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martes, 22 de abril de 2014

Creación, resurrección y fin de las cosas

Las realidades últimas, objetos de nuestra fe, han sufrido una tergiversación en su explicación y en su lenguaje; tal vez por una mentalidad que se ha dejado influir por gnosticismos varios y espiritualismos. Pero, en general, la vivencia cristiana y el lenguaje que usamos apenas parece cristiano: se habla de vida eterna tras la muerte como algo diferente ("algo tiene que haber"), pero se hace cuesta arriba comprender qué es la resurrección de Cristo, qué será la propia resurrección de la carne, qué es la parusía o venida en gloria del Señor. Incluso la misma antropología, la forma de valorar y mirar al hombre, tampoco acaba de ser cristiana, pues el cuerpo se sigue considerando como algo que se tiene (y se manipula y se usa) en lugar de ver que la persona tiene dos co-principios, cuerpo y alma, y por tanto no tenemos un cuerpo, sino que somos cuerpo animado por nuestra alma.

La fe cristiana requiere un lenguaje preciso que ayuda a comprender y vivir la fe. Vamos a recordarlo porque aquí se juega el centro del cristianismo, la verdad de la fe.

La resurrección de Jesucristo, que se hará extensible a todos al final de los tiempos, saca a la luz la verdad de la persona creada, cuerpo y alma. Sin esto, no entenderíamos jamás el alcance salvífico de la resurrección de Cristo y su valor de revelación para nuestro ser personal.

En la resurrección, hay una identidad corporal. Es este cuerpo nuestro el que resucita, glorioso y transformado. No otro cuerpo distinto, ni un espíritu humano, sino este mismo cuerpo.

domingo, 6 de octubre de 2013

La materia traspasada por el Espíritu

La resurrección del Señor da inicio a un movimiento de transformación de todas las cosas. Su Espíritu Santo, que vivificó la carne muerta de Jesús en el sepulcro, resucitándola, renueva y renovará el universo entero. Entonces la materia será traspasada por el Espíritu Santo, dicho técnicamente, "materia pneumatizada".


El primer momento, grandioso, en que la materia fue traspasada por el Espíritu Santo y convertida en algo espiritual, pneumático, fue el Cuerpo glorificado de nuestro Señor.

El segundo momento, grandioso a la par que humilde, es la santísima Eucaristía, en la cual el Espíritu Santo transforma la materia del pan y del vino y la llena de Sí para convertirlas en Cristo mismo. entonces la Eucaristía es comida y bebida espiritual, el Cuerpo y la Sangre del Señor espirituales, es decir, no de modo subjetivo o intimista, simbólico, sino "espiritual" en sentido real, propio del Espíritu Santo.

miércoles, 19 de junio de 2013

Materia creada

Todo lo creado es bueno, porque salió de las manos del Dios bueno, Creador y providente.

Y todo lo creado, que es bueno, ni se pierde ni se destruye, sino que redime en el orden nuevo inaugurado por la Pascua del Señor.

Son radicales, y esperanzadoras, las palabras bíblicas que hablan de "cielos nuevos y tierra nueva". Dios no destruye nada de lo que ha creado, sino que lo salva y redime.

"Los supuestos antropológicos y cristológicos de la nueva creación... postulan una identidad básica entre nuestro mundo y los cielos y tierra nuevos. El hombre, en efecto, es solidario de este mundo, no de otro; Cristo es creador, salvador y cabeza de este mundo, no de otro. Su humanidad gloriosa, principio renovador de toda la materia, está (incluso biológicamente) emparentada con este mundo, no con otro" (RUIZ DE LA PEÑA, J.L., La Pascua de la creación. Escatología, BAC Sapientia fidei 16, Madrid 1998, 2ª ed., p. 188).

martes, 28 de mayo de 2013

La resurrección es corporal

Aun cuando es difícil de explicar y de expresar con términos humanos en el lenguaje, la resurrección es una realidad que afecta a lo corporal. Es un "volverse a levantar" (surgere) cuando uno ha estado durmiendo en el Señor en un "dormitorio"; ya sabemos que cementerio es "dormitorio". Allí, en el cementerio, duermen en el Señor nuestros hermanos, a la espera de poder levantarse a la vida nueva y plena.


La resurrección de los muertos es artículo de fe. Rezamos en el Credo: "Espero la resurrección de los muertos" y en el Símbolo de los apóstoles: "Creo en la resurrección de la carne".

