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viernes, 21 de marzo de 2014

Padeció, fue sepultado... (III)

La redención de Cristo al hombre se produce por su Misterio pascual. Para eso ha venido, aceptando voluntariamente la pasión.


Creemos que en un tiempo histórico concreto, datable, "bajo Poncio Pilato", padeció su pasión y su cruz por nuestros pecados; fue sepultado porque verdaderamente murió en la carne; descendió a los infiernos, anunciando la salvación a los justos que aguardaban en sombras de muerte y rescatándolos; al tercer día, resucitó.

Ni es un mito ni es un relato simbólico para deducir que Jesús vive "en" los corazones, sino que son acontecimientos históricos salvadores, puesto que se dieron en la historia y hay testigos que anuncian lo que han visto, oído y tocado con sus manos.

viernes, 14 de marzo de 2014

Creo en Jesucristo, su Hijo (II)

Nuestra fe es profundamente cristocéntrica. Dios no es un ser solitario, un monoteísmo unipersonal, sino una Comunión de Personas divinas. Dios se ha revelado y se ha manifestado y se nos ha dado en su Hijo, el Logos, el Verbo, que, por amor, se hizo hombre, se hizo carne, para redimir al hombre.

Nosotros creemos en Jesucristo, el Hijo único de Dios; a Él amamos porque Él nos amó primero.


Creemos en Jesucristo y descubrimos en Él el Camino para llegar al Padre; la Verdad, la Vida. Y Él es Dios y hombre, una sola Persona divina con dos naturalezas, divina y humana.

Sin Él, nada podemos hacer, nada somos.

Por eso profesamos:

martes, 11 de marzo de 2014

Creo en Dios (I)

El primer artículo del Credo es la profesión de fe en Dios, que es Padre todopoderoso. Una amplia catequesis nos permitirá reconocer la naturaleza de Dios, su acción creadora y salvadora. Se verá su poder así como el sentido mismo de la creación, salida buena de la mano de Dios.


Esta catequesis, además, resituará la creación y lo creado en su justa perspectiva, ante el abuso de un falso ecologismo que endiosa la naturaleza en lugar de respetarla y cultivarla, cuidando igualmente del hombre (y de la vida humana incipiente).

Ésta es hoy nuestra catequesis cuaresmal.

viernes, 7 de marzo de 2014

Introducción al Credo

Después de un año o más de catecumenado, al inicio de la Cuaresma los catecúmenos han entrado en la etapa previa a los sacramentos pascuales. Ya se llaman 'competentes' o 'elegidos' y se intensifican tanto las catequesis como los ritos litúrgicos marcando la progresividad de la iniciación cristiana.


En esta Cuaresma previa a su Bautismo, los 'competentes' van a recibir el Credo en una liturgia, llamada la "entrega del Credo" o "traditio symboli", y durante este tiempo recibirán catequesis apropiadas para que fijen el contenido del Credo en su memoria y conozcan las verdades de la fe que se encierran en esos artículos del Credo.

A esas catequesis asistían los catecúmenos, sus padrinos, aquellos que le brindaban su hospitalidad para estar en la ciudad toda la Cuaresma y todos los fieles cristianos que pudieran.

Ahora nosotros nos situamos también con ellos y recibimos las catequesis sobre el Credo, de manos de san Agustín, con espíritu cuaresmal. Así renovaremos la fe cristiana para llegar bien dispuestos a la santa Vigilia pascual.

lunes, 10 de febrero de 2014

Abandonarse...

Para mí, y esto es una opinión muy personal, un punto fundamental de la vida espiritual es saber abandonarse. El abandono es una piedra de toque fundamental de la espiritualidad.

El abandono exige madurez, la madurez de la humildad, donde el hombre sabe caminar sin llevar las riendas, sino poniendo éstas en manos de Dios. Se trata, entonces, de hacerse niño, hacerse pequeño, pisoteando orgullo y soberbia, para dejar que Dios sea Dios en la propia existencia.


¡Cuántas veces hay que repetir: "Dios proveerá"! ¡Cuántas y cuántas veces! Él, y sólo Él proveerá. ¿Para qué angustiarnos ni agobiarnos? Lo nuestro es caminar... y Dios proveerá. Lo nuestro es confiar y reconocer al mismo tiempo la paternidad de Dios ejercida en nuestra vida concreta.

