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domingo, 31 de mayo de 2015

La caridad misionera (de María)

A imagen de María en el misterio de la Visitación, la Iglesia busca por todos los medios y siempre, llevar a Cristo a los demás, para que el hombre contemporáneo, perdido, secularizado, exulte de gozo al reconocer la Presencia de quien realmente llena la vida.


Es una caridad que se puede denominar misionera, ya que la caridad no es meramente asistencial, sino ese mayor amor que procura entregar el mayor Bien, Jesucristo.

La Visitación de la Virgen María es modelo eximio de evangelización y misión, movidos por la caridad.

lunes, 29 de diciembre de 2014

¡Cuotas para Cáritas!

Los días previos a la Navidad desatan un sentimentalismo meloso y, como tal sentimentalismo, es bastante estéril y pasajero, muy pasajero.

En los días previos a la Navidad se organizan campañas de distinto tono -¡porque es Navidad!- para recoger alimentos, ropas y juguetes. Está bien porque todo ayuda, todo sirve.


Pero la pobreza dura todo el año; la exclusión social también. Las necesidades están ahí durante todo el año y no sólo en los días de Navidad.

¿Por qué no hacemos todos, todos, algo más?

La fe es verdadera si pasa por el bolsillo, si gestiona nuestra economía dejando espacio para los demás, para los que no tienen y también para las necesidades de la Iglesia.



Cáritas diocesana trabaja todo el año y de manera sumamente eficaz. Atiende casos particulares, crea Hogares, Casas de Transeúntes, Comedores sociales, iniciativas laborales distintas para dar un oficio y buscar salidas...

domingo, 31 de agosto de 2014

La vida de la comunidad cristiana (Mt 18)

La comunidad cristiana está formada por hombres y mujeres que en todo buscan la salvación y el progreso espiritual, no únicamente personal, sino también de los hermanos, superando las barreras del invidualismo.


En la comunidad cristiana -parroquia, asociación, Instituto religioso- la vida en común es un reto, no exento de dificultades y roces, pues somos distintos y el pecado sigue vivo en nosotros. Pero ello no es obstáculo para superarlo y buscar el crecimiento personal y el de todos y cada uno. Así se comprende la corrección fraterna, evitando que sea un medio por el cual se disfrace el rencor o la prepotencia hacia la persona corregida, sino el sencillo medio de que se progrese en la salvación.

La comunidad cristiana, así mismo, está edificada sobre los apóstoles, el ministerio ordenado, con capacidad para atar y desatar, sabiendo que Cristo mismo refrenda la acción del ministerio ordenado: "quedará atado (o desatado) en el cielo".

miércoles, 26 de marzo de 2014

La Hora de Jesús

Aún no había llegado su hora...

Y de pronto, ya, comenzamos a escuchar que se acercaba su hora, que para esta hora ha venido, y que llegada la hora en que había de ser glorificado, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo.

Ratzinger ofrece una explicación-meditación clarísima. Que él tenga hoy la palabra:

"Detengámonos por el momento en Juan, que, en su narración sobre la última tarde de Jesús con sus discípulos antes de la Pasión, subraya dos hechos del todo particulares. Nos relata primero cómo Jesús prestó a sus discípulos un servicio propio de esclavos en el lavatorio de los pies; en este contexto refiere también el anuncio de la traición de Judas y la negación de Pedro. Después se refiere a los sermones de despedida de Jesús, que llegan a su culmen en la gran oración sacerdotal. Pongamos ahora la atención en estos dos puntos capitales.

"Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo" (13,1). Con la Última Cena ha llegado la "hora" de Jesús, hacia la que se había encaminado desde el principio con todas sus obras (cf. 2,4). Lo esencial de esta hora queda perfilado por Juan con dos palabras fundamentales: es la hora del "paso" (metabaínein - metábasis); es la hora del amor (agápe) "hasta el extremo".

martes, 3 de diciembre de 2013

La experiencia de amor de los santos

Todos y cada uno de los santos, en su diversidad complementaria, en su armonía distinta, fruto de la gracia, tienen algo en común, lo fundamental: la experiencia de un amor mayor.

¿Amor humano, sentimiento de afecto?

Sí, pero no solo, ni mucho menos.


Es la experiencia de un Amor mayor, el de caridad, que proviene de Dios, por el cual se supieron amados por Dios de manera incondicional, fiel, intensa, perseverante.

El Amor de Dios -Ágape, Caridad- llenó y colmó sus vidas y con ese Amor de Dios se amaron a sí mismos humildemente, y pudieron amar dándose, donándose al otro, sin reservarse nada, sin egoísmo ni egocentrismo de ningún género.

Son los santos los que supieron amar porque antes percibieron ese Amor fundamental y fontal.

