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jueves, 17 de junio de 2010

La gracia obrando


Partamos de un texto de san Agustín, autor al que hay que leer y mucho (además de Las Confesiones, claro):

"Cristo toma forma, por la fe, en el hombre interior del creyente, el cual es llamado a la libertad de la gracia, es manso y humilde de corazón, y no se jacta del mérito de sus obras, que es nulo, sino que reconoce que la gracia es el principio de sus pobres méritos; a éste puede Cristo llamar su humilde hermano, lo que equivale a identificarlo consigo mismo, ya que dice: Cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis. Cristo toma forma en aquel que recibe la forma de Cristo, y recibe la forma de Cristo el que vive unido a él con un amor espiritual. El resultado de este amor es la imitación perfecta de Cristo, en la medida en que esto es posible" (Com. Ep. Gal, n. 37).

* La vida del cristiano es un constante proceso de crecimiento interior tomando la forma de Cristo. Quedarse estancado es renunciar a esta forma de Cristo; pensar que uno ya tiene alcanzado todo en la vida espiritual, o que ya ha hecho bastantes cosas buenas en su vida, es aumentar la desemejanza en lugar de la semejanza con Cristo.

* La gracia de Dios inspira, sostiene y acompaña nuestras obras... Lo que hagamos solos, confiados sólo en nosotros, en nuestro ascetismo orgulloso, son "pobres méritos". Sólo la gracia que viene en auxilio del hombre y le mueve interiormente hace que lo que hagamos sea "mérito" ante Dios (léase todo el tratado de la Justificación de Trento, maravilloso).

* La gracia es lo más opuesto a la soberbia del hombre; la soberbia cree necesitar a Cristo en todo caso al final, casi como un adorno superficial, para demostrar lo mucho que valía; la humildad es tan consciente de su naturaleza que reconoce que "Sin Mï, no podéis hacer nada", y configura su vida como una "humilde petición de Gracia" (que eso es la oración para San Agustín), como un ser constantemente "mendigos de la Gracia".

martes, 15 de junio de 2010

El Evangelio leído en el Sagrario: fotografía del Corazón de Jesús


“Hora es ya de descubriros al gran revelador del Sagrario, el gran confidente que está en el secreto suyo, el amigo íntimo que nos puede hacer entrar en ese alcázar de las misteriosas maravillas del Sagrario.

Tenéis prisa por saber su nombre, ¿verdad?

¡El Evangelio!

Es ése el dedo poderoso que va a levantar ante vuestra vista asombrada el velo de aquellos arcanos, y ése es el mensajero que Dios bueno os envía para que vuestros ojos y vuestros oídos de carne puedan ver y oír, si milagro ni revelaciones especiales, lo que en el Sagrario se dice y se hace.

¡El Evangelio!

¿Pero os habéis fijado en lo que es y lo que vale el Evangelio?

Algunas veces nos hemos lamentado de que no se hubiera conocido el arte de la fotografía en los tiempos de la vida mortal de nuestro Señor Jesucristo para haber tenido el consuelo, grande por cierto, de conservar su retrato. ¡Qué alegría poder recrearse en una fotografía de la que pudiéramos decir: ése era Él!

Ese retrato, sin embargo, no nos había de dar más alegría que la que nos proporciona el Evangelio".


Beato D. Manuel González, Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús en el Sagrario,
en O.C., Vol. I, n. 393.

sábado, 12 de junio de 2010

Amistad personal con Cristo –oración- para ser testigos


“Ésta es la cadena: apóstoles, en cuanto testigos. Testigos en cuanto amigos. Amigos en cuanto íntimos...

Romped o quitad uno de los eslabones, y frustraréis la obra maestra de Jesús, y la acción de su apóstol. Con qué razón y satisfacción podía exclamar después el evangelista Juan a los fieles: “Lo que fue desde el principio, lo que oímos, lo que vimos con nuestros ojos y contemplamos y palparon nuestras manos tocante al Verbo de la vida... esto es lo que os anunciamos”.

¡Con qué precisión se revela en esta carta apostólica al apóstol, al testigo, al amigo, al íntimo de Jesús! ¡Dar testimonio de Aquel a quien vio, oyó, contempló, palpó! Es decir, dar testimonio de Jesús de todos los modos conocido, sabido y saboreado. ¿No os parece, hermanos, que el secreto de no pocos fracasos y hasta esterilidades, está no en la falta de misión, sino en el vacío de amistad íntima con el Jesús que nos envía?

“Si no tienen espíritu –decía santa Teresa de los letrados sin trato con Jesús-, que no salgan de sus celdas, que harán más daño que provecho”.

viernes, 11 de junio de 2010

Año sacerdotal. Madurez afectiva, ¡como el Corazón de Jesús!


El camino sacerdotal es siempre una mayor unión con Cristo, para que su amor pastoral transforme el propio corazón y devenga en un corazón pastoral semejante al suyo.

En la Eucaristía aprendemos a ser sacerdotes, en la entrega de la propia vida, de mi libertad, de mi ser.

"La Eucaristía debe llegar a ser para nosotros una escuela de vida, en la que aprendamos a entregar nuestra vida. La vida no se da sólo en el momento de la muerte, y no solamente en el modo del martirio. Debemos darla día a día. Debo aprender día a día que yo no poseo mi vida para mí mismo. Día a día debo aprender a desprenderme de mí mismo, a estar a disposición del Señor para lo que necesite de mí en cada momento, aunque otras cosas me parezcan más bellas y más importantes. Dar la vida, no tomarla. Precisamente así experimentamos la libertad. La libertad de nosotros mismos, la amplitud del ser. Precisamente así, siendo útiles, siendo personas necesarias para el mundo, nuestra vida llega a ser importante y bella. Sólo quien da su vida la encuentra" (Benedicto XVI, Homilía en las ordenaciones sacerdotales, 7-mayo-2006).

Y, un segundo punto: El sacerdote pone su corazón en el Señor como el Señor ha puesto todo su amor en el sacerdote. Busca crear comunidad eclesial vinculando las personas no a su afectividad (a veces egoísta o inmadura), sino vinculándolos al Amor de Cristo. Esto pide del presbítero un corazón muy grande, muy amable, pero, al mismo tiempo, un corazón maduro, equilibrado, muy lleno de Jesucristo.

"El pastor no puede contentarse con saber los nombres y las fechas. Su conocimiento debe ser siempre también un conocimiento de las ovejas con el corazón. Pero a esto sólo podemos llegar si el Señor ha abierto nuestro corazón, si nuestro conocimiento no vincula las personas a nuestro pequeño yo privado, a nuestro pequeño corazón, sino que, por el contrario, les hace sentir el corazón de Jesús, el corazón del Señor. Debe ser un conocimiento con el corazón de Jesús, un conocimiento orientado a él, un conocimiento que no vincula la persona a mí, sino que la guía hacia Jesús, haciéndolo así libre y abierto. Así también nosotros nos hacemos cercanos a los hombres. Pidamos siempre de nuevo al Señor que nos conceda este modo de conocer con el corazón de Jesús, de no vincularlos a mí sino al corazón de Jesús, y de crear así una verdadera comunidad" (Benedicto XVI, ibid.).

