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lunes, 11 de febrero de 2013

La fe pide vida interior y de ahí al apostolado

La fe requiere el alimento y el cultivo constante de la vida interior, entendida ésta como la relación orante con Jesucristo, tanto con la liturgia como con la meditación personal. Sin esta vida interior, la fe se debilita o se puede convertir en un intelectualismo más, una mera conjunción de ideas que degeneran en moralismo o ética social.


La vida de fe es vida interior, asimilación personal, diálogo con Jesucristo, santificación. Es comunión con la fuente de la Gracia, porque sin Él no podemos hacer nada (Jn 15,5). ¡Si conociéramos el don de Dios...!, entonces la fe buscaría el agua pura que vivifica, riega, fecunda. 

Pero la vida interior, con semejante agua regada, se desborda fecundando otros campos que están áridos o secos; la vida interior se desborda en la forma peculiar y concreta del apostolado. Para que éste sea tal, y no mero proselitismo, nacerá siempre de la vida interior y volverá una y mil veces a fortalecerse en la vida interior. Y es el la vida interior es el alma del apóstol.

La renovación de la fe provoca entonces dos frutos claros: mayor intensidad en la vida interior, mayor dinamismo en la vida apostólica.

"¿Qué os tenemos que decir esta vez? Unas sencillas palabras, que creemos que ilustran toda la vida cristiana, considerada en sus circunstancias actuales.

martes, 29 de enero de 2013

Ser apóstol (II)

El apostolado del cooperador parroquial es una dimensión inherente al mandato misionero que el Señor encargó a su Iglesia: "Id y haced discípulos..."

    Pero este mandato misionero, que origina el apostolado, es un servicio al hombre para que descubra en el Evangelio el camino de la vida, de su salvación, de su plenitud. "¡Ay de mí si no evangelizare!" (1Cor 9,16): el grito de San Pablo bien podría ser el grito de cualquier cristiano que habiendo descubierto la perla escondida (Mt 13,45-46) quiere comunicarlo a los demás, la alegría de la mujer que encuentra el dracma perdido y avisa a sus vecinas (Lc 15,8). El mismo gozo de los enfermos que, curados por la potencia sanadora y curativa del Señor, anuncian y glorifican las obras de Dios. 


Para eso ha nacido la Iglesia, para ser testimonio y testigo; su vida es el apostolado, su felicidad la evangelización:

La Iglesia ha nacido con el fin de que, por la propagación del Reino de Cristo en toda la tierra, para gloria de Dios Padre, todos los hombres sean partícipes de la redención salvadora, y por su medio se ordene realmente todo el mundo hacia Cristo. Toda la actividad del Cuerpo Místico, dirigida a este fin, se llama apostolado, que ejerce la Iglesia por todos sus miembros y de diversas maneras; porque la vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado. Como en la complexión de un cuerpo vivo ningún miembro se comporta de una forma meramente pasiva, sino que participa también en la actividad y en la vida del cuerpo, así en el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, "todo el cuerpo crece según la operación propia, de cada uno de sus miembros" (Ef., 4,16).Y por cierto, es tanta la conexión y trabazón de los miembros en este Cuerpo (Cf. Ef., 4,16), que el miembro que no contribuye según su propia capacidad al aumento del cuerpo debe reputarse como inútil para la Iglesia y para sí mismo (Decreto Apostolicam Actuositatem, 2).

El que encuentra a Jesucristo en su vida, descubre el hontanar de su gozo, la fuente refrescante de una alegría serena.

   

viernes, 25 de enero de 2013

Empezamos con el apostolado (I)

Desde el bautismo, cada uno de nosotros, como don precioso participado de Cristo, somos profetas. ¿De visiones, sueños, catástrofes? ¿O de los profetas disidentes que generan una Iglesia "nueva", a su gusto, copiando los modelos sociales? Más bien, profetas como Cristo, voceros de Él, que tienen una Palabra que pronunciar al mundo, anunciando y dando testimonio. El profetismo que nace del ser bautizado recibe un hermoso nombre: apostolado.

El cristiano es un apóstol, un enviado: siempre, en todo lugar, sin condiciones. El apostolado dimana del Bautismo y así ninguno estamos exentos de él, aunque las modalidades del apostolado dependerán de la vocación particular: distinto el apostolado de un sacerdote, el de un misionero, el de un padre o madre de familia, el de un catequista, el de una religiosa en un Colegio, el de un contemplativo en la soledad monástica, etc. Pero, en común, un mismo rasgo: el apostolado.

