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jueves, 3 de noviembre de 2016

Sobre la esperanza (y IV)

La esperanza, tan bella, tan serena, tan necesaria, va transformando nuestra existencia y orientándonos hacia la "sustancia" sobre la que fundamentarnos.

Pero esta esperanza, virtud teologal, sobrenatural, no es sin más un sentimiento personal, ni siquiera una actitud personal y privada; posee una innegable dimensión social y también cósmica, que afecta a la creación entera.

Son las palabras del artículo del card. Ratzinger que vamos leyendo poco a poco, las que nos ofrecen esta dimensión social y cósmica de la esperanza enmarcándola como un componente del franciscanismo. Está en Communio, ed. francesa, IX, 4, junio-agosto 1984.


"c. La dimensión social y cósmica de la esperanza

Falta una cuestión. Se podría objetar a lo que acabamos de decir que una vez más todo esto tendería a la fuga a la interioridad y que el mundo en cuanto accidente estaría condenado a la ausencia de esperanza. Se trataría en realidad precisamente de crear tales condiciones de vida que la fuga a la interioridad fuera inútil ya que el sufrimiento estaría evacuado y el mundo mismo se convertiría en paraíso. Evidentemente no podría ser cuestión de intentar, en el marco de estas reflexiones, debatir las teorías marxistas y evolucionistas sobre la esperanza. Baste plantear aquí dos contra-cuestiones para devolver todo a una buena luz. Primero: la creencia del paraíso en medio de los hombres, ¿no está ya segura de ponerse en marcha cuando éstos serán librados de la furia de poseer y cuando su libertad interior y su independencia cara a cara ante los poderes y la posesión habrán despertado en ellos una gran bondad y una gran serenidad? ¿O, por otra parte, hacer comenzar la transformación del mundo, sino con la transformación de los hombres? ¿Y qué transformación podría ser más liberadora que la que engendra un clima de alegría?

Llegamos ya a la segunda contra-cuestión. Comenzamos por una constatación: la esperanza, de la que Francisco es el garante, hizo todo lo contrario a un retiro interior e individualista. Engendró el valor de la pobreza y la aptitud a la vida en comunidad. Por una parte ha planteado, en la comunidad de los hermanos, de nuevos principios de vida común, y por otra parte ha aplicado a la vida cotidiana de la época, en la Tercera Orden, esta anticipación comunitaria del mundo por venir.

martes, 11 de octubre de 2016

Sobre la esperanza (III)

La reflexión del card. Ratzinger sobre la esperanza -tal como hemos visto en dos catequesis anteriores- ofrece su relación con las esperanzas humanas finitas y quiere mostrar su fundamento en una realidad ontológica.


Ahora, avanzando más, quiere ofrecer, según sus propias palabras, un giro "franciscano", señalando cómo la esperanza y el franciscanismo son palabras vigentes y con fuerza aún hoy, para nosotros, que hemos de esperar en el Señor y debemos aprender a esperar con la esperanza verdadera.

Sean sus palabras las que nos catequicen, es decir, ilustren la inteligencia y forjen la conciencia con nuevas y claras orientaciones.


"Las dimensiones de la esperanza.
Su componente franciscano


a. Esperanza y posesión

A primera vista, podría parecer que las afirmaciones de la Carta a los Hebreos provienen de una visión platónica del mundo en la cual, al mundo visible de las apariencias, se opone la sustancia invisible, sola y única realidad, a la que se debe aferrar. Sin embargo, cuando se sigue el avance de este pensamiento, aparece cómo este esquema se pone al servicio de una dinámica de la esperanza que no ha podido nacer más que del encuentro con Cristo resucitado, con la promesa que no se cansa de expresar, sino que es él mismo. 

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Sobre la esperanza (II)

Proseguimos la hermosa reflexión del card. Ratzinger que ya empezamos a leer; es un artículo publicado en Communio, ed. francesa, IX, 4, junio-agosto 1984.

Veremos cómo la esperanza es lo más humano, lo más conveniente a la estructura creada del hombre, pero que siendo Don, sólo puede ser recibido de Dios.