Por la resurrección del cuerpo del Señor, triturado en la cruz, la resurrección es posible y real. El cuerpo, sembrado corruptible, se despertará incorruptible; el cuerpo carnal se elevará cuerpo espiritual. Ahí está todo el capítulo 15 de la primera carta a los Corintios para iluminar, en lo posible, esta verdad última de la vida.

El espiritualismo, queriendo destacar más la trascendencia, niega o reinterpreta mal la resurrección y prefiere aplicarla únicamente a su alma, a su espíritu. Pero este concepto no es cristiano, no responde a la verdad de lo que los apóstoles vieron en el Cuerpo del Señor, tocaron, comieron con Él. No era un espíritu, sino Él mismo en su humanidad, en su carne glorificada.

domingo, 12 de mayo de 2013

Cielos nuevos y tierra nueva

"Vi un cielo nuevo y una tierra nueva..."


La escatología incluye también el cielo nuevo y la tierra nueva, la renovación de la creación, de todas las cosas; Dios creó el mundo y sus criaturas... y las recrea ahora llevándolas a su plenitud. Un domingo, primer día de la semana, inició Dios la creación; un domingo, día octavo, con la santa resurrección de Jesucristo, comienza la nueva creación.

El mundo y las criaturas sufrieron un desorden y alteración por el pecado; se introdujo la muerte y la caducidad. Desde entonces, "la creación entera gime con dolores de parto", dirá san Pablo (Rm 8). Este orden caduco recibe una nueva esperanza por la resurrección del Señor porque todo va a ser nuevo, transformado. Es el horizonte de esperanza que nos ofrece el Apocalipsis de Juan.

sábado, 4 de mayo de 2013

Lo creado es elevado (la novedad)

La Resurrección del Señor Jesucristo, su santa Pascua, provoca un movimiento en toda la creación. 


La Pascua de la creación ha sido iniciada hasta consumarse en la escatología.

Nuevos cielos, nueva tierra, para el hombre nuevo que va a vivir glorificado, como Jesucristo.

Preciosa la cita de San Máximo de Turín, reveladora, iluminadora:

"Así, como si la resurrección de Cristo fuera germinando en el mundo, todos los elementos de la creación, se ven arrebatados a lo alto" (Serm. 53,1).

domingo, 28 de abril de 2013

Cristo plenitud de la nueva creación

La resurrección del Señor, su Misterio pascual, acarrea multitud de consecuencias. No se limita a su cuerpo carnal, a su realidad humana únicamente, sino que desencadena todo un proceso nuevo, una transformación absoluta de todas las cosas.

Cristo mismo, el Señor resucitado, es la plenitud de la nueva creación. Cuanto fue creado por medio de Él, halla ahora su fin, su felicidad, su más alto desarrollo, en el Señor glorificado. Lo que se comenzó antes de los tiempos, la creación, empieza en el Señor resucitado a llegar a su plenitud absoluta y definitiva.

La creación, y el hombre con su devenir histórico, reciban su verdad y su liberación en Cristo, el Señor resucitado. La repercusión de la Pascua alcanza a todo.

"El proceso histórico en el que estamos comprometidos culminará con un acontecimiento salvador que afectará a la totalidad de lo real; a la humanidad, pero también al mundo humanizado. En ese punto-omega de la historia, Cristo el Señor vendrá a consumar lo que se había iniciado en el punto-alfa al que se refiere el primer artículo del credo ("Creo en Dios..., creador del cielo y de la tierra"). Será entonces cuando la realidad creada cobre su cabal estatura; cuando Cristo, en la majestad de su gloria, lleve el reino de Dios a su plenitud con el juicio escatológico, la resurrección de los muertos y los cielos y tierra neuvos, de modo que toda la creación conozca su pascua, su paso de la forma de existencia transitoria a la forma de existencia definitiva" (RUIZ DE LA PEÑA, J.L., La pascua de la creación. Escatología, BAC Sapientia fidei 16, Madrid 1998, 2ª ed., p. 123).

miércoles, 17 de abril de 2013

Dignidad de la materia... hasta resucitar

El cuerpo es para el Señor. Nuestro cuerpo es para el Señor porque es de Él. 

La materia creada -el propio cuerpo- está llamado a esa explosión de vida y júbilo que es la resurrección. Ésta es corporal, material, y así lo que somos, cuerpo y alma, pasan a un orden nuevo y sobrenatural en la vida eterna.