Un solo texto, de la Constitución Dogmática Lumen Gentium, abre el horizonte:

El apostolado de los laicos es participación en la misma misión salvífica de la Iglesia, apostolado al que todos están destinados por el Señor mismo en virtud del bautismo y de la confirmación. Y los sacramentos, especialmente la sagrada Eucaristía, comunican y alimentan aquel amor hacia Dios y hacia los hombres que es el alma de todo apostolado. Los laicos están especialmente llamados a hacer presente y operante a la Iglesia en aquellos lugares y circunstancias en que sólo puede llegar a ser sal de la tierra a través de ellos. Así, todo laico, en virtud de los dones que le han sido otorgados, se convierte en testigo y simultáneamente en vivo instrumento de la misión de la misma Iglesia en la medida del don de Cristo (Ef 4,7).
Además de este apostolado, que incumbe absolutamente a todos los cristianos, los laicos también puede ser llamados de diversos modos a una colaboración más inmediata con el apostolado de la Jerarquía, al igual que aquellos hombres y mujeres que ayudaban al apóstol Pablo en la evangelización, trabajando mucho en el Señor (cf. Flp 4,3; Rm 16,3ss). Por lo demás, poseen aptitud de ser asumidos por la Jerarquía para ciertos cargos eclesiásticos, que habrán de desempeñar con una finalidad espiritual.
Así, pues, incumbe a todos los laicos la preclara empresa de colaborar para que el divino designio de salvación alcance más y más a todos los hombres de todos los tiempos y en todas las partes de la tierra. De consiguiente, ábraseles por doquier el camino para que, conforme a sus posibilidades y según las necesidades de los tiempos, también ellos participen celosamente en la obra salvífica de la Iglesia (LG 33).

miércoles, 3 de octubre de 2012

Decálogo del catequista

Comenzando un nuevo curso, la vida pastoral recobra su ritmo y se inician las catequesis en las parroquias. Convocatorias y programaciones para la catequesis de niños, de jóvenes y, por supuesto, de adultos: es el deseo de una transmisión sólida y eficaz de la fe, de iniciación a la vida cristiana, de formación permanente y actualizada, forjando católicos.


Para este proceso formativo que incluye a todas las edades y grupos, y que es irrenunciable, un servicio imprescindible, un apostolado santísimo y que debe ser muy humilde, es el de los catequistas. Sin buscar protagonismo alguno, sin competencias ni rivalidades, los catequistas primero son formados -en la escuela de catequistas de la parroquia-, se enraizan en Cristo con una sólida vida espiritual y educan y acompañan a diferentes personas en grupos para que conozcan bien la fe católica y la vivan gozosamente -¡lejos de hablar de valores, hablan de Cristo!-.

Como una ayuda para los catequistas, y también para formar criterios en todos, la revista Ecclesia publicó un "Decálogo del catequista" que es una orientación concreta.


martes, 21 de agosto de 2012

Discernir para todo (también apostolado)

Hará tiempo ya dejaron en el blog una pregunta, al hilo de los "deseos".

Es que a veces, los deseos santos de apostolado se pueden confundir con caprichos e impulsos, necesidad de notoriedad, o activismo realizado con la mejor voluntad. ¿Por dónde nos lleva el Señor? ¿Es capricho? ¿Es deseo santo? ¿Viene esto de Dios? ¿O es un impulso pasajero que no viene del Señor?


Preguntaban:

"hace tiempo que me hago preguntas sobre mis apostolados, ¿por qué los hago? He tratado de no esperar consolaciones de Dios, pues debo servir sin esperar nada a cambio. Pero se que cuando Dios me las envía es por que ve la necesidad.
D. Javier estas lineas "apostolados, compromisos pastorales que pueden realizarse no libremente" me han puesto a pensar. En ocasiones me ha tocado decir: No, no puedo. Y ante la frase "Es Dios quien llama" a veces he sentido que manipulan. Podría usted orientarme un poco.He querido pasar desapercibida muchas veces, pues creo que este momento lo necesito. Solo cuando estoy en un retiro de silencio, sirviendo desde el silencio es cuando me siento mejor. Peo cuando me piden hablar, dialogar, entablar amistad con personas en un retiro, es un servicio muy cuesta arriba.¿ Cómo puedo poner en orden mis deseos, para que sean los deseos de Dios Padre?"

