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miércoles, 16 de octubre de 2019

"Señor, ten piedad" (I) (Respuestas - V)



Como aclamación a Cristo, petición de la Iglesia, se introdujo esta expresión en la liturgia, respetando la forma griega: Kyrie eleison, como respetó otras palabras en su lengua original: Aleluya, amén, hosanna.

            ¿Qué piedad es ésta? La ternura y la misericordia entrañable que, en Jesucristo, se ha volcado por completo sobre la humanidad, ya que Cristo es el rostro visible de la piedad del Padre.



            ¡Ten piedad! Los salmos, y el Antiguo Testamento en general, están plagados de súplicas a Dios despertando su piedad o de acción de gracias porque Dios ha manifestado su piedad y su misericordia.

            El salmo 85, la oración de un pobre ante las adversidades, invoca la ternura de Dios que no se queda indiferente ante el sufrimiento: “Tú eres mi Dios, piedad de mí, Señor, que a ti te estoy llamando todo el día; alegra el alma de tu siervo, pues levanto mi alma hacia ti; porque tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan”. El orante, el pobre, el afligido, reconoce que Dios es “lento a la cólera y rico en piedad” (cf. Sal 85; 102; 144).

viernes, 11 de octubre de 2019

Liturgia, belleza, y arte (II)



2. ¿Una liturgia bella?


            Si avanzamos un poco más en la reflexión, habremos de ir a lo nuclear de la liturgia. ¿Qué es la liturgia? ¿Meras ceremonias? ¿Unos ritos obligatorios que apenas dicen nada? ¿Un código ininteligible, y hasta aburrido, de acciones que desarrollan unos pocos mientras todos los demás asisten como espectadores?

            ¿Qué es la liturgia? ¡Es acción de Dios!, el gran protagonista de la liturgia es Dios mismo, que se revela en su Palabra y en sus sacramentos, que actúa, que salva, que santifica, que redime. La liturgia es el lugar especialísimo de la epifanía de Dios, de su manifestación, donde se da. Así se comprende, en primer lugar, que es su Belleza inefable la que entra de lleno en el misterio de la liturgia y que la liturgia sea el lugar primero de la Belleza divina, palpable, accesible a todos.

  
          Por la liturgia “se ejerce la obra de nuestra Redención” (SC 2), actuando la fuerza y belleza del Misterio pascual de Cristo. Cristo es el centro de la acción litúrgica y todo es posible porque el Espíritu Santo, el divino Artista, santifica, consagra: “El deseo y la obra del Espíritu en el corazón de la Iglesia es que vivamos de la vida de Cristo resucitado. Cuando encuentra en nosotros la respuesta de fe que él ha suscitado, entonces se realiza una verdadera cooperación. Por ella, la liturgia viene a ser la obra común del Espíritu Santo y de la Iglesia” (Catecismo, 1091).

            Es una acción divina en primer término. La Iglesia celebra la liturgia y la recibe como un tesoro, algo que le es dado, siendo administradora, sierva, y no dueña para manipular la liturgia a su gusto. El mismo Concilio Vaticano II define la liturgia como una “obra tan grande por la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados” (SC 7), de forma que la liturgia es la glorificación de Dios ante todo, donde se glorifica a Dios y de Dios se recibe la santificación.

jueves, 3 de octubre de 2019

Liturgia, belleza y arte (I)



            Es indudable que a lo largo de los siglos, desde su mismo origen, la liturgia ha sido el gran “lugar de la belleza”, donde se han dado cita las diversas artes, tan variadas, para el culto divino.

            Pero esta relación tan natural entre la liturgia y la belleza, parece haberse diluido un tanto por causas distintas; recuperarla puede ser una tarea feliz y apasionante, en la medida en que comprendemos cuán necesaria es la belleza y en la medida en que penetremos en la naturaleza auténtica de la liturgia.



1. La belleza expresa el Misterio de Dios

            Un atributo divino de gran alcance es la belleza, la hermosura. Coincide con el ser de Dios, nada en él existe de fealdad, porque ésta es lo defectuoso, lo que roza la mentira, la falsedad, en última instancia, la fealdad es atributo del pecado que siempre lo deforma todo.