¡Abandonarse! 

martes, 21 de enero de 2014

Confiar (en Dios, claro)

El creyente es un hombre que confía en Dios, una confianza sin fisuras. "Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor".

La fe, siempre razonable, sabe que nadie es más digno de confianza, nadie más digno de crédito -y se lo gana a pulso- que Dios.


¡Confiar! Sí, aunque a veces sea un confiar en noche cerrada, gimiendo, sin sentir ni experimentar nada. Entonces se grita: ¡Abba!, ¡Padre!

Una confianza que permite al hombre edificarse sobre Roca y no sobre las arenas movedizas de otras seguridades, más inmediatas y aparentes, pero más falsas y peligrosas.

Un creyente es un hombre de fe inquebrantable en Dios, de confianza firme y probada en Dios.

"Dios me ha creado para un servicio preciso; me ha encomendado un trabajo que no ha encomendado a nadie más. Tengo una misión que cumplir que quizá no llegue a conocer nunca en esta vida, pero se me dirá en la otra... No me ha creado para nada. Haré el bien, ejecutaré la tarea que me ha encomendado... sin ni siquiera quererlo, si observo sus mandamientos y le sirvo en el lugar que me corresponde.

viernes, 15 de noviembre de 2013

Crisis de fe y respuesta creyente

Ante la crisis generalizada de fe, con múltiples causas que influyen, no una sola, la respuesta sólo puede ser, en primer lugar, una fe más firme, más ardiente, más valiente, más clara, más decidida. La respuesta ha de ser creyente, la de católicos con una fe fuerte, vital. Y, en segundo lugar, una fe que lejos de arrinconarse, sale a la plaza pública, proclama, llama, anuncia, testimonia: es la evangelización, el apostolado.

Una crisis de fe azota a las sociedades modernas desde hace ya varios decenios, la indiferencia cunde.


"Somos conscientes de la inquietud que agita en relación con la fe ciertos ambientes modernos, los cuales no se sustraen a la influencia de un mundo en profunda mutación en el que tantas cosas ciertas se impugnan o discuten. Nos vemos que aún algunos católicos se dejan llevar de una especie de pasión por el cambio y la novedad. La Iglesia, ciertamente, tiene siempre el deber de continuar su esfuerzo para profundizar y presentar, de una manera cada vez más adaptada a las generaciones que se suceden, los insondables misterios de Dios, ricos para todos de frutos de salvación. Pero es preciso al mismo tiempo tener el mayor cuidado, al cumplir el deber indispensable de búsqueda, de no atentar a las enseñanzas de la doctrina cristiana. Porque esto sería entonces originar, como se ve desgraciadamente hoy en día, turbación y perplejidad en muchas almas fieles.

Conviene a este propósito recordar que, por encima de lo observable, científicamente comprobado, la inteligencia que Dios nos ha dado alcanza "lo que es", y no solamente la expresión subjetiva de las estructuras y de la evolución de la conciencia; y por otra parte, que la incumbencia de la interpretación -de la hermenéutica- es tratar de comprender y desentrañar, con respecto a la palabra pronunciada, el sentido propio de un texto, y en ningún modo crear este sentido de nuevo a merced de hipótesis arbitrarias.

Pero, por encima de todo, Nos ponemos nuestra inquebrantable confianza en el Espíritu Santo, alma de la Iglesia, y en la fe teologal, sobre la que descansa la vida del Cuerpo Místico. Sabemos que las almas esperan la palabra del Vicario de Cristo y Nos respondemos a esta expectativa con las instrucciones que normalmente damos"

(Pablo VI, Disc. en la clausura del Año de la Fe, 30-junio-1968).

lunes, 11 de noviembre de 2013

Robustecer la fe

¡Señor, auméntanos la fe!

La petición de los discípulos hemos de hacerla nuestra también nosotros en este año de la fe. Al fin y al cabo, un año de la fe busca clarificar y robustecer la fe, cuando se puede encontrar debilitada, fría, acomodaticia o con el virus de la secularización.

