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sábado, 15 de enero de 2011

Dios se revela en la zarza ardiente (Ex 3)

Es legítimo preguntarse quién es aquél que se revela y habla con Moisés, si el Padre, el Hijo o el Espíritu Santo. El icono representa una cabeza con cuello, pero un rostro joven al carecer de barba; si fuera Dios Padre, la iconografía lo representaría con una barba larga. Es, entonces, una imagen del Logos, del Verbo quien comunica los misterios, el Verbo quien dialoga con Moisés, porque conviene más al Logos la revelación y el diálogo, que al Padre mismo (que habla por medio del Logos) o que al Espíritu (cuya acción es invisible e interior). Esta razón de conveniencia se une además al deseo de la Tradición de subrayar la divinidad del Verbo que se encarnará en María Virgen frente al arrianismo y la demostración palpable de su preexistencia y su actuación progresiva –incluso digamos propedéutica, como señalaría san Ireneo- en la historia de la salvación, en la revelación de Dios, gradual, hasta hablarlo todo en su Hijo encarnado.

    El primero, san Ireneo de Lyon, con su densa teología del Misterio y del Logos:

                “7,3. Uno y el mismo es el Dios que llamó a Abraham y le dio la promesa. Es el Creador que por medio de Cristo prepara la ley para el mundo, que son aquellos de entre los gentiles que creen en él. Dice: «Vosotros sois la sal del mundo» (Mt 5,14), esto es, como las estrellas del cielo. Así pues, éste es de quien hemos afirmado que no es por nadie conocido, sino por el Hijo y por aquéllos a quienes el Hijo se lo revelare. Y el Hijo revela al Padre a todos aquellos de quienes quiere ser conocido; y ninguno conoce a Dios sin que el Padre así lo quiera y sin el ministerio del Hijo. Por eso el Señor decía a los discípulos: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Ninguno viene al Padre sino por mí. Si me conocieseis, también conoceríais a mi Padre; pero ya lo habéis visto y conocido» (Jn 14,6-7). De donde es claro que se le conoce por el Hijo, o sea por el Verbo.


lunes, 27 de diciembre de 2010

Navidad de papel de regalo

Siempre me ha parecido que el hombre pretende disimular u ocultar la fuerza del Misterio escondiéndolo tras lo banal o lo cultural, a lo mejor no tanto porque no se sepa preguntar al Misterio, cuanto que prefiere la comodidad del quedarse quieto y no indagar, no buscar para no hallar. Se amordaza el Misterio tras expresiones humanas o culturales y así se sobrevive con el Misterio sin atreverse a dejarse fascinar por lo bello y verdadero del Misterio.

    El ciclo litúrgico de la Navidad es, en verdad, un Misterio, el gran Misterio, el Misterio accesible y palpable del Verbo, de la Presencia del Dios-con-nosotros, que descubre el hombre al hombre, le revela sus inmensas posibilidades, le señala el camino de su sobrenatural vocación a la santidad. 

No obstante, frente al Misterio que sobrecoge al hombre y le hace brotar el estupor, la admiración y la adoración, el hombre ha preferido amortiguar el golpe de Dios, ocultar sus refulgentes rayos, envolviéndolo todo en un vulgar y simple papel de regalo; hemos querido arrebatarle fuerza transformándolo en dulzura meliflua, empalagosa, chorreante de miel; es un folclore navideño, aceptado y participado por todos que resulta más “entretenido” y falsamente “humano” que la acogida del Misterio que se da. 

La fuerza de Dios y la belleza del cristianismo que engendra se oculta tras los velos de la “solidaridad”, del compartir navideño, de los regalos y de lo convencionalmente aceptado por la sociedad, ya incluso, abierto y descaradamente, sin referencias a Jesús en muchos eventos, adornos o felicitaciones. A aquel que se manifiesta lo preferimos como un Dios oculto y escondido; al que habla lo preferimos mudo. Un simple y último ejemplo: la liturgia misma de Navidad es abarrotada y colmada de cantos y villancicos populares, coros de niños vestidos de “pastorcitos” y Misas “flamencas o rocieras”, marginando los grandes cantos de la liturgia de Navidad, incluso el mismo salmo responsorial o el Gloria.

jueves, 25 de noviembre de 2010

La luz y la vida unidas en la zarza (Ex 3)


En el episodio magnífico de la zarza ardiente de Moisés, se entrecruzan el fuego (el cielo) y la vegetal (la tierra), lo divino (el fuego) y lo creado (lo vegetal), la verdad (fuego, luz) y la vida (la zarza): “la zarza que arde sin consumirse y cuya luz es la razón era la unidad sobrenatural de vida y verdad” (María Zambrano).

