sábado, 12 de septiembre de 2009

Alabanza al atardecer


¡Criador de la luz resplandeciente, Guía bueno que divides el tiempo en alternancias firmes!, el sol se ha sumergido, avanzando las tinieblas horrorosas; torna, Cristo, la luz a tus fieles.

Aunque hayas tachonado de estrellas innúmeras tu alcázar y el cielo hayas pintado con lámpara lunar, nos enseñas, con todo, a buscar la luz avivando la semilla que brota al golpear un pedernal,

para que el hombre no ignore que su esperanza de la luz está fundada en el cuerpo firme de Cristo, que quiso llamarse piedra inconmovible, de la que nacen nuestras diminutas llamas,


que alimentamos en los candiles, empapados con el rocío del aceite graso o con las teas secas; y también, castrada ya la miel a las colmenas, fibras de junco aderezamos impregnándolas con la cera de floridos panales.


Vivaz florece la llama, ya sea que la cóncava lamparilla de barro cocido suministre su líquido al pabilo embebido, ya preste el pinto su alimento resinoso o ya beba la estopa ardiente la redondeada vela de cera;


desde el vértice líquido, el néctar férvido destila, gota a gota, sus olorosas lágrimas, porque la fuerza del fuego hace llorar una abrasada lluvia desde la punta húmeda.


Así es, Padre, como resplandecen nuestras casas con tus dádivas, es decir, con las nobles llamas, y emuladora reproduce esta luz el día ausente; huye ante ella vencida la noche con su manto desgarrado.


Pero ¿quién no verá en Dios la alta y viva fuente de la inquieta llama?



Prudencio, Himno para cuando se enciende la lámpara, vv. 1-30.

Los sábados y Santa María


La liturgia de rito romano consagra el sábado a hacer memoria de Santa María. Es un recuerdo -sin que parezca ni sea una fiesta o solemnidad- por aquel sábado en que María Santísima fue la única creyente aguardando la resurrección de su Hijo. Así la liturgia nos ofrece "la posibilidad de una frecuente conmemoración litúrgica mariana con el recurso a la Memoria de Santa María "in Sabbato": memoria antigua y discreta, que la flexibilidad del actual Calendario y la multiplicidad de los formularios del Misal hacen extraordinariamente fácil y variada" (Pablo VI, Marialis cultus, n. 9).

Los sábados la Liturgia en Laudes hace mención de la Virgen casi siempre en alguna de las preces de Laudes y en la Hora Intermedia, especialmente relevante la oración de Nona, donde rezamos: "Escucha, Señor, nuestra oración y danos la abundancia de tu paz, para que, por intercesión de la santísima Virgen María, después de haberte servido durante toda nuestra vida, podamos presentarnos ante ti sin temor alguno. Por Jesucristo nuestro Señor", y así cerramos la semana antes de abrir el domingo con las I Vísperas.

La Virgen María es modelo de creyente, tipo y figura de la Iglesia, aliento en nuestros pasos, intercesora ante el trono de su Hijo. Si la contemplamos y pedimos su ayuda, caminaremos como discípulos verdaderos de su Hijo, como seguidores del Señor crucificado y Resucitado.

Saboreemos las preces de Laudes de hoy por el reflejo que ofrecen de Santa María y por las peticiones que orientan nuestra plegaria matutina al Señor.


"Invoquemos a Dios por intercesión de María, a quien el Señor colocó por encima de todas las creaturas celestiales y terrenas, diciendo:
Mira, Señor, a la Madre de tu Hijo y escúchanos.

-Padre de misericordia, te damos gracias porque nos has dado a María como madre y ejemplo;
santifícanos por su intercesión.

-Tú que hiciste que María meditara tus palabras, guardándolas en su corazón, y fuera siempre fidelísima hija tuya,
por su intercesión haz que también nosotros seamos de verdad hijos tuyos y discípulos de tu Hijo.

-Tú que quisiste que María concibiera por obra del Espíritu Santo,
por intercesión de María otórganos los frutos de este mismo Espíritu.

-Tú que diste fuerza a María para permanecer junto a la cruz y la llenaste de alegría con la resurrección de tu Hijo, por intercesión de María confórtanos en la tribulación y reanima nuestra esperanza".

viernes, 11 de septiembre de 2009

Dimensión social y "revolucionaria" de la espiritualidad del Corazón de Jesús


Algunas veces el cristianismo ha sido dirigido por la ideología en lugar de la teología; entonces ha sido simplemente una fuerza político-ideológica para justificar revoluciones contra sistemas. Leído en clave marxista, el Evangelio devenía en motor de revueltas y levantamientos incluso armados al servicio de la lucha de clases. Se pensaba que el Reino de Dios se conquistaba por las armas porque el Reino del que hablaban era un nuevo sistema político, un nuevo orden social, y el hombre nuevo no era el hombre redimido, sino el que era libre frente al sistema y constituía un nuevo poder, muchas veces dictatorial, simulando igualdad, llenándose la boca con la palabra “derechos”. Y si bien es cierto que muchos sistemas políticos son injustos, que muchas estructuras aplastan al hombre, que muchos derechos son conculcados, el camino cristiano ni es la revolución armada ni es el cambio de sistema. El problema es más hondo: es el corazón del hombre el que es injusto, el que es opresor, el que es tirano cuando se deja guiar por la carne, por sus concupiscencias, generando una atmósfera de pecado y de mal.