Volvamos los ojos a Cristo para robustecer y afianzar la fe -esto siempre- y crezca el gozoso sentido de pertenencia a la Iglesia, columna y fundamento de la Verdad, la que conserva el depósito de la fe transmitiéndolo.

Una vez más será la sabia palabra de Pablo VI, en una catequesis, la que va a servirnos para formarnos y profundizar. Leedla como quien nada sabe, como quien por primera vez oye estas verdades, dejaos impactar y pensad luego despacio.

"Ante vosotros, queridos visitantes, peregrinos a esta tumba del Apóstol Pedro, brotan en nuestros labios las palabras que Cristo dijo en la última cena a sus discípulos, cuando sólo quedaban once, después de la salida del traidor: 'No se turbe vuestro corazón. Creed en Dios y también creed en mí" (Jn 14,1). Sí, es lo que deseamos para vosotros, lo que os recomendamos: tened fe en Dios y tened fe en Cristo, es el tema del año que, a finales de este mes, va a concluirse, y que precisamente Nos mismo llamamos el Año de la Fe en memoria y honor del centenario del martirio de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo.

Al pronunciar estas palabras solemnes y benditas advertimos el contraste que encuentran con las ideas turbulentas que corren por el mundo contemporáneo sobre el santo nombre de Dios, y que, como tremenda oleada, ahogan la fe de muchos hombres de nuestro tiempo. Estas ideas, habréis oído hablar de ellas sin duda, acaso las habéis escuchado como una agresión contra vuestro espíritu, y quizá se han insinuado en vosotros como una solución lógica y convincente, estas ideas son muchas, graves y complicadas, adquieren nombres nuevos y extraños: secularización, desmitización, desacralización, oposición global y, finalmente, ateísmo y antiteísmo, es decir ausencia o negación de Dios, bajo muchos aspectos, siguiendo las escuelas filosóficas de las que procede este rechazo de Dios, o los movimientos sociales y políticos que lo defienden o lo promueven, o el descuido práctico de todo sentimiento y de todo acto religioso.

martes, 29 de octubre de 2013

Las objeciones a la fe

Certero diagnóstico y análisis el que realiza el papa Pablo VI sobre las objeciones a la fe. Nuestro mundo post-moderno sigue las directrices de los ideólogos y filósofos del relativismo y del nihilismo. Han vaciado la fe de su contenido, la han convertido en un capricho irracional o en una pasión sentimental.


Pero, junto a las objeciones, el peligro está en que muchos católicos, embebidos de esa cultura -¡dictadura del relativismo!- perciben la fe y la viven y la valoran desde la medida de su propia subjetividad, jamás como un encuentro con la Verdad sino como un vago sentimiento de trascendencia, confortable, o como un ideal ético que, eso sí, sólo afecta a lo social y al discurso vago sobre la pobreza y la injusticia, sin modificar la conducta moral de la persona (y su propio corazón).

Es necesario que comprendamos la naturaleza verdadera de la fe como es necesario, asimismo, conocer las objeciones de la cultura moderna a la fe para poder refutarlas con argumentos sólidos y probados. No recurramos nunca a la herramienta relativista para defender la fe, no digamos nunca "allá cada cual con su conciencia", o "eso es lo que yo creo, tú cree lo que quieras", como si no hubiera una Verdad en la que todos han de converger, o como si la conciencia creara la moral para cada uno en vez de interiorizar la moral que es el Bien verdadero. Cuando queremos defender a veces la fe, nos sale un brote relativista que ya estábamos incubando.

Acudamos a la doctrina de Pablo VI.

"A medida que nos acercamos al final de este año, que por la conmemoración centenaria de los dos grandes apóstoles y mártires del testimonio primigenio del mensaje cristiano, Pedro y Pablo, hemos llamado de la fe, pueden surgir en nosotros muchas preguntas: por ejemplo, si hemos tomado en serio la invitación a la reflexión sobre este tema capital, la fe, en la orientación de nuestra vida, en el dilema fatal del sí o no que se plantea a nuestro destino no sólo religioso, sino existencial [recordad las palabras de Cristo, registradas por el evangelista San Marcos: "Quien crea y se bautice, se salvará, y quien no crea, será condenado" (Mc 16,16)]; si nos hemos ilustrado sobre alguna idea a propósito de este problema tan elemental, pero al mismo tiempo tan profundo y complejo; si hemos sido capaces de formular algún propósito sobre nuestra fe, como fruto de la conmemoración del citado centenario, y mejor aún, como consecuencia de la formidable y caótica problemática del momento histórico actual.