            Dios es la suma e infinita belleza, porque es Verdad y es Amor. Un salmo, el 44, que la Iglesia le canta a Cristo mismo, afirma: “Eres el más bello de los hombres, en tus labios se derrama la gracia”; otro salmo, el 110, cantará de Dios: “esplendor y belleza son su obra”. El mismo libro del Génesis, en el relato de la creación que leemos en la santa Vigilia pascual, cuando afirma “vio Dios todo lo que había hecho y era bueno”, podría igualmente traducirse por “vio Dios todo lo que había hecho y era hermoso”, porque la misma palabra griega “kalós” significa, curiosamente, “bueno” y “bello”.

            Todo lo que es bello proviene de Dios, expresa el Misterio de Dios, hiere con el fulgor de Dios, rompe la vaciedad del mundo elevándonos a la trascendencia, remitiéndonos a Dios.


viernes, 20 de septiembre de 2019

"Yo confieso" (Respuestas - IV)



Plegaria de origen devocional, de tipo privado, y sin embargo de buena factura en su contenido, entró en la liturgia.

            El “Yo confieso” o “Confiteor” (como comienza en latín) formaba parte de la preparación privada del sacerdote antes de celebrar el sacrificio de la Misa. Es bueno salir al altar a celebrar la Eucaristía con disposiciones interiores, con recogimiento, con el alma bien templada y consciente de la grandeza del Sacramento… mientras que es malo omitir la preparación, unos momentos previos de silencio, una plegaria, y salir el sacerdote al altar nervioso o apresurado.



            La preparación privada del sacerdote en la sacristía se fue ampliando poco a poco y se fue extendiendo hasta llegar a realizarla con las preces al pie del altar junto con el acólito (el único que le respondía representando a todos los fieles).

            Su origen más remoto parece ser en la adoración callada que hacía el Papa en la misa estacional, al llegar a la basílica y detenerse ante el altar. En la época carolingia, el sacerdote lo iba recitando mientras caminaba hacia el altar… hasta que se incorporó, de modo fijo, a las preces al pie del altar. También servía, y estuvo muy difundido, para la confesión sacramental, a partir del siglo IX, con amplio desarrollo en los pecados enumerados. Son varias las redacciones que encontramos del “Confiteor” con sus variantes.

            El “Yo confieso” incluye también el gesto exterior, humilde y penitencial, que acompaña a las palabras. “Por lo que se refiere al rito exterior, desde el principio encontramos la profunda inclinación como actitud corporal mientras se rezaba el Confiteor. Pero también la de estar de rodillas debió ser muy común. En tiempos muy antiguos se menciona la costumbre de darse golpes de pecho al pronunciar las palabras mea culpa. Esta ceremonia, como recuerdo del ejemplo evangélico del publicano (Lc 18,13), era tan familiar a los oyentes de san Agustín que éste tuvo que enseñarles que no era necesario darse golpes de pecho cada vez que se decía la palabra Confiteor[1].

sábado, 24 de agosto de 2019

"Y con tu espíritu" - III (Respuestas - III)



Cuatro son los saludos fundamentales en el actual Ordinario de la Misa, y los cuatro destacan la presencia del Señor Jesucristo así como la oración de los fieles para que el Señor asista en su espíritu sacerdotal al ministro ordenado (obispo, presbítero o diácono) que realiza la acción litúrgica.

            El primer saludo, al inicio de la celebración eucarística, hace consciente a la asamblea de no ser una reunión más, algo social, humano, grupal, sino el pueblo santo de Dios y su Cuerpo eclesial, que reconoce al Señor en medio de ellos.



            El segundo saludo lo dirige al diácono antes de la proclamación de la lectura evangélica, con las manos juntas. Así se recuerda a todos que es el Señor mismo quien va a leer el Evangelio por medio del diácono (si no lo hay, por medio del sacerdote) y se ruega que el Señor asista al lector ordenado para hacerlo dignamente.

            El tercer saludo comienza la plegaria eucarística, plegaria de acción de gracias y consagración, recordando el sacerdote a los fieles hasta qué punto el Señor se va a hacer presente que el pan y el vino, elementos comunes que diría san Ireneo, se van a transformar en su Cuerpo y Sangre. Los fieles ruegan, “y con tu espíritu”, que el Espíritu Santo asista al espíritu del sacerdote para desempeñar su función sacerdotal y pronunciar la gran plegaria eucarística y consagrar santamente los dones.

            El cuarto saludo y la respuesta de los fieles están situados al final, antes de la bendición con la que concluyen los ritos litúrgicos. Se recuerda que es el Señor quien bendice a su pueblo y lo despide.

miércoles, 31 de julio de 2019

"Y con tu espíritu" - II (Respuestas - II)



Abundan los testimonios de la liturgia sobre el empleo del saludo y la respuesta.