Partiendo de esta pregunta, veamos algunos puntos.

1. Los deseos de Dios en el alma se identifican por el ímpetu, la duración (si es pasajero, es capricho de la voluntad) y por la paz que dejan (porque se vive en paz ya que sabemos que si es de Dios, Él los realiza):

           a) ímpetu: es un impulso interior como fuego que no cesa. No es voluntario, es más, nos gustaría en ocasiones que desapareciera, pero aparece siempre y sobre todo en la oración personal. Es un primer signo de que Dios está indicando algo.

           b) Duración: lo que es de Dios ni cesa ni se apaga. Los caprichos, aunque pueden ser impetuosos, se apagan cuando pasa un tiempo y surgen nuevos caprichos. La duración en el tiempo es un segundo signo del Señor.

            c) La paz: los caprichos no dejan en paz, sino que crean ansiedad para lograr su objeto; cuando algo es de Dios, siempre hay una gran paz: se aguarda a que el Señor realice ese deseo santo y cree las ocasiones, los momentos oportunos. 

Sabiendo esto, pasamos al orden práctico de los apostolados.

2. Lo que es de Dios es la santificación en lo ordinario, en lo cotidiano:
* matrimonio e hijos
* el ejercicio de la profesión.

lunes, 23 de julio de 2012

El apostolado entraña dificultades


La persona humana es muy compleja. El psiquismo humano es muy complicado: se defiende, rechaza, acepta, juzga. "El corazón del hombre, ¿quién lo entenderá?" (Jer 17,9) Entra en conflicto el consciente, el inconsciente, los deseos y pulsiones con los movimientos de la razón y de la voluntad; el ser con todo lo que de no-ser se alberga aún en el hombre; el mal que se hace y no se quiere y el bien que se querría haber hecho.

    A esta persona, a este hombre, es al que hay que servir, evangelizar y amar. Confiados en las personas, la misión fracasa, porque el pecado se introduce en el corazón humano, se rompen fidelidades y afectos y el que confió en el que ahora le rechaza ¿en quién se refugiará? Al tratar con personas se constata cuán difícil es anunciarle la salvación de Jesucristo para que escuchando crea, creyendo espere y esperando ame. De la naturaleza humana, tan compleja, nace el rechazo, la crítica, la cerrazón, y el apóstol, hombre él también, tendrá que resituarse, aceptar el principio de realidad, amando y sirviendo a los otros tal como son pero, a la vez, quitando de su corazón todo aquello que obstaculiza la misión a la que ha sido llamado: el sentimiento de impotencia, la ansiedad compulsiva, el miedo al fracaso o al rechazo, la falsa humildad (fruto del egoísmo).

    El apóstol, al evangelizar, se va autoevangelizando, y sino, ¡pobre de él! Crece con las dificultades y el corazón se purifica en una más plena y perfecta oboedientia fidei donde se sigue el mandato del Señor y no los propios deseos del corazón. En la fe, ciega y oscura, se evangeliza. Un par de sandalias, sin el caballo de nuestros ídolos; sin bastón, con el único cayado de un corazón creyente anclado en Jesucristo y marchando tras sus huellas (cf. 1Pe 2,21), por los mismos caminos que Él recorrió.

    El apostolado nunca es un juego ni algo sobreañadido que se pueda tomar o dejar a libre arbitrio sino que forma parte connatural del ser discípulo. Por eso las dificultades, de todos los órdenes, irán apareciendo. Muchas de ellas aflorarán como consecuencia de la fragilidad del propio psiquismo humano y de la debilidad del propio corazón; otras serán trampas que el Maligno nos pone para engañarnos y apartarnos así de nuestra vocación y misión; otras, finalmente, vendrán de fuera, de los otros. Mas, como todo sirve para el bien de aquellos a quienes Dios ama, todas estas dificultades del apostolado nos son útiles para un contínuo crecimiento en el ser apostólico. Constantemente hay que purificar los afectos, y corregir todas aquellas inclinaciones desviadas del propio corazón que nos apartan de la verdadera libertad del cristiano para hacernos esclavos de nuestra imaginación o de nuestros deseos. Servirán las dificultades para resituarnos constantemente en los específico de nuestra vocación, el envío, y unirnos cada vez más, por la oración y la gracia, a Aquél que nos envía y que nos llamó porque quiso para estar con Él (cf. Mc 3,13).