    El fuego en la zarza ardiente remite a la luz que es Dios, por lo que se acomoda fácilmente al sentido de revelación de este momento culminante. La luz que es Dios mismo nos hace ver la luz (cf. Sal 36). Así Él se revela como fuego-luz pues va a disipar las tinieblas del conocimiento conduciendo a la luz de la verdad. Es un conocimiento superior, no se adquiere por el intelecto natural sino por la revelación del Misterio mismo. Lo que Dios es en Sí mismo no lo podemos alcanzar por la inteligencia, sino porque Dios mismo desvele el Misterio. Se trata de un conocimiento que la Tradición incluso llega a calificar de místico.

    El fuego en la zarza lleva al conocimiento del Misterio ofrecido por Dios mismo revelándose:
 
“Como Moisés obtuvo este conocimiento en aquella ocasión, así la alcanza ahora toda persona desnuda de su envoltura terrenal y con los ojos abiertos a la luz que viene de la zarza, es decir, el esplendor nacido de las espinas de la carne, que es la “luz verdadera y la misma verdad”, como dice el evangelio. Una persona así es ayuda poderosa para la salvación de las almas, para destruir la tiranía de las potencias del mal y dar libertad a sus cautivos” (S. Gregorio de Nisa, Vida de Moisés, II, 26).   

    Además un segundo sentido, igualmente místico y espiritual: para poder revelarse y poder salvar a su pueblo, todo ha de ser purificado. Las zarzas son purificadas por el fuego y sólo así conocen a Dios; del mismo modo la humanidad ha de ser purificada para conocer a Dios y su salvación. Expresa la zarza ardiente la dureza y la esterilidad del pueblo judío que va a recibir a Moisés y que tantas veces no se dejará quemar por el fuego de Dios sino que resistirá a Dios. En esta ocasión, es san Agustín el que ofrece este significado: 

“La llama en la que se apareció el ángel o el Señor, significa algo bueno, y por eso, cuando vino el Espíritu Santo, se presentaron lenguas separadas, como de fuego; pero entonces debemos entender que la zarza no se quemaba, no por la ineficacia del fuego, sino por la dureza de la zarza. La zarza significa, pues, al pueblo espinoso de los judíos, al que era enviado Moisés. No se quemaba la zarza porque la dureza de los judíos, como dije, resistía a la ley de Dios. Pues si no viniese significado ese pueblo espinoso, no hubiese sido Cristo coronado de espinas por él” (Serm. 7,2).


lunes, 22 de noviembre de 2010

Belleza, música, liturgia

La Iglesia siempre amó la belleza, cuidó las artes, se esmeró en la composición literaria de sus textos litúrgicos y en la disposición solemne de sus ritos, favoreció la música sacra, engendrando una cultura cristiana, un amplio patrimonio cultural nacido al amparo de la liturgia. Aquí la reflexión debe abordar un punto importante: la música y el canto en la liturgia.
 
 
“La música puede conducirnos a la oración: nos invita a elevar la mente hacia Dios para encontrar en él las razones de nuestra esperanza y el apoyo en las dificultades de la vida” (Benedicto XVI, Discurso, 18-noviembre-2006). 
“Una música de alto nivel nos purifica y eleva y, en última instancia, nos hace sentir la grandeza y la belleza de Dios” (Benedicto XVI, Alocución al final de un concierto, 20-octubre-2005).
    Se han arrinconado los tesoros musicales de la Iglesia, el gregoriano y la polifonía, el órgano ya no suena en las iglesias. Se ha reemplazado por música mediocre, instrumentos ruidosos y profanos, ritmos musicales que no favorecen el recogimiento y la plegaria, letras sentimentales y secularizadas, en nada inspiradas en los textos bíblicos y litúrgicos, que los parafrasean, o los alteran, o simplemente se omiten por canciones que son emotivas. Al final, es cantar por cantar, cualquier cosa vale, todo da igual, desvirtuando el fin y la esencia de la música y canto litúrgicos, argumentando con excesivo simplismo que “lo importante es que la gente cante”. 
 
