sábado, 5 de septiembre de 2009

¡Jesucristo!


"También nosotros queremos proclamar esto hoy con íntima convicción: ¡Sí, Jesús, tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo!

Lo hacemos con la conciencia de que Cristo es el verdadero "tesoro" por el que vale la pena sacrificarlo todo; él es el amigo que nunca nos abandona, porque conoce las expectativas más íntimas de nuestro corazón.

Jesús es el "Hijo del Dios vivo", el Mesías prometido, que vino a la tierra para ofrecer a la humanidad la salvación y para colmar la sed de vida y de amor que siente todo ser humano.

¡Cuán beneficioso sería para la humanidad si acogiera este anuncio que conlleva la alegría y la paz!" (Benedicto XVI, Ángelus, 24-agosto-2008).

Jesucristo: Él lo es todo.
Quien lo encuentra a Él, todo lo posee, ha hallado lo mejor, su humanidad queda elevada a cotas inimaginadas.

Jesucristo, sólo Jesucristo.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Primeros viernes de mes: Propuestas y deseos


¿Por qué no recuperarlos?

El primer viernes de mes es un día consagrado a Cristo en su Pasión redentora, memoria de la cruz, de su costado traspasado y de su Amor salvador. La Liturgia de las Horas siempre tiene un matiz penitencial ese día: se reza el salmo 50 -"Misericordia, Dios mío"-, las preces de Laudes, las oraciones de Laudes y Vísperas... hacen referencia a la pasión y a la cruz.

El viernes es día para entregar a Cristo el homenaje de nuestro amor. La confesión nos hace ser lavados por su Sangre redentora; preparar bien la celebración de la Penitencia con un examen de conciencia pausado, contrastando la propia vida con Cristo, una pequeña mortificación, la celebración del Sacramento. Es día para participar en la Eucaristía poniendo en el corazón mayor amor aún y pidiendo por la humanidad, siempre necesitada de redención. Es día para adorar eucarísticamente.

Sea una invitación lo que prescribe el Directorio sobre Piedad popular y liturgia: “En nuestros días, la devoción de los primeros viernes de mes, si se practica de un modo correcto, puede dar todavía indudable fruto espiritual. Es preciso, sin embargo, que se instruya de manera conveniente a los fieles sobre el hecho de que no se debe poner en esta práctica una confianza que se convierta en vana credulidad que, en orden a la salvación, anula las exigencias absolutamente necesarias de la fe operante y del propósito de llevar una vida conforme al Evangelio” (nº 171). Es decir, los "nueve primeros viernes de mes" no son algo mágico, es camino de conversión y reparación.

Una fórmula que suele ser muy válida es tener el Santísimo expuesto varias horas o todo el día, con retiro, o meditación, o una Hora santa, con un folleto de lecturas bíblicas, preces, letanías al Sagrado Corazón, para que sea un día intenso de reparación amorosa y eclesial.

¿Nos atrevemos a ponerlo en marcha?

jueves, 3 de septiembre de 2009

Año sacerdotal. Identidad del ministerio


Este año sacerdotal es ocasión privilegiada para orar por los sacerdotes y comprender y valorar el significado del ministerio ordenado en la Iglesia, y para que los sacerdotes renovemos la gracia sacramental que se nos confirió por la imposición de las manos, con un renovado anhelo de santidad, con un acrecentamiento del celo apostólico, una mayor entrega a Jesucristo, un amor esponsal a la Iglesia.

Los años postonciliares fueron años difíciles, de crisis y de ruptura con todo, en el ámbito civil-político, cultural y de pensamiento, como igualmente en el ámbito eclesial donde la aplicación del Concilio Vaticano II se hizo con muchas dificultades, tanteos y experimentos, que llevaron a rupturas y lecturas críticas de todo lo vivido y realizado por la Iglesia, con una creatividad desbordante y desafiante, donde se amparaba todo en un supuesto “espíritu del Vaticano II”. En el fondo, no sólo era una crisis sociológica, era y sobre todo, una crisis de fe. El azote del secularismo en el mundo moderno y de la secularización interna de la Iglesia tuvieron efectos devastadores. Aquí, en este panorama, comienza el pontificado de Juan Pablo II, vigoroso y fuerte, como respuesta a esta crisis, aliento de esperanza y nuevo ardor y amor en la vida de la Iglesia. La carta Novo Incipiente será el programa sacerdotal de Juan Pablo II, su primera y firme respuesta ante la crisis sacerdotal, su línea de orientación para decir qué es el sacerdote, a qué ha sido llamado, cuál su estilo de vida, de qué modo debe realizar su ministerio y santificarse en él. Así, con esta carta, comienza una nueva etapa, un resurgir de la vida sacerdotal ante la crisis sufrida.