    Sólo cuando se tiene el corazón firmemente enraizado en la comunión vital, existencial, orante, con Jesucristo, se es Apóstol. Si se tomase el apostolado como un juego, un entretenimiento, algo pasajero que se puede tomar y dejar cuando nos conviene, y que en cuanto pide más tiempo o exigencia en nuestra vida rechazamos, estaríamos muy lejos de haber entendido el sentido misional y apostólico de nuestro Bautismo.

    Y es que el apostolado sólo puede ser cruz, pero cruz gloriosa, donde morimos y resucitamos con Cristo fecundando nuestra vida entregada el apostolado emprendido. La Cruz gloriosa es el sitio donde encontramos la vida y donde la vida queda iluminada, adquiere nuevo sentido y plenitud. Sin miedo a ella, afianzados en ella, porque ahí encontramos la Vida, sin rehusarla, sin rebelarnos contra ella. La cruz que el Señor nos regala para que vivamos en el Amor de Cristo, desnudo, sin nada, sólo crucificados con Cristo. Ahí, las dificultades del apostolado, nos dan vida.


¿No sintió Cristo estas dificultades?
¿Acaso para los apóstoles todo fue un camino de rosas?
Y los santos, ¿no leemos las dificultades y cruces que asumieron?

Pero, con Cristo, ¡podemos con todo!

miércoles, 27 de junio de 2012

Las dificultades para el apostolado planteadas por otros apóstoles

    Los propios cristianos que nos rodean pueden ser tentación y dificultad para el apostolado evangelizador. "¿También vosotros queréis marcharos?" (Jn 6,67). Los que rodeaban a Jesús, los cercanos e íntimos lo abandonan porque su discurso es difícil y duro. De entre los suyos, sus amigos y confidentes, Judas se convirtió en traidor, aquél que compartía su pan (Sal 40,10).


    Son los mismos hermanos de la comunidad los que hacen desistir y ponen trabas, en muchas ocasiones, a la difícil tarea de evangelizar, a veces con absurdos tales como usar el pretexto de "siempre se ha hecho así", "éste viene para cambiarlo todo", "la gente se está riendo de ti", "¿Tú quién te has creído que eres?". Es la experiencia de estar cercano sin haber entrado. De conocer a Jesucristo como mero dato informativo, pero sin una vinculación existencial seria. Los protagonismos, envidias e hipocresías que, encerradas en el seno de la misma comunidad cristiana dificultan e impiden el germen evangelizador del apostolado, porque no olvidemos que la comunidad cristiana está formada por hombres, y como tales, limitados, pecadores y falibles. Solos, nos sentimos solos ante el clima adverso de los mismos miembros de nuestra comunidad, parroquia, movimiento. El verdadero apóstol tiene que pasar por la experiencia, en algún determinado momento, de la soledad. Ni los que parecen compartir las mismas inquietudes lo apoyan, respaldan, valoran.

    En el seno de la comunidad cristiana surgen divergencias y divisiones que debilitan el afán misionero y el celo apostólico. Cuando por formas o métodos pastorales se altera la rutina adquirida y las costumbres establecidas de antaño, siempre se alzan voces, muchas veces desde la ignorancia, que apagan todo ímpetu y celo y desaniman. "Te pedimos Señor por los que han consagrado su vida al servicio de los hombres, que nunca se dejen vencer por el desánimo ante la incomprensión de los hombres": así reza la Liturgia de las Horas por aquellos que son incomprendidos en su recto y justo quehacer.


viernes, 25 de mayo de 2012

Cuando se fracasa en el apostolado

Las ilusiones del apóstol, los planes del enviado, los deseos evangelizadores, de la misión, del trabajo por el Reino, chocan con la realidad. Las cosas -los corazones, en el fondo- no salen ni se desarrollan según habíamos pensado, es Dios quien traza sus planes, su proyecto salvador, estando el apóstol al servicio de Dios y de la Iglesia, con la sabia disciplina del corazón de no esperar nunca ni frutos ni resultados.