            La celebración eucarística comenzaba directamente por el saludo del obispo (o del sacerdote) desde la sede y la respuesta “y con tu espíritu” de los fieles para comenzar por la liturgia de la Palabra:

            “Nos dirigimos al pueblo. Estaba la iglesia de bote en bote. Resonaban las voces de júbilo y solamente se oían de aquí y de allí estas palabras: “¡Gracias a Dios! ¡Bendito sea Dios!” Saludé al pueblo y se oyó un nuevo clamor aún más ferviente. Por fin, ya en silencio, se leyeron las lecturas de la divina Escritura” (S. Agustín, De civ. Dei, XXII,8,22).

            “La iglesia es la casa de todos. Cuando vosotros nos habéis precedido en ella, entramos nosotros mismos… y cuando digo: “Paz a todos”, respondéis: “Y a tu espíritu”” (S. Juan Crisóstomo, In Mat., hom. 12,6).


            Este saludo inicial es universal. Ya trata de él el II Concilio de Braga (536), y hemos leído testimonios de S. Agustín en el África romana y de S. Juan Crisóstomo en Antioquía. También hallamos sus huellas en Teodoreto de Ciro, por la zona de Siria (“éste es el inicio de la mística liturgia en todas las iglesias”, Ep. 146), o asimismo en S. Cirilo de Alejandría (In Ioh. 20,19).

            Las Constituciones apostólicas (del siglo IV) describen el saludo del obispo antes del beso de paz de los fieles: “Y el obispo salude a la Iglesia y diga: La paz de Dios con todos vosotros; y el pueblo responda: y con tu espíritu” (L. 8, c. 12, n. 7; c. 13, n.1).

sábado, 20 de julio de 2019

Anotaciones varias para la liturgia



La noble sencillez de la liturgia requiere que los ritos sean claros y significativos, que se vean, que se hagan bien (ars celebrandi), quitando repeticiones inútiles, y, por supuesto, sin multiplicar las moniciones: los ritos deben ser lo suficientemente claros por sí mismos. ¡Qué verborrea en la liturgia! Y ¡qué pocos significativos y elocuentes los ritos! ¡Cuántas moniciones y explicaciones para luego escuchar una lectura bíblica que es breve y clara si se sabe leer bien, o partir el pan clara y visiblemente durante el Cordero de Dios! 



Recordemos lo que dice el Concilio Vaticano II:

Los ritos deben resplandecer con noble sencillez; deben ser breves, claros, evitando las repeticiones inútiles, adaptados a la capacidad de los fieles y, en general, no deben tener necesidad de muchas explicaciones (SC 34).


viernes, 5 de julio de 2019

Ministerios y servicios al servicio de la liturgia



            Para el correcto desarrollo de la liturgia hacen falta ministros. Primero, claro, el sacerdote... pero también otros ministros.

            En primer lugar los acólitos, que atienden el servicio del altar.



            Luego, los lectores. ¿Cómo han de leer? ¡Sólo los que sepan leer en publico, hacer viva la lectura...! “Covniene expresar en ellas capacidad, una sencillez y al mismo tiempo una dignidad tales, que hagan resplandecer, desde el mismo modo de leer o cantar, el carácter peculiar del texto sagrado”[1]. Participar no va a ser que suba cualquiera a leer... Mejor también aquí, la calidad que la cantidad... 

Los lectores proclaman las lecturas del Antiguo y del Nuevo Testamento. Lo hacen en el ambón, sin leer lo que está en rojo (como “Primera lectura”, “Segunda lectura”, etc...).

            Está el salmista. Es decir, quien entona el Salmo responsorial, porque es un canto y, como tal, al menos el estribillo, la antífona, debería cantarse. (Por supuesto, sin decir “Salmo responsorial” ni frases como “Repitan...”, “a la primera lectura contestamos con el salmo tal...”).

jueves, 13 de junio de 2019

"Y con tu espíritu" - I (Respuestas - I)




En la liturgia, el saludo litúrgico del ministro ordenado (obispo, sacerdote o diácono) se responde con una fórmula antigua, clásica, venerable, con origen en las Escrituras y en las costumbres semíticas: “El Señor esté con vosotros – Y con tu espíritu”.