lunes, 21 de octubre de 2013

La fe ilumina la enfermedad y el sufrimiento

La fe, peculiar luz sobrenatural al entendimiento y al corazón, nos permite ver más allá de la realidad palpable o, si lo preferimos, nos hace desentrañar el sentido más hondo de la realidad, superando las apariencias. Descubre en todo una meta última, superior, más elevada: ningún campo de la realidad es ajeno a la luz de la fe.


La enfermedad y, en general, toda situación de dolor o sufrimiento moral o psíquico, reclama ser leída e intepretada por la fe para poderla asumirla con una paz serena. Suele ser el crisol de la fe, la prueba de madurez que humaniza y eleva al hombre, desprendiéndolo de sí. Detrás de todo, siempre, las manos de Dios, su providencia y el orden sobrenatural de una historia de la salvación que no palpamos inmediatamente, pero que se va escribiendo con nosotros.

Cuando la fe es una certeza en el corazón y en la inteligencia, superando el sentimiento, las situaciones de enfermedad y sufrimiento se viven de manera distinta, más humana a la par que más espiritual, hallando un valor a esas situaciones. Es entonces la fe, cuando es viva, la que permite asumir sin rebeldías tales situaciones y habiéndolas asumido, ofrecerlas en orden a la redención. Se ofrecen y el enfermo, el que sufre, se introduce en el torrente de vida de la Comunión de los santos. La fe adquiere así madurez, consistencia, robustez. La fe educa así en el orden sobrenatural, en el ofrecimiento, en el valor redentor de la Cruz cuando se deposita sobre nuestros hombros.

Este lenguaje, en apariencia nada grato, nos permitirá vivir más libres y afrontar las situaciones que se presenten como verdaderos creyentes en Cristo, hombres y mujeres de fe. Poco se catequiza sobre la enfermedad y el sufrimiento, pocas veces se habla de ellos porque es "un lenguaje duro". Sin embargo hemos de estar preparados para la prueba, hemos de entenderla, hemos de renovar la fe.

viernes, 18 de octubre de 2013

Fe firme y valiente

Toda verdadera renovación no comienza por un cambio de 'estructuras', o generando nuevas 'dinámicas', o fabricando nuevos 'lenguajes'; comienza cuando hay personas que empiezan a vivir en serio su fe, que son ante todo verdaderos creyentes, cimentados en Cristo. Son los creyentes (los santos) los que todo lo renuevan con su identidad, con su presencia, con la irradiación de lo que ellos son.


A la fe objetiva deberá, entonces, corresponder la fe subjetiva, es decir, el Credo, las verdades de la fe profesadas, deben determinar la vida entera y aumentar la confianza en Dios (fe subjetiva), la adhesión personal al Señor. La fe, junto al conjunto de verdades reveladas, implica una adhesión, un asentimiento a ellas, y una confianza absoluta en Dios. Esto es lo que define a los verdaderos creyentes.

En los tiempos que corren, donde el ambiente exterior, social y cultural en nada favorece al catolicismo, sino que lo cubre con un manto de indiferencia o de abierta agresión, es menester que seamos creyentes convencidos, valientes, en quienes la fe impregna todo lo que somos, pensamos, sentimos, hacemos, trabajamos, soñamos.

Claudicar sería una cobardía; dejarse llevar por el ambiente y la moda es mediocridad. La fe firme y valiente es el objetivo, la eterna petición a Cristo, el trabajo interior irrenunciable.

Así lo planteamos en esta catequesis de hoy, para recibirla y ajustarnos a ella.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Fe y vida: coherencia bajo la Palabra

Una catequesis más sobre la fe debería encender nuestro espíritu y favorecer el conocimiento, la inteligencia, del misterio cristiano, así seremos educados y permanecerá constante nuestro aprendizaje de la vida cristiana.