Esta misma idea la expone en otra homilía, en este caso de ordenación de obispos. ¡Qué revelador el sacerdote que crea un grupo cerrado en torno a él, porque revela su inmadurez afectiva! ¡Grupo cerrado, los únicos "comprometidos", a todas horas con él impidiendo su libertad hacia los demás, organizando la vida parroquial! El siervo debe dar cuentas sobre la gestión del bien que se le ha encomendado. No atamos a los hombres a nosotros; no buscamos poder, prestigio, estima para nosotros mismos. Conducimos a los hombres hacia Jesucristo y así hacia el Dios vivo" (Benedicto XVI, Homilía en la ordenación episcopal, 12-septiembre-2009).

Al término del Año sacerdotal... ¡Señor, concédenoslo! ¡Santifica a tus sacerdotes! ¡Danos muchas y santas vocaciones sacerdotales!

jueves, 10 de junio de 2010

El Corazón de Cristo


¡Dueño de mi vida,
vida de mi amor,
ábreme la herida de tu Corazón!

¡Qué petición tan sublime y humilde,
tan trascendental y sentida!

El Corazón de Jesús,
el Corazón divino-humano
de Cristo Resucitado es el Dueño de nuestras vidas,
de todas y cada una,
no nos pertenecemos a nosotros mismos,
pertenecemos al Señor,
y en la vida y en la muerte somos del Señor.

Vida de mi amor,
pues sólo Él sacia, llena,
con bondad infinita
la vida de nuestro amor,
nos hace amar con su amor,
o en lenguaje de Sta. Teresita,
“nos presta su amor” “para llenar nuestras manos vacías”

“Ábreme la herida de tu Corazón”,
ábreme tu costado traspasado
del que salió sangre y agua;
ábreme –como explicaba S. Juan de Ávila, patrón del clero diocesano-
esas saetías que son tus llagas
para ver que tus entrañas
son amor,
sólo amor, un amor sacrificado,
un amor crucificado, un amor hasta el extremo.

miércoles, 9 de junio de 2010

Culto al Corazón de Jesús (Pablo VI)

Como leemos en la Constitución Conciliar, “la Iglesia, o Reino de Cristo, presente ya como misterio, se desarrolla visiblemente en el mundo por la fuerza divina. Este nacimiento y desarrollo se significan por medio de aquella sangre y aquella agua que salieron del costado abierto de Jesús crucificado” (LG 3). Porque en realidad de aquel Corazón herido del Redentor nació la Iglesia y de él se alimenta, ya que Cristo “se entregó a Sí mismo por ella, para santificarla, purificándola por el agua, en virtud de la palabra de Vida” (Ef 5,25).

    Por esta razón es absolutamente necesario que los fieles rindan culto y veneración, ya con afectos de íntima piedad, ya con públicos obsequios, a aquel Corazón “de cuya plenitud todos hemos recibido” y aprendan de él a ordenar su vida, de modo que responda exactamente a las exigencias de nuestro tiempo. En este Smo. Corazón de Jesús se encuentra el origen y manantial de la misma Sgda. Liturgia, puesto que es “el Templo Santo de Dios”, donde se ofrece el sacrificio de propiciación al Eterno Padre, “de modo que puede salvar perfectamente a cuantos por Él se acercan a Dios” (Hb 7,25). De aquí recibe también la Iglesia el impulso para buscar y emplear todos los medios que sirvan para la unión plena con la Sede de Pedro de todos aquellos hermanos que están separados de nosotros; más aún, para que también aquellos que todavía están al margen del nombre cristiano, “conozcan con nosotros al único Dios y al que Él envió, Jesucristo” (Jn 17,3). Porque, en efecto, el ardor pastoral y misionero se inflama principalmente en los sacerdotes y en los fieles, para trabajar por la gloria divina, cuando mirando el ejemplo de aquella divina caridad que nos mostró Cristo, consagran todo su esfuerzo a comunicar a todos los inagotables tesoros de Cristo.

    A nadie se le oculta que tales son los principales objeti-vos que, por divina inspiración, recomienda y alienta en los fieles el Sdo. Concilio; y mientras nos esforzamos por traducir en realidad lo que la esperanza nos propone, hemos de pedir una y otra vez la luz y fuerza necesarias a aquel Salvador Divino, cuyo Corazón traspasado nos inspira tan ardientes deseos de lograrlo.

Carta “Diserti interpretes”, de Pablo VI, 25-mayo-1965

lunes, 7 de junio de 2010

El sacerdote y el Sagrario: su mejor Amigo y Compañía


“¡Con qué gusto habla un sacerdote del Sagrario!, del Sagrario en que vive el Jesús que lo ha hecho su consagrante, su repartidor, su guardián, su vecino, su confidente, su... inseparable.


¡El sacerdote y el Sagrario! ¡Dios mío! ¡Lo que da que decir y que pensar y que amar y que agradecer y que derretirse la unión de esas dos palabras!

¡Por qué pensar que con valer tanto y tanto el Sagrario, la divina largueza lo ha unido tan estrechamente al sacerdocio, que sin uno no puede existir el otro!...

¡Sin sacerdocio no hay Sagrario!

¡Qué alegría, hermanos, inunda mi alma de sacerdote al ver mi vida tan entrelazada, por así decirlo, con la existencia del Sagrario!

¿Qué le importa a un sacerdote no ceñir a sus sienes coronas de conquistador, de héroe, de sabio o de otras grandezas de aquí en la tierra, si puede saborear ante el cielo y ante la tierra el gusto inacabable de esa palabra; soy el hombre del Sagrario?

Por eso, para la lengua y para la pluma de un sacerdote no hay tema de conversación ni más delicioso, ni más propio, ni más interesante, que el hablar del Sagrario. Tanto más, cuanto que ese Sagrario de sus amores y que se ha instituido para ser conocido, amado y frecuentado, padece desconocimientos y abandonos inconcebibles, no sólo por parte de los que viven lejos de él, sino de los que viven o debieran vivir cerca, muy cerquita...


domingo, 6 de junio de 2010

"Sed de tu amor, Señor" (Plegaria)


Tu ejemplo, Amado mío,
a abajarme me invita y a despreciar honores.
Para encontrarte, quiero permanecer pequeña.

Olvidándome a mí tu dulce corazón cautivaré.
No ambiciono otra cosa
que en soledad vivir, donde encuentro mi paz y mi alegría.
En complacerte es sólo mi ejercicio

y mi felicidad... eres tú, mi Jesús.


Tú, el Dios inmenso,
a quien rendido adora
el infinito cielo,
vives dentro de mí,

hecho mi prisionero noche y día.


Tu dulce voz me implora

y a cada instante me repite quedo:

“¡Yo tengo sed! ¡Yo tengo sed de amor!”

Yo también soy, Jesús, tu prisionera,
y a mi vez quiero repetirte siempre

tu emocionada imploración divina:

“Amado mío, hermano, ¡yo tengo sed de amor!”

Yo tengo sed de amor, colma mis esperanzas

y aumenta en mí, Señor, tu llama viva.

