
La adoración al Santísimo Sacramento -¡qué duda cabe!- ha sido fuente de santidad para muchas almas; se ha convertido en fuente y manantial para generar apostóles convencidos y entregados en el mundo. Nadie que ore de rodillas sosegadamente ante el Santísimo permanece indiferente o igual: desea que el fuego de Cristo arda ya en todo el mundo, un fuego de amor y salvación. Es por lo que es tan urgente promover y vivir la adoración eucarística en nuestras iglesias. Para educarnos en ella, empecemos a leer esta carta de Juan Pablo II, que puede servirnos en este día de catequesis y formación cristiana.
"2. Jesús ya no está presente entre los hombres de la misma manera que lo estuvo por los caminos de Palestina. (...) Cristo no se ha alejado de los hombres. Permanece para siempre en medio de sus hermanos y como prometió, los acompaña y los guía mediante su Espíritu. Ahora su presencia es de otro tipo. En efecto, “en la última cena, después de haber celebrado la Pascua con sus discípulos, cuando iba a pasar de este mundo a su Padre, Cristo instituyó este sacramento como el memorial perpetuo de su pasión (...), el más grande de todos los milagros; y a quienes su ausencia llenaría de tristeza, les dejó este sacramento como consuelo incomparable” (S. Tomás de Aquino, Oficio del Corpus Domini, 57,4)...
3. Fuera de la celebración eucarística, la Iglesia se preocupa por venerar la santa reserva, que ha de ser “conservada (...) como centro espiritual de la comunidad religiosa y de la parroquia” (Pablo VI, Mysterium fidei, 38). La contemplación prolonga la comunión y permite encontrarse constantemente con Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, dejarse observar por él y experimentar su presencia. Cuando lo contemplamos presente en el Santísimo Sacramento del altar, Cristo se acerca a nosotros con más intimidad que la que podemos tener nosotros mismos; nos hace partícipes de su vida divina en una unión transformadora y, por el Espíritu nos abre el acceso al Padre como dijo a Felipe: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14,9). La contemplación, que es también comunión de deseo, nos une íntimamente a Cristo y de manera muy especial une a quienes no pueden recibirlo. Permaneciendo en silencio ante el Santísimo Sacramento, es a Cristo, total y realmente presente, a quien descubrimos, a quien adoramos y con quien estamos en relación. Sin embargo, no lo percibimos y estamos cerca de él gracias a nuestros sentidos. La fe y el amor nos llevan a reconocer, bajo las especies del pan y del vino, al Señor, a aquel que nos comunica plenamente “los beneficios de esta redención que ha realizado él, el Maestro, el buen Pastor, el mediador más grato al Padre” (León XIII, Mirae caritatis). Como recuerda el Libro de la fe de los obispos de Bélgica, la oración de adoración en presencia del Santísimo Sacramento une a los fieles “en el misterio pascual; los hace partícipes del sacrificio de Cristo, cuya Eucaristía es el “sacramento permanente””.
4. Al venerar el Santísimo Sacramento, realizamos también una profunda acción de gracias al Padre, pues por su Hijo ha visitado y redimido a su pueblo. Por el sacrificio de la cruz, Jesús dio la vida al mundo y nos convirtió en hijos adoptivos, a su imagen, estableciendo relaciones particularmente íntimas, que nos permiten llamar a Dios con el hermoso nombre de Padre. Como nos recuerda la Escritura, Jesús pasaba noches enteras orando, especialmente en los momentos en que debía hace opciones importantes. En la oración, con un gesto de confianza filial, imitando a su Maestro y Señor, el cristiano abre su corazón y sus manos para recibir el don de Dios y darle gracias por sus favores, concedidos gratuitamente".
(Mensaje de Juan Pablo II a monseñor Albert Houssiau, obispo de Lieja, en el 750 aniversario de la fiesta del Corpus Christi, 28-5-1996).