¿Habrá que señalar lo horrible y vulgar de ciertas letras, lo inadecuado de ciertas músicas y ritmos chillones y estridentes? "Tus manos son palomas de la paz", "Ven a la fiesta, Jesús esperando está", "Padre nuestro tú que estás en los que aman la verdad...", "Un nuevo sitio disponed para un amigo más..." Lo que serían cantos para una velada o un fuego de campamento, ¡se introduce en la acción litúrgica, pervirtiendo lo sagrado!
 
Si en general la cultura y la educación ya no elevan a nadie, sino que se vulgarizan, la liturgia por el contrario siempre ha elevado a los hombres y fue expresión en todas sus facetas de la sublimidad de la cultura cristiana. Hoy la liturgia participa del proceso de pobreza cultural reinante en la sociedad.

    

martes, 9 de noviembre de 2010

El simbolismo de la zarza y del fuego (Ex 3)

El fuego está sobre una zarza –otros autores leen “un zarzal”- y allí se manifiesta Dios, al que no se le ve, sino que se le oye y su descubre su Presencia en el fuego siguiendo el relato del libro del Éxodo (cap. 3). En la imagen icónica, el rostro joven, sin barba, está completamente circundado por la zarza y el fuego de modo que no es posible que Moisés lo pueda ver. El fuego y la zarza son dos elementos intangibles, no se pueden tocar, incluso hay que guardar una cierta distancia ante ellos. Ahí se hace presente Dios, porque el Misterio no puede ser tocado por el hombre, ni manipulado, ni controlado .

    El fuego que es incontrolable y que proviene del cielo (“como un rayo”) es elemento muy presente en las hierofanías veterotestamentarias. Expresa un carácter divino y además y sobre todo, la absoluta libertad de Dios de manifestarse de formas distintas que el hombre no pueda ni abarcar ni supeditar a su voluntad. “Toda hierofanía [manifestación de lo sagrado], incluso la más elemental, revela esa paradójica coincidencia de lo sagrado con lo profano, del ser y del no ser, de lo absoluto y de lo relativo, de lo eterno y del devenir... Podría incluso decirse que las hierofanías todas no son sino prefiguraciones del milagro de la encarnación, que cada hierofanía no es sino un intento fallido de revelar el misterio de la coincidencia hombre-Dios... La morfología de las hierofanías primitivas no aparece en manera alguna como absurda dentro de la perspectiva de la teología cristiana: Dios disfruta de una libertad que le permite adoptar cualquier forma, incluso la de la piedra o la de la madera... En definitiva, lo paradójico, lo ininteligible, no es el hecho de la manifestación de lo sagrado en piedras o árboles, sino el hecho mismo de que se manifieste y, por consiguiente, se limite y se haga relativo” (Mircea Eliade) .

    El fuego es el primer elemento destacable, empleado por Yahvé muy frecuentemente, de hecho “sus hierofanías celestes y atmosféricas constituyeron muy pronto el núcleo de las experiencias religiosas gracias al cual fueron posibles las revelaciones ulteriores... La zarza ardiente del episodio de Moisés, la columna de fuego y las nubes que conducían a los israelitas por el desierto son epifanías yahvistas... El Señor es el único y verdadero dueño del cosmos” (Id.).

jueves, 14 de octubre de 2010

La belleza que fascina

El rostro del catolicismo ha mostrado una faz gloriosa, es decir, luminosa, bella y transparente, durante siglos en el esplendor y hondura espiritual de la Santa Misa y de sus oficios que impresionaron tanto que incluso lograba conversiones –como la de Paul Claudel en el Magnificat de unas Vísperas navideñas en Notre-Dame de París-. Hoy ya no es así, y recuperar la fuerza espiritual y sagrada de la liturgia es uno de los caminos por donde transita actualmente la Iglesia.