            Este saludo expresa una especial asistencia de Dios, una elección amorosa, una protección para quien va a ser enviado a una misión particular y nada debe temer porque no se ampara en sus propias fuerzas, recursos, compromisos o capacidades. Inspira, por tanto, seguridad en la continua asistencia divina.



            Su origen es muy antiguo, inmemorial. Es el modo en que Booz saluda a los segadores: “El Señor con vosotros” (Rt 2,4), o sea, “Dominus vobiscum” en latín., y es el modo en que Dios se comunica a sus elegidos. “No temas… estoy contigo”, como en el caso de Abrahán (Gn 26,3.23), Moisés (Ex 3,12) o Jeremías (1,6-8). A Josué le dice el Señor con cálidas palabras: “como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré ni te abandonaré” (Jos 1,5), y a Gedeón de esta forma: “El Señor esté contigo, valiente guerrero” (Jue 6,12).

            Esta presencia divina es garantía para el elegido, confianza en la acción de Dios. ¡No digamos nada al iniciarse la plenitud de los tiempos! El ángel Gabriel se dirige a la Virgen María: “El Señor es contigo… No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios. Concebirás…” (Lc 1,28-30). No estará sola, ni desempeñará su especialísima vocación sola y por su propio esfuerzo y voluntarismo: el Señor estará con María Virgen dando siempre gracia suficiente.

domingo, 9 de junio de 2019

Pentecostés es plenitud



El Misterio pascual del Señor es celebrado durante cincuenta días. Su culmen, su cenit, la venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia naciente. La glorificación del Hijo y su desaparición visible de la escena terrestre da paso a la actuación universal e invisible, pero real y eficaz, del Espíritu Santo. 

 
La Pascua del Señor conduce a esta efusión magnífica que comunica la vida del Señor, santifica las almas, congrega en la Iglesia a todos los hombres y la impulsa a la tarea evangelizadora. Por tanto, un mismo Misterio es celebrado durante los cincuenta días: la Pascua del Señor, su glorificación, conduce a la efusión del Espíritu Santo. 

Esa es su plenitud: “para llevar a plenitud el misterio pascual”[1] y para eso “has querido que celebráramos el misterio pascual durante cincuenta días, renueva entre nosotros el prodigio de Pentecostés”[2], “al llegar a su término en Pentecostés los cincuenta días de Pascua, llenó a los apóstoles del Espíritu Santo”[3].

Con esto se subraya la unidad intrínseca de todo el tiempo pascual que se cierra con la fiesta de Pentecostés, despedida con doble “Aleluya”, el cirio pascual se apaga y se retira al baptisterio y, al día siguiente, se retoma el tiempo ordinario. 

miércoles, 29 de mayo de 2019

¿Cómo se comulga en la mano?

La educación litúrgica requiere que, a veces, se recuerden cosas que se dan por sabidas.

La comunión en la mano está permitida para todo aquel que lo desee, a tenor de nuestra Conferencia episcopal, que lo solicitó a la Santa Sede.


¿Cómo se comulga en la mano? ¡Hemos de conocer las disposiciones de la Iglesia para quien desee comulgar así!, porque en muchísimas ocasiones se hace mal, de forma completamente irrespetuosa.

Debe cuidarse la dignidad de este gesto, sin que desdiga de la Presencia real de Jesucristo en la Eucaristía como si fuese un mero trozo de pan que se recibe de cualquier forma: al aire, agarrando la Forma de cualquier manera,  o con una sola mano... Actitudes que desdicen de la adoración debida.


Debe cuidarse la dignidad de este gesto, sin que desdiga de la Presencia real de Jesucristo en la Eucaristía como si fuese un mero trozo de pan que se recibe de cualquier forma:

“Sobre todo en esta forma de recibir la sagrada Comunión, se han de tener bien presentes algunas cosas que la misma experiencia aconseja. Cuando la Sagrada Especie se deposita en las manos del comulgante, tanto el ministro como el fiel pongan sumo cuidado y atención a las partículas que pueden desprenderse de las manos de los fieles, debe ir acompañada, necesariamente, de la oportuna instrucción o catequesis sobre la doctrina católica acerca de la presencia real y permanente de Jesucristo bajo las especies eucarísticas y del respeto debido al Sacramento”[1].

sábado, 18 de mayo de 2019

Lo grande de la liturgia se concreta: ¿qué es participar?