El sacerdocio está referido a Jesucristo y a su misión. El centro de la vida sacerdotal es una unión plena por gracia con Jesucristo donde se es partícipe de su misión. El sacerdote no nace por delegación de la comunidad o elección de las bases ni su sacerdocio es una pura filantropía o una organización sociológica de la comunidad cristiana. Todas estas afirmaciones son reducciones casi al absurdo del sacerdocio. La identidad del sacerdote está referida a Jesucristo, una configuración con Él, un envío y una misión en la Iglesia, sirviendo al hombre.

Jesucristo “como es sabido tiene una triple dimensión: es misión y función de Profeta, de Sacerdote y de Rey... conviene hablar más bien de una triple dimensión del servicio y de la misión de Cristo que de tres funciones distintas. De hecho, están íntimamente relacionadas entre sí, se despliegan recíprocamente, se condicionan también recíprocamente y recíprocamente se iluminan. Por consiguiente es de esta triple unidad de donde fluye nuestra participación en la misión y en la función de Cristo. Como cristianos, miembros del Pueblo de Dios y, sucesivamente, como sacerdotes, partícipes del orden jerárquico, nuestro origen está en el conjunto de la misión y de la función de Nuestro Maestro que es Profeta, Sacerdote y rey, para dar un testimonio particular y ante el mundo” (Juan Pablo II, Carta Novo Incipiente, n. 3).

Ésta es la identidad, la fuente y el origen del ministerio.

Oremos pues: "Que los sacerdotes, Señor, crezcan en la caridad y que los fieles vivan en la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz" (Preces Vísp., Jueves I).

miércoles, 2 de septiembre de 2009

El Evangelio sin glosas o el martirio de vivir en cristiano


Las afirmaciones de Cristo en absoluto son ambiguas, sino claras y firmes. Nadie se puede sentir engañado por Él, nadie ignorante de las directrices marcadas por Él, del camino señalado por Él. “El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo” (Mt 16,23). Para seguirle en la libertad conquistada por su sangre, hay que despojarse de todo lo que estorba a esa libertad, a saber, el propio pecado, las tendencias pecaminosas del corazón, los caprichos del alma, o, en lenguaje paulino, mortificar la carne con sus concupiscencias que nos hacen carnales y terrenos. Para llegar a ser el hombre nuevo, el hombre viejo debe ir desapareciendo. El ropaje de mármol de nuestras concupiscencias y orgullos debe ser esculpido con golpes secos y precisos para que salga a la luz el hombre nuevo. Esos golpes son dolorosos a la par que necesarios. En lenguaje cristiano: mortificación interior, penitencia, espíritu de sacrificio. En lenguaje psicológico: madurez, autodominio, control de sí mismo, percepción ajustada de sí mismo y de la realidad...

Uno de los aspectos de la mortificación interior, que exige libertad y desprendimiento de sí mismo, es vivir según el Evangelio, tal cual, sin adiciones ni problemas de exégesis tibia. Se entra así en la dinámica martirial (testimonial por tanto, de la Verdad) inherente a la existencia cristiana:

“Aunque son pocos relativamente los llamados al sacrificio supremo, existe sin embargo "un testimonio de coherencia que todos los cristianos deben estar dispuestos a dar cada día, incluso a costa de sufrimientos y de grandes sacrificios" (Veritatis splendor, n. 93). Realmente, a veces hace falta un esfuerzo heroico para no ceder, incluso en la vida diaria, ante las dificultades y las componendas, y para vivir el Evangelio sin glosa” (Juan Pablo II, Ángelus, 29-agosto-2004).