    Algunos han pretendido lograr la unión entre la religión y la vida rebajando y adaptando la religión a las modas del momento, perdiendo su esencia y su belleza, persiguiendo metas meramente mundanas. Los actos de culto religioso han de ayudar a trascender lo mundano, y no mundanizarse so pretexto de integrar, de atraer, de renovar, de participar: lemas tan en boga y a la vez tan vacíos y fracasados. Parece que no se dan cuenta de la importancia básica de lo sagrado en la religión que nos hace salir de nosotros mismos para estar ante Dios, embotando el sentido sagrado de la religión y de la liturgia. Al final profanan la liturgia, es decir, la convierten en algo mundano, profano, corriente. 
 

martes, 1 de junio de 2010

Sentirse solo en la Iglesia

La clave de la felicidad es Jesucristo y el encuentro con Él, Jesucristo el Amado; la felicidad no es un algo, sino Alguien, Jesucristo. Y en Él, un gran amor a la Iglesia. Nunca estamos solos estando en ella. Somos una Comunión, un Cuerpo. El cristiano nunca está solo: “Quien cree, nunca está solo” (Benedicto XVI, Homilía inauguración del ministerio petrino, 24-abril-2005).

Y en la Iglesia, Madre, Maestra, recibimos a Cristo y toda gracia. ¿No os parece maravilloso? Porque eso es lo que da consistencia a la frágil vida de cada uno de nosotros.

La sensación aparente a la vez que amarga de soledad viene cuando, intentando ser fiel a la Iglesia, las corrientes van en contra y todo se halla agitado. ¿He sido defraudado? ¿La Iglesia me ha abandonado? Cuando todo es convulso, ¿me estoy equivocando? La sensación de soledad consume interiormente cuando, siguiendo las pautas de la Iglesia, todo alrededor está tan infectado por la secularización interna, que uno va solo y es cuestionado, considerado como desfasado, “antiguo”, poco “pastoral” y otras lindezas. Todo esto ocurre por no sumarse al carro del “buenismo”, de ser “simpático” callando la sana doctrina de la fe, de desacralizar la liturgia...

Me parece que un texto, tal vez muy largo, de Von Balthasar capta perfectamente el problema de esa “soledad” en la Iglesia. ¡Cuántos no se van a sentir retratados, reflejados, comprendidos!


viernes, 8 de enero de 2010

Teología de la Navidad (ante tanto sentimentalismo y subjetivismo)

Siempre me ha parecido que el hombre pretende disimular u ocultar la fuerza del Misterio escondiéndolo tras lo banal o lo cultural, a lo mejor no tanto porque no se sepa preguntar al Misterio, cuanto que prefiere la comodidad del quedarse quieto y no indagar, no buscar para no hallar. Se amordaza el Misterio tras expresiones humanas o culturales y así se sobrevive con el Misterio sin atreverse a dejarse fascinar por lo bello y verdadero del Misterio.

El ciclo litúrgico de la Navidad es, en verdad, un Misterio, el gran Misterio, el Misterio accesible y palpable del Verbo, de la Presencia del Dios-con-nosotros, que descubre el hombre al hombre, le revela sus inmensas posibilidades, le señala el camino de su sobrenatural vocación a la santidad, el Misterio de la condescendencia divina, del admirable intercambio entre la naturaleza humana y la divina para hacernos a nosotros partícipes de la vida de Dios.

No obstante, frente al Misterio que sobrecoge al hombre y le hace brotar el estupor, la admiración y la adoración, el hombre ha preferido amortiguar el golpe de Dios, ocultar sus refulgentes rayos, envolviéndolo todo en un vulgar y simple papel de regalo; hemos querido arrebatarle fuerza transformándolo en dulzura meliflua, empalagosa, chorreante de miel; es un folclore navideño, aceptado y participado por todos que resulta más “entretenido” y falsamente “humano” que la acogida del Misterio que se da. La fuerza de Dios y la belleza del cristianismo que engendra se oculta tras los velos de la “solidaridad”, del compartir navideño, de los regalos y de lo convencionalmente aceptado por la sociedad, ya incluso, abierto y descaradamente, sin referencias a Jesús en muchos eventos, adornos o felicitaciones. El que se manifiesta lo preferimos como un Dios oculto y escondido; el que habla lo preferimos mudo. Un simple y último ejemplo: la liturgia misma de Navidad es abarrotada y colmada de cantos y villancicos populares, coros de niños vestidos de “pastorcitos” y Misas “flamencas o rocieras”, marginando los grandes cantos de la liturgia de Navidad, incluso el mismo salmo responsorial o el Gloria.
Pero volvamos al principio: estamos ante el Misterio.