            Lo primero, y de entrada, es que participar no es la intervención directa de muchas personas en la liturgia subiendo y bajando del presbiterio. Eso es ejercer un ministerio, un servicio en la asamblea. Pero participar... ¡¡es otra cosa!!



           El Concilio Vaticano II define la participación litúrgica como “plena, consciente, activa, interior, fructuosa”.

            a) Veamos primero lo interior:

      Participar es la actitud que tiene María al acoger en su seno al Verbo; es recibir, contemplar, orar, transformar la propia vida desde la propia liturgia en la celebración.

                        1. Recibir. En la liturgia se nos da Cristo mismo y nos comunica el Espíritu: se nos da en la asamblea y, sobre todo, en la Palabra proclamada, en las especies eucarísticas. Por eso recibir es escuchar atentamente, acoger en el corazón; cada palabra proclamada puede ser palabra de Dios "para ti". Cada signo litúrgico hay que recibirlo, interiorizarlo. Es actitud interior: no se celebra por ritualismo, ni por devocionalismo, ni por obligación.

                        2. Contemplar. ¿Pero qué? El Amor de Dios que se sigue ofreciendo a la Iglesia en la Santa Misa. "¡Gustad y ved qué bueno es el Señor!"

                        3. Orar. Participar es orar, rezar interiormente las grandes oraciones que el presidente recita en nombre de la asamblea (prolongadas luego en nuestra meditación). Participar no será estar pasivamente, sino orar en los momentos de silencio, agradecer a Dios, meditar la Palabra, agradecer el don de la comunión.

                        4. Transformar la propia vida. La liturgia va transformando lentamente la propia existencia: la gracia de Dios actúa invisiblemente, y celebrar la liturgia implicará siempre vivir la Palabra que se ha escuchado. Coherencia con lo celebrado.

domingo, 28 de abril de 2019

El camino de la liturgia (y II)



            La belleza, que atrae y fascina al espíritu humano, lo eleva sobre sí mismo a la Belleza que es Dios, ha sido desterrada de la liturgia, introduciendo formas, modos de comportarse, dinámicas e incluso la misma música y canto, que son vulgares, de mal gusto, sin hermosura alguna ni espiritualidad (el “feísmo” se llama en filosofía a este fenómeno). Frente a esta desfiguración de la belleza en la liturgia, buscada por católicos que se definen como “progresistas” o “pastoralistas”, sólo hay hoy un camino para el catolicismo: el cuidado, el respeto y la delicadeza por la liturgia, su belleza y sacralidad.


            “En toda forma de esmero por la liturgia, el criterio determinante debe ser siempre la mirada puesta en Dios. Estamos en presencia de Dios; él nos habla y nosotros le hablamos a él. Cuando, en las reflexiones sobre la liturgia, nos preguntamos cómo hacerla atrayente, interesante y hermosa, ya vamos por mal camino. O la liturgia es opus Dei [obra de Dios y para Dios], con Dios como sujeto específico, o no lo es. En este contexto os pido: celebrad la sagrada liturgia dirigiendo la mirada a Dios en la comunión de los santos, de la Iglesia viva de todos los lugares y de todos los tiempos, para que se transforme en expresión de la belleza y de la sublimidad del Dios amigo de los hombres”[1].


            La manera de presentar el misterio en el culto litúrgico, su apariencia sensible, desempeña un papel definido y no puede considerarse como sujeta a cambio arbitrario a tenor de las palabras tan importantes como desconocidas del Vaticano II: “nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia en la Liturgia” (SC 22). 

          ¡Qué necesario es el respeto exquisito a la liturgia, a sus normas, a su espiritualidad y belleza! En la liturgia hemos de pregustar el cielo y la felicidad eterna, lo que nos hace trascender, sintiendo y gustando internamente a Dios.

            La Iglesia siempre amó la belleza, cuidó las artes, se esmeró en la composición literaria de sus textos litúrgicos y en la disposición solemne de sus ritos, favoreció la música sacra, engendrando una cultura cristiana, un amplio patrimonio cultural nacido al amparo de la liturgia. Aquí la reflexión debe abordar un punto importante: la música y el canto en la liturgia

lunes, 1 de abril de 2019

El camino de la liturgia (I)



            El rostro del catolicismo ha mostrado una faz gloriosa durante siglos en el esplendor y hondura espiritual de la Santa Misa y de sus oficios que impresionaron tanto que incluso lograba conversiones –como la de Paul Claudel en el Magnificat de unas Vísperas navideñas en Notre-Dame de París-. Hoy ya no es así, y recuperar la fuerza espiritual y sagrada de la liturgia es uno de los caminos por donde transita actualmente la Iglesia.