Son los santos los testigos del Amor de Dios.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Cáritas es eclesial

De la secularización interna de la Iglesia, pocas cosas se libran: un espíritu de postmodernidad exige desacralizarlo todo, olvidar la propia identidad, relegar lo católico al silencio y ofrecer una propuesta filantrópica, de un genérico "amor", de un servicio social, de una ayuda, sin que se vea su conexión real ni con el Don de la Caridad ni con la Iglesia misma. En la liturgia esta expresión de la secularización está clarísima, y muchísimas veces la hemos abordado, pero también hay otras dimensiones de la vida católica que están afectadas; entre ellas, también Cáritas.

Cáritas, nada más hay que ver bien su nombre, es la prolongación de la Cáritas sobrenatural, del Amor de Dios entregado, que la Iglesia recibe y luego comunica a todos santificando en la liturgia, evangelizando en la predicación y catequesis, acompañando a los enfermos, sirviendo a los necesitados. Son todas áreas de la vida de la Iglesia irrenunciables, y prestamos un mal servicio a la verdad, cuando, con mentalidad secularizada, olvidamos todo y centramos el para qué sirve en la Iglesia en un simple "ayudar a los pobres"; mal servicio prestamos cuando, olvidando la originalidad del cristianismo, la reducimos a las prestaciones sociales y servicios asistenciales que la Iglesia realiza. ¿Acaso la Iglesia es simplemente una ONG más?

Ya Benedicto XVI, en su primera encíclica, puntualizaba estos aspectos que es bueno recordarlos. Ninguna ideología (y sabemos que hay "teologías" que son "ideologías") puede guiar la acción caritativa de la Iglesia:

"Por lo que se refiere a los colaboradores que desempeñan en la práctica el servicio de la caridad en la Iglesia, ya se ha dicho lo esencial: no han de inspirarse en los esquemas que pretenden mejorar el mundo siguiendo una ideología, sino dejarse guiar por la fe que actúa por el amor (cf. Ga 5, 6). Han de ser, pues, personas movidas ante todo por el amor de Cristo, personas cuyo corazón ha sido conquistado por Cristo con su amor, despertando en ellos el amor al prójimo" (n. 33).

Nace del amor de Cristo, buen samaritano, y forma parte de la naturaleza de la Iglesia misma:

viernes, 4 de octubre de 2013

De egoístas, egocéntricos y del amor de verdad



            El verdadero amor, la caridad, no conoce el egocentrismo, ha expulsado el egoísmo. Vive de otro modo –más humano, más divino- que es darse, donarse, implicarse, sin cálculos, sin límites, sin cansancios, sin agobios; capaz de ponerse en lugar del otro, sin miedo ni al encuentro ni a la responsabilidad.


            Así el amor no conoce el egoísmo; el egocéntrico posee un amor inmaduro, adolescente. Le falta un gran trecho por recorrer hasta llegar a amar realmente. 


           Sea ésta una lección sobre la caridad que eduque para derribar el egoísmo, con palabras de Juan Pablo II:

             “El amor se adquiere en la fatiga espiritual.


            El amor crece en nosotros y se desarrolla también entre las contradicciones, entre las resistencias que se le oponen desde el interior de cada uno de nosotros, y a la vez “desde fuera”, esto es, entre las múltiples fuerzas que le son extrañas e incluso hostiles.

viernes, 12 de julio de 2013

Cristo es el buen samaritano

Normalmente, cuando leemos la preciosa parábola del buen samaritano, aquel hombre que siendo extranjero al pueblo de Israel, se hizo prójimo del hombre que había sido robado y apaleado y estaba tirado y herido al borde del camino, nos quedamos con su primer sentido. Es el más evidente: amar es hacerse prójimo de quien sufre.


¿Qué es la caridad? ¿Qué es el amor? Cargar sobre nuestros hombros el dolor de nuestros hermanos y procurar aliviarlo, ayudarlo. El amor es una entrega servicial que, generalmente, poco tiene que ver con los sentimientos y estados afectivos. Amar es servir, amar es acercarse, amar es curar.

Pero avanzando más en la lectura e interpretación de esta parábola, llegamos ya a un segundo sentido, más hondo, el cristológico. En la parábola vemos a Cristo; en el buen samaritano reconocemos a Cristo, el verdadero buen samaritano.

Ya hace tiempo lo explicamos y así aprendemos también a interpretar cristológicamente toda la Escritura, pues Cristo está "como escondido" en todo, y todo nos habla de Él. Recordemos esa catequesis sobre la parábola cristológicamente explicada del buen samaritano

jueves, 22 de noviembre de 2012

Amor al prójimo (Exht. a un hijo espiritual - IV)

"Acerquémonos, pues a Él, y unámonos en nuestro apego a Él, para así amarnos a nosotros mismos y a nuestros prójimmos. Al que quiere a su prójimo, nos dice, se le llama "hijo de Dios", pero a quien, por el contrario, lo odia, le dan el nombre de "hijo del diablo". El que favorece a su hermano tiene su corazón sereno; pero al que lo odia lo cerca una grandísima tempestad. A un hombre bueno, aunque sufra injusticia, no le importa; pero el impío hasta los actos del prójimo los juzga como una ofensa.

