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lunes, 29 de agosto de 2011

Humildad con Dios

    Seguimos a Cristo humilde. La vida de la gracia en nosotros, la divinización, es hacernos uno con Cristo Jesús, tener la figura, la forma de Cristo en nosotros, para que Cristo viva en ti y tu vida sea Cristo. Será entonces cuando la humildad de Cristo se prolongue en nosotros, cuando nosotros participamos de la humildad de nuestro Señor.


    Para configurarse día a día con Jesucristo hemos de ir respondiendo a las mociones y gracias del Señor que guían nuestra vida. Conseguir y adquirir la virtud de la humildad supone un trabajo disciplinado, ascesis, como colaboración a la gracia de Dios en nuestra vida. Caminar humildes en la presencia del Señor. Concretemos los campos de nuestra vida en los que debe crecer y dar fruto la humildad: humildad con Dios, con uno mismo y con los demás.


Veamos en hoy la humildad con Dios.
  
    La verdadera humildad es una confianza ilimitada en la bondad y el Amor de Dios. Se pone la existencia creyente en Él, Él lleva nuestra vida. Nosotros no deseamos nada excepto a Él  mismo; sólo deseamos amarle a Él, gozarle a Él, pertenecerle a Él. Dios lo es todo y nada se desea que no sea Dios.


lunes, 18 de julio de 2011

Parábola de la humildad

La parábola del fariseo y el publicano sellan el camino de los grados de humildad.

    Esta parábola la encontramos en el evangelio de Lucas, capítulo 18, como exhortación a la humildad porque sólo los humildes pueden ser justificados por Dios; los soberbios se justifican a sí mismos y no necesitan a Dios aunque tengan, como dice el salmo, en la boca sus normas y preceptos, pero su corazón está lejos del Señor.

    "Dijo Jesús está parábola a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás".

    Es fácil caer en la tentación de la vanidad espiritual aquellos que están consagrados al Señor y a su servicio. Por eso esta Palabra es tan fuerte y radical para quienes siguen de cerca a Cristo (en la parroquia, en un Movimiento, en un convento), pues a veces en un mismo templo conviven el fariseo y el publicano, las actitudes del fariseo y las actitudes del publicano. Esta Palabra la pronuncia el Señor ahora para algunos que se tienen por justos, la pronuncia para todos nosotros. Los que se creen justos cumplen las tareas asignadas; externamente es obediente; no se falta nunca a nada y se cumple con las obligaciones de forma muy puntillosa incluso. "Todo es cumplir", y no se mira a sí mismo y se tiene por bueno, por justo, por cumplidor. Con el orgullo insano del que exteriormente todo lo cumple.

    Dice el Evangelio: "teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos". Todo lo cumple, crece la vanidad espiritual y la seguridad en uno mismo, no en Dios. Uno se siente seguro, jamás tiene dudas, todo lo ve claro desde su propia seguridad y por eso, aunque no lo diga, todo lo discute, se cree siempre en la posesión de la verdad, pero, aunque obedezca, por dentro está deseando que se demuestre que él tenía razón. Se siente seguro y crece la altanería y el orgullo porque piensa que a él nadie le puede reprochar nada. Por eso siempre dará su opinión sobre todas las cosas, aunque no se la pidan y todo lo criticará desde la medida de su propia perfección. Se cumple el inicio de la parábola: "se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás".  Pronunciará entonces expresiones del tipo: "A mí con esas", "¡qué se habrá creído...!"

    A ese gran pecado de vanidad y soberbia espirituales le dirige Jesús la denuncia del que es la Verdad.

    "Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era un fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: ¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo".

   

martes, 28 de junio de 2011

La humildad en san Agustín

Cristo no sólo aportó a los hombres la fuerza de practicar la humildad, sino que les trajo su mismo concepto. Cristo es, para San Agustín, el maestro de la humildad, el doctor de la humildad.


    Escribe este Padre:

"Nuestro Señor Jesucristo se dignó humillarse hasta una muerte de cruz para enseñar el camino de la humildad" (Contra Ep. Parmeniani 3,2,5).

    "Fue crucificado por ti para enseñarte la humildad" (Trat. in Ioh. 2,4).