Hoy nuestro corporeidad se ve limitada por el espacio y el tiempo; nuestro cuerpo experimenta debilidad, cansancio, enfermedades; además, nuestro cuerpo también herido por el pecado original, se ve arrastrado a la sensualidad, al propio gusto, por la concupiscencia de la carne. No se trata de despreciarlo ni castigarlo, sino de ponerlo al servicio del Señor dominando lo que somos.

En la Pascua de Cristo vemos cómo la materia es elevada a su plenitud. Y por la resurrección del Señor -y para ser resurrección es corporal- nuestro cuerpo está ya destinado a la vida y a la gloria. Una nueva visión se adquiere al considerar la Pascua del Señor en relación a la materia, a la creación, al propio cuerpo. Son perspectivas teológicas de nuestra fe sumamente interesantes, aun cuando no sean muy exploradas ni predicadas.

"La Iglesia, sus hijos fieles, lo saben: la resurrección del Señor, que repercute en nosotros por la celebración del misterio pascual, nos ofrece y nos enseña, más aún, nos exige una nueva concepción, una nueva elevación, una nueva santificación de nuestra corporeidad. En otros términos, es decir, en términos comunes, una nueva pureza. Sí, la Pascua debe darnos un nuevo sentido de la dignidad de nuestra carne, tan sensible y tan frágil. Es obra de Dios. Es templo del Espíritu Santo.

viernes, 22 de marzo de 2013

Creación que se renueva

Un mundo nuevo se abre ante nuestros ojos. El Señor anuncia un cielo nuevo y una tierra nueva y Él mismo lo renueva todo por su Pascua. Su resurrección desencadena el dinamismo de un nuevo inicio potente y glorioso.


Todo fue creado por el Verbo, todo fue hecho por Él y para Él; el Verbo es el mediador de la creación, incluso llega a plantar su tienda -su gloria, presencia, shekiná- en medio de su pueblo: "la palabra se hizo carne y habitó entre nosotros" (Jn 1,15). Es por medio de Cristo, en sus misterios salvadores, como la creación llega a su plenitud a través de la idea de salvación.

No hay oposición entre el mundo creado y el orden sobrenatural, ni tampoco con la plenitud del Reino, ni hay oposición con la creación nueva prometida. Hay una línea de continuidad que implica a su vez progresión, transformación y la gloria de Dios transformándolo todo.

Es éste un tema teológico apasionante ya que es el desenlace final del drama de la redención.

La nueva creación recibe su plenitud al final de los tiempos, desde luego, pero ya ahora se iniciado con Jesucristo. En Cristo resucitado, la nueva creación ha comenzado. San Pablo mismo llama a Cristo el "nuevo Adán", porque es el Primogénito, el Hombre nuevo de la nueva creación. Y desde entonces, el que está en Cristo es una criatura nueva. Más aún, no es sólo el hombre el que espera la plenitud redentora, sino que la misma creación gime con dolores de parto aguardando la redención (cf. Rm 8).

Veamos primero al hombre nuevo, creado (recreado) a imagen de Cristo:

viernes, 2 de noviembre de 2012

Realidades escatológicas

Tal vez, por la época de buenismo reinante, se afirma con una candidez pasmosa al morir alguien que "ya está en el cielo".  Es una afirmación de personas piadosas, buenas, que no calculan el alcance de lo que dicen. ¿Es inmediato para todos el cielo y la salvación eterna? ¿El proceso final es muerte-glorificación o muerte-cielo? ¿Todos? ¿Tan simple? ¿Cualquier difunto es ya, por el mero hecho de morir, un canonizado que "ya está en el cielo"?

Evidentemente no.

La liturgia, que es la regla de la fe, ora y pide por los difuntos en sufragio por sus pecados; cotidianamente en la santa Misa y en las preces de Vísperas oramos por los fieles difuntos para que perdonados sus pecados lleguen al "lugar del consuelo, de la luz y de la paz" (Canon romano), "admítelos a contemplar la luz de tu rostro" (Plegaria euc. II), etc. 

El mismo rito de exequias, aunque muy suavizado en sus textos litúrgicos, es una oración constante en sufragio por el difunto, suplicando el perdón de sus pecados y debilidades; luego el acceso "al cielo" no es tan inmediato para todo difunto.