Quien está lleno de caridad, pasea con el rostro muy tranquilo, pero un hombre lleno de odio anda enfurecido. Pero tú, hijo mío, aspira a la bondad en tu vida y ten siempre a tu prójimo como uno de los miembros de tu cuerpo. A todos los hombres considéralos tus hermanos.

Recuerda que sólo uno y el verdadero es el artífice que nos creó. No provoques escándalo a nadie en la vida y lo que para ti no es útil, pero sí lo es para él, hazlo. Lo que no quieras que te ocurra a ti, no desees tampoco que le pase a él. Si lo ves comportándose bien, felicítalo y considera siempre tuyo su regocijo; y si está padeciendo algomalo, compadécelo y tenpor tuya su tristeza: arroja toda maldad de tu alma y las llamas del odio no abrasarán tu corazón.

Contra el débil o el que está sometido a ti no te lances con ira, sino tenlo a él, entre todos, como uno de los miembros de tu propio cuerpo. No fijas querer a tu hermano ni lo beses mientras por detrás le tiendes una emboscada. Pues el hombre que es falso pronuncia con su boca palabras de paz, pero en secreto está planeando zancadillear a su prójimo. Por tanto, obrando así se provoca la ira de Dios. Pues la pureza, que es grata a los ojos de Dios, aborrece todo lo que se hace fingidamente"

(S. Basilio Magno, Exh. a un hijo espiritual, n. 4)

miércoles, 7 de noviembre de 2012

El himno de la caridad explicado

Si superamos el lenguaje psicologista sobre el amor, será muy iluminador, revelador, el himno de la caridad que san Pablo escribe -¡canta!- en 1Co 13.

El amor-caridad no está en el nivel del sentimiento, sino en el de la voluntad guiada por la inteligencia: querer bien, querer el bien, incluso cuando los sentimientos puedan ser contradictorios o confusos en lo interior.

La caridad es más hermosa, más inteligente, más clarividente, que la emotividad reinante por tanto vitalismo como se nos introduce por todos los poros de la cultura. Va unida a virtudes que difícilmente se acompañan sin más de sentimientos gratos: paciencia ante la adversidad, afabilidad ante el mal, sufrimiento por el daño del prójimo que fue nuestro enemigo...

¡Grande y sobrenatural es esta caridad! Sólo los maduros en la fe logran irla alcanzando por Gracia. Pero tengamos los conceptos claros.

Lo que mejor define la ley de Cristo es la caridad, y esta caridad la practicamos de verdad cuando toleramos por amor las cargas de los hermanos.
Pero esta ley abarca muchos aspectos, porque la caridad celosa y solícita incluye los actos de todas las virtudes. Lo que empieza por sólo dos preceptos se extiende a innumerables facetas.

Esta multiplicidad de aspectos de la ley es enumerada adecuadamente por Pablo, cuando dice: El amor es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es ambicioso ni egoísta; no se irrita, no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad.

El amor es paciente, porque tolera con ecuanimidad los males que se le infligen. Es afable porque devuelve generosamente bien por mal. No tiene envidia, porque, al no desear nada de este mundo, ignora lo que es la envidia por los éxitos terrenos. No presume, porque desea ansiosamente el premio de la retribución espiritual, y por esto no se vanagloría de los bienes exteriores. No se engríe, porque tiene por único objetivo el amor de Dios y del prójimo, y por esto ignora todo lo que se aparta del recto camino.

No es ambicioso, porque, dedicado con ardor a su provecho interior, no siente deseo alguno de las cosas ajenas y exteriores. No es egoísta, porque considera como ajenas todas las cosas que posee aquí de modo transitorio, ya quesólo reconoce como propio aquello que ha de perdurar junto con él. No se irrita, porque, aunque sufra injurias, no se incita a sí mismo a la venganza, pues espera un premio muy superior a sus sufrimientos. No lleva cuentas del mal, porque, afincada su mente en el amor de la pureza, arrancando de raíz toda clase de odio, su alma está libre de toda maquinación malsana.

No se alegra de la injusticia, porque, anheloso únicamente del amor para con todos, no se alegra ni de la perdición de sus mismos contrarios. Goza con la verdad, porque, amando a los demás como a sí mismo, al observar en los otros la rectitud, se alegra como si se tratara de su propio provecho. Vemos, pues, cómo esta ley de Dios abarca muchos aspectos.

(S. Gregorio Magno, Moralia in Iob, 10,7-8. 10).

sábado, 23 de junio de 2012

Pensamientos de San Agustín (XI)

La espiritualidad agustiniana mantiene su vigencia gracias a su lenguaje, sus profundas intuiciones y su forma de conectar rápida, intensamente, con la experiencia de cada uno, con su deseo y sus búsquedas.

Un Maestro universal, permanente, es san Agustín. Quien se acerque a él con frecuencia verá el mucho bien que le hace tanto a su intelecto como a su corazón, a su pensamiento y a su plegaria. Es una buena escuela, ya lo estamos viendo y si no, recordad toda esta amplia serie de "Pensamientos de San Agustín" y pinchad en la etiqueta.