Pero, ¿qué caracteriza la vida cristiana?, ¿cuál sería lo específico o un dato relevante, una característica permanente? La unión entre la fe y la vida, entre lo que se cree y lo que se vive. Es la armonía de la persona, la unidad de vida, sin disgregaciones, ni compartimentos estancos, tan propios de la antropología secularista.


La fe alojada o identificada acríticamente con el sentimiento, no puede realmente incidir en la vida; o identificada con la ética de los valores, dejará a la vida concreta al vaivén de los voceros de turno, sin convertir al hombre en "bueno", sin transformarlo; la fe reducida a una práctica de ritos, asistiendo muda y pasivamente, será un cumplimiento formal y externo, pero no santificador, renovando al hombre desde dentro.

La fe y la vida van unidas en la medida en que entendamos bien la amplitud e incidencia de lo que es la verdadera fe. Conocemos, y nos lo han dicho muchas veces, la indisolubilidad de este binomio que la secularización quiere divorciar, pero demos un paso más: ¿quién o qué orienta los pasos de una fe vivida e íntegra? O lo que es lo mismo, ¿cómo dirigirnos en la vida para que la fe se haga vida y la vida esté informada (: tenga la forma) de la fe?

Todo y siempre, a la luz de la Palabra. El creyente es el hombre que oye la Palabra, la recibe, se deja modelar y obedece; por la fe escucha la Palabra y le da su asentimiento y se pone en marcha en dirección allí donde la Palabra le ha trazado el camino. Son consecuencias vitales encerradas en la profesión de fe, en el hecho de pronunciar el Credo, el Símbolo.

viernes, 11 de octubre de 2013

La fe ante dos peligros: ateísmo y antropocentrismo

Los diagnósticos de Pablo VI tenían gran claridad y acierto; ponerlos de relieve y advertir a los fieles de los peligros, era su obra como buen pastor. Ya decía san Agustín en su sermón sobre los pastores, que el buen pastor fortalece a las ovejas débiles, no las engaña sino que les muestra los peligros para animarlas a superarlos.

Las turbulencias y cambios aceleradísimos en el siglo XX, con la ruptura con todo lo anterior y el surgimiento de nuevos modelos y formas culturales, supuso un terremoto en el alma de Europa, en la civilización occidental. 


Contra la fe se alzaron distintos peligros y quedaron frentes abiertos. Muchos fueron tragados por semejantes olas y otros, hoy, pueden seguir siendo tragados. Por eso es necesario, por una parte, reforzar e iluminar la fe, para que se no tambalee, y, por otra parte, conocer y discernir los peligros ciertos para evitarlos y ofrecer respuestas.

Cuando Pablo VI ofrece esta catequesis, señala el ateísmo y el antropocentrismo como graves peligros; tal vez el ateísmo, como tal, virulento en gran parte del siglo XX, se ha transformado en indiferencia y agnosticismo; pero sí sigue vigoroso el antropocentrismo, incluso infiltrado en miembros de la Iglesia que participan favorecen la secularización interna, sustituyendo a Jesucristo por el hombre y el Evangelio por un moralismo ético de solidaridad y valores, de igualdad y ecologismo.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Fe, Iglesia y servicio al mundo

La fe orienta e  impulsa a transformar las realidades temporales, ordenándolas según Dios. La Iglesia, cuya vida y gozo es evangelizar, es servidora del hombre -como lo es su mismo Señor- para elevarlo a Dios, ofrecerle la gracia de la redención, acompañar sus pasos, engendrarlo para la vida eterna.


La Iglesia sirve al hombre y lo busca para que no se pierde ni se enrede en tantos lazos ideológicos o en situaciones de pecado. Convoca, llama, santifica. Esa es su misión, siendo signo e instrumento de la comunión con Dios y de la reconciliación de los hombres.

Cada cual, en la Iglesia, en su propia vocación, se convierte en servidor y no enemigo del mundo. Tal actitud y comportamiento no suponen una aprobación tácita del mundo para mundanizarse, ni para aceptar como bueno todo lo que ve, simplemente porque existe en el mundo y está de moda, sino que, desde dentro del mundo, lo purifica, lo eleva. Amar al mundo es la condición, pero no para dejarlo tal cual está sino para salvarlo, como Cristo mismo hizo: no vino para condenar al mundo sino para que el mundo se salve por él (cf. Jn 3,16).