¿Cuál es la verdadera revolución cristiana? ¡La caridad, el amor sobrenatural!, porque es capaz de perdonar, de reaccionar al mal con el bien, envainando la espada y construyendo un nuevo orden social desde la caridad cristiana (que es siempre mayor que la mera justicia).

“La propuesta de Cristo es realista, porque tiene en cuenta que en el mundo hay demasiada violencia, demasiada injusticia y, por tanto, sólo se puede superar esta situación contraponiendo un plus de amor, un plus de bondad. Este "plus" viene de Dios: es su misericordia, que se ha hecho carne en Jesús y es la única que puede "desequilibrar" el mundo del mal hacia el bien, a partir del pequeño y decisivo "mundo" que es el corazón del hombre.

Con razón, esta página evangélica se considera la charta magna de la no violencia cristiana, que no consiste en rendirse ante el mal —según una falsa interpretación de "presentar la otra mejilla" (cf. Lc 6, 29)—, sino en responder al mal con el bien (cf. Rm 12, 17-21), rompiendo de este modo la cadena de la injusticia. Así, se comprende que para los cristianos la no violencia no es un mero comportamiento táctico, sino más bien un modo de ser de la persona, la actitud de quien está tan convencido del amor de Dios y de su poder, que no tiene miedo de afrontar el mal únicamente con las armas del amor y de la verdad.

El amor a los enemigos constituye el núcleo de la "revolución cristiana", revolución que no se basa en estrategias de poder económico, político o mediático. La revolución del amor, un amor que en definitiva no se apoya en los recursos humanos, sino que es don de Dios que se obtiene confiando únicamente y sin reservas en su bondad misericordiosa. Esta es la novedad del Evangelio, que cambia el mundo sin hacer ruido. Este es el heroísmo de los "pequeños", que creen en el amor de Dios y lo difunden incluso a costa de su vida” (Benedicto XVI, Ángelus, 18-febrero-2007).

Así vemos que, en definitiva, la espiritualidad del Corazón de Jesús es eminentemente social, porque quien se entrega a Cristo vive un amor “revolucionario” nuevo generando un orden justo, humanísimo, fruto de amor a Cristo y al hombre.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Plegaria a Cristo de Juan Pablo II


Mane nobiscum, Domine! Como los dos discípulos del Evangelio, te imploramos, Señor Jesús: quédate con nosotros!

Tú, divino Caminante, experto de nuestras calzadas y conocedor de nuestro corazón, no nos dejes prisioneros de las sombras de la noche.

Ampáranos en el cansancio, perdona nuestros pecados, orienta nuestros pasos por la vía del bien.

Bendice a los niños, a los jóvenes, a los ancianos, a las familias y particularmente a los enfermos. Bendice a los sacerdotes y a las personas consagradas. Bendice a toda la humanidad.

En la Eucaristía te has hecho "remedio de inmortalidad": danos el gusto de una vida plena, que nos ayude a caminar sobre esta tierra como peregrinos seguros y alegres, mirando siempre hacia la meta de la vida sin fin.

Quédate con nosotros, Señor! Quédate con nosotros! Amén.

Juan Pablo II, Homilía, 17-octubre-2004.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

El Ángelus, plegaria cotidiana (II)

El ángelus es una oración querida en la tradición eclesial, que marcaba la jornada incluso al toque de las campanas. Rezarla con amor es entrar en la interioridad de la Virgen María, en su corazón dócil y obediente, que se abre al Misterio, acepta el plan propuesto por Dios, colabora en el orden de la Redención. Sus entrañas purísimas reciben el Espíritu Santo como la nube que cubre la tienda del encuentro. Su disponibilidad es modelo para nosotros.


"Nuestra palabra sobre el "Angelus" quiere ser solamente una simple pero viva exhortación a mantener su rezo acostumbrado, donde y cuando sea posible. El "Angelus" no tiene necesidad de restauración: la estructura sencilla, el carácter bíblico, el origen histórico que lo enlaza con la invocación de la incolumidad en la paz, el ritmo casi litúrgico que santifica momentos diversos de la jornada, la apertura hacia el misterio pascual, por lo cual mientras conmemoramos la Encarnación del Hijo de Dios pedimos ser llevados "por su pasión y cruz a la gloria de la resurrección", hace que a distancia de siglos conserve inalterado su valor e intacto su frescor. Es verdad que algunas costumbres tradicionalmente asociadas al rezo del Angelus han desaparecido y difícilmente pueden conservarse en la vida moderna, pero se trata de cosas marginales: quedan inmutados el valor de la contemplación del misterio de la Encarnación del Verbo, del saludo a la Virgen y del recurso a su misericordiosa intercesión: y, no obstante el cambio de las condiciones de los tiempos, permanecen invariados para la mayor parte de los hombres esos momentos característicos de la jornada mañana, mediodía, tarde que señalan los tiempos de su actividad y constituyen una invitación a hacer un alto para orar" (Pablo VI, Marialis cultus, n. 41).