Y el hombre sabio, el creyente, sabe que ante el Misterio hay que ponerse de rodillas, llenos de asombro y gratitud, adorar y amar, acoger y dejarse coger por el Misterio. Aquí está la Belleza, la Verdad, la Bondad, la Luz, la Palabra y la Vida.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Santa María de la Esperanza

El 18 de diciembre es la gran fiesta mariana en el rito hispano-mozárabe. A una semana del Nacimiento de su Hijo, la figura de María, el misterio de la Encarnación y de su maternidad virginal ocupan la atención espiritual de la Iglesia, ¡qué mejor preparación para el Nacimiento, la Aparición el Salvador! Con la oratio admonitionis de la Misa de Santa María, compuesta por san Ildefonso, entremos en la teología del Misterio.

"Levantemos, hermanos, nuestra mirada hacia lo alto
para contemplar la gloria del Salvador;
vamos a ver cómo Dios se escoge una Virgen
para que le conciba.
Colma de gracia a la Madre, que le dará a luz.

Él es el don que adorna su alma,
siendo al mismo tiempo el Hijo de sus entrañas.
Se infunde en ella para conferirle su propia santidad,
y de ella procede sin quitarle nada.

No le escatima el honor de llevarlo en su vientre,
pero no quiere entristecerla cuando va a alumbrarlo.
No habrá gemidos en el parto,
pero sí la ternura del recién nacido.
Habría sido absurdo acompañar con gritos de dolor
un nacimiento que alboroza a todo el mundo;

no se podía marcar con el sello del sufrimiento
el origen humano de la divina alegría.

Para regenerar al pecador,
un mensaje inflama el corazón intacto de la doncella;
una palabra que no deja lugar a dudas llena sus oídos.
La seguridad de su fe la confirma en la esperanza:
Dios tiene poder para cumplir lo que promete.
Así su alma concibe lo que la fe le enseña,
mientras penetra en ella el Espíritu que la eligió;
y una humanidad verdadera y el divino poder
quedan ya inseparablemente unidos en nuestro Redentor.

¡Oh inefable acción de Dios!
Suscita el crecimiento desde el interior
sin dañar mínimamente la integridad externa.
El Hijo Unigénito de Dios saldrá a la luz
desde las entrañas de su Madre
sin necesidad de abrirse paso.
Al ser concebido y al nacer,
no la ha privado del don de la virginidad,
antes bien lo ha confirmado con su sello.

Esto, en cuanto ha sido realizado para salvarnos,
constituye una victoria de nuestra naturaleza,
pues un parto tan suave ha derrotado al enemigo
cuanto lo habría hecho un duro combate;
y es que por el misterio de su concepción
empieza a darse cuenta de que aquel Hijo reinará.
La vida humana de ese Hombre tiene el poder
de enriquecer a los demás hombres,
y sólo con ese objetivo la ha asumido.
Nadie se extrañe pues de que nazca
en medio de los que Él mismo había creado,
pues ya antes de nacer
ardía en deseos de redimirlos. Amén.

Por la misericordia de Dios, nuestro Dios,
digno de toda alabanza,
que vive y sobre todo reina por los siglos de los siglos. Amén.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Genealogía de Jesús y las caras de aburrimiento de los oyentes

Al iniciar las ferias mayores, esta semana intensa espiritual y litúrgicamente de preparación inmediata a la primera venida del Señor en nuestra carne, la Iglesia en el rito romano proclama la genealogía de Jesús. ¡Las caras de los fieles expresan un aburrimiento mortal de necesidad! ¡Tantos nombres raros uno tras otro! Y si hay homilía luego, pocas veces explica el sentido de lo escuchado sino una vaga exhortación navideña... a la solidaridad con la Campaña de alimentos (permítaseme la caricatura).

¿Por qué una genealogía?
Y además, ¿dos genealogías tan diversas entre sí, la de Mateo y la de Lucas?
  • Mateo asciende desde Abrahán a Jesús; Lucas baja desde Jesús hasta Adán;
  • Las generaciones no coinciden: Mateo pone 42 y Lucas 77, y ambas listas discrepan entre David y Cristo;
  • Mateo pone 14 generaciones en cada tramo, pero con 14 generaciones no se abarcar períodos de siglos enteros (por ejemplo, el primer período de unos 900 años);
  • se omiten reyes y personas, unos aparecen en Mateo, otros sólo en Lucas...
Habrá que situarse en la mentalidad semita: más que crear un árbol genealógico preciso, simplemente se subrayan períodos y algunos de los antecesores por su valor simbólico desde el punto de vista teológico del evangelista; es resaltar cómo en Jesucristo confluye toda una historia de salvación, y con esa misma intención se proclama en la liturgia (casi ante el asombro de propios y extraños que no entienden a qué viene ese evangelio tan raro).