¡Que gran valor tiene la resurrección de Cristo! Ya no vuelve a morir, está vivo para siempre. Algo podemos barruntar en la experiencia personal de nuestras pequeñas resurrecciones después del pecado, o en los impactos y obras de la Gracia en nosotros, vivificándonos. 

No todos tienen (ojos) para ver cómo resucitan los muertos en el corazón, a no ser los que ya han resucitado en su propio corazón. Más milagro es resucitar a quien ha de vivir siempre que resucitar a quien volverá a morir (San Agustín, Sermón 98,1).

La obra de Dios es increíble. El asombro, el estupor, nos conmueve al contemplar lo que Dios realizó en Cristo al resucitarlo de entre los muertos y la obra lograda en los discípulos. De la nada, del cenáculo cerrado por miedo, sale la Iglesia fuerte y valiente; del silencio de los discípulos acobardados, surge la predicación kerygmática, decidida, de los apóstoles anunciando que Cristo es el Señor porque ha resucitado.

martes, 25 de octubre de 2011

Aplicaciones trinitarias

Dios es Amor, Dios es Comunión.

Tan Amor y tan Comunión, como que Dios es Trinidad de Personas: El que ama, el Amado y el Amor mismo. Es insondable, ciertamente. Y la misma estructura trinitaria revela la estructura del mundo, del hombre y de la Iglesia tendentes siempre a la Comunión entre los distintos, al Amor entre las personas.

Mala comprensión del cristianismo tendremos si pensamos en Dios como Uno y Unitario, aislado en sí mismo. Por ser Trinidad, es Amor, en mutua donación de Personas, no es soledad e independencia. Miremos al Misterio:

"Toda la revelación se resume en estas palabras: "Dios es amor" (1Jn 4, 8.16); y el amor es siempre un misterio, una realidad que supera la razón, sin contradecirla, sino más bien extendiendo sus posibilidades. Jesús nos ha revelado el misterio de Dios: él, el Hijo, nos ha dado a conocer al Padre que está en los cielos, y nos ha donado el Espíritu Santo, el Amor del Padre y del Hijo. La teología cristiana sintetiza la verdad sobre Dios con esta expresión: única sustancia en tres personas. Dios no es soledad, sino comunión perfecta. Por eso la persona humana, imagen de Dios, se realiza en el amor, que es don sincero de sí" (Benedicto XVI, Ángelus, 22-mayo-2005).

1) La realidad entonces del Misterio de Dios-Trinidad configura y ofrece una visión: el centro de todo es la caridad-ágape. El cristianismo es amor. Su lenguaje es del amor; la oferta de la Verdad, es una oferta de amor; el anuncio del Evangelio se hace por un gran amor que busca que todos conozcan a Cristo, se encuentren con Él. No hablamos, desde luego, del amor como mero sentimiento y el lenguaje emotivo de hoy. Hablamos de un Amor que brota de Dios mismo. Pero a veces este Amor, esta Caritas, no brilla resplandeciente con nuestros lenguajes, condenatorios, ácidos, de un fervor por la ortodoxia que no es "amable" ni "razonable". Pero a veces este Amor, esta Caritas, tampoco brilla resplandeciente cuando le cedemos la primacía al sentimiento, al emotivismo, que pensamos que es lo que llena al hombre, cuando lo deja encerrado en sus límites afectivos y subjetivistas.


viernes, 9 de septiembre de 2011

¿Y por qué nos quiere Dios? ¿Ha visto algo en nosotros?

En ocasiones, los esquemas de las religiones se infiltran en nuestra mentalidad casi sin darnos cuenta. Más aún, si lo mezclamos con el moralismo reinante, hablando de "valores". Esto nos influye hasta el punto de vivir muchas veces con una angustia que no sabemos expresar: tenemos que ser buenos para que Dios nos quiera, porque si no nos puede castigar o nos puede rechazar. Se disparan los niveles de exigencia personal, se vive con un cierto terror a Dios.

Pero es que el proceso es, justamente, al contrario. Dios nos ama porque Él es Amor y al amarnos nos va transformando en buenos y virtuosos. Su Amor es transformador, su Amor es absolutamente gratuito. Ya no se trata de que nos ame porque somos buenos (¡que no lo somos!), sino porque Él es Bueno, el único Bueno. Ser amados por Dios responde a la gratuidad de Dios, no a nuestros méritos.

Escribía Ratzinger en "Ser cristiano":

"Él no nos ama porque seamos particularmente buenos, particularmente virtuosos, particularmente meritorios, porque seamos de algún modo útiles o necesarios para él. Nos ama, no porque seamos nosotros buenos, sino porque él es bueno. Nos ama aunque no tengamos nada que ofrecerle; nos ama aunque nuestro vestido sean los harapos del hijo perdido, que no lleva consigo nada digno de ser amado".

