos cuenta de lo que es la liturgia, la espiritualidad litúrgica, la teología litúrgica? ¡Vivir según su espíritu, extraer las riquezas de sus textos!)

sábado, 12 de diciembre de 2009

Israel, la Virgen María, el Redentor

Los actuales libros litúrgicos del rito romano, qué duda cabe, han enriquecido la Tradición de la Iglesia, recuperando eucología con el sabor clásico de los Sacramentarios romanos y componiendo nuevos formularios a partir de los antiguos, ya que la Tradición no es un fósil, sino una dinámica viva de recepción fiel y transmisión siempre enriquecida con nuevos matices y perfiles.

En esa clave la colección de Misas de la Bienaventurada Virgen María, como apéndice del Misal romano, suponen un acrecentamiento de esa Tradición, o una presentación actual de la misma Tradición, con 46 formularios de Misas en honor de la Santísima Virgen, de honda y recia teología. Acudir a ellas, y en general, acudir a la eucología litúrgica (es decir, los textos litúrgicos) nos permiten ahondar
en la fe eclesial, reconsiderarla, asumirla.

En Adviento la Santísima Virgen es la recapitulación del Israel bíblico, la verdadera Hija de Sión que recibe a su Rey y Redentor. La Constitución Lumen Gentium afirma de Ella que “descuella entre los humildes y pobres del Señor, que de él esperan confiadamente y reciben la salvación. Finalmente, con ella, la excelsa Hija de Sión, después de la larga espera de la promesa, se cumplen los tiempos y se inaugura la nueva Economía, cuando el Hijo de Dios toma de ella la naturaleza humana, para librar al hombre del pecado, con los misterios de su carne” (n. 55).

La Misa nº 1 de la Colección antes citada se titula “La Virgen María, estirpe escogida de Israel”; sus textos hoy nos ayudan a vivir el Adviento y su sentido de recapitulación de las esperanzas mesiánicas en Cristo y de María Santísima que encarna al verdadero Israel.
Dos oraciones colectas a elegir se ofrecen; en la primera oramos así:

Oh Dios, que has elegido a la bienaventurada Virgen María,
excelsa entre los humildes y los pobres,

Madre del Salvador,

concédenos que, siguiendo sus ejemplos,
podamos ofrecerte una fe sincera
y poner en ti la total esperanza de nuestra salvación”;

y con un tono más marcadamente moral, digámoslo así, la segunda oración ad libitum:

Oh Dios, que has cumplido las promesas hechas a nuestros Padres,
al elegir a la bienaventurada Virgen María, excelsa Hija de Sión,
concédenos seguir los ejemplos de aquella
que te agradó en su humildad
y nos aprovechó en su obediencia”.

Cumbre de esta relación Israel-María, Hija de Sión, es, como siempre el prefacio; ya su título es significativo porque une tres momentos distintos de la Historia de la Salvación: “Santa María, Hija de Adán, descendencia de Abrahán, vara de Jesé”. En él damos gracias porque:


“has constituido a la bienaventurada Virgen María

cumbre de Israel y principio de la Iglesia,

para que todos los pueblos conozcan
que la salvación viene de Israel
y que la nueva familia brota del tronco elegido.
Ella, hija de Adán por su condición humana,
reparó con su inocencia la culpa de la madre.
Ella, descendiente de Abrahán por la fe,

concibió en su seno creyendo.
Ella es la vara de Jesé que ha florecido en Jesucristo, Señor nuestro”.

¡Hermoso misterio, bellísima eucología!

Con razón la antífona de comunión de este formulario canta: “Goza y alégrate, regocijo de los patriarcas. Gózate, tú que por el ángel recibiste el gozo del mundo. Gózate, tú que nos produjiste el pan de vida”.

viernes, 11 de diciembre de 2009

La presencia de la Virgen en el Adviento

Santa María acompaña nuestros pasos; Ella, presente en el Adviento de forma destacadísima alienta nuestra esperanza teologal y se presenta como señal segura por parte del Señor de que Dios cumple siempre sus promesas.

Si vemos los textos litúrgicos descubriremos los matices con que es presentada la Virgen y enriquecerá la vivencia espiritual del Adviento.

Diariamente las antífonas de la Hora Intermedia se ve el plan de Dios realizado mediante María:

"Los profetas anunciaron que el Salvador nacería de la Virgen María" (ant. Tercia).

"El ángel Gabriel dijo a María: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo; bendita tú entre las mujeres" (ant. Sexta).

"Dijo María: ¿Qué saludo es éste que me turba? ¿Voy a dar a luz al Rey sin romper los sellos de mi virginidad?" (ant. Nona).