Por tanto, lo que destaca en la genealogía de Jesucristo es un contenido teológico. "¿Cuál sería ese contenido? El cardenal Danielou lo ha señalado con precisión: "Mostrar que el nacimiento de Jesús no es un acontecimiento fortuito, perdido dentro de la historia humana, sino la realización de un designio de Dios al que estaba ordenado todo el antiguo testamento". Dentro de este enfoque, Mateo -que se dirige a los judíos en su evangelio- trataría de probar que en Jesús se cumplen las promesas hechas a Abrahán y David. Lucas -que escribe directamente para paganos y convertidos- bajará desde Cristo hasta Adán, para demostrar que Jesús vino a salvar, no sólo a los hijos de Abrahán, sino a toda la posteridad de Adán" (Martín Descalzo).

La genealogía de Lucas, además, permite otro matiz más: "Según el sentir de san Lucas, la descendencia davídica interesaba sobre todo a los judíos, pero como Jesús es el salvador del mundo y no solamente el Mesías de los judíos, ha querido subir más allá de David, quiso remontarse hasta el padre del género humano, hasta Adán, que fue de Dios, no como hijo, sino como su criatura. De esta suerte Jesús es un nuevo punto de partida de la humanidad: la redención es una fecha que responde a la de la creación" (P. Lagrange).


Grandes y santos nombres aparecen en la genealogía de Cristo, ¡y Éste los supera a todos ellos! "¡Qué elocuentes son estos nombres! A través de ellos surgen de las tinieblas del pasado más remoto las figuras de los tiempos primitivos. Adán, penetrado por la nostalgia de la felicidad perdida del paraíso; Matusalén, el muy anciano; Noé, rodeado del terrible fragor del diluvio; Abrahán, al que Dios hizo salir de su país y de su familia para que formase una alianza con él; Isaac, el hijo del milagro, que le fue devuelto desde el altar del sacrificio; Jacob, el nieto que luchó con el ángel de Dios... ¡Qué corte de gigantes escoltan la espalda de este recién nacido!" (R. Guardini).

Pero también, y con sumo realismo de lo que es esta humanidad pecadora que Él asume, otros personajes nada relevantes: Farés, hijo incestuoso de Judá; Salomón, fruto del adulterio de David; las mujeres que aparecen en la genealogía: tres de ellas extranjeras al pueblo elegido, tres eran pecadores, sólo destaca Rut, la moabita, con brillo peculiar de pureza...

Sabiendo todos estos datos, ¿qué quieren decir las genealogías?

¿Por qué la Iglesia lee como evangelio de la feria mayor de hoy una genealogía entera?


"Los evangelistas al subrayar esos datos están haciendo teología, están poniendo el dedo en una tremenda verdad que algunos piadosos querrían ocultar pero que es exaltante para todo hombre de fe: Cristo entró en la raza humana tal y como la raza humana es, puso un pórtico de pureza total en el penúltimo escalón -su madre Inmaculada- pero aceptó, en todo el resto de su progenie, la realidad humana total que él venía a salvar. Dios, que escribe con líneas torcidas, entró por caminos torcidos, por los caminos que -¡ay!- son los de la humanidad" (Martín Descalzo).

Por tanto:
  • entra en la humanidad tal como ésta es,
  • no se "disfraza" de hombre, ni juega a ser hombre, ni es más Dios que hombre, sino que es real y perfectamente hombre en su Encarnación,
  • la humanidad de Cristo es real, "total", asumiendo en su carne la humanidad entera, concentrando en su carne santísima el pecado de la humanidad caída (por eso san Pablo dirá que "se hizo pecado", ¡no que se hizo "pecador!).
La verdad de su encarnación es expresada mediante la genealogía que hoy se lee en el rito romano.
¿Superaremos hoy la cara de aburrimiento al escuchar tantos nombres?

¿Descubriremos su santísima humanidad recapitulando todo al encarnarse?

jueves, 5 de noviembre de 2009

Una forma de vida (católica - sapiencial)

"Busquemos como quienes han de encontrar
y encontraremos como quienes han de seguir buscando,
porque cuando el hombre acaba
entonces en verdad comienza"

(S. Agustín, De Trin., 9,1).