Además, la esperanza sobrenatural, cristiana, ilumina, purifica y eleva nuestras pequeñas esperanzas humanas. Entronca el artículo, así pues, con lo más humano y experimentable y por tanto con lo que somos y vivimos. Nos sentiremos, sin duda, reflejados e interpelados.


"La fe: una esperanza

Ésta es exactamente la cuestión a la que se refieren las frases de san Pablo evocadas más arriba: la espera de este "paraíso" que nos falta, no nos abandona; pero este estado de carencia se vuelve desesperanzador si no hay certeza sobre Dios, ni certeza sobre una promesa que provenga de él. Es por lo que no existe (y no puede existir) sin la encarnación de este Dios, sin su muerte y su resurrección, lo que Pablo llamó: "los otros" están sin esperanza. Es por lo que Jesús es esta esperanza, que ser cristiano consiste en vivir con esperanza y que, tanto en el Nuevo Testamento como en los Padres apostólicos, los conceptos de fe y de esperanza son, en cierta medida, intercambiables.

Así la Primera carta de Pedro habla de dar cuenta de nuestra esperanza, allí donde se trata de hacerse el intérprete de la fe entre los paganos (3,15). La Carta a los Hebreos llama a la confesión de la fe cristiana "confesión de la esperanza" (10,23). La Carta a Tito define la fe recibida como una "bienaventurada esperanza" (2,13). La Carta a los Efesios plantea como premisa la afirmación fundamental "un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos", y así sólo hay "una esperanza al término de la llamada que habéis recibido" (4,4-6). Se podrían multiplicar las citas.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Sobre la esperanza (I)

La catequesis hoy va a consistir en leer entre todos, reflexionar y asumir -¡Dios lo quiera!- un texto sobre la virtud teologal de la esperanza.

Virtud necesaria, nos la ofrece Dios para esperar recibirle a Él, vivir en Él, eternamente. Aguardamos a Dios, sumamente amado.


El cardenal Ratzinger (luego Benedicto XVI) escribió un artículo que nos permitirá formarnos en esa virtud. Está en Communio, ed. francesa, IX, 4, junio-agosto 1984, pp. 32-46. Su extensión hará que lo leamos a lo largo de varias entradas.


"De la esperanza

No hay una verdadera esperanza más que si nos lleva más allá de la muerte. La pobreza franciscana libera al hombre de todas sus falsas esperanzas y le permite esperar sólo en Dios.

Pablo recuerda a los cristianos de Éfeso la época en que aún no eran cristianos. Su situación se caracterizaba entonces por el hecho de que no tenían promesas. También eran hombres que vivían en este mundo sin esperanza y sin Dios (Ef 2,12). Una observación parecida se encuentra en la Primera carta a los Tesalonicenses. Pablo se dirige en ella a los cristianos de esta ciudad portuaria y les habla de la esperanza en cuanto más allá de la muerte, para que no viven con tristeza "como los otros que no tienen esperanza" (4,13). Resulta entonces de estos dos pasajes que, para Pablo, la esperanza define al cristiano, y que inversamente la ausencia de esperanza caracteriza al ateo. Ser cristiano, es ser un hombre que espera, es situarse en la tierra con una esperanza segura. Según estos textos, la esperanza no es una virtud más entre otras; es la definición misma de la existencia cristiana.

martes, 28 de junio de 2016

Las virtudes teologales (y III)

La última parte del artículo de Von Balthasar completa la catequesis en tres partes sobre las virtudes teologales. Es -recordémoslo- un artículo en la ed. francesa de Communio, IX, 4, junio-agosto 1984, pp. 10-20.

Antes de precipitarnos al leer algunos términos a los que no estamos acostumbrados, es preciso leer todo el texto y verlo en su conjunto, para no ver fantasmas de herejías donde no los hay, ni mucho menos.



"4. Sin duda la cuestión no se resuelve si no se interroga a la fe y a la esperanza de Jesús a lo largo de su existencia terrenal.