Yo tengo sed de amor,
mi sufrimiento es grande,
a ti volar quisiera... ¡a ti, Dios mío!

Tu amor es mi martirio, mi único martirio.

Cuanto más él se enciende en mis entrañas,

tanto más mis entrañas te desean...

¡¡¡Jesús, haz que yo muera
de amor por ti...!!!
(Sta. Teresa del Niño Jesús, Poesía nº 31,
Cántico de Sor María de la Trinidad y de la Santa Faz).

jueves, 3 de junio de 2010

Año sacerdotal. El camino humilde del sacerdote


El camino sacerdotal no es otro sino el de Cristo: beber apurando el cáliz, compartir con Cristo la tarea redentora, no buscando medrar humanamente, sino vivir como Cristo, ser como Cristo.

Benedicto XVI, con la claridad expositiva y la hondura espiritual que le caracterizan, en diversas homilías ha abordado temas sacerdotales que no deben pasar inadvertidos, sino convertirse en un punto de interiorización para todos.

"Esta palabra "sube" (anabainei) evoca la imagen de alguien que trepa al recinto para llegar, saltando, a donde legítimamente no podría llegar. "Subir": se puede ver aquí la imagen del arribismo, del intento de llegar "muy alto", de conseguir un puesto mediante la Iglesia: servirse, no servir. Es la imagen del hombre que, a través del sacerdocio, quiere llegar a ser importante, convertirse en un personaje; la imagen del que busca su propia exaltación y no el servicio humilde de Jesucristo. Pero el único camino para subir legítimamente hacia el ministerio de pastor es la cruz. Esta es la verdadera subida, esta es la verdadera puerta. No desear llegar a ser alguien, sino, por el contrario, ser para los demás, para Cristo, y así, mediante él y con él, ser para los hombres que él busca, que él quiere conducir por el camino de la vida. Se entra en el sacerdocio a través del sacramento; y esto significa precisamente: a través de la entrega a Cristo, para que él disponga de mí; para que yo lo sirva y siga su llamada, aunque no coincida con mis deseos de autorrealización y estima. Entrar por la puerta, que es Cristo, quiere decir conocerlo y amarlo cada vez más, para que nuestra voluntad se una a la suya y nuestro actuar llegue a ser uno con su actuar" (Benedicto XVI, Homilía en las ordenaciones sacerdotales, 7-mayo-2006).

El sacerdote no busca subir, escalar, el “arribismo”: sino vivir como Cristo Buen Pastor dando la vida. No es un salteador que tenga que escalar una tapia, sino que se agacha empequeñeciéndose para entrar por la puerta estrecha que es Cristo.

"Tú has querido, Señor,
que tus sacerdotes sean ministros del altar y del pueblo;
te rogamos que... su ministerio te sea siempre grato
y dé frutos permanentes en tu Iglesia"
(Cf. O Ofrendas, Rito Ordenación de Presbíteros).

jueves, 6 de mayo de 2010

Año sacerdotal. Ser lo que se es por Gracia


La doctrina del Magisterio sobre el sacerdocio siempre ha sido clarísima, con solidez teológica, con principios espirituales y normas disciplinares que ayudaban a vivir y preservar esa realidad. Pero... a veces hemos sido los sacerdotes los que nos hemos dedicado a cuestionar nuestra propia identidad, mientras que el pueblo cristiano la tenía clara, y esperaba de un sacerdote, simplemente, que fuese, siempre y en todo, sacerdote.

“El presbítero debería saber actuar siempre en cuanto sacerdote. Él, como decía San Juan Bosco, es sacerdote tanto en el altar y en el confesionario como en la escuela o por la calle: en cualquier sitio. Alguna vez los mismos sacerdotes son inducidos, por circunstancias actuales, a pensar que su ministerio se encuentra en la periferia de la vida, cuando en realidad se encuentra en el corazón mismo de ella, puesto que tiene la capacidad de iluminar, reconciliar y renovar todas las cosas” (Instrucción, El presbítero, pastor y guía de la comnidad parroquial, n. 11).

¡Cuántas decepciones no habremos provocado! ¡Cuántos escándalos en personas sencillas!

Con las palabras de Benedicto XVI podríamos pisar tierra y darnos cuenta de qué es lo que esperan nuestros fieles de nosotros, a los que hemos de servir y amar como Cristo Pastor los sirve y ama.

“Los fieles esperan de los sacerdotes solamente una cosa: que sean especialistas en promover el encuentro del hombre con Dios. Al sacerdote no se le pide que sea experto en economía, en construcción o en política. De él se espera que sea experto en la vida espiritual... Ante las tentaciones del relativismo o del permisivismo, no es necesario que el sacerdote conozca todas las corrientes actuales de pensamiento, que van cambiando; lo que los fieles esperan de él es que sea testigo de la sabiduría eterna, contenida en la palabra revelada” (Discurso al clero, Varsovia (Polonia), 25-mayo-2006).

Nuestra identidad sacerdotal debe ser renovada y cuidada día a día:
  • La oración silenciosa y la adoración eucarística, aunque Jesús calle, frente al activismo que nos vacía.
  • La caridad pastoral que nos mueve a echar las redes mar adentro con los mismos sentimientos de Cristo Jesús.
  • La Eucaristía diaria celebrada con amor al Señor, vivida, y en ofrecimiento de la propia vida.
  • La ascesis y el combate para ser coherentes, auténticos, sinceros: la unidad interior de vida.
  • El cuidado y vigilancia de la propia afectividad, que no se ata a vínculos humanos o ideologías o ministerios concretos; que ama a Cristo y vuelca la afectividad en Cristo, sabiendo que Cristo colma de amor, amistad y compañía el corazón de sus sacerdotes.
  • El estudio, la actualización de la teología, la formación: todo contribuye a que vivamos lo que somos.
"Oh Dios,
que enseñaste a los ministros de tu Iglesia a servir a los hermanos y no ser servidos;
te rogamos les concedas disponibilidad para la acción

y que en el humilde ejercicio de su ministerio perseveren siempre en la plegaria"

(O Colecta ad libitum, Rito Ordenación de Presbíteros).

miércoles, 20 de enero de 2010

¡Jesucristo! Nada más bello ni amable ni razonable


"Os diré de mí mismo que soy hijo de mi siglo, hijo de la increencia, de las dudas, hasta ahora y así lo seré hasta la tumba. Cuántas terribles torturas me ha costado y me cuesta, aún ahora, la sed de creer tanto más fuerte en mi alma cuanto más aumentan los argumentos contrarios.

Sin embargo, Dios me manda momentos en los que todo está claro y todo es sagrado. Es en estos momentos cuando he compuesto mi credo: creer que no hay nada más bello, más profundo, más amable, más razonable y más perfecto que Cristo; que no sólo no existe nada semejante, sino que, lo digo con amor celoso, no puede existir ningún otro.

Y más aún: si uno me hubiera demostrado que Cristo se encuentra fuera de la verdad, habría preferido, sin dudar, permanecer con Cristo antes que con la verdad.