¡Cómo cambia todo entonces!

La pregunta moral para el cristiano ya no es qué tengo que hacer, sino quién tengo que ser. Se abre entonces el panorama de la libertad y del amor en respuesta a Jesucristo y a su seguimiento, el conocimiento interno del Señor, mi respuesta de amor a Cristo que va transformando la vida, haciéndola buena, verdadera, bella. 

La vocación es el amor, la respuesta la adhesión a un Amor mayor; la moral, el resultado del Amor de Cristo en mí, un amor que es incondicional.

Porque Él es Bueno me ama, no porque yo sea Bueno y tenga miedo de Dios.

lunes, 24 de enero de 2011

El lenguaje cristiano sobre el amor

Pocas lecturas tan mal interpretadas y tan mal oída habrá como la del himno de la caridad de San Pablo (1Cor 13). Simplemente por escuchar la palabra "amor", en el clima vitalista y emotivo en que vivimos, se entiende por amor un simple sentimiento romántico, que, como tal, es pasajero, fugaz, variable y muy voluble. ¡Cuántas parejas de novios desean esta lectura, simplemente porque habla de "amor" y ellos entienden el sentimiento de enamoramiento del que gozan! Pero ¿acaso es eso el amor cristiano? ¿Ese contenido fugaz es la caridad cristiana, la caritas, el ágape?

El amor cristiano es realmente sublime, purificando y elevando el amor humano y el deseo (eros) mediante la caridad divina (ágape). El amor realmente nace y viene de Dios y a Él tiende, por lo cual ni entiende de egoísmos, ni de búsqueda del propio interés, ni de la mala educación... y por tanto espera, ama, perdona y disculpa sin límites, ¡a imagen del amor de Dios!

"Consiste, por el contrario, en la caridad (agape), es decir, en el amor auténtico, el que Dios nos reveló en Jesucristo. La caridad es el don "mayor", que da valor a todos los demás, y sin embargo "no es jactanciosa, no se engríe"; más aún, "se alegra con la verdad" y con el bien ajeno. Quien ama verdaderamente "no busca su propio interés", "no toma en cuenta el mal recibido", "todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta" (cf. 1 Co 13, 4-7). Al final, cuando nos encontremos cara a cara con Dios, todos los demás dones desaparecerán; el único que permanecerá para siempre será la caridad, porque Dios es amor y nosotros seremos semejantes a él, en comunión perfecta con él" (Benedicto XVI, Ángelus, 31-enero-2010).

Este amor, esta forma de amar, este dinamismo de la caridad, es el distintivo del cristianismo. Dejemos ya el lenguaje sentimental sobre el amor, pasemos ya a comprender, vivir, predicar, enseñar, un amor mucho más sublime, el amor hecho donación y entrega abierta al sacrificio (y por eso se es capaz de perdonar, de superar rupturas, de no albergar rencor, venganza o llevar cuentas del mal: ¡cuántas veces lo justificamos porque vivimos en las claves del mero sentimiento!).

domingo, 14 de noviembre de 2010

Iglesia y abrazos

No, no me refiero al rito de la paz en la Misa -tan exagerado muchas veces-; me refiero a algo más hermoso, al ser mismo de la Iglesia, a una definición de Iglesia que particularmente me ha llamado la atención.

¿Qué es la Iglesia?

Muchos empezarán a proferir por su boca frases tocadas de ideología: institución, poder, represión moral... Ven la Iglesia desde fuera y con anteojos que deforman la visión, y no logran ni vivirla ni captarla tal cual Ella es. La ven tan deformada que la juzgan según sus parámetros ideológicos, equiparándola a sus partidos políticos "democráticos" (¿seguro?), o proyectando en Ella las ansias de poder de otros grupos, o mirándola a la luz tenebrosa de las caricaturas del pensamiento dominante, de la leyenda negra y de la tergiversación, ya que hay muchas campañas para desacreditar a la Iglesia o fabricar falsas noticias a partir de hechos no comprobados, no demostrados o exagerados en su pequeñez.

Repito, ¿qué es la Iglesia?

El papa Benedicto en su brevísimo discurso en la catedral de Santiago dio una definición hermosísima:

"Mediante la fe, somos introducidos en el misterio de amor que es la Santísima Trinidad. Somos, de alguna manera, abrazados por Dios, transformados por su amor. La Iglesia es ese abrazo de Dios en el que los hombres aprenden también a abrazar a sus hermanos, descubriendo en ellos la imagen y semejanza divina, que constituye la verdad más profunda de su ser, y que es origen de la genuina libertad" (Benedicto XVI, Discurso en la Catedral, Santiago de Compostela, 6-noviembre-2010).


Aquí hay de fondo una melodía continua, la de la encíclica "Deus caritas est". El amor de Dios se comunica al hombre y la revela la verdad de su ser. Sólo el Amor de Dios salva al hombre y lo acoge en su verdad, en su limitación... a lo que debe corresponder el amor del hombre que se entrega a Dios.