Del lado protestante, la respuesta a la cuestión a menudo es afirmativa: Jesús tenía fe y esperanza. Del lado católico, el P. Charles ya había roto una lanza en favor de la esperanza de Jesús, indiscutiblemente con razón. Había subrayado que incluso una presciencia infalible no impide la esperanza: la incertidumbre en cuanto al futuro, dice Charles, no es un momento esencial de la esperanza, y más bien debe considerarse como la huella dejada por el pecado sobre nuestras esperanzas. "La fuente única de donde brota la vida espiritual en el mundo entero, la podemos descubrir con seguridad en la esperanza inmutable e infalible de Cristo triunfante". 

martes, 14 de junio de 2016

Las virtudes teologales (II)

La relación entre las tres virtudes teologales (fe, esperanza, caridad) está siendo estudiada en algunas catequesis siguiendo un artículo de Balthasar (Las tres virtudes son una, Communio ed. francesa, IX, 4, junio-agosto 1984, pp. 10-20).

Es una catequesis para ver los resortes más internos del alma, movidos por Dios, para llegar y gozar de Dios mismo. Se resalta así el primado de Dios y la gratuidad de su actuación en interior. Claro, no nos salvamos por el humanitarismo, la solidaridad y los "valores", sino por la Gracia de Dios que convierte la existencia cristiana en una realidad nueva.


Fe, esperanza y caridad son los movimientos del hombre hacia Dios porque primero Dios mismo nos los ha comunicado para atraernos a Él.

Si sacamos las consecuencias reales de estas catequesis, veremos cuán lejos está la secularización y la pretendida moral autónoma de conducir al hombre a su verdadero fin.

Sigamos con el artículo.

miércoles, 1 de junio de 2016

Las virtudes teologales

Las virtudes teologales son dinamismos, hábitos sobrenaturales, que vienen de Dios gratuitamente para conducirnos a Él. Son la fe, la esperanza y la caridad. Se nos infunden en el alma mediante el sacramento del Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, y sostienen nuestra vida tendiendo hacia Dios.



1812 Las virtudes humanas se arraigan en las virtudes teologales que adaptan las facultades del hombre a la participación de la naturaleza divina (cf 2 P 1, 4). Las virtudes teologales se refieren directamente a Dios. Disponen a los cristianos a vivir en relación con la Santísima Trinidad. Tienen como origen, motivo y objeto a Dios Uno y Trino.

1813 Las virtudes teologales fundan, animan y caracterizan el obrar moral del cristiano. Informan y vivifican todas las virtudes morales. Son infundidas por Dios en el alma de los fieles para hacerlos capaces de obrar como hijos suyos y merecer la vida eterna. Son la garantía de la presencia y la acción del Espíritu Santo en las facultades del ser humano. Tres son las virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad (cf 1 Co 13, 13).

 Como en un salón de catequesis de adultos, aula de formación, cuando se distribuyen fotocopias de un texto, se leen en voz alta, se explican y se dialoga a partir de ellas confrontando con la propia experiencia, así vamos a hacer en dos o tres catequesis.

sábado, 12 de diciembre de 2015

"Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro" (y II)

Continuamos con el artículo de G. Cottier en Communio, ed. francesa, IX, 4- julio-agosto 1984, pp. 4-9. 

Planteada la espera humana y la esperanza teologal, garantizada por Dios, infundida por Dios, otorgándonos una certeza irrebatible, había que plantearse las esperas humanas, o las esperanzas humanas, iluminadas por la esperanza sobrenatural, y los sustitutos que, a modo de compensaciones, han surgido a la esperanza teologal. Estos han sido los humanismos ateos, las ideologías y utopías.


Si leemos atentamente, y reflexionamos, con este artículo además de orientar correctamente nuestra esperanza en Dios, que da vida eterna, podremos comprender mejor la realidad que se vive en Occidente, de desencanto y frustración, limitándose a los confines experimentables.


"Aquí nos encontramos el desafío de las grandes ideologías contemporáneas y su mesianismo ateo. ¿No es precisamente en el nivel de la esperanza donde se desarrolla hoy el combate de la fe y de la idolatría? 