En las preces de las Laudes y Vísperas aparece alguna mención discreta:

"Jesús, Hijo del Altísimo, anunciado por el ángel Gabriel a María Virgen, ven a reinar para siempre sobre tu pueblo" (II Visp., Dom. I),

"Tú que fuiste concebido por obra del Espíritu Santo, renuévanos a nosotros con la fuerza de este mismo Espíritu Santo" (Visp. Lunes I),

"Tú que tomaste carne en el seno de la Virgen María, líbranos de la corrupción de la carne" (Visp. Lunes III);

está igualmente presente en algunas antífonas:

"El Espíritu Santo vendrá sobre ti, María; no temas, concebirás en tu vientre al Hijo de Dios" (ant. Ben. Dom. I),

"No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo. Aleluya" (ant. Mag. Dom. I)...

así como en algunos responsorios bellísimos del Oficio de Lecturas:

"Mirad, ya se acercó el tiempo en que envió Dios a su Hijo, nacido de la Virgen, nacido bajo la ley. Para rescatar a los que estaban bajo la ley" (2ª lect., Martes I);

"El ángel Gabriel fue enviado a la Virgen María, desposada con José, para anunciarle el mensaje; y la Virgen se asustó del resplandor. No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás y darás a luz, y se llamará Hijo del Altísimo" (2ª lect., Viernes II);

"Recibe, Virgen María, la palabra del Señor, que te ha sido comunicada por el ángel: Concebirás y darás a luz al que es Dios y hombre juntamente. Por eso te llamarán bendita entre las mujeres. Darás a luz un hijo, sin detrimento de tu virginidad; quedarás grávida y serás madre, permaneciendo intacta" (2ª lect., 20 diciembre).

Entre las oraciones colectas, sólo destacar dos de ellas, romanas puras, de su Tradición más clásica:

"Dios, creador y restaurador del hombre, que has querido que tu Hijo, Palabra eterna, se encarnase en el seno de María, siempre Virgen, escucha nuestras súplicas, y que Cristo, tu Unigénito, hecho hombre por nosotros, se digne hacernos partícipes de su condición divina" (17 diciembre),

"Señor y Dios nuestro, a cuyo designio se sometió la Virgen Inmaculada aceptando, al anunciárselo el ángel, encarnar en su seno a tu Hijo: tú que la has transformado, por obra del Espíritu Santo, en templo de tu divinidad, concédenos, siguiendo su ejemplo, la gracia de aceptar tus designios con humildad de corazón" (20 diciembre).

Muchos más textos se podrían presentar. Con esta breve antología nos puede bastar para que la liturgia -verdadero tesoro, auténtica Tradición- eduque nuestro espíritu, porque la Liturgia es la maestra de vida espiritual y celebrar, leer y luego orar personalmente sus textos litúrgicos, modelan nuestra alma en una verdadera espiritualidad según el sentido recto y auténtico de la Tradición.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Santidad de ambiciones y deseos

El Adviento es el tiempo de las grandes esperanzas, de voces proféticas que levantan el ánimo llevándolo a la esperanza porque el Señor vendrá, porque “nuestro Dios viene y nos salvará”. Las realidades desérticas de este mundo y de esta Iglesia peregrinante, los páramos y estepas de nuestra vida y de nuestra alma se van a regocijar, exultar y florecer ¡porque el Señor vendrá! El futuro radica en las promesas de Dios, “y Él es Fiel”.

“Esperad al Señor”, “atreveos a soñar”, serían los lemas insistentes del Adviento, porque todo será pequeño comparado con la gloria y el poder del que ha de venir.

Adviento educa y contagia la espera gozosa de la esperanza teologal; es tiempo de esperanza acompañando la expectación de Nuestra Señora, la que creyó y concibió, “virgen antes en su mente que en su seno” (S. Agustín). La esperanza suaviza todas las cosas y espera activa y confiadamente en que se cumplirán todas y cada una de las promesas del Señor. No cabe ya ni el abatimiento de quien no ve salida a su situación ni el pesimismo que hunde al hombre. El pueblo cristiano es un pueblo esperanzado en su Señor; el pueblo cristiano hunde sus raíces en la esperanza, sabe de esperanzas y de esperas prolongadas lo mismo que sabe de la fidelidad de Dios y del “Amén” de Dios.


Es tiempo de soñar: ¡llega el Señor! Es tiempo de vigilar: “cuando menos penséis...” Es tiempo de grandes y santas ambiciones: viene el Señor y se inaugura el Reino de la gracia. Dios desborda las pequeñas esperanzas humanas, las eleva y otorga grandes esperanzas, ambiciones santas, deseos valientes y atrevidos para corazones grandes y almas ensanchadas por el deseo y el amor.


Toda santidad vive de esperanza, los mismos santos han sido soñadores a lo divino, y la santidad vive de modo heroico lo teologal de la esperanza. Los santos paladearon en su interior, incluso en noches oscuras y pruebas grandes, al Verbo que se les comunicaba y quería habitar en su interior por la fe.

Hay, pues, todo un trabajo interior por delante: limar las desesperanzas, tristezas y angustias y las falsas ilusiones que decepcionan y nos hunden; hay que reconocerlas y ponerles nombre... y luego levantando la cabeza mirar al Señor, depositar en Él la esperanza porque Él abre nuestro futuro, sin buscar subterfugios o falsas salidas a las situaciones, sino centrarnos en el Señor que viene.