            Algunos han pretendido lograr la unión entre la religión y la vida rebajando y adaptando la religión a las modas del momento, perdiendo su esencia y su belleza, persiguiendo metas meramente mundanas. Los actos de culto religioso han de ayudar a trascender lo mundano, y no mundanizarse so pretexto de integrar, de atraer, de renovar, de participar: lemas tan en boga y a la vez tan vacíos y fracasados.

            Muchos, ya sean clérigos o religiosos y laicos, imbuidos del secularismo que evita lo sobrenatural e ignora la trascendencia, colaboran en el proceso de desacralización que caracteriza a nuestro mundo moderno y se infiltra en el templo y en la liturgia, cual caballo de Troya. Parece que no se dan cuenta de la importancia básica de lo sagrado en la religión que nos hace salir de nosotros mismos para estar ante Dios, embotando el sentido sagrado de la religión y de la liturgia. Al final profanan la liturgia, es decir, la convierten en algo mundano, profano, corriente. 

¿Pero este comportamiento responde al deseo y a la intención de quien acude a la iglesia? 

¿No se desprecia el sentido religioso inscrito en el corazón del hombre independientemente de la mayor o menor formación intelectual y académica? 

¿Acaso quien entra en la iglesia con corazón puro no lo hace buscando a Dios, dejándose envolver por el Misterio?

jueves, 7 de febrero de 2019

Lo grande de la liturgia: Dios aquí

                Para comprender  “lo Grande” de la liturgia, habrá que comenzar por admirar, con estupor, lo que significa la liturgia misma. Ya la Mediator Dei (1947) de Pío XII estableció las  premisas que asumió el Vaticano II para la reforma litúrgica. Presenta una nueva concepción litúrgica:



                                   Se desvían totalmente de la verdadera y genuina noción e idea de la liturgia quienes la consideran sólo como la parte externa y sensible del culto divino o un bello aparato de ceremonias; y no yerran menos quienes la reputan como un conjunto de leyes y preceptos con que la jerarquía eclesiástica manda que se cumplan y ordenen los ritos sagrados. (MD 38)
 
                Amplía la definición de liturgia el Concilio Vaticano II a partir de la Mediator Dei de Pío XII: 


Se considera la Liturgia como el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. En ella los signos sensibles significan y, cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre, y así el Cuerpo Místico de Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro.
En consecuencia, toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdotes y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia (SC 7).

miércoles, 16 de enero de 2019

Lo grande y lo pequeño en la liturgia

            ¿Cómo es posible que el Señor esté presente en la liturgia (SC 7)?
            
            ¿De qué forma nos tocan los misterios de Cristo a cada uno de nosotros?



           Y, a la vez, y en otro plano, ¿por qué la Hostia grande, o varias Hostias grandes, el pan consagrado, el sacerdote debe “realmente partirlo en partes diversas y distribuirlas, al menos, a algunos fieles” (IGMR 321)?

            ¿Por qué la liturgia es “fons et culmen”, fuente y culmen, de la vida de la Iglesia (SC 10) y sin embargo no agota toda la vida y acción de la Iglesia (SC 9)?

            ¿O, por qué al nombrar a “Jesucristo” en el Gloria in excelsis (cf. Caeremoniale, 68 a), o a las palabras del Credo “y por obra del Espíritu Santo...”, todos nos inclinamos respetuosamente (IGMR 137)?

            ¿Cuál es la razón por la que la Iglesia vive de la Eucaristía?

jueves, 22 de noviembre de 2018

El 'carisma' de la música en la liturgia

La música y el canto litúrgico poseen un papel muy relevante por la naturaleza propia de la liturgia. La santidad y bondad de formas de su música y sus textos hacen que no cualquier cosa, rítmica, o simpática, o pegadiza, pueda entrar en la liturgia. Requiere algo más.





El compositor católico, o sea, el que imbuyéndose de la liturgia y de sus textos, les da forma musical, ha recibido un carisma especialísimo para el bien de la Iglesia, así como el cantor -o coro- que con pasión por la música, posee una conciencia clara de servir a la liturgia y a los miembros de la Iglesia sin arrogarse un papel de tiranía imponiendo sus gustos y su propio lucimiento.