En la medida en que la esperanza humana hace de su objeto un absoluto, entra en un conflicto inevitable con la esperanza cristiana. Las ideologías ateas modernas responden a una doble inspiración: una confianza casi ilimitada en el poder técnico del hombre y el desvío de la aspiración, que viene de la herencia judeocristiana, en los cielos nuevos y en la tierra nueva, hacia objetivos puramente terrestres y políticos. 

domingo, 6 de diciembre de 2015

"Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro"

La esperanza es una virtud teologal preciosa, serena y dulce. Sobre ella necesitamos ser formados, conocerla, para que, ya que se nos infundió gratuitamente en el bautismo, la podemos desarrollar en nosotros.

¿Qué esperamos? Lo grande y lo definitivo, aquello que orienta al hombre de modo completo. Lo decimos en el Credo: "espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro". Esa esperanza es la que ilumina toda la vida.


Veamos algo del contenido de la virtud de la esperanza con una síntesis del artículo de G. Cottier en Communio, ed. francesa, IX, 4- julio-agosto 1984, pp. 4-9.


"La noción de esperanza teologal es la única capaz de explicar, sin separarlos ni oponerlos, sino relacionándolos, los dos aspectos de la esperanza que son la espera individual de la bienaventuranza (los medios que la permiten y los bienes que promete) y la espera de la Iglesia en tensión hacia los fines últimos.

martes, 2 de diciembre de 2014

Esperanza, esperanzas... ¡posibles!



Una esperanza grande, verdadera y superior: a eso nos convoca el tiempo santo de Adviento.

Busca ensanchar el corazón. La mirada va más allá que la de las inmediatas fiestas navideñas. El trabajo interior al que conduce el tiempo de Adviento supera lo inmediato de la Navidad siguiente.


           La esperanza cristiana se ancla en el Señor y en su Palabra; de Cristo nos podemos fiar siempre y de Él siempre podemos esperar.

            Es verdad que muchas cosas nos roban la esperanza: decepciones y fracasos personales, experimentar una y otra vez nuestras caídas y pecados. Nos cansamos y casi nos desesperanzamos.

            La realidad que nos rodea y salta en los medios de comunicación también decepciona y cansa: problemas, crisis, corrupción en todos los órdenes, violencia constante, injusticias… 

domingo, 15 de diciembre de 2013

Abandonarse, confiar, esperar (Péguy)

Un ejercicio interior grande en el Adviento es trabajar en la esperanza, es decir, crecer en la esperanza. Dios abre caminos, Dios cumple sus promesas. Sólo cabe abandonarse confiadamente en Él.

"Despiertos o dormidos vivamos con él", decía san Pablo en 1Ts. Dormir tranquila y confiadamente en Dios es un gran signo de abandono en Él, en vez de volver una y otra vez sobre nosotros mismos y nuestra conciencia, o la meticulosidad de prácticas religiosas -rezar, rezar y rezar, formularios, oraciones escritas, estampitas y novenas, etc-.



Más vale un acto de abandono, de paz en Dios, de esperanza serena.

Así escribía Péguy sobre la noche y, sobre todo, sobre el abandono esperanzado en Dios:




“Yo sé llevarle. Es mi oficio. Y esa libertad es mi creación.
Se le puede pedir mucho corazón, mucha caridad, mucho sacrificio.
Tiene mucha fe y mucha caridad.
Pero lo que no se le puede pedir, vaya por Dios, es un poco de esperanza.
Un poco de confianza, vaya, un poco de relajación,
Un poco de entrega, un poco de abandono en mis manos,
Un poco de renuncia. Está tenso todo el tiempo.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Velamos porque estamos esperando

Las dos últimas semanas del tiempo Ordinario y la primera semana de Adviento repiten insistentemente, en las lecturas bíblicas, las oraciones, prefacio y preces de Laudes y Vísperas, "velad", "vigilad".

Este es un concepto muy cristiano: vigilamos, velamos, porque estamos atentos a que Cristo venga, a que Cristo vuelva en su gloria, a que Cristo se manifieste día a día en la historia de nuestra vida.


Se vigila, se está velando despierto, se mira por la ventana con inquietud si se aguarda a que llegue alguien que nos importa, a quien queremos; si no es así, nos da igual sialguien viene o no, no nos provoca ningún deseo, permanecer apaciblemente sentados.