Lo primero es orar, ofrecer sufragios, oraciones y limosnas por el eterno descanso de los difuntos que han de ser juzgados con un juicio particular sobre su propia vida simplemente porque Dios es justo y se toma muy en serio la libertad que nos otorgó y la responsabilidad del hombre en su vida y su destino.

Recordemos lo que, sobre el juicio particular, enseña el Catecismo de la Iglesia:

lunes, 30 de abril de 2012

Resurrección es término corporal

Centro de nuestra fe es la resurrección de Cristo. Sin ella, todo sería vano, la vida estaría vacía, y viviríamos en un engaño. Por esa razón tenían tanta fuerza los Apóstoles proclamando el kerygma y llamando a la conversión: porque ellos habían visto las obras de Jesús, lo habían visto crucificado y muerto, lo habían visto enterrar... y lo habían visto resucitado, glorioso, transformado, hablando con Él, tocándolo, comiéndolo. ¡Aquél que murió ahora estaba Vivo! 

Una vida nueva, gloriosa y distinta: se hace presente en medio de una sala cerrada y vuelve a desaparecer, y casi a la misma hora está caminando con los de Emaús; conserva sus llagas gloriosas, pero ya no es la materialidad de este cuerpo nuestro tan limitado, sino que, siendo su cuerpo, ha sido tan llenado del Espíritu Santo, que es un "cuerpo espiritualizado", una "materia espiritualizada".

Creemos en la resurrección de Cristo no simplemente porque experimentemos subjetiva o afectivamente su presencia y su acción, sino porque hubo unos testigos cualificados, testigos veraces, que lo vieron y nos transmitieron lo que habían visto y oído, lo que sus manos tocaron. Ellos fueron testigos y creemos por el testimonio apostólico.

miércoles, 28 de marzo de 2012

En la resurrección de la carne (Credo, VII)

Consoladora esperanza: contemplamos las realidades últimas, la escatología, y las profesamos en el Credo.

Así, tal cual: Creo en la resurrección de la carne.

Nuestro destino no es perdernos en el infinito, ni fundirnos en el universo, ni reencarnarnos en cuerpos distintos (como si el cuerpo fuera una cárcel o un préstamo en vez de ser parte de mi realidad personal)... ni hablamos del alma solamente sino que aguardamos la resurrección de la carne, de esta carne, de mi propia carne, en comunión con la Carne glorificada de Jesucristo resucitado.


Sin embargo, qué poco profesamos este artículo y cómo hablamos de la vida eterna como algo absolutamente etéreo y aburrido que afecta sólo al alma en todo caso. Es una inmortalidad sin cuerpo, una trascendencia vacía.

Por eso, con el Credo, y anclados en las palabras de Jesús y en su propia resurrección gloriosa, confesamos:

Creo en la resurrección de la carne

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Y por las almas del purgatorio

Ayer veíamos en la catequesis que la santidad es imprimir a Cristo en cada uno, dejando una imagen perfecta, nítida, con colores ajustados, y no velada, torcida, borrosa.

Pero hoy, con solidaridad eclesial, es decir, movidos por la caridad sobrenatural en la Comunión de los santos, oramos y ofrecemos sufragios en la Santa Misa por los fieles difuntos. ¿Por quienes? Por los que no son santos.


Aquí, las expresiones populares se prestan a confusión. En la solemnidad de Todos los Santos se cree que se recuerda también a todos los familiares difuntos porque a todos directamente 'los hemos canonizado'; a todos los difuntos, con suma facilidad, decimos que 'ya están con Dios', de modo directo e inmediato. Se nos olvida, en la escatología, la etapa de purificación o purgatorio donde están aquellos hermanos nuestros que no han imprimido bien a Cristo en sus almas, como si una foto estuviera borrosa, y es el Amor -el Espíritu Santo- el que termina la tarea de imprimir bien en ellos a Cristo.

Canonizamos con demasiada facilidad, como si todos en la muerte estuvieran preparados, dispuestos y llenos de la caridad sobrenatural para gozar de Dios. Hemos olvidado las verdades de la fe. En los entierros, al celebrar los ritos exequiales, no celebramos al difunto como si ya junto a Dios intercediera por nosotros, sino que somos nosotros los que intercedemos y suplicamos por el perdón de sus pecados, ahora que ha vivido la Pascua del Señor en su carne mortal.

lunes, 15 de agosto de 2011

Triunfo y Pascua de María

Misterio de gracia: María santísima asociada al Redentor en su misión es solidaria igualmente de su destino. Ella goza ahora, en su cuerpo y en su alma de la Gloria de su Hijo resucitado.