"Tanto amó Dios al mundo..." (Jn 3, 16).

La fe -que es un don, una gracia, y que muchos experimentan como una necesidad y buscan tener fe- es entrar en este Amor de Dios que da sabor y color a esta vida. En ese sentido, se puede afirmar que Dios nos abraza, nos rodea con sus brazos y nos estrecha en su corazón, transmitiéndonos afecto incondicional, cercanía y acogida.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Caridad, virtud teologal (textos isidorianos)


1. Aunque algunos dan la impresión de participar en la fe y en las buenas obras, con todo, por estar faltos de la caridad del amor fraterno, no consiguen ningún aumento de virtud. Ya que, como dice el Apóstol, “si entregare mi cuerpo al fuego, mas no tuviere caridad, de nada me aprovecha” (1Cor 13,3).

2. Sin amor de caridad, por más que uno crea rectamente, no puede alcanzar la felicidad eterna, porque es tan grande la virtud de la caridad, que sin ella incluso el don de profecía y el martirio se valoran en nada.


3. Ningún premio vale por la caridad. En efecto, la caridad posee la primacía entre todas las virtudes. De ahí que el Apóstol llame a la caridad vínculo de perfección (cf. Col 3,14), por cuanto todas las virtudes quedan sujetas con este lazo.


4. El amor de Dios, en frase de Salomón, se compara a la muerte. “Firme como la muerte es el amor” (Cant 8,6); pues como la muerte separa con violencia el alma del cuerpo, así también el amor de Dios aparta eficazmente al hombre del amor mundano y carnal.

5. No ama a Dios quien desprecia sus mandamientos, pues tampoco amamos a un rey si tenemos aversión a sus leyes.


6. Con los varones santos hay que mantener la unidad en la caridad; y, en la medida en que uno se aparta del mundo, es preciso que se asocie a la compañía de los buenos.

7. La caridad consiste en el amor de Dios y del prójimo. Mas aquel conserva en su alma el amor de Dios que no se aparta del amor del prójimo. Quien se aparta de la comunidad fraterna queda privado de la participación del amor divino. No podrá amar a Dios quien sabemos falta en el amor al prójimo. Cristo es Dios y hombre. Por tanto, no ama a Cristo en su totalidad quien odia al hombre.


8. Corresponde a la discreción de los buenos no aborrecer a las personas, sino los pecados; y no desdeñar como falsas, antes bien aprobar las cosas bien dichas.


9. Los que son imperfectos en el amor de Dios deciden con frecuencia dominar los vicios; pero, abrumados por el peso de éstos, incurren de nuevo en aquellos defectos que desean eliminar.
(S. Isidoro, Sentencias II, c. 3).

viernes, 25 de junio de 2010

Cantar salmos es rezar amando: ¡cantar es propio de quien ama!


"Cantad al Señor un cántico nuevo, resuene su alabanza en la asamblea de los fieles. Se nos ha exhortado a cantar al Señor un cántico nuevo. El hombre nuevo conoce el cántico nuevo. Cantar es expresión de alegría y, si nos fijamos más detenidamente, cantar es expresión de amor. De modo que quien ha aprendido a amar la vida nueva sabe cantar el cántico nuevo. De modo que el cántico nuevo nos hace pensar en lo que es la vida nueva. El hombre nuevo, el cántico nuevo, el Testamento nuevo: todo pertenece al mismo y único reino. Por esto, el hombre nuevo cantará el cántico nuevo, porque pertenece al Testamento nuevo.

Todo hombre ama; nadie hay que no ame; pero hay que preguntar qué es lo que ama. No se nos invita a no amar, sino a que elijamos lo que hemos de amar. ¿Pero, cómo vamos a elegir si no somos primero elegidos, y cómo vamos a amar si no nos aman primero? Oíd al apóstol Juan: Nosotros amamos a Dios, porque él nos amó primero. Trata de averiguar de dónde le viene al hombre poder amar a Dios, y no encuentra otra razón sino porque Dios le amó primero. Se entregó a sí mismo para que le amáramos y con ello nos dio la posibilidad y el motivo de amarle. Escuchad al apóstol Pablo que nos habla con toda claridad de la raíz de nuestro amor: El amor de Dios –dice- ha sido derramado en nuestros corazones. Y, ¿de quién proviene este amor? ¿De nosotros tal vez? Ciertamente no proviene de nosotros. Pues, ¿de quién? Del Espíritu Santo que se nos ha dado.

Por tanto, teniendo una gran confianza, amemos a Dios en virtud del mismo don que Dios nos ha dado. Oíd a Juan que dice más claramente aún: Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios, y Dios en él. No basta con decir: El amor es de Dios. ¿Quién de vosotros sería capaz de decir: Dios es amor? Y lo dijo quien sabía lo que se traía entre manos. Dios se nos ofrece como objeto total y nos dice: “Amadme y me poseeréis, porque no os será posible amarme si antes no me poseéis”.


martes, 10 de noviembre de 2009

¿Estructuras o corazón?