Esta dinámica es conveniente recordarla no para generar optimismos ilusorios, pero sí para afrontar la relación con el mundo con la esperanza cristiana. Sobran los profetas de calamidades, los que claman contra todo a todas horas y quisieran hacer de la Iglesia un castillo cerrado a la defensiva, mirando el mundo con recelo y sospechas constantes. Sobra el pesimismo que cunde a veces por todas partes y que es anticristiano. Se necesita más bien la mirada sobrenatural de Cristo para ver el mundo y lanzarse a la obra de Cristo en este mundo concreto que ahora nos toca vivir.

Así es como la Iglesia quiere servir al mundo moderno -o postmoderno, según el pensamiento actual- y cada católico debe situarse para no rechazar el mundo de plano pero tampoco identificarse acríticamente con él fundiéndose en un abrazo mortal.

lunes, 2 de septiembre de 2013

La fe quiere formación, no ignorancia

La ignorancia religiosa o en materia de fe, va minando la fe misma, que puede acabar en superstición o en creencias con tan poco fundamento, que a nada, a lo más mínimo, cae derrumbada.

La fe, por el contrario, requiere formación, luz, conocimiento; la fe quiere conocer. Por eso la formación católica es un campo permanentemente abierto para comunicar con suficiente solidez los tesoros de la fe. Si la ignorancia en cualquier campo es mala, porque es atrevida, la formación permite una madurez mayor y poder dar razón de nuestra esperanza a todo el que nos la pidiere.


Un fruto renovado de este Año de la fe bien podría ser, siguiendo una catequesis de Pablo VI, despertar el interés por una formación más capaz, más orgánica, y el impulso por retomar la formación de jóvenes y adultos, éstos especialmente, en todas las parroquias y comunidades católicas.

"Como sabéis, se clausura al final de este mes el Año de la fe, año que hemos dedicado a la memoria del XIX Centenario del Martirio de los Santos apóstoles Pedro y Pablo para honrar no solamente su memoria, sino para confirmar también nuestro compromiso con la herencia de la fe que aquellos, con su palabra y con su sangre, nos han transmitido. Tendríamos muchas cosas que decir todavía sobre este tema, del cual hemos hablado brevemente en estas audiencias semanales. Añadiremos todavía unas palabras en forma de exhortación, las más obvias que se puedan hacer al respecto: procurad que vuestra fe sea viva.

Esta recomendación sugiere una pregunta: ¿Puede acaso existir una fe muerta? Desgraciadamente, sí; puede haber una fe muerta. Y es claro que la negación de la fe, tanto objetivamente, cuando se niegan o deliberadamente se cambian las verdades que por fe debemos admitir, como subjetivamente, cuando consciente y voluntariamente se retira nuestra adhesión a nuestro credo, se apaga la fe, y con ella la luz vital y sobrenatural de la divina revelación en nuestra alma. Existe otro grado negativo respecto a la vitalidad de la fe, y éste priva a la misma fe de su desarrollo congénito, la caridad, la gracia: el pecado, que quita la gracia del alma, puede dejar sobrevivir la fe, pero ineficiente con respecto a la verdadera comunión con Dios, dejándola como en letargo. Recordad las palabras de San Pablo: "Fides quae per caritatem operatur, la fe que actúa por medio de la caridad" (Gal 5,6).

lunes, 5 de agosto de 2013

Apostalado del creyente

Un Año de la Fe, como el que ahora transcurre, podrá revitalizar la vida cristiana en todos nosotros si nos dejamos guiar por el magisterio, luminoso, de la Iglesia. La fe que se encierra y se esconde, se pierde y se apaga; quedarán brasas que siempre podremos remover para que el fuego sea consistente. La fe que se encierra en lo subjetivo y no fructifica, será como intentar retener agua entre las manos: acaba fluyendo entre los dedos y las manos quedan vacías.


¡La fe se fortalece dándola! Un creyente, es decir, un cristiano que ha sido marcado por el Bautismo y la Confirmación, o es apóstol o no es cristiano, sabiendo que su propio apostolado va a permitir que su fe crezca, se robustezca, se consolide.