La vigilancia, el velar por la noche aguardando, tiene que ver con el deseo y la esperanza: el deseo de Cristo, la esperanza en Él sabiendo que cumple sus promesas y que es Fiel.

domingo, 16 de junio de 2013

La fe que vence al mundo

Una homilía de Pablo VI en aquel año de la Fe de 1968 nos da pie para poder profundizar, y cuestionarnos, el valor sobrenatural de la fe, su incidencia y su relación con el mundo.


¿Pero la fe tiene incidencia real o es mero sentimiento? El sentimiento es una vaga expresión afectiva que la reducimos a la trascendencia, al intimismo. No puede ser la fe un sentimiento. Siendo un don de Dios, una virtud teologal que viene de Dios y nos conduce a Dios, la fe transforma la existencia e ilumina todo lo que el hombre vive, orientándolo en todo.

La fe se vive allí donde estamos, sin relegarla a la privacidad del domicilio y del templo: se vive en la tienda, en la oficina, en la escuela, en la Universidad, en la política, en la fiesta... La fe se seculariza cuando consentimos que nos la privaticen, pero se robustece si vivimos la fe en todo. Una fe débil se esconde en la sacristía; una fe fuerte, robustecida, es convincente y se presenta tal cual ante el mundo.

"¿No os parece que la festividad de hoy [la Cátedra de San Pedro] nos ofrece una obvia ligazón con la profesión de nuestra fe, que precisamente la memoria centenaria del martirio de los apóstoles Pedro y Pablo nos ha inducido este año a renovar, a profundizar, a proclamar? Y el Evangelio, cuya lectura acabamos de escuchar, ¿no nos obliga a hacer nuestra, personal y colectivamente, la confesión de Pedro en la mesianidad  divina de Nuestro Señor Jesucristo: "Tú eres Cristo hijo de Dios vivo"? (Mt 16,16). Circunstancia ésta también digna de notarse por la importancia espiritual e histórica, por la belleza trascendente que adquiere una expresión de fe católica genuina, consciente y colectiva de todo el episcopado italiano, a una con el laicado católico aquí representado, rodeados por los alumnos de los seminarios romanos de lengua italiana, el lateranense con el seminario de Roma, el colegio Capranica, el seminario Lombardo y los demás colegios eclesiásticos italianos de Roma.

Circunstancia digna de notarse, también por la frase crítica en que se encuentra la fe, bien por la psicología del acto en que se expresa o bien por el contenido doctrinal que la define en la actual evolución de la cultura, en la problemática radical con que es considerada por algunos críticos, en el esfuerzo de renovación teológica realizado en todas partes y la estimula, en el diálogo ecuménico, en el pluralismo ideológico que favorece la libertad religiosa, en el abandono del racionalismo tradicional de nuestro pensamiento especulativo y en otras muchas dificultades, crisis y tentaciones que turban y exaltan el espíritu moderno, fuera y dentro de la Iglesia.

sábado, 10 de diciembre de 2011

Constancia y paciencia, virtudes para el Adviento

Se repiten muchísimo en Adviento textos que nos recuerdan, invitan, empujan, a aguardar la Venida de Cristo, pero este aguardar es paciente. Recordemos la lectura del apóstol Santiago en Vísperas, los jueves, señalando: "Tened paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor. El labrador aguarda..." (St 5,17). O algunas preces de Laudes que rezan: 
  • Cólmanos de alegría y paz en nuestra fe, para que rebosemos de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo.
  • Haz que nos mantengamos firmes, Dios de clemencia, hasta el día de la manifestación de nuestro Señor Jesucristo.
  • Concédenos, por tu misericordia, llevar ya desde ahora una vida sobria y religiosa, mientras aguardamos la dichosa esperanza, la aparición gloriosa de Jesucristo.
  • Tú que desde el trono del Padre todo lo gobiernas, haz que aguardemos con alegría la dicha que esperamos, tu aparición gloriosa.
Aguardando a Cristo, es necesario que germine en el corazón la virtud de saber esperar; para ello la constancia y la paciencia son necesarias, dan serenidad y firmeza, no se dejan abatir, ni se "desilusionan", sino que avanzan paso a paso, firmes, tranquilas, para que jamás la esperanza decaiga sino que crezca y se sostenga. Son virtudes que hacen al hombre grande.