    La humildad es reconocimiento de la propia realidad humana y propósito de realizar plenamente, con adhesión de corazón, la voluntad de Dios, sencillo espíritu de infancia (cf. Serm. 353), tónica de vida espiritual, fundamento de todas las virtudes que sin ella llevarían a soberbia, orgullo y vanidad de ver lo bueno que somos, lo mucho que avanzamos, las penitencias y trabajos que realizamos, adorándonos a nosotros mismos, proyectando nuestra soberbia satisfacción personal sobre aquellos que no haya llegado adonde nosotros suponemos haber llegado. Nada más importante que la humildad, nada más necesario. Todo el pensamiento moral de este Padre, Maestro de Humildad, está entretejido por la humildad e inculca a todos la humildad. ¡Cuánto más a las vírgenes consagradas! ¡Con qué fuerza para aquellas que adoran en silencio a Cristo, escondido en el Sacramento! ¡Estamos en frase de Juan Pablo II, ante los “preciosos y humildes sacramentos”!

   

sábado, 14 de mayo de 2011

La humildad en las Escrituras (un simple vistazo)

Las santas Escrituras tratan muchísimo de la humildad. Escrutarlas y leerlas desde esta clave nos llevan a la consideración de la verdad del hombre frente a la mentira más absoluta, que es la soberbia de querer ser como Dios, sustituir o reemplazar a Dios por uno mismo.



    1.Humildad en el AT

    Los humildes se identifican con los pobres del Señor; son los pobres, los desvalidos, los que sólo tienen a Dios. Los humildes son los pobres de Yahvé y éstos son los predilectos de Dios. Ahora bien, no basta con ser pobre, con no tener nada. Para recibir el auxilio de Dios ha de estar lleno de confianza en el Señor y con una clara conciencia de su pobreza, de su indigencia, sin atisbo alguno de orgullo ni soberbia, porque dice la Escritura: "Dios resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes".

    Profetas y maestros de sabiduría predican la humildad. El Altísimo habita con aquel que es humilde de espíritu y tiene el corazón contrito. Dice el libro de los Proverbios: "El fruto de la humildad es el temor de Dios, riqueza, gloria y vida" (22,4). En el Eclesiástico adquiere la humildad la categoría de ideal moral bien determinado, accesible a todos los israelitas, tanto al pobre como al rico. Verdadero humilde el pobre, el sencillo de espíritu que vive en la fe y temor de Dios.


    2. Humildad en el NT

    Los pobres de espíritu, los verdaderos humildes, llenan las páginas del NT. Destaca ante todo la Virgen María, que se proclama la esclava del Señor y que deja su vida en las manos de Dios con obediencia incondicional: "Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra". Y cantará: "derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes". ¡Cómo y con qué fuerza resuenan sus palabras en el santo tiempo de la Natividad! Lo contemplamos encarnado, hecho hombre por amor al hombre. Nacido pobre el que era rico en su divinidad;  escondido, el Omnipotente. Silencioso, Niño pequeño, el que era la Palabra.  Adorado por unos pastores, el que es Señor y Rey de todas las cosas; sometiéndose al tiempo, la historia, y la mortalidad, el que es Inmortal y reina por los siglos y es Señor del tiempo y de la historia. ¡Misterios de fe y sencillez de nuestro Dios!

    El que se hizo para nosotros camino y tenía todas las cosas, no quiso tener las que el hombre apetece como lo más grande. Y no las apeteció, siendo así que suyo era el cielo y la tierra, por él fueron hechos el cielo y la tierra, a él le servían los ángeles en el cielo. Él hacía huir a los demonios, ahuyentaba las fiebres, abría los oídos de los sordos y los ojos de los ciegos, calmaba el viento y las tempestades y hasta resucitaba a los muertos. El que podía tantas cosas, pudo también mucho por encima de aquel a quien él mismo hizo. El Creador del hombre fue sometido al hombre, en cuanto que apareció como hombre, liberador del hombre. Sometido al hombre, pero en forma de hombre; ocultando la divinidad y manifestando la humanidad, despreciado como hombre y encontrado como Dios. Y no hubiera sido hallado como Dios si no fuera anteeriormente despreciado. No quiso manifestarte el esplendor de su gloria sin que anteriormente te enseñara la humildad (S. Agustín, Sermón 20 A, 4).

    

domingo, 27 de febrero de 2011

Lo que es la humildad (y lo que no es)

    ¿A qué viene este interés por la humildad? ¿Y a qué tanta insistencia? Es decir, ¿qué es la humildad? ¿Para qué en tiempos de orgullo, autonomía del hombre y autosuficiencia del espíritu humano? ¿A qué la humildad cuando todos saben de todo, hablan de todo, no admite nadie consejos de otro, ni que nadie le enseñe? ¿A qué en un mundo -en una Iglesia también, en cualquier comunidad que está formada por hombres- competitiva, donde existen envidias y celotipias?