En cierto modo, también el cantor y el coro han recibido un 'carisma' que han de ejercer para bien y edificación de la Iglesia. ¡Importante y delicada misión!

Leamos y comentemos este discurso de Benedicto XVI:

"Al encontrarme con vosotros, desearía destacar brevemente cómo la música sagrada puede favorecer, ante todo, la fe, y además contribuir a la nueva evangelización.

Acerca de la fe, es natural pensar en la historia personal de san Agustín —uno de los grandes Padres de la Iglesia, que vivió entre los siglos IV y V después de Cristo—, a cuya conversión contribuyó ciertamente y de modo relevante la escucha del canto de los salmos y los himnos en las liturgias presididas por san Ambrosio. En efecto, si bien la fe siempre nace de la escucha de la Palabra de Dios —una escucha naturalmente no sólo de los sentidos, sino que de los sentidos pasa a la mente y al corazón—, no cabe duda de que la música, y sobre todo el canto, pueden dar al rezo de los salmos y de los cánticos bíblicos mayor fuerza comunicativa. Entre los carismas de san Ambrosio figuraba justamente el de una destacada sensibilidad y capacidad musical, y, una vez ordenado obispo de Milán, puso este don al servicio de la fe y de la evangelización. El testimonio de Agustín, que en aquel tiempo era profesor en Milán y buscaba a Dios, buscaba la fe, es muy significativo al respecto. En el décimo libro de las Confesiones, de su autobiografía, escribe: «Cuando recuerdo las lágrimas que derramé con los cánticos de la iglesia en los comienzos de mi conversión, y lo que ahora me conmuevo, no con el canto, sino con las cosas que se cantan, cuando se cantan con voz clara y una modulación convenientísima, reconozco de nuevo la gran utilidad de esta costumbre» (XXXIII, 50). La experiencia de los himnos ambrosianos fue tan fuerte que Agustín los llevó grabados en su memoria y los citó a menudo en sus obras; es más, escribió una obra propiamente sobre la música, el De Musica. Afirma que durante las liturgias cantadas no aprueba la búsqueda del mero placer sensible, pero que reconoce que la música y el canto bien interpretados pueden ayudar a acoger la Palabra de Dios y a experimentar una emoción saludable. Este testimonio de san Agustín nos ayuda a comprender que la constitución Sacrosanctum Concilium, conforme a la tradición de la Iglesia, enseña que «el canto sagrado, unido a las palabras, constituye una parte necesaria o integral de la liturgia solemne» (n. 112). ¿Por qué «necesaria o integral»? Está claro que no es por motivos puramente estéticos, en un sentido superficial, sino porque precisamente por su belleza contribuye a alimentar y expresar la fe y, por tanto, a la gloria de Dios y a la santificación de los fieles, que son el fin de la música sagrada (cf. ib.). Justamente por esto quiero agradeceros el valioso servicio que prestáis: la música que ejecutáis no es un accesorio o sólo un adorno exterior de la liturgia, sino que es ella misma liturgia. Vosotros ayudáis a que toda la asamblea alabe a Dios, a que su Palabra descienda a lo profundo del corazón: con el canto rezáis y hacéis rezar, y participáis en el canto y en la oración de la liturgia que abraza toda la creación al glorificar al Creador.

viernes, 14 de septiembre de 2018

¿Cómo se comulga en la mano?

La educación litúrgica requiere que, a veces, se recuerden cosas que se dan por sabidas.

La comunión en la mano está permitida para todo aquel que lo desee, a tenor de nuestra Conferencia episcopal, que lo solicitó a la Santa Sede.


¿Cómo se comulga en la mano? ¡Hemos de conocer las disposiciones de la Iglesia para quien desee comulgar así!, porque en muchísimas ocasiones se hace mal, de forma completamente irrespetuosa.

Debe cuidarse la dignidad de este gesto, sin que desdiga de la Presencia real de Jesucristo en la Eucaristía como si fuese un mero trozo de pan que se recibe de cualquier forma: al aire, agarrando la Forma de cualquier manera,  o con una sola mano... Actitudes que desdicen de la adoración debida.