Después vendrá el modo de apostolado tan variado como variadas son las vocaciones, los estados de vida cristiano y las circunstancias concretas de cada cual: distintas tareas, distinta intensidad, apostolado asociado o personal, etc., pero siempre el apostolado es una nota inherente a la vida de fe.

Es momento entonces de crecer en la fe, de interiorizarla y encarnarla, de profundizar y hacerla más activa, así como -cada uno, uno a uno- plantearse realmente qué hace, qué apostolado real desempeña, qué pide el Señor que haga y cómo hacerlo.

lunes, 29 de julio de 2013

La fe renueva, no arrasa

En los difíciles años postconciliares, agitados por una crisis cultural que asolaba el occidente, y con la tarea de aplicar las enseñanzas del Concilio, no pocas confusiones surgieron, no pocas desviaciones.

En nombre de la fe, más que renovar la vida cristiana y la Iglesia (semper reformanda), se llegó a destruir todo lo anterior, embestir contra las verdades de la fe, la liturgia y la espiritualidad, buscando un genuino espíritu de libertad contestatario. Se vivía de novedades e innovaciones. ¿Eso era la fe o producto de la fe?


La exaltación de la época y un ingenuo optimismo se tradujeron en corrientes demoledoras. El "aggiornamento" ya no era una puesta al día, una renovación fiel, sino un producto nuevo.

Lo que entonces, en nombre de la fe -más bien una forma de exaltada imaginación- se hizo, hoy se continúa de modo distinto, o menos virulento pero también eficaz, que es la penetración de la secularización en la vida interna de la Iglesia. Sin embargo, la fe cristiana es principio de vida y no de demolición, de renovación en fidelidad y no de construcción con otros cimientos distintos y ajenos.

¿Qué hacer? ¿Qué tarea corresponde al católico que ordena su vida según la fe verdadera? ¿Cómo situarse ante la Iglesia? ¿De qué manera buscar un justo equilibrio ante tantas fuerzas antagónicas que pugnan por renovar destruyendo la Iglesia?

Pablo VI sabía bien enseñar.

sábado, 20 de julio de 2013

De la fe nace la alegría verdadera

¿Podría estar triste o angustiado quien se ha encontrado con el Señor resucitado?

¿Podría vencer el pesimismo a quien ha palpado que Cristo vive y vence?

¿Podría ser la tristeza la nota habitual de quien ha recibido el Espíritu Santo?

¿Acaso el mal y el pecado pueden impregnarlo todo? ¿O no es el Señor quien lo domina todo?


La fe, don sobrenatural, suscita la esperanza auténtica, y de ahí a la alegría, don del Espíritu Santo, hay un pequeñísimo paso. La existencia creyente se acompasa por el fruto espiritual de una alegría, de un gozo, que nadie nos puede arrebatar porque su origen es el Señor que está vivo y actuante, salvando y redimiendo, santificando.

Muchas pueden ser las dificultades y hasta las persecuciones; grande el pecado que nos abate o que parece triunfar en la mundanidad, pero ni el pesimismo ni la angustia pueden hallar cobijo en el corazón cristiano.

Ciertamente es una alegría distinta y superior, alejada de la superficialidad de quien está vacío; ni tampoco es el optimismo ingenuo que ignora la verdad y proyecta una realidad desde una febril imaginación. La alegría que brota de Cristo y nos da el Espíritu Santo es realista, serena, pacífica, eficaz. 

La fe nos conduce a la alegría, la fe es alegre, gozosa, y su premio es la bienaventuranza, o sea, la felicidad, la dicha, la sonrisa eterna.

sábado, 13 de julio de 2013

La fe es adhesión personal a Cristo y a su Iglesia

Entre las catequesis sobre la fe que vamos recibiendo para formarnos, revisarnos, crecer y avanzar, llegamos hoy a una enseñanza que muy bien se podría calificar de deliciosa, del papa Pablo VI, sobre la adhesión personal a Cristo, que libera a la persona y la orienta a la Verdad, y como consecuencia real la adhesión personal, renovada, gozosa, a la Iglesia.