Es su Pascua, su triunfo, al no conocer la corrupción del sepulcro, y entrar así, plenamente redimida desde el mismo instante de su Concepción, en la gloria del cielo, en la vida de amor de la Trinidad. Ella participa ya de la pascua de su Hijo, de su santa resurrección, la primera, la más bendecida y con razón.

La Iglesia hoy celebra el Misterio y eleva su corazón al Señor reafirmando su esperanza en los bienes del cielo. Lo que se ve es pasajero, lo que no se ve es eterno. Cristo Cabeza espera a los miembros de su Cuerpo para participar de esa misma gloria. Subamos con María ya al cielo, elevemos así nuestra esperanza.

Los textos litúrgicos, como siempre, expresan las verdades de la fe con su estilo orante.

La oración colecta de la Misa vespertina de la vigilia reza:

Porque te has complacido, Señor, enla humildad de tu sierva, la Virgen María, has querido elevarla a la dignidad de Madre de tu Hijo y la has coronado en este día de gloria y esplendor; por su intercesión, te pedimos que a cuantos has salvado por el misterio de la redención nos concedas también el premio de tu gloria.

miércoles, 20 de julio de 2011

El canto para la vida eterna (los peregrinos cantan)

Cantamos como peregrinos que anhelan la patria celestial –liturgia del cielo- que se animan y consuelan en la tierra cantando y soñando la meta a la que Dios nos llama, el premio que Cristo ha merecido para nosotros.
El canto en la liturgia (no es para hacerla divertida o entretenida) recuerda al hombre bautizado que es un peregrino, que canta mientras camina, hasta llegar a la Patria del cielo donde constantemente se canta el Aleluya, el Santo, la alabanza de la Iglesia Esposa a su Señor y Esposo.

    “¡Oh hijos de la paz, hijos de la Iglesia una y católica, caminad por la Ruta que es Cristo! ¡Cantad en la Ruta, como hacen los viajeros, los peregrinos, para consolarse de la fatiga del camino! ¡Cantad en la ruta! ¡Yo os conjuro a ello por Aquel que es nuestra Ruta! ¡Cantad el Cántico nuevo!, nada de viejos estribillos. ¡Ruta nueva, Hombre nuevo, Cántico nuevo!” (S. Agustín, Enar. 66,6).

    El mismo canto estimula la vida en santidad y justicia, es alivio en el trabajo de la vida:
    “Hermanos míos, cantemos ahora, no para deleite de nuestro reposo, sino para alivio de nuestro trabajo. Tal como suelen cantar los caminantes: canta, pero camina; consuélate en el trabajo cantando, pero no te entregues a la pereza; canta y camina a la vez. ¿Qué significa “camina”? Adelanta, pero en el bien. Porque hay algunos, como dice el Apóstol, que adelantan de mal en peor. Tú, si adelantas, caminas; pero adelanta en el bien, en la fe verdadera, en las buenas costumbres; canta y camina” (S. Agustín, Serm. 256, 1. 2. 3.).

sábado, 11 de diciembre de 2010

El Prefacio III de Adviento

Es un prefacio con claras resonancias del evangelio, casi literales, sobre el final de los tiempos, el cielo nuevo y la tierra nueva y la venida gloriosa del Señor. 

Hasta el 16 de diciembre inclusive se canta este prefacio III (junto con el prefacio I; sin embargo, el II y el IV se reservan para las ferias mayores).

Dice así el prefacio:




En verdad es justo darte gracias,
es nuestro deber cantar en tu honor himnos de bendición y de alabanza, 
Padre todopoderoso, principio y fin de todo lo creado.

Tú nos has ocultado el día y la hora
en que Cristo, tu Hijo, Señor y Juez de la historia,
aparecerá, revestido de poder y de gloria,
sobre las nubes del cielo.

En aquel día terrible y glorioso pasará la figura de este mundo
y nacerán los cielos nuevos y la tierra nueva.

El mismo Señor que se nos mostrará entonces lleno de gloria,
viene ahora a nuestro encuentro
en cada hombre y en cada acontecimiento,
para que lo recibamos en la fe
y por el amor demos testimonio de la espera dichosa de su reino.