    La humildad no ha gozado de buena reputación entre los cristianos, ni se la ha tomado en serio, más bien se la ha desfigurado, arrojando en ella cosas que nada tienen que ver con ella, o confundiendo la humildad con otras actitudes del espíritu humano. Desvirtuándola en su ser, presentándola mal y, sobre todo, relegándola como algo a veces infamante y "humillante", la hemos olvidado.

    Digamos primero lo que no es. La humildad no es modestia. Son dos virtudes parecidas, que suelen caminar a la par, pero distintas en sí mismas. La modestia es la virtud de no hablar de sí mismo, de disimular lo que uno es y vale por prevención frente al orgullo y, sobre todo, frente la soberbia espiritual.

    La humildad no es apocamiento. Las personas débiles, con poco espíritu, temerosas, timoratas, que a veces rondan en complejos de inferioridad, no es humildad. Es, simplemente, una autoestima baja o una debilidad del ser humano: "yo no valgo, yo no sirvo", "yo no hablo", "yo no, yo no, soy indigno... no valgo nada".

    La humildad no es enterrar los talentos. Ocultar los dones, virtudes y virtualidades, la potencialidad propia del ser humano, para no querer destacar, para que nadie piense que voy a "lucirme"... Eso es egoísmo, ya que el Señor nos encargó negociar con los talentos y que diesen, al menos, el doble de lo entregado. Y fue castigado no el que negoció más, sino el que lo enterró. Muchos llevan enterrados sus talentos, so capa de humildad. Pero en verdad, todo lo que tenemos, lo hemos recibido del Señor:

martes, 8 de febrero de 2011

El don y la virtud de la humildad

La humildad es madre de todas las virtudes, así como la soberbia es la madre de todos los pecados y vicios. La experiencia espiritual y la tradición mística así lo atestiguan. El cimiento sólido para todo el edificio cristiano, para edificar una personalidad cristiana es la humildad. Sin ella, nada hay válido, ni duradero.


Situémonos con dos textos del gran san Agustín:

Si quieres llegar a la verdad, no busques otro camino que el que trazó el mismo Dios, que conoce nuestra enfermedad. Ahora bien, el primero es la humildad, el segundo es la humildad, el tercero es la humildad, y cuantas veces me lo preguntases te respondería la misma cosa. No quiero decir que no haya otros mandamientos, sino que la humildad debe preceder, acompañar y seguir a todo lo bueno que hacemos... si no el orgullo nos lo arrebata todo (S. Agustín, Epist. 118,22).

        Sigamos, pues, los caminos que él nos mostró, sobre todo el de la humildad. Tal se hizo él para nosotros. Nos mostró el camino de la humildad con sus preceptos y lo recorrió él mismo padeciendo por nosotros. No hubiera sufrido si no se hubiera humillado. ¿Quién sería capaz de dar muerte a Dios si él no se hubiese rebajado? Cristo es, en efecto, Hijo de Dios, y el Hijo de Dios es ciertamente Dios. Él mismo es el Hijo de Dios, el Verbo de Dios, de quien dice San Juan: En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios y el Verbo era Dios. Él estaba al principio junto a Dios. Por él fueron hechas todas las cosas y sin él no se hizo nada. ¿Quién daría muerte a aquel por quien todo fue hecho y sin el cual nada se hizo?  ¿Quién sería capaz de entregarle a la muerte si él mismo no se hubiese humillado? Pero ¿cómo fue esa humillación? Lo dice el mismo Juan: El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. El Verbo de Dios no podría ser entregado a la muerte. Para que pudiera morir por nosotros lo que no podía morir, el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. El inmortal asumió la mortalidad para morir por nosotros, para con su muerte dar muerte a la nuestra. Esto hizo Dios; esto nos concedió. El grande se humilló; después de humillado se le dio muerte; muerto, resucitó y fue exaltado, para no abandonarnos muertos en el infierno, sino para exaltarnos consigo en la resurrección final a quienes exaltó ahora mediante la fe y la confesión de los justos. Nos dejó la senda de la humildad.” (S. Agustín, Sermón 23 A,3-4).