No son sólo los contenidos, es incluso la expresión oral y literaria de Pablo VI la que podría hoy seducir nuestros corazones y crecer en las dimensiones reales de la fe: su centralidad cristológica, su incorporación eclesial.

La fe recobra así su totalidad, permitiendo la unidad de la persona: seguimos a Cristo, le amamos, le confiamos la vida y nos ponemos a su disposición; hallamos en Él la Verdad porque es Él quien ha salido a nuestro encuentro. Pero sin arbitrariedad, ni subjetivismo que haga un Cristo o un Evangelio a nuestra medida personal, somos introducidos en una Compañía, en un Cuerpo, en un torrente de vida: ¡la Iglesia!

"Cristo llama a los jóvenes de hoy

Detengamos ahora nuestra atención sobre este acontecimiento: Jesús, reconocido y aclamado como Mesías, como el Cristo por su pueblo, y de una manera especial por las voces y los vítores de los jóvenes. El acontecimiento se repite hoy en la celebración litúrgica. Vosotros, jóvenes, sois en este momento, junto con la comunidad de los fieles, los heraldos de Cristo. Perpetuáis en nuestro tiempo, en nuestro ambiente, el momento de gloria de la realeza mesiánica del Señor Jesús. Renováis el acto de fe en su persona y en su misión. Lo reconocéis como Maestro de la humanidad, lo proclamáis Profeta de los destinos del mundo, lo declaráis Rey Divino, en el cual se centra la suerte de todo hombre y en torno al cual se forma el designio total de la historia. Jesús es la verdad de la existencia humana, más aún, Él mismo es la Vida, el principio de nuestra salvación, presente y futura.

¿Nos escucháis, queridos hijos? 
¿Nos comprendéis? 
¿Os parece lejana nuestra voz? 
¿Os suena a extraña e incomprensible? 

martes, 2 de julio de 2013

La fe inmutable

Pablo VI es un verdadero maestro, con diagnósticos muy precisos, una palabra consoladora y una línea clara.

En momentos de confusión donde todo se quería cambiar, la misma fe, en lugar de intentar ser explicada con lenguaje inteligible, era cambiada en su forma y en su contenido.


La renovación de la Iglesia no es demolición, ni su puesta al día es una revolución o mutación. La fe es inmutable, fijada en dogmas o formulaciones claras y precisas de la fe; pero el lenguaje que ha de explicarla, la teología, la catequesis y la predicación, es el que debe buscar una mayor claridad para los hombres de cada cultura y generación.

Todos deberíamos entender lo mismo al escuchar o decir palabras tales como "resurrección", "eucaristía", "redención", "sacrificio"... pero el efecto demoledor que padecemos es que la explicación renovada llegó a sustituir la verdad de la fe transformando su sustancia. Cada cual hoy cree cosas distintas, por ejemplo, sobre la "resurrección". ¿Ha cambiado la fe? La fe es la misma. ¿Qué ha pasado? Una mutación que no se puede ni sostener ni defender.

Es tiempo de pasar de la confusión y de relativismo a lo nuclear y cierto de la fe católica.

"Os plantearemos una pregunta: ¿habéis comprendido el sentido del nombre simbólico de Pedro dado por Jesús a su principal discípulo, Simón, hijo de Jonás: “tu eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16,18), es decir la sociedad de aquellos que creen en mí y se congregan en mi nombre en torno a ti y de la que tú eres el fundamento? La idea que Jesús quería expresar es muy clara siendo extremadamente compleja y profunda para quien la quiera reflexionar: es la idea de la solidez, de la fijación, de la permanencia, Nos diremos incluso de la inmovilidad. Simón, hijo de Jonás, era un hombre bueno, pero –según lo que conocemos de él- entusiasta, cambiante, generoso y tímido. Al darle el título, el don, el carisma de la fuerza, de la solidez, de la resistencia, de la constancia, que son las cualidades de la piedra, de la roca, Jesús asociaba el mensaje de su palabra a la fuerza nueva y prodigiosa de este apóstol, el cual debía tener –él y sus legítimos sucesores- la misión de testimoniar, con una certeza sin igual, este mensaje que llamamos el Evangelio.