Por eso...


En verdad es justo darte gracias,
es nuestro deber cantar en tu honor himnos de bendición y de alabanza, 
Padre todopoderoso, principio y fin de todo lo creado.

    Cantamos alegres en Adviento himnos de bendición y alabanza, porque el canto, la música, trasciende al alma y es vehículo adecuado para expresar gratitud. Dios, Principio y fin de todo lo creado, envía al que todo lo sostiene: “todo fue creado por Él y para Él. Todo se mantiene en Él”.

“Tú nos has ocultado el día y la hora”.

    No sabemos cuándo será, pero vendrá Cristo, a quien amamos y esperamos. Vigilemos, estemos atentos a sus signos, a su Presencia, despertemos de nuestras medianías y tibiezas, porque a la hora que menos esperemos vendrá el Hijo del hombre. ¡Ojalá permanezcamos en pie el día de su venida!

“En que Cristo, tu Hijo, Señor y Juez de la historia”.

    El que viene es el Hijo de Dios; no seguimos a un personaje que pasó, que la muerte aniquiló para siempre, sino al Resucitado, Eterno Viviente. Por su Resurrección es Señor de todo, cielo y tierra, y, a la vez es Juez de la historia, el criterio de discernimiento de todo, el que todo lo interpretará, “y pagará a cada uno según sus obras”.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Prefacio I de Adviento

El Prefacio I de Adviento, que se canta hasta el 16 de diciembre, dice bellamente:

Quien al venir por vez primera en la humildad de nuestra carne,
realizó el plan de redención trazado desde antiguo
y nos abrió el camino de la salvación;
para que cuando venga de nuevo en la majestad de su gloria,
revelando así la plenitud de su obra,
podamos recibir los bienes prometidos
que ahora, en vigilante espera, confiamos alcanzar.

Por eso, con los ángeles y los santos, cantamos...

“Quien al venir por vez primera en la humildad de nuestra carne”.

    Vino el Señor, tomando carne humana en el seno virgen de Santa María. Asume lo humano, humilde (a ras de tierra): la mortalidad, la caducidad, lo perecedero, lo insignificante. Asume lo humano (voluntad, memoria, inteligencia) y el pecado, para que lo asumido pueda ser redimido.

“Realizó el plan de redención trazado desde antiguo”.

    Hay una línea continua en la historia para hacerla historia de salvación: todo apuntaba a Cristo. Los profetas señalaban a Cristo, los salmos hablan de Cristo, y Cristo realiza lo que estaba significado en las figuras del Antiguo Testamento: Cristo es el verdadero Abraham, el verdadero Moisés,  el verdadero David...

“Y nos abrió el camino de la salvación”.

    Los cielos estaban cerrados por el pecado de Adán, pero Cristo asume para redimirnos, abre los cielos, se constituye en Camino para nosotros y desde entonces el camino de salvación es la humildad del Verbo Encarnado.

“Para que cuando venga de nuevo en la majestad de su gloria”.

    Nuestra esperanza es que Cristo va a venir, Él es la plenitud, la culminación de la historia. Vendrá con gloria, honor y poder, el Señor Glorificado: ¡todo está incompleto hasta que venga el Señor!

viernes, 3 de diciembre de 2010

Trabajamos y esperamos (una esperanza activa y sobrenatural)

Trabajamos y nos comprometemos con el mundo, al que informamos (damos forma) según el espíritu de Cristo.

Pero... pero lo hacemos llevados de la esperanza cristiana, que mira al Futuro que ofrece el Salvador.

Ni nos metemos tanto en el mundo que jamás levantamos la mirada del corazón al cielo, ni tampoco mirando sólo al cielo descuidamos nuestra misión. La esperanza histórica (por así decir) y la escatología han de conjugarse en el cristiano. Y el Adviento es momento oportunísimo de reflexionar sobre esto, para que las pequeñas esperanzas humanas (a veces muy terrenas, muy cortas, muy superficiales) se eleven, iluminen y trasciendan con la verdadera esperanza.