    El fracaso se podría interpretar de múltiples formas. Si el Señor manda sólo a sembrar, ¿quién puede sentirse fracasado por no cosechar? La cosecha, ¿es del Señor o nuestra? Y si es del Señor, ¿por qué alguien se puede sentir fracasado? El "negocio" del Evangelio es más del Señor que de los apóstoles, Él está más empeñado que de ellos. Hay que dejar a Dios ser Dios, que Él dará crecimiento a la semilla a su tiempo.

    El fracaso puede ser, por otra parte, herida en el orgullo y amor propio: todos los proyectos trazados que no han cuajado no demuestran de por sí, la incapacidad del apóstol. El que lo vive así busca más su propia gloria que la del Señor. El éxito, incluso pastoral, es un ídolo contrario a la Cruz del Señor, que debe ser arrancado de raíz para no viciar toda obra buena.

    El fracaso puede, por otro lado, ser usado por el Maligno como tentación y, ante hechos evidentes, seducir al corazón: "lo has intentado y has fracasado. No sirves. Esto no es lo tuyo". Habrá que ejercer el discernimiento: ¿no se tienen aptitudes para un determinado apostolado o se tienen y no se ha tenido respuesta? Es un discernimiento necesario porque, ciertamente se trabaja con los dones, talentos y carismas y no todo el mundo está preparado y sirve para todo tipo de apostolado. Por eso el discernimiento sirve para iluminar las situaciones pastorales y quitar tentaciones o cambiar la actividad del propio apostolado si el caso lo requiere.

    No se puede olvidar que el fracaso es realidad cotidiana, no esporádica ni aislada, sino que la tentación del fracaso es constante. Única y exclusivamente purificando el corazón de toda motivación engañosa o de toda afección desordenada se puede ser apóstol porque, en este mundo, con la cultura secularista y el ateísmo pragmático que reina, que siembra cizaña y hace crecer las zarzas que ahogan la semilla de la Palabra, sólo se puede evangelizar con una seria y profunda mística en la acción apostólica.

Hay que pensar en la oración cómo lo que percibimos como un fracaso tal vez no sea tal: deberá situarse en el tiempo de Dios y en la libertad de los hombres. Queremos ver los frutos con inmediatez, pero a lo mejor sólo somos el eslabón de una cadena cuyo final está más adelante, en otro momento, en otro tiempo y no ahora. En todas estas realidades pastorales y apostólicas, el fracaso o el éxito es muy relativo pues nos movemos en un orden sobrenatural que se rige por otras leyes que no son las inmediatas de la eficacia (como si fuera una empresa o un comercio).


La madurez del apóstol permitirá que éste no se derrumbe, sino que, encomendando todo lo realizado al Señor, siga adelante, sea capaz de empezar de nuevo todas las veces que sean necesarias. El ejemplo de los santos nos anima a ello.

viernes, 27 de enero de 2012

El sufrimiento del apostolado

El trabajo por el Evangelio es una tarea ardua, que exige esfuerzo porque con razón es sendero angosto, puerta estrecha. Muchos se niegan a creer, rechazan explícitamente el Evangelio. Hay quienes, desde su libertad, no aceptan a Jesucristo como el Salvador de sus vidas. Otros, por muchas causas, no quieren cambiar, piensan que ya lo saben todo, que ¡tantas novedades!, etc. ¿Cómo llegar a su corazones? ¿Cómo comunicarles el Evangelio de salvación, mostrales el camino de la vida? 


El corazón del apóstol sufre, la caridad pastoral queda herida. Es el mismo dolor de impotencia que S. Pablo tuvo que sufrir en el Areópago. La misma impotencia y dolor de Jesús: "os aseguro que no me buscáis por los signos que habéis visto, sino porque comisteis pan hasta saciaros" (Jn 6,26).

    Igual que el Señor se quejaba por sus profetas: "Pues bien sé que no me escucharán, porque es un pueblo de dura cerviz; pero se convertirán en sus corazones en el país de su destierro" (Bar 2,30). Y el Señor mismo advertirá a sus profetas: "Pero no me obedecieron ni me hicieron caso, sino que se obstinaron y fueron peores que sus antepasados. Cuando les comuniques todo esto, no te escucharán; cuando los llames, no te responderán" (Jer 7,26-27).