En multitud de ocasiones, la responsabilidad personal se ha disipado proyectándola en lo común. Se habla de las estructuras injustas que son estructuras de pecado intentando siempre salvar la bondad absoluta del hombre y refugiándose en la maldad intrínseca de las estructuras. Todo un lenguaje teológico estaba referido a las estructuras animando a combatir el pecado social -el único que parecía existir- cambiando las estructuras, atacándolas, proyectando una especie de revolución del sistema.

Pero, ¿acaso las estructuras más perfectas, más justas y equitativas, no se pueden volver absolutamente tiránicas si no hay hombres buenos, corazones justos y santos? ¿Tal vez serán las leyes, o las conductas sociales, o los sistemas políticos, los que van a hacer triunfar la verdad, la bondad, la belleza, la justicia? El camino no es otro que el hombre, el hombre mismo. Es el hombre quien debe ser transformado, regenerado, porque sólo así el mundo puede cambiar. La sociedad jamás cambia a golpe de revoluciones: tarde o temprano demuestra su inestabilidad y sus puntos débiles. La sociedad sólo se transforma cuando hay hombres que han sido transformados. El mundo evoluciona a mejor en el momento mismo en que haya hombres que, tocados por la gracia, hayan cambiado el corazón de piedra por un corazón de carne; en el momento en que haya hombres que dejando "las estructuras injustas de su corazón" adopten el corazón nuevo de Cristo.

La predicación de Jesucristo estaba dirigida a la conversión personal porque cuando ésta se logra, el mundo se transforma, el Reino de Dios se va implantando. ¡El Reino de Dios está dentro de vosotros! La espiritualidad del Corazón de Jesús es, así pues, realmente transformadora tanto del hombre como de la sociedad, porque "Sólo el amor de Dios puede renovar el corazón del hombre, y la humanidad paralizada sólo puede levantarse y caminar si sana en el corazón. El amor de Dios es la verdadera fuerza que renueva al mundo" (Benedicto XVI, Ángelus, 19-febrero-2006). Éste camino es más lento que promulgar leyes y alentar revoluciones, cierto, pero a la larga es más eficaz, pacífico y verdadero.



miércoles, 21 de octubre de 2009

Evangelización, misión y misiones


El Señor envió a sus apóstoles, antes de su Ascensión, a predicar el Evangelio, enseñando a todos a guardar todo lo que Él mandó y bautizar para sumergirlos en el Misterio de Dios, dándoles la vida divina e incorporándolos a la Iglesia. Generaciones sin número entendieron así el mandato misionero de Cristo y desde el mismo día de Pentecostés, se convirtieron en osados apóstoles en las zonas paganas, yendo siempre más lejos, "mar adentro", con tal de que Cristo fuese conocido y amado y pudiera seguir salvando. Nada antepusieron a Cristo. Con nada confundieron la misión apostólica. Y así casi hasta nuestros días. La misión es explícitamente cristocéntrica y eclesial. Sin imposiciones, pero con la valentía apostólica de hablar de Cristo. Cuando en el tejido eclesial entra la secularización, se trastoca el orden misionero en muchísimos casos para identificar la misión única y exclusivamente con las obras de desarrollo humano, de progreso social, reduciéndose la misión a la filantropía anónima, al voluntariado social tal como tantas ONG y otras organizaciones realizan. Incluso aún hoy, cuando se escucha hablar de las misiones, lo único que se presenta es la obra social, pensando que sin hablar de Cristo porque no se considera necesario, tal vez lleguen los demás a la fe. Las obras de desarrollo son insuficientes para responder al mandato tan claro de Jesucristo. "La misión, si no está animada por el amor, se reduce a actividad filantrópica y social. A los cristianos, en cambio, se aplican las palabras del apóstol san Pablo: "El amor de Cristo nos apremia" (2 Co 5, 14). La misma caridad que movió al Padre a mandar a su Hijo al mundo, y al Hijo a entregarse por nosotros hasta la muerte de cruz, fue derramada por el Espíritu Santo en el corazón de los creyentes. Así, todo bautizado, como sarmiento unido a la vid, puede cooperar a la misión de Jesús, que se resume en llevar a toda persona la buena nueva de que "Dios es amor" y, precisamente por esto, quiere salvar el mundo.

La misión brota del corazón: quien se detiene a rezar ante el Crucifijo, con la mirada puesta en el costado traspasado, no puede menos de experimentar en su interior la alegría de saberse amado y el deseo de amar y de ser instrumento de misericordia y reconciliación... La misión brota siempre de un corazón transformado por el amor de Dios, como testimonian innumerables historias de santos y mártires, que de modos diferentes han consagrado su vida al servicio del Evangelio.