Dostoievski, Carta de 1854.

martes, 12 de enero de 2010

Revisemos la catequesis


Que se ha producido en estos años una débil transmisión de la fe, es un hecho indiscutible; que la enseñanza en la catequesis se ha visto mermada a lugares comunes con rasgos de terapia psicólogica, “buenismo” y opciones morales, es algo incontestable. La secularización interna de la Iglesia es su causa. Pero, ¿tal vez podríamos quedarnos con los brazos cruzados? ¿Nos damos cuenta del potencial humano que supone la acción catequética de la Iglesia con niños y jóvenes, menos con los adultos, y el poco fruto que durante decenios se está recogiendo? Damos poco, nos conformamos con menos, y la catequesis se ve incapaz de entregar el tesoro de la fe en lo que significa conocer, celebrar, vivir y orar la fe (el dogma, la liturgia, la moral, la oración). Los recursos humanos y pedagógicos los tenemos sobradamente, entonces lo que falla es su realización, su contenido y la mentalidad de fondo que subyace.

Vayamos, como siempre, al Magisterio. “El anuncio del Evangelio de la esperanza comporta, por tanto, que se promueva el paso de una fe sustentada por costumbres sociales, aunque sean apreciables, a una fe más personal y madura, iluminada y convencida. Los cristianos, pues, han de tener una fe que les permita enfrentarse críticamente con la cultura actual, resistiendo a sus seducciones; incidir eficazmente en los ámbitos culturales, económicos, sociales y políticos; manifestar que la comunión entre los miembros de la Iglesia católica y con los otros cristianos es más fuerte que cualquier vinculación étnica; transmitir con alegría la fe a las nuevas generaciones; construir una cultura cristiana capaz de evangelizar la cultura más amplia en que vivimos” (Juan Pablo II, Ecclesia in Europa, n. 50).

Primer paso: ser consciente del objetivo último de la catequesis que es formar una fe madura y personalizada que repercute en todos los ámbitos de la vida, personales y sociales.

Por eso, la catequesis deberá ir asumiendo una nueva fisonomía: “Además de esforzarse para que el ministerio de la Palabra, la celebración de la liturgia y el ejercicio de la caridad, se orienten a la edificación y el sustento de una fe madura y personal, es necesario que las comunidades cristianas se movilicen para proponer una catequesis apropiada a los diversos itinerarios espirituales de los fieles en las diversas edades y condiciones de vida, previendo también formas adecuadas de acompañamiento espiritual y de redescubrimiento del propio Bautismo. En este cometido, el Catecismo de la Iglesia Católica es obviamente un punto de referencia fundamental. En particular, reconociendo su innegable prioridad en la acción pastoral, se ha de cultivar y, si fuera el caso, relanzar el ministerio de la catequesis como educación y desarrollo de la fe de cada persona, de modo que crezca y madure la semilla puesta por el Espíritu Santo y transmitida con el Bautismo. Remitiéndose constantemente a la Palabra de Dios, custodiada en la Sagrada Escritura, proclamada en la liturgia e interpretada por la Tradición de la Iglesia, una catequesis orgánica y sistemática es sin duda alguna un instrumento esencial y primario para formar a los cristianos en una fe adulta” (Id., n. 51).

Segundo paso: el contenido que se transmite en la catequesis ha de ser alimento eclesial para formar y forjar esa fe adulta y personalizada (interiorizada, si se prefiere). Ese contenido debe estar cimentado y expuesto mediante la Escritura y la Tradición, las fuentes imprescindibles, así como el Magisterio de la Iglesia comenzando por el Catecismo. ¿Tal vez no habrá mucha catequesis improvisada que sólo mira la propia experiencia, demasiado análisis y revisión del mundo, demasiada introspección, libros muy endebles pero siempre entretenidos con dibujos y fotos?

El tercer paso, podríamos añadir, es la persona del catequista: hombre de Dios, orante, formado, con pasión por Jesucristo. ¡Éste sí será un apóstol que contagiará el entusiasmo por Cristo y por la Iglesia!

viernes, 25 de diciembre de 2009

Jesucristo, Tú nos eres necesario: ¡¡Navidad, Cercanía, Presencia!!

¡Es Navidad!
¡Elevemos al Señor un canto nuevo!

¡Es Navidad! ¡Gloria al Señor!
¡Es Navidad! ¡Toda la tierra queda iluminada!
¡Es Navidad! ¡Ha llegado el gozo, la paz y la salvación!
¡Es Navidad! ¡El Señor, verdaderamente está con nosotros!



Es ahí, en la sencillez de la Navidad,
donde podemos encontrar una verdadera teología,
una auténtica mística,
una liturgia embriagadora,
un precioso himno poético a Cristo,

que “por nosotros los hombres y por nuestra salvación, bajó del cielo”.

Sabemos bien cómo nació, lo miramos, lo cantamos. Pero entremos en la espesura del Misterio. “¿Qué hay tras la escena externa del Pesebre? La Encarnación, Dios que baja a la tierra. Ésta es la sublime realidad; basta su simple enunciación para encender y nutrir nuestra meditación para siempre.
El primer comentario será una palabra, sencilla y también rica, tanto que despierta en las almas una ferviente contemplación llena de gozo.

¿Qué es la Navidad? Es la Encarnación, es la venida de Dios a la tierra. Esto es: podemos ver a Dios que entra en la escena del mundo, ¿cómo y por qué? Cualquiera que tenga un poco de sentido de la realidad que nos rodea, del universo, queda ciertamente admirado de su grandeza inconmensurable, de la arcana ciencia que lo ha dirigido. Las leyes que se reflejan en este universo son tan variadas, complejas e infalibles, que nos ofrecen, sí, una imagen del Creador, pero una imagen que nos deja llenos de consternación y casi de temor. Son tan inexorables estas leyes del universo, tan insensibles, tan fatales, que a veces nos dejan incapacitados para poner en el vértice, sobre ellas, a un Dios personal, a un Dios que siente, que habla, que nos conoce, a nosotros invitados al diálogo precisamente con las normas maravillosas que regulan lo creado.

Pero hay un punto en el complejo de la gran realidad que nosotros podemos conocer, y este punto brilla hoy de una forma especial, es la Navidad. En él Dios aparece en su infinita caridad: se muestra a Sí mismo. ¿De qué forma, de qué manera? ¿En la del poder, en la de la grandeza, en la de belleza? No; el Señor se ha revelado como amor, como bondad. “Dios amó tanto al mundo que le dio a su Hijo unigénito”. El corazón del Omnipotente se abre. Tras la escena del Pesebre está la infinita ternura del Creador que ama. En una palabra, está la bondad infinita. Dios, que nos ama, quiere entablar un diálogo con los hombres, establecer con nosotros relaciones de familiaridad. Quiere que lo invoquemos como Padre nuestro; se convierte en nuestro hermano y quiere ser nuestro huésped. Es la Santísima Trinidad que infunde sus rayos a aquellos que tienen ojos para distinguir y capacidad para comprender y admirar, de esta forma, el misterio patente de Dios.
(cf. PABLO VI, Homilía, 25-12-1963).