"La Liturgia propone un pasaje de la Carta de Santiago, que comienza con esta exhortación: "Tened, pues, paciencia, hermanos, hasta la Venida del Señor" (5, 7). Me parece particularmente importante, en nuestros días, subrayar el valor de la constancia y de la paciencia, virtudes que pertenecían al bagaje normal de nuestros padres, pero que hoy son menos populares, en un mundo que exalta, más bien, el cambio y la capacidad para adaptarse a situaciones siempre nuevas y diversas. Sin nada que quitar a estos aspectos, que también son cualidades del ser humano, el Adviento nos llama a potenciar esa tenacidad interior, esa resistencia de espíritu, que nos permiten no desesperar en la espera de un bien que tarda en llegar, sino más preparar su venida con confianza operante. 
 "Mirad: el labrador espera el fruto precioso de la tierra aguardándolo con paciencia hasta recibir las lluvias tempranas y tardías. Tened también vosotros paciencia; fortaleced vuestros corazones porque la Venida del Señor está cerca" (Santiago 5, 7-8). La comparación con el campesino es muy expresiva: quien ha sembrado en el campo tiene ante sí meses de espera paciente y constante, pero sabe que la semilla mientras tanto cumple con su ciclo, gracias a las lluvias de otoño y primavera. El agricultor no es fatalista, sino que es un modelo de esa mentalidad que une de manera equilibrada la fe y la razón, pues, por una parte, conoce las leyes de la naturaleza y cumple bien con su trabajo, y, por otra, confía en la Providencia, dado que algunas cosas fundamentales no dependen de él, sino que están en las manos de Dios. La paciencia y la constancia son precisamente síntesis entre el compromiso humano y la confianza en Dios.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Inmaculada, signo de esperanza

El mal, que siempre es ruidoso, parece que nos puede tragar y devorar.


La experiencia dramática del mal sugiere muchas veces la imposibilidad de vencer el mal, de superarlo. La esperanza sufre, se ve disminuida. ¡Cuánta capacidad de odio y de mal vemos, sufrimos, miramos horrorizados!

Las fuerzas del mal parecen invencibles. ¿Quién y cómo podrá vencerlas?

La Virgen María, Inmaculada, es señal de esperanza segura. La Gracia vence sobre el pecado, el Bien es siempre infinitamente superior al mal, Dios es más fuerte que todo.


lunes, 14 de noviembre de 2011

La Iglesia está viva: ¡esperanza!

Como siempre los extremos son malos y se tocan. 

Por una parte se vivió un optimismo realmente ingenuo en la Iglesia durante una época y aún perdura en algunos espíritus: con hacer unos cuantos arreglos, unas cuantas transformaciones y novedades, con realizar algunas acciones pastorales nuevas (una Jornada, una Vigilia, un campamento...), los hombres descubrirían a Cristo y entrarían a vivir la vida de la Iglesia. Se miraba el mundo con absoluto optimismo hasta chocar de bruces con la realidad.

Por otra parte, se vive ahora un pesimismo vital en la Iglesia, viéndolo y valorándolo todo como malo, negativo, ineficaz, sospechando de todo y de todos como falto de ortodoxia, de catolicismo. Se mira a la Iglesia y se dice y se piensa y se escribe que -¡cuánta exageración hay!- está viviendo la peor época de su historia, la mayor crisis.

Pero en medio está la virtud. La esperanza alienta nuestros pasos y la esperanza sostiene la vida de la Iglesia. Ni todo es luminoso ni todo es opaco en el hoy de la Iglesia. Lo que se necesita es serenidad en la mirada para un discernimiento ajustado a la Verdad.