"Una institución como la Iglesia; universal como la Iglesia; investida de una misión indispensable de salvación como la Iglesia no puede por menos de tener ante sí un inmenso panorama. Libre de intereses temporales que la mantengan vinculada a formas históricas particulares; arrojada en el tiempo y en la sociedad como levadura concreta de vida -de doctrina, costumbres, sensibilidad, ciencia de los valores humanos- y al mismo tiempo consciente de poseer un carisma de inmortalidad y una misión trascendente, el canon del orden natural, la Iglesia navega por el mar de la Humanidad. Navega, es decir, experimenta simultáneamente el doble fenómeno de fluctuar y emerger; es decir, participa en todas las vicisitudes del mundo en el que se encuentra, disfruta de sus ventajas, sufre sus desequilibrios y embates, pero al mismo tiempo está por encima de las olas de las vicisitudes humanas, en cierto alejamiento superior, que corresponde a su finalidad propia, encaminada siempre a un puerto, a un "reino que no es de este mundo" (cf. Jn 18, 36).

...

Estad atentos: nuestra mirada abarca tres direcciones. No en el espacio, sino en el tiempo. Una va dirigida al pasado; la Iglesia mira hacia atrás con el ojo puesto en el punto de partida que es Jesucristo. Aquí la visión es nítida, si bien entrelazada, con la historia de ambos Testamentos y llena de puntos luminosas todavía misteriosos... Nuestro observatorio tiene otro ojo, también siempre vigilante, pero movible y adaptable a las más diversas perspectivas; es el ojo sobre la escena presente, sobre la realidad histórica,sobre la actual coyuntura en que se encuentran y afrontan la Iglesia y el mundo. Hoy este ojo está abierto más que nunca sobre los "signos de los tiempos"...

Hay otra mirada que sale de este observatorio, y es el ojo que se adelanta hacia el futuro; este ojo mira lejos, y su horizonte está envuelto en una nube luminosa que no le deja ver los pormenores, sino que se vislumbra en imágenes, signos, presagios que bastan para asegurar la dirección del camino emprendido y para imprimir al movimiento progresivo de la Iglesia una singular energía, una aceleración segura; es la esperanza final; la certeza del futuro encuentro con Cristo glorioso.

martes, 2 de noviembre de 2010

La purificación de los difuntos es el motivo de nuestra oración

Creo que es buen día y buen momento para recordar las verdades básicas de la escatología cristiana. Hoy es la conmemoración de todos los fieles difuntos, es decir, el día más intenso de oración por todos los difuntos. Fácilmente -con tanto buenismo suelto- creemos y presuponemos que todo el que muere ya es un santo que está gozando de Dios, que está en el cielo. Pero sabemos que para estar ante Dios eternamente hay que estar completamente purificado, limpio de toda mancha y que el rostro de Cristo se refleje perfectamente en nosotros, sin desfiguraciones. Si esto no se ha realizado por completo en este tiempo de vida terrenal, el purgatorio o el estado de purificación, completa la obra de Dios en nosotros. 

En el Catecismo se explica:

1030 Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo.

1031 La Iglesia llama purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados. La Iglesia ha formulado la doctrina de la fe relativa al purgatorio sobre todo en los Concilios de Florencia (cf. DS 1304) y de Trento (cf. DS 1820; 1580). La tradición de la Iglesia, haciendo referencia a ciertos textos de la Escritura (por ejemplo 1 Co 3, 15; 1 P 1, 7) habla de un fuego purificador:
«Respecto a ciertas faltas ligeras, es necesario creer que, antes del juicio, existe un fuego purificador, según lo que afirma Aquel que es la Verdad, al decir que si alguno ha pronunciado una blasfemia contra el Espíritu Santo, esto no le será perdonado ni en este siglo, ni en el futuro (Mt 12, 31). En esta frase podemos entender que algunas faltas pueden ser perdonadas en este siglo, pero otras en el siglo futuro (San Gregorio Magno, Dialogi 4, 41, 3).
 1032. Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico (cf. DS 856), para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios. La Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de los difuntos:

«Llevémosles socorros y hagamos su conmemoración. Si los hijos de Job fueron purificados por el sacrificio de su padre (cf. Jb 1, 5), ¿por qué habríamos de dudar de que nuestras ofrendas por los muertos les lleven un cierto consuelo? [...] No dudemos, pues, en socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras plegarias por ellos» (San Juan Crisóstomo, In epistulam I ad Corinthios homilia 41, 5).
 No canonicemos tan rápidamente a todo el que muere, ni digamos tan fácilmente "que ya está con Dios", sino más bien oremos por los difuntos, ofrezcamos sufragios, limosnas, y el sacrificio de la Eucaristía.