La vida católica tiene:

-mucho de búsqueda, de investigación, de interrogarse, de pensar a Dios...

-mucho de oración, situarse ante el rostro del Dios vivo,

-y mucho de humildad, nada está totalmente conseguido, comencemos de nuevo a buscar la Verdad.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Lo inefable de la experiencia de Dios

Quien conoce a Dios se siente interiormente rebosante de un gozo como nada podría concederlo.
Quien vive en Dios siente tal plenitud que sus labios apenas pueden balbucear palabra alguna para expresarlo.

La experiencia de Dios es inefable, consoladora, gozosa.


El Santo Hermano Rafael Arnáiz, un joven trapense (canonizado el pasado 11 de octubre), lo describe hermosamente: "Silencio en los labios, cantares en el corazón".

Sólo quien lo ha gustado puede entender bien lo que él quiere decir. Y, al leerlo, desear más y más con nuestro pequeño corazón gozar, gustar y ver lo bueno qué es Dios.

n. 817 “Silencio en los labios, cantares en el corazón; alma que vive de amores, de sueños y de esperanzas..., alma que vive de Dios. Alma que mira a lo lejos..., lejos, muy lejos del mundo, pasando la vida en silencio..., cantando en el corazón.


Una Trapa..., un monasterio..., hombres... Sólo Dios y yo.
Pasan rápidos los días, en ellos se va la vida..., soñamos en lo pasado, esperamos lo que ha de llegar... El alma mira a lo lejos buscando la única vida, que otea en un mar de esperanzas, y que espera sea mejor. Una Trapa..., cantares a Dios. ¿Qué importan los hombres?... ¿Qué importan las nieblas o el sol?... ¿Qué importa lo que nos rodea? Todo es nada, y la nada no merece nuestra atención”.

n. 818. “Busca el alma lo que aquí no encuentra... Busca en las alturas sus ansias de Dios, y cuando a ella llegan los rayos de luz que Cristo la envía..., ¿qué importan los hombres, las nieblas o el sol?... Y canta en silencio, murmullos de amores, y busca sus consuelos en la paz tranquila, quieta y sosegada, del que nada espera, y pasa su vida, sin mirar al mundo, que ignora lo que es oración.

Pasan serenos los días, en la dulce calma del amor que espera. El alma comprende, que nada en el mundo la puede llenar... La tierra es de barro, los hombres son pobres, la vida muy corta, todo es muy pequeño, frágil y caduco..., y el alma está ansiosa de verse en el cielo, mirando a la Virgen, contemplando a Dios”.
(Santo Hermano Rafael, OC, nn 817-818).

martes, 28 de julio de 2009

Plegaria a Cristo (Tipología - I)



¡Déjanos, Señor, penetrar en tu Misterio!

Tú eres insondable, Señor Jesús,
inabarcable tu Misterio
y admirable tu Persona.

Cristo, Tú eres el Logos, el Verbo, la Palabra creadora,
el Primogénito de la creación, Unigénito del Padre,
por quien todo fue hecho,
vistiéndolo todo de suavidad y hermosura.

Cristo, Tú eres el nuevo Adán,
que restauras en el hombre la imagen de Dios resquebrajada,
que rescatas al hombre caído
y lo introduces en el paraíso
cuyas puertas quedaron cerradas,
que has sido constituido Cabeza de todo,
espíritu que vivifica,
el Hombre celestial,
que genera una nueva humanidad que no sirve a la carne
ni está bajo la ley,
sino que sirve al Espíritu y por Él es conducida.

Cristo, Tú eres el verdadero Abel,
el hombre bueno y servidor fiel,
que con corazón puro se ofrece a Sí mismo
como las primicias agradables a Dios,
asesinado en la cruz por el odio de Caín.
Tu sangre derramada en la tierra,
más elocuente que la de Abel, ya no clama “venganza”,
sino que pronuncia “Misericordia”, “Perdón” y “Salvación”.

Cristo, tú eres el nuevo y verdadero Noé,
que salvas del pecaminoso mundo que se hunde
a los hombres en el arca de la Iglesia
a través del agua del bautismo.
La embriaguez de Noé sólo anticipaba
la embriaguez del cáliz de tu Pasión, que apuraste por completo.

¡Déjanos, Señor, penetrar en tu Misterio!