    La tentación de la impotencia incita al apóstol a retirarse, a huir, a no negociar con los talentos, desistir de los trabajos evangélicos, bajo mil pretextos humanamente comprensibles. Pero el sembrador al sembrar sabe que su semilla cae no sólo en tierra buena, la que sí da fruto, sino que cae también en el camino, en las piedras y en las zarzas. Sólo una pequeñísima parte de la Palabra sembrada llegará a germinar, por pura gracia y misericordia de Dios. La impotencia nos invita a desistir, la perseverancia a continuar pese a mil trabajos, incomprensiones, resistencias. Al mismo tiempo, como siempre, orando para que se ablande el duro corazón de los que pueden negarse a creer y rechazar la semilla sembrada. Porque, si desiste el apóstol, "¿Cómo creerán si nadie les predica?" (Rm 10,15). 
 
En la perseverancia, en la paciencia, en un corazón anclado en los planes de Dios, el apóstol puede ser evangelizador: por encima del dolor que causa la cerrazón del corazón. "No es a ti a quien rechazan", dice el Señor a Samuel y a sus profetas, para que no se sientan rechazados y heridos en su amor propio, "es a mí a quien rechazan" (1Sam 8,7). Así advertirá Yahvé a su profeta Ezequiel: "Y tú, hijo de hombre, no los temas ni tengas miedo de sus palabras. No temas, aunque te encuentres entre cardos y zarzas, y te sientes sobre escorpiones. No temas sus palabras, ni te asustes ante ellos, porque son un pueblo rebelde. Les comunicarás mis palabras, escuchen o no, porque son un pueblo rebelde" (Ez 2,6-7).

Hay que estar muy cimentado en el Corazón de Cristo para no desistir, o retirarse cansado abandonando a su suerte a los demás, sino, reconfortado diariamente por la oración, se renueve el deseo ardiente de que todos conozcan a Cristo, lo amen y lo sigan. Entonces, repetirse una y mil veces, meditar e interiorizar: Lo nuestro es sólo sembrar. Y rezar con un himno de la liturgia: "a lo que sembramos dale crecimiento; Tú que eres la viña cuida los sarmientos".

miércoles, 4 de enero de 2012

Frénese el activismo

Grandes apóstoles, seglares entregadísimos, sacerdotes de cuerpo entero... se secan si, a tanta actividad apostólica, tareas diversas, compromisos y reuniones, no corresponde el agua que todo lo riega: la oración, la contemplación, el silencio interior y exterior, la adoración eucarística.



Causa de muchos males es la desaparición de la oración sosegada, del rezo tranquilo, de la Liturgia delas Horas saboreada, del Sagrario solitario donde se reposa con Cristo. El mismo apostolado se resentirá si la oración se reduce; la acción se volverá estéril si la contemplación queda apartada.

¿Vamos a ganar y conquistar el mundo entero con nuestro activismo, con la febril actividad, con pensar que todo depende de nosotros si hacemos muchas cosas, o, peor aún, si pretendemos dar la imagen de estar muy ocupados sin hacer nada?

Todo debe estar impregnado de la oración, nacer de la oración, ser sostenido por la oración y ser revisado y ofrecido al Señor en la oración.

No es la primera vez, tampoco será la última, que dirigimos una catequesis sobre esto, ya que si estamos muy ocupados, realmente ocupados con obligaciones ineludibles, más necesidad de oración tendremos.

Que nos orienten las palabras de Pablo VI y sean una brújula que oriente nuestro existir cristiano, apostólico:


                Querríamos confiar una recomendación para vuestras reflexiones. En medio de los riegos del excesivo activismo y de la secularización a que están expuestas, hoy más que ayer, las almas consagradas al desarrollo de actividades apostólicas ocupen siempre el primer puesto la unión con Dios, el cuidado de la vida interior, el recurso a la oración, de otra manera se dispersarían energías preciosas y se comprometería la eficacia de los programas pastorales, aunque hayan sido estudiados y elaborados muy sabiamente” (Pablo VI, Audiencia general, 20-noviembre-1968).


martes, 8 de noviembre de 2011

Apostolado realista, sin falsas ilusiones, sensato

La libertad de los hijos de Dios permite que no todos los corazones estén abiertos para recibir la Palabra: hay corazones que se niegan a cambiar y otros que, en actitud aparentemente más abierta, se resisten a cambiar. Es abrirse o cerrarse a la conversión, abrirse o cerrarse a la gracia de Dios, a la conversión que revitaliza el corazón de piedra hasta hacerlo corazón de carne. Esto no es nuevo: basta leer con detenimiento el Evangelio y ver las distintas reacciones ante la predicación de Cristo. ¿Cuántos le oyeron? ¿Cuántos creyeron en su Palabra? ¿Cuántos le siguieron después? Por último, ¿cuántos le fueron fieles hasta el final? Es el misterio de la libertad humana que hemos de considerar con todo realismo.