“Y ahora yo os diré algo que ya todos conocemos,
pero en cuya fundamental importancia e inexhausta fecundidad no meditamos lo suficiente; y es la siguiente: QUE JESUCRISTO NOS ES NECESARIO. Que no se diga que es el tema de siempre: es inagotable. Entre tantas proposiciones, en las que el cristianismo, por su admirable unidad y coherencia de doctrina, puede sintetizarse, ésta es la que a mí me parece hoy por hoy la más oportuna, tanto por su intrínseca importancia como también por la correspondencia que puede, en el momento actual, hallar en el mundo de los espíritus y los acontecimientos.

“Todo lo tenemos en Cristo”, exclama san Ambrosio;
“Cristo lo es todo para nosotros.
Si quieres curar tus heridas, él es médico.

Si te consume la fiebre, él es fuente.

Si estás oprimido por la iniquidad, él es justicia.
Si necesitas ayuda, él es vigor.
Si temes a la muerte, él es vida.

Si deseas el cielo, él es el camino.
Si huyes de las tinieblas, él es la luz.
Si buscas comida, él es alimento”. (...)


Sí, Cristo lo es todo para nosotros.

Y es un deber de nuestra fe religiosa,

necesidad de nuestra humana conciencia
reconocer esto, confesar y celebrar.
A él está ligado nuestro destino, a él nuestra salvación. (...)


Oh Cristo, nuestro único mediador,

Tú nos eres necesario: para entrar en comunión con Dios Padre;
para ser contigo, que eres Hijo Único y Señor nuestro, sus hijos adoptivos;

para ser regenerados por el Espíritu Santo.
Tú nos eres necesario,
oh único verdadero maestro
de las verdades recónditas e indispensables de la vida,
para conocer nuestro ser y nuestro destino,
el camino para conseguirlo.
Tú nos eres necesario, oh Redentor nuestro,

para descubrir nuestra miseria y para curarla;
para tener el concepto del bien y del mal y la esperanza de la santidad;
para deplorar nuestros pecados y conseguir el perdón.
Tú nos eres necesario, oh hermano primogénito del género humano,
para volver a hallar las razones verdaderas de la hermandad entre los hombres, los fundamentos de la justicia, los tesoros de la caridad, el bien sumo de la paz.
Tú nos eres necesario, oh gran paciente de nuestros dolores,
para conocer el sentido del sufrimiento
y para darle un valor de expiación y redención.
Tú nos eres necesario, oh vencedor sobre la muerte,
para liberarnos de la desesperación y la negación y para tener certezas que no traicionan en eterno.
Tú nos eres necesario,
oh Cristo, oh Señor, oh Dios-con-nosotros,
para aprender el amor verdadero
y para caminar en el gozo y en la fuerza de tu caridad,
por el camino de nuestra vía llena de fatigas,
hasta el encuentro final contigo, amado, contigo, esperado, contigo, bendito por los siglos”.

(PABLO VI, Carta pastoral en la archidiócesis de Milán, 1955).

martes, 15 de diciembre de 2009

Educar para la liturgia IX: Horas de oración y liturgia orada


"Todos necesitamos de esas horas en la que escuchamos en silencio y dejamos que la Palabra divina obre en nosotros hasta el momento en que ella nos conduce a ser fructíferos en la ofrenda de la alabanza y en la ofrenda de las obras concretas. Todos nosotros necesitamos de las formas que nos han sido transmitidas y de la participación en el culto divino público, para que de esa manera nuestra vida interior sea motivada y conducida por rectos caminos y para que allí encuentre sus modos de expresión más convenientes. La solemne alabanza divina tiene que tener también un lugar en este mundo, donde ha de alcanzar la más grande perfección de la que los hombres son capaces.

Sólo desde aquí puede elevarse al cielo por el bien de toda la Iglesia, y transformar a sus miembros, despertar la vida interior y animarla a la coherencia exterior. La oración pública, a su vez, tiene que ser vivificada por dentro en tanto que deja espacio en las moradas interiores del alma para una profundización silenciosa y recogida. De no ser así se convertiría en una charlatanería estéril y falta de vida. Las moradas de la vida interior ofrecen un refugio contra ese peligro, ellas son los lugares donde las almas están en presencia de Dios en silencio y soledad, para convertirse en amor vivificante en el corazón de la Iglesia. Cristo es el único camino hacia el interior de nuestra vida, así como hacia el coro de los espíritus bienaventurados, que cantan el “Sanctus” eterno. Su Sangre es el velo a través del cual entramos en el santuario de la vida divina.

En el bautismo y en el sacramento de la reconciliación nos purifica de nuestros pecados, nos abre los ojos para la luz eterna, los oídos para percibir la palabra de Dios y los labios para cantar himnos de alabanza y para rezar oraciones de expiación, de petición y de agradecimiento, que no son sino distintas formas de adoración y veneración de las criaturas ante Dios todopoderoso y de infinita bondad. El sacramento de la confirmación marca y fortifica a los luchadores de Cristo en el testimonio valiente de la fe; pero el sacramento que nos hace miembros de su Cuerpo Místico es sobre todo el de la Eucaristía, donde Cristo está real y personalmente presente.

En tanto que participamos en el banquete eucarístico y en tanto que somos alimentados por su Cuerpo y por su Sangre, en la misma medida somos transformados en su Cuerpo y en su Sangre. Y sólo en tanto que somos miembros de su Cuerpo podemos ser vivificados y conducidos por su Espíritu. “...El Espíritu es el que vivifica, pues el Espíritu es el que hace de los miembros, miembros vivos; el Espíritu, sin embargo, vivifica solamente los miembros que se encuentran en el cuerpo... Por eso nada habrá de temer el cristiano tanto como la separación del Cuerpo Místico de Cristo, pues si él es separado del Cuerpo de Cristo, deja de ser su miembro y no puede ser ya vivificado por el Espíritu” (San Agustín, Tract. 27, in Ioannem).

Miembros del Cuerpo de Cristo somos además “...no sólo por el amor, sino en verdad por la unión con su cuerpo. La unión misma es causada por el alimento que Él nos ha regalado para probarnos sus ansias de permanecer con nosotros. Por eso ha querido sumergirse en nuestra propia existencia y proyectar su cuerpo en el nuestro para que todos seamos uno como la cabeza y el cuerpo son uno” (San Juan Crisóstomo, Homilía 61 al pueblo de Antioquía). Como miembros de su Cuerpo animados por su Espíritu, nos ofrecemos también nosotros como víctimas “por Él”, “con Él” y “en Él” y entonamos con los coros celestiales el eterno himno de agradecimiento. Por eso la Iglesia, después del banquete sagrado, reza:

Saciados con tan grandes dones,
te pedimos, Señor, concédenos que los
dones que recibimos nos sirvan para nuestra salvación
y para que nunca abandonemos
la alabanza de tu nombre".

(Edith Stein, La oración de la Iglesia).

lunes, 14 de diciembre de 2009

San Juan de la Cruz, hombre eucarístico

San Juan de la Cruz posee un encanto especial, es escurridizo, se nos escapa de las manos fácilmente, por su pudor y discreción en su experiencia personal, que sólo deja entrever en su poesía -y el lenguaje poético es más evocativo que descriptivo-. Al celebrar hoy su memoria, fijémonos en su experiencia de Eucaristía, lo que sabemos por testigos, por su biografía, por lo que se vislumbra en sus escritos.