La misión es, por tanto, una obra en la que hay lugar para todos: para quien se compromete a realizar en su propia familia el reino de Dios; para quien vive con espíritu cristiano su trabajo profesional; para quien se consagra totalmente al Señor; para quien sigue a Jesús, buen Pastor, en el ministerio ordenado al pueblo de Dios; para quien, de modo específico, parte para anunciar a Cristo a cuantos aún no lo conocen" (Benedicto XVI, Ángelus, 22-octubre-2006).

domingo, 4 de octubre de 2009

La belleza y santidad del matrimonio indisoluble

Siempre igual: cuando se proclama el Evangelio de este domingo (“lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre... Si uno se divorcia y se une a otra mujer comete adulterio...”) no falta quien se llega a la sacristía a decirte que “eres muy duro”, ¡y sólo he glosado el Evangelio para hablar de la indisolubilidad, del sentido del amor abierto a la entrega y al sacrificio y no sólo al amor romántico-sentimental que es inconsistente y fugaz!

El matrimonio es una realidad santa, querida por Dios, elevada a sacramento, santificada por su gracia. A los oídos católicos incluso les resulta duro este Evangelio, y no lo llegan a comprender basados en la superficie de un Jesús que es amor, un liberal que admite que si desaparece el amor, el divorcio es una salida razonable. ¡Los mismos católicos los piensan así!

Pero pierden de vista la realidad natural y sobrenatural del matrimonio. No se cimienta en los sentimientos, sino en la fidelidad de Dios y en la mutua entrega, que incluye el sacrificio, así como el amor de Jesucristo le llevó incluso a la cruz por fidelidad. Nadie dice que el matrimonio sea fácil ni camino de rosas, pero sí se dice –hay que decir- que la fidelidad y entrega sacrificial del matrimonio fundando una Iglesia doméstica se puede sostener con la gracia de Dios, con la vida de oración, con el recurso frecuente al sacramento de la Penitencia y la participación en la Eucaristía. Estos son los pilares para constituir el matrimonio en su verdad y belleza: una vocación, un camino de santidad.

Recordemos la doctrina de la Gaudium et spes sobre el matrimonio: “Por su índole natural, la institución del matrimonio y el amor conyugal están ordenados por sí mismos a la procreación y a la educación de la prole, con las que se ciñen como con su corona propia. De esta manera, el marido y la mujer, que por el pacto conyugal ya no son dos, sino una sola carne (Mt 19,6), con la unión íntima de sus personas y actividades se ayudan y se sostienen mutuamente, adquieren conciencia de su unidad y la logran cada vez más plenamente. Esta íntima unión, como mutua entrega de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen plena fidelidad conyugal y urgen su indisoluble unidad.

Cristo nuestro Señor bendijo abundantemente este amor multiforme, nacido de la fuente divina de la caridad y que está formado a semejanza de su unión con la Iglesia... Además, permanece con ellos para que los esposos, con su mutua entrega, se amen con perpetua fidelidad, como El mismo amó a la Iglesia y se entregó por ella. El genuino amor conyugal es asumido en el amor divino y se rige y enriquece por la virtud redentora de Cristo y la acción salvífica de la Iglesia para conducir eficazmente a los cónyuges a Dios y ayudarlos y fortalecerlos en la sublime misión de la paternidad y la maternidad. Por ello los esposos cristianos, para cumplir dignamente sus deberes de estado, están fortificados y como consagrados por un sacramento especial, con cuya virtud, al cumplir su misión conyugal y familiar, imbuidos del espíritu de Cristo, que satura toda su vida de fe, esperanza y caridad, llegan cada vez más a su propia perfección y a su mutua santificación” (GS 48).

La liturgia matrimonial recuerda claramente esta indisolubidad y el sentido santificador del matrimonio. En la fórmula de consentimiento es evidente: “te recibo a ti como esposa y me entrego a ti, y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida” (RM 66). También en el prefacio de la Misa ritual:

“Que con el yugo suave delamor
y el vínculo indisoluble de la unidad,
hiciste más fuerte la alianza nupcial,
para que aumenten los hijos de tu adopción
por la honesta fecundidad de los esposos.

Tu providencia, Señor, y tu amor
lo dispuso así de modo tan admirable,
que el nacer llena la tierra
y el renacer aumenta tu Iglesia” (RM 365),

y por supuesto la solemne y epiclética bendición nupcial, después del Padrenuestro:

“Oh Dios, que con tu poder creaste todo de la nada,
y, desde el comienzo de la creación,
hiciste al hombre a tu imagen
y le diste la ayuda inseparable de la mujer,
de modo que ya no fuesen dos, sino una sola carne,
enseñándonos que nunca será lícito separar
lo que quisiste fuera una sola cosa.
Oh Dios, que consagraste la alianza matrimonial
con un gran Misterio
y has querido prefigurar en el Matrimonio
la unión de Cristo con la Iglesia.
Oh Dios que unes la mujer al varón
y otorgas a esta unión,
establecida desde el principio,
la única bendición
que no fue abolida
ni por la pena del pecado original,
ni por el castigo del diluvio...” (RM 82).