    El que realiza el apostolado no puede ser ni iluso ni insensato: no todos están esperando el Evangelio, no todos lo van a aceptar. Muchos edifican su apostolado sobre arena: piensan que cambiando los métodos que se habían utilizado, cambiando el lenguaje y los contenidos, muchos aceptarán el Evangelio y se volverán hacia el Señor. Pero la realidad se impone, y el problema no es el método, el lenguaje o el entusiasmo, sino el corazón del que recibe la Palabra.

    La tentación de este falso optimismo vitalista induce a venirse abajo, desanimarse y abandonar cuando, habiéndose entregado con generosidad y esfuerzo, palpa unos resultados mínimos a todo lo que él habría deseado, no por él, sino por la Iglesia y el Reino.

    El principio de realidad se impone y nos resitúa: trabajamos y servimos a un pueblo concreto, a veces, de dura cerviz, que le cuesta trabajo creer, que prefiere Egipto a la libertad del Éxodo. Y esto exigirá del cristiano ilusión, ánimo, fe, entrega al Señor, paciencia y perseverancia. Una y mil veces volver sobre la tarea emprendida, evangelizar y servir, que no es nada fácil. El Señor conocía a su pueblo y leía en los corazones de los hombres: a cada uno le daba la palabra o el gesto necesario para que creyera. Sabía hasta dónde podía dar cada uno y lo que se puede esperar de cada persona y sus talentos, sin absolutizar (siempre es posible una conversión repentina, camino de Damasco) confiando en la gracia que puede transformar a toda persona.


domingo, 30 de octubre de 2011

El protagonismo mata el apostolado

Se impone un discerniminto, dado que este tema es más delicado. ¿Qué considerar como protagonismo? Sería aquella forma de actuar y aquel talante que mueve al sujeto a realizar las diversas tareas pastorales y de apostolado con el único fin de aparecer delante de los demás como bueno y justo, o buscando la gratificación fácil del aplauso y del reconocimiento de los demás.


    Suele ser una tentación clara y evidente: lucirse, figurar, acaparar. Esta tentación induce a buscar tareas y apostolados que lucen y que se realizan a los ojos de todos: difícilmente se sentirá a gusto realizando actividades escondidas y humildes, sean las que sean, sino que se escabullirá o las dejará apartadas. Se molestará y tomará muy mal que se busquen más personas que colaboren porque sentirá que entran en su "territorio". Es persona que suele orar poco, pero siempre está en la sacristía perdiendo el tiempo y disponiendo sobre todo... o sentado en el despacho parroquial acaparando al sacerdote. Va de católico "de toda la vida", pero sólo vive con un barniz muy superficial. Usa el apostolado como plataforma, en cierto modo social, para que se le reconozca de algún modo.
Esta tentación es distinta a la humildad de realizar el apostolado o las tareas pastorales por puro amor de Jesucristo, aunque se realicen delante de los demás, y distinta de la actitud sana del quiere que el ministerio encomendado salga a flote aunque le exija más trabajo y todo lo tenga que realizar él solo.

    El que cede al protagonismo no busca la gloria de Jesucristo, sino su propia gloria; no busca alabar y servir a Dios, sino que lo alaban a él. Y cuando los motivos del querer y del actuar no son rectos, destruye de raíz todo germen bueno que se pudiese contener en aquel “apostolado de lucimiento y vanidad”. "El que se gloríe, que se gloríe en el Señor" (1Cor 1,31).


jueves, 15 de septiembre de 2011

El miedo ante el apostolado

¡Cuántas veces el Señor dirá a sus profetas: "No les tengas miedo"! Jesucristo anunciaba que llevarían a los tribunales a sus discípulos pero que el Espíritu hablaría por sus bocas.

    El miedo irracional, tal vez timidez, tal vez pánico frente a algo nuevo, tal vez cobardía, es tentación del Maligno acomodándose a la psicología de cada uno, al punto débil de cada persona. Potencia con la imaginación aquello que en cada cual está débil y enfermo para lograr generar imágenes que nos detengan.