Oh Dios, gloria de los fieles y vida de los justos, nosotros, los redimidos por la muerte y resurrección de tu Hijo, te pedimos que acojas con bondad a tus siervos difuntos, y pues creyeron en la resurrección futura, merezcan alcanzar los gozos de la eterna bienaventuranza. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina...

Y digamos muchas veces esta fórmula (con indulgencia parcial) orando por las almas del purgatorio:

Señor, dales el descanso eterno.
R/ Y brille sobre ellos la luz eterna.

Descansen en paz.
R/ Amén.

Las almas de todos los fieles difuntos, por la misericordia de Dios, descansen en paz.
R/ Amén.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Ten misericordia, Tú que vienes como Juez y Señor

Como la liturgia no es simplemente un misal (único y exclusivo de una época, mirando con desprecio todos los demás ritos y liturgias, llamándolo todo “modernista”) sino que es una Tradición viva, que engendró venerables ritos y familias litúrgicas, acudir a nuestros orígenes y beber de ellos es enriquecernos espiritual y teológicamente y, de paso, abrir nuestras mentes, ensanchar en el horizonte intelectivo y de comprensión de la fe católica.

El Adviento en la liturgia hispano-mozárabe, seis semanas, suplica la purificación del corazón, la disposición interior para la Venida gloriosa de Cristo y ser cubiertos por la misericordia del Altísimo como lo fue la Virgen María. Leamos, meditemos, una Misa de Adviento del actual Misal hispano-mozárabe.


Preparación del corazón y alegría profunda ante la llegada de Cristo suplica el sacerdote a los fieles en la Oratio Admonitionis (seguimos la misa del V Domingo):

Estad alegres, queridos hermanos, os lo pido,
y levantad hacia el cielo vuestros corazones,
porque nuestra redención está ya cercana.

Preparad en vuestros corazones la senda del Señor

para que, cuando llegue, os otorgue sus eternos dones.

R/. Amén.


Porque es muy misericordioso nuestro Señor Jesucristo,
que vive con el Padre y reina con el Espíritu Santo
por los siglos de los siglos.

R/. Amén.


En la oración Alia, en mitad de los dípticos, se suplica clemencia al Señor en su juicio y, para ello, ser hoy purificados de los pecados:


Está ya cercano, Señor, el día de tu venida;
concédenos que, antes de tu llegada,
podamos purificamos de todo contagio de delito.

Te pedimos que borres en nosotros

todo lo que deberías condenar en el juicio último,
de modo, que cuando vengas como justo juez,

no encuentres nada en nosotros que merezca ser condenado.


R/. Amén.


Y la Illatio –semejante al prefacio romano, pero más elaborado y amplio, lejos de la concisión romana- considera como motivo de acción de gracias a Dios la Venida de Cristo en poder y majestad para juzgar a todos; ante el juicio se pide ya la misericordia del Redentor que se encarnó para salvarnos y no para condenar:


Es justo y necesario darte gracias,
Señor, Padre santo, Dios eterno y omnipotente,

por Jesucristo, tu Hijo y Señor nuestro,
que por su encarnación llevó a cabo la salvación del mundo
y por su pasión hizo posible la redención del hombre creado.

Te pedimos, Padre todopoderoso,

que quien nos redimió de la tinieblas del infierno

nos conduzca ahora al premio.
Él, que recibió de la Virgen su humanidad,

purifique a los hombres de todo pecado.

Que nos restituya purificados ante tu majestad

quien por su sangre nos reconcilió contigo.

Que en el juicio de su segunda venida nos justifique
aquél que en la primera
nos dio el don de su gracia.
Que venga bien dispuesto para juzgar

aquél que apareció humilde al entrar en el tiempo.

Que se muestre manso en el juicio
aquél que un día se hizo presente discretamente,

y al que alaban todos los ángeles diciendo
: Santo, Santo...

Y el mismo tono escatológico, a la vez que confiado, el post Sanctus:


Santo, bendito y glorioso es en verdad

nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo;
en su primera venida nos redimió por su gracia,
y cuando vuelva por segunda vez con sus ángeles,

nos dará el reino que nos prometió.

Ésta es la riqueza espiritual del Adviento; éstas son sus perspectivas de eternidad, de escatología, de cumplimiento.

A la Venida del Señor nos preparamos, a Él solo aguardamos.