Fue monaguillo, de 1551 a 1555, cuatro años, en las monjas agustinas de Medina, donde diariamente asistía al altar, pequeño de edad, menudo de cuerpo. Para un alma sensible y fina, delicada e interior, estos años de joven acólito le marcarían en el trato con el Señor en el Sagrario y en algunas de las cuatro misas que cada mañana se decían. Creció en los atrios del Señor, aprendió a mirar a Cristo que en la Eucaristía cada día se le hacía cercano a Aquel a quien luego preguntará “¿adónde te escondiste, Amado...?”

La experiencia de Juan se basa en la misa matutina y en la práctica de la visita o exposición del Santísimo por la tarde, las costumbres piadosas que veía en su hogar pobre, pero reciamente cristiano, con Catalina su madre y con su hermano Francisco Yepes, verdadero creyente y místico seglar. ¿Qué no recibiría de los jesuitas de Medina donde estudió y aprendió literatura y poesía con las corrientes sanamente humanistas del Renacimiento? ¿Y del catecismo y las Vísperas en la parroquia? ¿No se acercaría también a la oración y a las devociones vespertinas en la iglesia conventual de “Santa Ana” de los frailes carmelitas? Iría a la iglesia de los carmelitas, qué duda cabe, cuando ya joven combinaba los estudios en los jesuitas con el trabajo en el Hospital de las Bubas en Medina de 1555 a 1563; iría a los carmelitas como iba su piadoso hermano; irían los dos juntos, pues Juan siempre admiró a su hermano Francisco (¡qué importante son los hermanos cuando juntos viven en Cristo, o amigos que son como hermanos si Cristo está con ellos!).

Ha decidido ser fraile carmelita (en silencio, callandito), por ser Orden dedicada a la Virgen María. 1563-1564 será el tiempo de su noviciado, de la intensa formación, de modelar su alma en la vocación carmelitana y, entonces, de muchas horas de coro y de Sagrario, donde el joven novicio vive la pureza de su amor entregado a Cristo. Nos queda un testimonio: "Le era de particular consuelo ayudar a misa, aunque gastase toda la mañana en esto, sintiendo con este ejercicio no cansancio, sino nuevo aliento..."

Destaca de forma especial el amor de fray Juan de la Cruz (en este momento, fray Juan de Santo Matía) al Sagrario en los años felices de 1565-1568, en el Colegio del “Señor San Andrés”, su convento estudiantil de Salamanca, mientras cursaba los estudios en la gran Universidad de renombre. Le tocó una celda que no era gran cosa, con una tronera en el techo para recibir la luz y, lo mejor para él, una ventanita sobre la iglesia, justo a la altura del Sagrario. Allí, asomado a la ventanita, muchos testigos luego declararán que pasaba mucho tiempo sobre todo durante la noche. “¡Oh noche que juntaste Amado con amada!”: allí San Juan de la Cruz, en noches amables más que el alborada, unía su alma con el Señor en la Eucaristía.

Conocemos algo de su primera Misa. Estamos en 1567. Ya sacerdote viene a decir una de sus primeras Misas a Medina, con su madre y su hermano. Ahora conocerá en Medina a Teresa de Jesús que acaba de fundar su Carmelo –después del de San José de Ávila-. ¿Su primera Misa? Nos dicen que fue una gracia de unión transformante, que lo unió esponsalmente a Cristo.

Si esto le ocurrió como gracia mística en su primera Misa, ¡qué vital y mística será la Eucaristía siempre para él! Cada Eucaristía es gracia de unión mística con Cristo, una unión transformante, viva, amorosa. Este tipo de vivencias íntimas, profundamente místicas y espirituales, siempre determinan el alma de un sacerdote cuando celebra la Misa.

Duruelo, el pobre y sencillo, rústico y apartado, primer monasterio de los carmelitas descalzos es casi un Sagrario, por lo pequeño y porque las estancias del convento todas ellas dan al Sagrario. Corre el año 1568: san Juan de la Cruz va a pasarse a la descalcez. El primer convento es un granero, un pajar amplio arreglado al gusto austero de Teresa de Jesús y Juan de la Cruz. El portal del granero será una minúscula iglesia con el Santísimo; en el piso de arriba sitúan el coro abierto hacia la iglesia con dos “ermitas” en cada lado mirando al Sagrario: dos tabiques, un poco de heno, donde sólo se podía estar sentado o de rodillas... y allí pasará muchas horas ante el Sagrario, más de las establecidas.

Pasan los años... Estamos en la cárcel toledana de san Juan de la Cruz, en el convento carmelita de Toledo donde, según los usos de la época y el capítulo penitencial de la Orden, deben sufrir castigo y corregirse los frailes que hayan cometido graves infracciones. Se lo han llevado preso, fray Maldonado, desde la casita de la Encarnación de Ávila al convento de Toledo. El trato de este superior al rebelde “reformador” fray Juan es duro, más de lo normal. Pero uno de los grandes castigos para el alma humanísima de fray Juan de la Cruz es la privación de la Eucaristía, ya que ni puede comulgar ni mucho menos celebrar la Santa Misa. Llega el Corpus Christi toledano de 1578; la ciudad en fiesta. Desde la estrecha celda –un retrete, un servicio en un salón para personajes importantes que visiten el convento- se oyen los cohetes y las campanas de Toledo para la gran procesión. ¡Él no puede decir Misa!, y lleva así doscientos días. Es la noche: “Qué bien sé yo la fonte que mana y corre aunque es de noche”. Aquí este pan vivo desea su alma, pero se lo privan.

Su amor a la Eucaristía es certificado por diversas monjas que fueron testigos en Beas de su vida, cuando subía de El Calvario a confesarlas y dirigirlas: “Le conocía devotísimo del Sacramento y de la Virgen, por la ternura con que hablaba de entrambas cosas” . San Juan de la Cruz no parece ser “cantor de la Eucaristía”... pero es un alma contemplativa que bebió amorosamente la fonte, la Eucaristía, que es su Amado mismo.

El Prior de El Calvario, en la sierra de Jaén, es un místico pudoroso, pero que recibe gracias místicas en la Eucaristía.

Cuando en el alma hay amor, se expresa de muchas formas, delicadas, sutiles, tiernas. San Juan de la Cruz tiene obsequios de amor al Sacramento. En el convento de Los Mártires, en Granada, época fecunda y estable del bendito fray Juan, entre 1583-1585, hay testigos que afirman la delicadeza de su amor eucarístico. Los novicios declararon que al prior, fray Juan de la Cruz, le gustaba dejar sobre la mesa de altar “una rosa o un clavel”, a veces un manojo de flores silvestres. Además “agradecía a los que lo hacían”. Lo primero, sin ruido ni extravagancias, era el Sacramento, el Amado eucarístico.