Frente al apostolado, el miedo pretende paralizarnos (todo miedo paraliza como sistema de defensa) y dejarnos en la cómoda instalación, en los brazos cruzados, en los ajos y cebollas de Egipto en vez de la arriesgada libertad del Mar Rojo y del desierto. El miedo hace olvidar que el Señor despliega su brazo poderoso en favor de los elegidos y les da el Espíritu de fortaleza.

El testimonio cotidiano parece fútil e incapaz de mejorar las personas y condiciones que lo rodean. La tentación del desánimo y del cansancio es más fuerte en el testimonio que en la predicación y en las acciones organizadas de caridad y justicia, pues estas últimas suelen recibir crédito y reconocimiento. El testimonio, en cambio, por su misma naturaleza es demasiado poco espectacular y cotidiano como para suscitar -salvo casos particulares- reconocimiento explícito .


martes, 2 de agosto de 2011

Ante el apostolado: "Yo no sirvo..."

Ante el apostolado que se presenta o la indicación de alguien que nos sugiere un encargo concreto, hay una tentación que es la incapacidad. Puede ser verdad que en ocasiones nos indiquen un apostolado para el que no clarísimamente no servimos, pero otras muchas veces es una sutil tentación. Es la tentación de la incapacidad. "Yo no sirvo". 

¿Cuántas y cuántas veces el corazón dice "yo no sirvo, yo no valgo"? ¿Por qué no? "La humildad es la verdad": en el reconocimiento de los que uno es y de lo que uno vale, conocedor asimismo de su flaqueza, debilidad y miseria, se esconde el tesoro de la gracia, en vaso de barro. Cada cristiano es, pues, un vaso de barro. Y, en su fragilidad, es llamado por el Señor.

La excusa de la incapacidad proviene del espíritu de soberbia, como si el apostolado debiese sus frutos o logros a los grandes talentos del cristiano; es creer que el "éxito" depende de nuestros tesoros, de nuestros grandes méritos o cualidades. Sin embargo, Dios, en su misericordia, llama a cada uno desde su propia fragilidad: cuenta con cada uno como él es. Nada proviene de nosotros: el apóstol es instrumento y receptáculo de la gracia que comunica a los demás. De ahí proviene su grandeza, del reconocimiento humilde del propio ser y dejar a Dios ser Dios.


sábado, 21 de mayo de 2011

El apostolado o compromiso pastoral

El apostolado del cooperador parroquial es una dimensión inherente al mandato misionero que el Señor encargó a su Iglesia: "Id y haced discípulos..."


    Pero este mandato misionero, que origina el apostolado, es un servicio al hombre para que descubra en el Evangelio el camino de la vida, de su salvación, de su plenitud. "¡Ay de mí si no evangelizare!" (1Cor 9,16): el grito de San Pablo bien podría ser el grito de cualquier cristiano que habiendo descubierto la perla escondida (Mt 13,45-46) quiere comunicarlo a los demás, la alegría de la mujer que encuentra el dracma perdido y avisa a sus vecinas (Lc 15,8). El mismo gozo de los enfermos que, curados por la potencia sanadora y curativa del Señor, anuncian y glorifican las obras de Dios. El que encuentra a Jesucristo en su vida, descubre el hontanar de su gozo, la fuente refrescante de una alegría serena.

    El apostolado es algo serio, radical, nacido de la propia iniciación cristiana, que llena de gozo, que plenifica al cristiano; por eso ni es un juego ni un recreo ni un divertimento ni algo pasajero, esporádico u ocasional, sino que se podría afirmar que es casi una dimensión más del ser cristiano, en el que se ve comprometida toda la existencia del bautizado en sus facultades (intelectivas, volitivas, afectivas...). La vocación cristiana es apostólica, enraizada en la fe, el cristiano es llamado a ser testigo, profeta, apóstol.

    Este apostolado no está exento de dificultades internas y externas. Son auténticas trabas, tentaciones del Maligno que nos sugiere en nuestra imaginación palabras seductoras y engañosas, de uno u otro género para hacer que desistamos de nuestro trabajo apostólico o que nosotros mismos lo hagamos estéril e infecundo.

    Ya que son tentaciones, podemos resistirlas y abatirlas agarrados a la cruz de Jesucristo. Asidos al Señor, podemos hacernos invulnerables a los ataques del Maligno.