Oh, no nos hacemos falsas ilusiones sobre los obstáculos, sobre las dificultades, sobre las trabas, así como sobre las oscuras fuerzas...: nos referimos a la limitación artificial de los nacimientos, al aborto, a la eutanasia, así como a todas esas formas, abiertas o enmascaradas, de manipulación del hombre, que marcan y marcarán una pesada deuda con el mundo contemporáneo en el ámbito de la historia... pero hemos destacado la necesidad de la alegría, que mana en el corazón de todos los hombres, y que es eco de la alegría misma de Dios, y hemos cantado un himno a esta alegría cristiana. ...Muchos son los elementos que infunden esperanza en nuestra mirada que escruta el horizonte de la Iglesia y del mundo, y que capta signos, a pesar de todo, "in spem contra spem", de una vigorosa vitalidad religiosa. Sí, venerables hermanos y queridos hijos, contra los desmentidos que aquí y allá puedan venir desde ámbitos concretos, nosotros tenemos confianza. ¡La Iglesia está viva! (Pablo VI, Discurso al colegio cardenalicio, 23-diciembre-1975).
En nuestra época, los fenómenos negativos y secularizadores son casi evidentes, no hace falta ahora destacarlos.

Pero sí convendría ver lo mucho positivo en la vida de la Iglesia actual, su vitalidad, su florecer, sus brotes verdes, su laicado, la mayor calidad en tantas cosas... 

¿Nos atrevemos a verlas? ¿Las pasamos a comentar?

lunes, 15 de agosto de 2011

Triunfo y Pascua de María

Misterio de gracia: María santísima asociada al Redentor en su misión es solidaria igualmente de su destino. Ella goza ahora, en su cuerpo y en su alma de la Gloria de su Hijo resucitado.

Es su Pascua, su triunfo, al no conocer la corrupción del sepulcro, y entrar así, plenamente redimida desde el mismo instante de su Concepción, en la gloria del cielo, en la vida de amor de la Trinidad. Ella participa ya de la pascua de su Hijo, de su santa resurrección, la primera, la más bendecida y con razón.

La Iglesia hoy celebra el Misterio y eleva su corazón al Señor reafirmando su esperanza en los bienes del cielo. Lo que se ve es pasajero, lo que no se ve es eterno. Cristo Cabeza espera a los miembros de su Cuerpo para participar de esa misma gloria. Subamos con María ya al cielo, elevemos así nuestra esperanza.

Los textos litúrgicos, como siempre, expresan las verdades de la fe con su estilo orante.

La oración colecta de la Misa vespertina de la vigilia reza:

Porque te has complacido, Señor, enla humildad de tu sierva, la Virgen María, has querido elevarla a la dignidad de Madre de tu Hijo y la has coronado en este día de gloria y esplendor; por su intercesión, te pedimos que a cuantos has salvado por el misterio de la redención nos concedas también el premio de tu gloria.

lunes, 27 de junio de 2011

La mirada de Dios es mirada de futuro (Ex 3)

    Es altamente significativo un dato que proporciona el icono: la mirada de Dios en la zarza. No mira a Moisés cuando se está descalzando, quedando anclado en el momento de ese encuentro sino que la mirada de Dios se dirige a Moisés cuando comienza a descender del Horeb (Ex 3) De lo que se podrían considerar algunos aspectos:


    a) Mirada de amor

    La mirada de Dios es mirada amorosa, de protección y Compañía, atenta a Moisés, atenta a esa mirada a la vida concreta del hombre que Él ha enviado a una misión salvífica. No estamos solos, ¡nunca estamos solos!, Dios mira y acompaña. No estamos solos: aunque se experimenten multitud de rupturas, de decepciones, de desafíos, de persecuciones, y uno esté solo tantas veces, sin la experiencia humana de sentirse arropado o comprendido por alguien, Dios está, Dios mira, Dios acompaña en la misión, Dios va rompiendo la soledad del hombre. Moisés pudo ser enviado porque Dios lo mira siempre con amor acompañándole. Dios no se desentiende del hombre: “Está”, “Es el que es”, “Es el que está con nosotros”.


lunes, 28 de marzo de 2011

El recuerdo del pasado nos retiene (Ejercicios V)

Buscando mis amores,
iré por esos montes y riberas;
ni cogeré las flores,
ni temeré las fieras,
y pasaré los fuertes y fronteras (Canc. 3).
“Ni cogeré las flores”

