"Él (Cristo) estaba todo en todo y en todas partes, y llenaba el universo por sí solo. Mas se desnudó para el combate con las potencias del aire. Por breve tiempo clama que pase el cáliz, para mostrar de verdad que también era hombre. Mas cuando pensó en por qué había sido enviado y queriendo realizar el plan redentor por cuya causa había sido enviado, exclamó de nuevo: "No se haga mi voluntad, sino la tuya. El espíritu está pronto, pero la carne es flaca". Como tenía que combatir el combate victorioso en favor del alma, su sagrada cabeza fue primeramente coronada de espinas, arrancando de la tierra toda la maldición y descuajando de nuevo con su cabeza el zarzal que proliferaba a causa del pecado. Apuró la hiel amarga y agria del dragón y de ese modo suavizó por sí mismo para nosotros sus dulces fuentes. Como quería deshacer la obra de la mujer y poner un dique a la muerte que fluía del costado, hizo de su costado una fuente, de la que manaban agua y sangre sacrosantas, símbolos perfectos de las místicas y espirituales nupcias y de la adopción filial y de la regeneración...
Cuando terminó el combate cósmico y Él salió totalmente vencedor, sin levantarse como Dios ni dejarse vencer como hombre, quedó en la línea divisoria del universo, afincado como un trofeo de victoria, porque en su propia persona triunfó sobre el enemigo. Entonces el universo quedó estupefacto ante la tenaz paciencia; los cielos se estremecieron, las potencias ultramundanas, los tronos y los legisladores se sobrecogieron, al ver suspendido al jefe del gran poder. Poco faltó para que cayeran del cielo las estrellas, cuando contemplaron extendido en una cruz al que existe antes del lucero; casi se apagó el fuego del sol cuando vio oscurecida la gran luz del mundo... Poco faltó para que todo el mundo quedara disuelto en caos y descomposición por el terror de la Pasión; gracias a que el gran Jesús le insufló el Espíritu divino, cuando dijo: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". Mientras el universo temblaba y era agitado por el terremoto, y cuando ya todo se estremecía de susto, el universo se afianzó, animado, vivificado y fortalecido, al salir de nuevo el Espíritu divino, como si la crucifixión, que se extendiera a todo, fuera una extensión de Dios a todas las cosas y a todas partes...
Como Él (Cristo) se había revestido de toda la imagen, llevándola en persona, transformó también en hombre celeste al hombre viejo de que se había revestido. De esta manera la imagen, mezclada con Él, subió también con Él al cielo. Los poderes angélicos, que contemplaban el gran Misterio: un hombre que ascendía juntamente con Dios, gritaron con gran alegría a los ejércitos superiores, enardeciéndolos: "¡Alzad, príncipes vuestras puertas! Alzaos más, oh antiguas puertas, que va a entrar el Rey de la gloria". Y cuando aquéllos vieron esta nueva maravilla: un hombre unido a Dios, respondieron exclamando: "¡Es el Señor, el Fuerte! ¡Es el Rey de la gloria; el Fuerte, el Poderoso, que es poderoso en la batalla!"
¡Oh qué místico regalo!
¡Oh qué fiesta más espiritual!
¡Oh Pascua divina, que del cielo se extiende a la tierra, y de la tierra sube de nuevo al cielo!
¡Oh, nueva fiesta del universo, fiesta en el orbe entero!
¡Oh, gozo, gloria, alimento y delicia del universo!























