La discapacidad mental es una realidad dura y difícil no sólo para quien la padece, sin conciencia de su limitación, sino también para la familia, cuidadores y educadores que necesitan un gran amor, una delicadeza exquisita, una paciencia sin límites y una fe profunda para ver en el discapacitado al mismo Cristo.
Se trata de un ejercicio profesional, para cuidadores y demás, que requiere una vocación de servicio altísima, con entrañas compasivas, humildes y mansos, porque supera lo laboral-profesional para entrar en el terreno del altruismo, movidos por la caridad, sostenidos por la gracia.
Para ellos pueden servir estas palabras del papa Pablo VI, iluminando y animando, pero también para todos nosotros, que habremos de ser cercanos a estas realidades, conscientes de esa vocación y de la dificultad de vivirla día a día, cercanía sin falsa compasión ni palabras estériles, sino afecto, empatía y ayuda.
Queridos amigos:
Deseamos deciros con toda sinceridad que es un verdadero gozo para nosotros el recibir hoy de los miembros del Consejo Ejecutivo de la Liga Internacional de Sociedades para los Discapacitados Mentales.