Debe cuidarse la dignidad de este gesto, sin que desdiga de la Presencia real de Jesucristo en la Eucaristía como si fuese un mero trozo de pan que se recibe de cualquier forma:

“Sobre todo en esta forma de recibir la sagrada Comunión, se han de tener bien presentes algunas cosas que la misma experiencia aconseja. Cuando la Sagrada Especie se deposita en las manos del comulgante, tanto el ministro como el fiel pongan sumo cuidado y atención a las partículas que pueden desprenderse de las manos de los fieles, debe ir acompañada, necesariamente, de la oportuna instrucción o catequesis sobre la doctrina católica acerca de la presencia real y permanente de Jesucristo bajo las especies eucarísticas y del respeto debido al Sacramento”[1].

martes, 22 de mayo de 2018

El rito de la paz en la Misa (y III)

Para una digna realización del rito de la paz en la Misa, que refleje la verdad de lo que se hace -la paz de Cristo- y se evite lo que lo desfigura (meros saludos y abrazos sin más, intentando saludar a todos), la Congregación para el Culto divino, con carta de 8 de junio de 2014, ha recordado lo que ya estaba marcado.



Recoge citas del Misal romano y, explicando el sentido de este rito, recuerda cómo hay que realizarlo y cuáles son las maneras defectuosas que se han introducido.




6. El tema tratado es importante. Si los fieles no comprenden y no demuestran vivir, en sus gestos rituales, el significado correcto del rito de la paz, se debilita el concepto cristiano de la paz y se ve afectada negativamente su misma fructuosa participación en la Eucaristía. Por tanto, junto a las precedentes reflexiones, que pueden constituir el núcleo de una oportuna catequesis al respecto, para la cual se ofrecerán algunas líneas orientativas, se somete a la prudente consideración de las Conferencias de los Obispos algunas sugerencias prácticas:

a) Se aclara definitivamente que el rito de la paz alcanza ya su profundo significado con la oración y el ofrecimiento de la paz en el contexto de la Eucaristía. El darse la paz correctamente entre los participantes en la Misa enriquece su significado y confiere expresividad al rito mismo. Por tanto, es totalmente legítimo afirmar que no es necesario invitar “mecánicamente” a darse la paz. Si se prevé que tal intercambio no se llevará adecuadamente por circunstancias concretas, o se retiene pedagógicamente conveniente no realizarlo en determinadas ocasiones, se puede omitir, e incluso, debe ser omitido. Se recuerda que la rúbrica del Misal dice: “Deinde, pro opportunitate, diaconus, vel sacerdos, subiungit: Offerte vobis pacem” [8].

b) En base a las presentes reflexiones, puede ser aconsejable que, con ocasión de la publicación de la tercera edición típica del Misal Romano en el propio País, o cuando se hagan nuevas ediciones del mismo, las Conferencias consideren si es oportuno cambiar el modo de darse la paz establecido en su momento. Por ejemplo, en aquellos lugares en los que optó por gestos familiares y profanos de saludo, tras la experiencia de estos años, se podrían sustituir por otros gestos más apropiados.


lunes, 14 de mayo de 2018

El rito de la paz en la Misa (II)

La Carta de la Congregación, con fecha 8 de junio de 2014, tras recordar lo significativo de este rito en el contexto eucarístico, continúa citando la exhortación Sacramentum caritatis de Benedicto XVI:


3. En la Exhortación Apostólica post-sinodal Sacramentum caritatis el Papa Benedicto XVI había confiado a esta Congregación la tarea de considerar la problemática referente al signo de la paz [6], con el fin de salvaguardar el valor sagrado de la celebración eucarística y el sentido del misterio en el momento de la Comunión sacramental: «La Eucaristía es por su naturaleza sacramento de paz. Esta dimensión del Misterio eucarístico se expresa en la celebración litúrgica de manera específica con el rito de la paz. Se trata indudablemente de un signo de gran valor (cf. Jn 14,27). En nuestro tiempo, tan lleno de conflictos, este gesto adquiere, también desde el punto de vista de la sensibilidad común, un relieve especial, ya que la Iglesia siente cada vez más como tarea propia pedir a Dios el don de la paz y la unidad para sí misma y para toda la familia humana. [...] Por ello se comprende la intensidad con que se vive frecuentemente el rito de la paz en la celebración litúrgica. A este propósito, sin embargo, durante el Sínodo de los Obispos se ha visto la conveniencia de moderar este gesto, que puede adquirir expresiones exageradas, provocando cierta confusión en la asamblea precisamente antes de la Comunión. Sería bueno recordar que el alto valor del gesto no queda mermado por la sobriedad necesaria para mantener un clima adecuado a la celebración, limitando por ejemplo el intercambio de la paz a los más cercanos» [7].