Por cuanto, para buscar a Dios se requiere un corazón desnudo y fuerte, libre de todos los males y bienes que puramente no son Dios, dice en el presente verso y lo siguientes el alma, la libertad y fortaleza que ha de tener para buscarle. Y en éste dice que no cogerá las flores que encontrare en este camino, por las cuales entiende todos los gustos y contentamientos y deleites que se le pueden ofrecer en esta vida, que le podrían impedir el camino si cogerlos y admitirlos quisiese, los cuales son en tres maneras: temporales, sensuales y espirituales. 
Y porque los unos y los otros ocupan el corazón y le son impedimento para la desnudez espiritual (cual se requiere para el derecho camino de Cristo) si reparase o hiciese asiento en ellos, dice que, para buscarle no cogerá todas estas dichas cosas. Y así es como si dijera: ni pondré mi corazón en las riquezas y bienes que ofrece el mundo, ni admitiré los contentamientos y deleites de mi carne, ni repararé en los gustos y consuelos de mi espíritu, de suerte que me detenga en buscar a mis amores por los montes y riberas de las virtudes y trabajos...

Donde es de notar que no sólo los bienes temporales y deleites corporales impiden y contradicen el camino de Dios, mas también los consuelos y deleites espirituales, si se tienen con propiedad o se buscan, impiden el camino de la cruz del Esposo Cristo (San Juan de la Cruz, CB 3,5).

    El seguimiento de Cristo o la búsqueda del Amado es todo un proceso, un camino cuya meta es el Amor, o cuya meta es Jesucristo el Amado. Sería estúpido quien olvidándose de la meta, atraído por un paisaje, se detuviese en mitad del camino y allí quedase. “Sería estúpido el viajero que durante el camino se detuviese en contemplar magníficos paisajes y se olvidara del término de su viaje” (S. Gregorio, Hom. Evang., I,14,15).


    Lo nuestro es caminar, avanzar, seguir.

    En el camino del amor a Cristo, “las flores” pueden ser una distracción peligrosa que nos retenga. Aquello que hemos recibido en la vida como un don (personas queridas, situaciones que fueron agradables, encargos o ministerio que fueron gratificantes o deleite y gusto en la oración o alabanzas y reconocimientos por algo bien hecho) no pueden detenernos. Nos paramos si no queremos salir de allí donde estamos. Con una gran libertad de espíritu, y trabajo interior, hay que estar por encima de todo lo bueno que en la vida hemos recibido. Estar por encima, volar alto, permitirán no asirnos a nada. Es verdad que las flores en el camino son deleite y por ello hay que estar agradecidos a Dios, pero si “cogemos las flores” podemos poner el corazón en ellas y ya no estará “todo entero con Él”; podemos perder un tiempo precioso en el coger las flores del camino en lugar de avanzar hacia la meta.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Hoy comienzo: Nunc coepit!

¡Somos gente de esperanza!, no de ilusiones fogosas que pronto se desvanecen y nos dejan cansados. 
¡Somos gente de esperanza!, porque el Espíritu Santo nos alienta y el amor de Jesucristo nos sostiene. 
¡Somos un pueblo que vive de la esperanza sobrenatural!

Nunc coepit. Ahora empiezo. Por eso...

Hoy comienzo a ilusionarme, a renovarme, a entregarme de lleno.

Hoy comienzo a vivir, a renovar mi consagración, mi bautismo, mi matrimonio, mi sacerdocio.

Hoy comienzo a no desperdiciar nada de la Gracia, a no perder el tiempo.

Hoy comienzo viviendo la misión que la Iglesia me ha encomendado.

Hoy comienzo, a disfrutar del silencio, de la contemplación, del canto y la liturgia, lo mejor que pueda.

Hoy comienzo, de nuevo, una vez más, a mirar a Cristo, sin apartar la mirada de su rostro.

Hoy comienzo a no huir, a estar y ser, a gozarme en el Amado.

Hoy comienzo a centrarme, a leer de verdad pasando por el corazón lo leído para que me sirva para contemplar.