Aquí está el martirio: “vivir el Evangelio sin glosa”. Es decir, tomarlo tal cual, sin interpretaciones acomodaticias que lo vuelvan cómodo, fácil, agradable, aguando el vino del Evangelio, convirtiéndolo en una sal sosa, en una fuerza inmóvil. El proceso que degenera en tibieza y en mediocridad es traer el Evangelio hasta mí y amoldarlo a lo que yo vivo y soy y siento, en lugar de ser yo el que me sitúe frente a Él y ser yo quien me amolde y configure a Él. El proceso degenera en falta de calidad cristiana, de elevación espiritual, cuando lo que el Evangelio me presenta lo interpreto como “exageraciones” ("no hay que exagerar", "Dios no pide tanto", "Dios es Padre..."), tal vez de otros tiempos, pero que hoy apenas tienen sentido. Lo interpreto rebajándolo, lo traduzco según me deje igual y no me vaya a cuestionar ni me pida cambiar. Tomo el Evangelio pero no lo tomo en su integridad y belleza, sino seleccionando páginas, elaborando mi propio canon dentro del canon. Y esto, que se hace tanto en la “exégesis más profesional y científica” como en la predicación, ocurre igualmente en el plano personal. Se pretende convivir con el Evangelio y con la mentalidad (secularizada) del mundo; se busca lograr una síntesis moderna del Evangelio eludiendo el aspecto básico: “el negarse a sí mismo”. ¿En qué se queda el Evangelio, en qué queda Cristo mismo? En un simple manual filantrópico, en un bello libro de ejemplos para ser buenos, solidarios, transformar el mundo (¡pero sin transformar a la persona por la conversión!); es un antropocentrismo que nada que tiene ver con el humanismo cristiano; es el liberalismo como clave de interpretación de todo.

“Vivir el Evangelio sin glosa”: entonces es cuando Cristo se convierte en la medida de todo, esto es, del pensar, del ser, del actuar, del decidir. Habrá que volver en otra ocasión sobre este tema.

martes, 1 de septiembre de 2009

Santidad de lo cotidiano y madurez psicológica


La vuelta de las vacaciones nos lleva a lo cotidiano, a sumergirnos en la normalidad, en el ritmo del curso y del trabajo, de las obligaciones constantes, pequeñas, que sólo Dios que ve en lo escondido puede premiar.

¿Acaso la santidad son acciones deslumbradoras, fascinantes, reconocidas con aplausos por todos? Más bien, la santidad es la normalidad y perfección de lo cotidiano, lleno de amor Dios. El mejor propósito es empeñarse a fondo en vivir la santidad de lo cotidiano con naturalidad, sin excentricidades. Esto, cierto, requiere una cada vez mayor madurez psicológica, que hay que ir adquiriendo. Las palabras de Juan Pablo II, tal día como hoy, nos trazan un camino sencillo y exigente a la par:

“En el plano psicológico, la vuelta a la vida ordinaria no siempre es fácil, más aún, a veces implica algunas dificultades de adaptación a los compromisos diarios. Pero en la "cotidianidad" Dios nos llama a conseguir la madurez de la vida espiritual, que consiste precisamente en vivir de modo extraordinario las cosas ordinarias.

En efecto, la santidad se alcanza en el seguimiento de Cristo, no evadiéndose de la realidad y de sus pruebas, sino afrontándolas con la luz y la fuerza de su Espíritu. Todo esto tiene su más profunda comprensión en el misterio de la cruz, como subraya bien la liturgia de este domingo. Jesús invita a los creyentes a tomar cada día su cruz y a seguirlo (cf. Mt 16, 24), imitándolo hasta la entrega total a Dios y a los hermanos” (Juan Pablo II, Ángelus, 1-septiembre-2002).

Hoy en los telediarios nos bombardearán con lo de "depresión post-vacacional" y absurdos comentarios; se ha educado para vivir en lo extraordinario, en un sueño de diversión y fiesta, pero muy poco en el valor humano y social del trabajo (no meramente salarial), en disfrutar del ámbito cotidiano (familia y amigos), etc. La madurez cristiana, cuando uno se centra en Cristo y su Corazón, acoge con ilusión y esperanza un nuevo curso que empieza, lo afronta con deseos santos, sabe amar y ofrecerlo... y no conoce esa "depresión post-vacacional" de quien prefiere huir de su propia realidad.