Un último detalle eucarístico en la vida de san Juan de la Cruz. Era el 13 de diciembre de 1591, en el convento de Úbeda. Cuando toquen maitines, el doctor místico podrá morir para “cantar maitines en el cielo”. Viendo los frailes que se moría, recitaron unos cuantos salmos. Cuando terminaron, San Juan de la Cruz, con delicadeza le pide al prior que traiga el Santísimo Sacramento, porque quiere adorarlo. No queda anotado si trajeron la custodia o el copón. Pero San Juan de la Cruz ve al Señor eucarístico, y con ternura dice: “Ya, Señor, no os tengo de volver a ver con los ojos mortales”. Pasada una hora, quieren recitar las preces de recomendación del alma. Nuestro doctor pide que sería mejor el Cantar de los cantares . Su alma que ha visto al Amado en el Sacramento, va a dormirse en el Señor con versos de amor a Cristo. Es la Eucaristía su consuelo y su amor.

Y ahora... ahora leamos sus poemas eucarísticos ("Qué bien sé yo la fonte"), el romance In principium y el Cántico espiritual, y veremos los sabores eucarísticos ante el Amado Jesucristo.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Educar para la liturgia VIII: Vida interior


"3. La vida interior, las formas externas y las obras

La obra de la salvación se realiza en la soledad y el silencio. En el diálogo silencioso del corazón con Dios se preparan las piedras vivas de las cuales está construido el reino de Dios y se modelan los instrumentos selectos que ayudan en la construcción. La corriente mística que atraviesa los siglos no es un afluente errante que se separó imperceptiblemente de la vida de oración de la Iglesia; ella constituye precisamente la instancia más íntima de su vida orante. Cuando rompe con las formas tradicionales, sucede porque en esa corriente vive el Espíritu que sopla donde quiere, que ha creado todas las formas de la tradición, y que va creando siempre nuevas formas. Sin el Espíritu y sin las corrientes místicas en las que Él se manifiesta no habría ni liturgia ni Iglesia.

¿No era el alma del salmista real un arpa cuyas cuerdas sonaban bajo la caricia del aliento del Espíritu Santo? Del corazón rebosante de la Virgen llena de gracia brotó el himno de gozo del “Magnificat”. El cántico profético del “Benedictus” abrió los labios enmudecidos el anciano Zacarías cuando vio realizarse visiblemente las misteriosas palabras del ángel. Lo que en aquel momento emanaba de los corazones inundados del Espíritu y encontraba su expresión en palabras y obras, fue transmitido luego de generación en generación.

La corriente mística de que antes hablábamos constituye de esa manera el himno de alabanza polifónico y siempre creciente al Creador, Dios uno, Trino y Salvador. Es por eso que no se trata de contraponer las formas libres de oración como expresión de la piedad “subjetiva” a la liturgia como forma “objetiva” de oración de la Iglesia. A través de cada oración auténtica se produce algo en la Iglesia, y es la misma Iglesia la que ora en cada alma, pues es el Espíritu Santo, que vive en ella, el que intercede por nosotros con gemidos inefables (Rm 8,26). Esa es la oración auténtica, pues “nadie puede decir ‘Señor Jesús’, sino en el Espíritu Santo” (1Co 12,3). ¿Qué podría ser la oración de la Iglesia, sino la entrega de los grandes amantes a Dios, que es el Amor mismo? La entrega de amor incondicional a Dios y la respuesta divina –la unión total y eterna- son la exaltación más grande que puede alcanzar un corazón humano, el estadio más alto de la vida de oración. Las almas que lo han alcanzado constituyen verdaderamente el corazón de la Iglesia, en cada una de ellas vive el amor sacerdotal de Jesús. Escondidas con Cristo en Dios no pueden sino transmitir a otros corazones el amor divino con el cual han sido colmadas, y de esa manera cooperan en el perfeccionamiento de todos y en el camino hacia la unión con Dios que fue y sigue siendo el gran deseo de Jesús.

De esa misma manera entendió María Antonieta de Geuser su vocación. Ella se sentía llamada a realizar la gran empresa del cristiano en medio del mundo y el camino que ella siguió tiene sin duda alguna carácter de modelo para los muchos que hoy se sienten movidos a comprometerse en la Iglesia a través de una entrega radical en su vida interior, pero que no les ha sido dada la vocación de seguir al Señor en el recogimiento de un convento.

El alma que ha alcanzado el grado más alto de la oración mística en la actividad apacible de la vida divina, no piensa ya en otra cosa, sino en entregarse al apostolado al que Él la ha llamado.

“Esa es la tranquilidad en el orden y a la vez la actividad liberada de toda atadura. El alma se presenta a esa lucha llena de paz, porque ella está actuando según el sentido de los decretos divinos. Ella sabe que la voluntad de su Dios se plenifica por el crecimiento de su gloria, pues, si bien muchas veces la voluntad humana pone barreras a la omnipotencia divina, es siempre la omnipotencia divina la que triunfa, y la que realiza una obra grandiosa con el material que queda. Esa victoria el poder divino sobre la libertad humana, que a pesar de todo permite obrar libremente, es uno de los aspectos más grandiosos y más dignos de admiración del plan de salvación... “(Marie de la Trinité, carta del 27 de septiembre de 1917). Cuando María Antonieta de Geuser escribió esta carta se encontraba ya en los umbrales de la eternidad, sólo un velo suave la separaba de esa última perfección que nosotros llamamos la vida de gloria.

En los espíritus bienaventurados que entraron a formar parte de la unidad de la vida divina, todo es uno: actividad y quietud, contemplar y obrar, hablar y callar, escuchar y expresarse, entrega total receptora del amor y sobreabundancia de ese amor que se derrama en cantos de alabanza y agradecimiento. Tanto tiempo como nos encontremos todavía de camino (y cuanto más lejana la meta, tanto más intensamente), estaremos sujetos a las leyes de la temporalidad, y no podremos prescindir del hecho de que para la realización de la vida divina en nosotros es necesaria una evolución y una complementación mutua de todos los miembros del Cuerpo Místico".

(Edith Stein, La oración de la Iglesia).

martes, 24 de noviembre de 2009

Leer el Evangelio, palpitar con el Corazón


Conocer al Corazón de Jesús por el Evangelio

"No conozco guía más seguro ni más enterado, ni más a nuestro alcance. En cada página, ¿qué digo?, en cada hecho, en cada sentencia, en cada partícula y hasta en cada signo del Evangelio, palpita el Corazón de Jesús. En él no hay letra ni signo que no suene, huela, sepa, a amor. Suprimid el sentido de esa palabra en el Evangelio y lo trocaréis de libro de la Vida, de la Luz y de la Paz, en fábula de absurdos y quimeras.


El Evangelio es la conjugación de los grandes verbos del corazón: amar y entregarse.
San Pablo, que ha expresado en esas dos palabras toda la obra redentora de Jesús: “Me amó y se entregó por mí”, ha definido del modo que puede ser definido con palabras de la tierra, ese Arca de los tesoros de Dios, al Corazón de Jesús: “El que me amó y se entregó a Sí mismo por mí”. ¡Así! ¡Sin adverbios que limiten, condicionen o califiquen la acción inmensa de esos dos verbos! El Evangelio es el relato de una vida y de una doctrina, no sólo de un Jesús que pasó, que hizo, que dijo..., sino de un Jesús que está viviendo en el cielo y en los Sagrarios de la tierra, en su Cuerpo místico, la Iglesia, y en el alma de los justos...

Ese libro, en suma, escrito ayer, cuenta con palabra infalible lo que Jesús hizo y dijo ayer, amándome y entregándose por mí. Lo que hace y dice hoy. Y lo que hará y dirá mañana y eternamente, conjugando los mismos verbos:
amar y entregarse. Este aspecto del Evangelio me regala con esta gratísima noticia: Por él yo puedo sentir las palpitaciones del Corazón de Jesús, no ya durante un período de su acción o de su vida, sino de todos los períodos y de toda su vida mortal, celestial, eucarística, mística y eterna...

Grande, interesante, revelador es siempre el Evangelio como doctrina y como historia. Pero cuando con ojos de fe viva, miro sus páginas y las veo moverse, subir y bajar suavemente, como suavemente baja y sube el pecho a impulso del corazón que guarda adentro; cuando siento que aquel subir y bajar con la sístole y la diástole del Corazón más grande, más generoso, más incansable, más inverosímilmente amante y dadivoso, el libro ya no es libro, sino un pecho vivo. La palabra escrita es una palabra hablada. El ayer es hoy. El mañana la eternidad. El milagro contado es milagro repetido. El misterio de la doctrina no es misterio, sino claridad de mediodía. La fe y la esperanza casi, casi, se van eclipsando, porque por entre letra y letra, renglón y renglón, van saliendo rayos de un sol, el sol del Amor...
¡Jesús descubriendo su Corazón y repitiendo: “Yo soy” con palabra de luz y de fuego!...

Pero también es cierto que así como por la lanzada del soldado quedó
“abierto el costado” de Jesús y por esa abertura podía verse y tocarse su Corazón de carne, por el espíritu de fe y mejor, por el don de su Espíritu Santo, a través de cada palabra del Evangelio de Jesús, puede verse y sentirse su Corazón, y por tanto, que no hay que escribir un libro sobre lo que es Él, sino dedicarse a “buscarlo” en el gran libro, en el libro eterno de su Evangelio.

Ésa, ésa quisiera yo que fuera la ocupación de los ojos y de las inteligencias de los cristianos, leer y contemplar el Evangelio,
“buscando” el Corazón de Jesús sin parar hasta encontrarlo".

Beato D. Manuel González, Así ama Él, en O.C., Vol. I, nn. 240-245.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Neoconversos de hoy. La gracia sigue actuando


Que el Espíritu Santo actúa, es indudable, pero a veces parece que no lo viésemos ni sintiésemos. Su actuación es garantía de la presencia del Señor y de la eterna juventud de la Iglesia, que siempre se renueva, que siempre florece, que periódicamente nuevos tallos vienen a reverdecer. Pero a veces se nos olvida.

Los neoconversos han supuesto un impulso en la vida de la Iglesia; personas que no eran católicas han descubierto a Jesucristo y se han bautizado en la edad adulta; otros, provenientes del protestantismo o del anglicanismo, llegaron a la conclusión razonada y razonable que la Católica era la Iglesia fiel y original, el Tronco del que se desgajaron ramas y volvieron a su seno hallando en la Iglesia Católica su hogar, su Madre, su ámbito vital y salvífico; otros casos se producen por un acontecimiento de gracia siendo bautizados o incluso católicos con cierta vida cristiana, pero llega un momento de conversión tan fuerte que redescubre la vida católica, ¡con tanta alegría!, que viven entusiasmados (en su etimología griega: metidos en Dios).

Hay libros que recogen las grandes conversiones en la historia cristiana hasta nuestros días, y son revulsivos para la propia conciencia. Pero también hay conversiones pequeñas, silenciosas, anónimas, a fecha de hoy. En el confesionario de mi parroquia los he encontrado: son hermanos nuestros que viven apasionadamente la fe católica después de años de frialdad o indiferencia. Soy testigo de estos neoconversos, testigo feliz y siempre emocionado.

En todos los casos de neoconversos hay un dato común: un momento de gracia de Dios en la vida, ya sea una enfermedad o una circunstancia difícil donde recibió un testimonio de fe, ya sea un Cursillo de cristiandad, unos Ejercicios o algún tipo de Curso, convivencia o retiro. Este momento de gracia marca un antes y un después.

Otro punto común es lamentar sinceramente el tiempo perdido en su vida. Ven todo ahora con una nueva luz, van amando paso a paso a Jesucristo y se quieren entregar a Él, pero sienten –incluso lloran- el tiempo perdido porque conocían a Jesucristo muy poquito, lo vivían todo tal vez por rutina, por tradición, pero jamás con una fe personalizada, asumida e integrada en todo lo que eran y vivían. Sienten y de qué forma tan viva, las veces que han confesado rutinariamente en lugar de gozar de la Misericordia divina, las veces que han asistido pasivamente a la Misa, los momentos desperdiciados al escuchar las lecturas bíblicas y no dejarse interpelar por la Palabra, las predicaciones a las que no quisieron prestar atención, el déficit de formación que arrastran. Ahora quieren recuperar el tiempo perdido. Sienten que la experiencia de San Pablo en el camino de Damasco es tan real que ellos lo están viviendo ahora.

Asimismo, estos neoconversos descubren con mucha fuerza la vida interior. ¡Qué lección de entusiasmo ante tantos católicos apagados y “justitos” en todo! Hablan de su oración, del ofrecimiento de obras, de la lectura espiritual, de la visita al Sagrario, de la Misa diaria, del examen de conciencia, disfrutando de esos momentos y conscientes de que esa vida de oración y liturgia les da la vida, no pueden pasar sin ellos. Lo cuentan con sencillez, buscando entregarse del todo a Jesucristo. Se preocupan de la oración, de la vida litúrgica, del testimonio de vida, de amar más a Cristo cada día y también, cómo no, de formarse leyendo o en catequesis de adultos. ¡Qué diferencia con aquellos, tantos, que pudiendo tener todo esto, desaprovechan las ocasiones y se contentan con lo mínimo o con lo superficial!

Algunos en el confesionario incluso expresan que ahora que conocen a Jesucristo, sólo se ofrecen a Él y le preguntan cuál es su voluntad; quieren conocer qué misión les va a asignar el Señor, qué tarea, qué apostolado, porque piensan que si Jesucristo los ha llamado y convertido, será para algo.

Soy testigo de estos neoconversos. Vale la pena pasar tiempo en el confesionario esperando y disponible cuando de pronto llega alguien con una experiencia tan fuerte y que va dando los primeros pasos con entusiasmo y amor. Pero, por encima de los casos particulares, extraemos tres lecciones. La primera lección es que el Espíritu Santo actúa, y por tanto, jamás hemos de perder la esperanza. La segunda lección es que nos toca evangelizar muy en serio, mostrar a Cristo, llevar a los hombres al Corazón de Cristo y al seno de la Iglesia, porque tal vez nosotros, o la catequesis que llevamos adelante, el retiro que predicamos o el cursillo que impartimos, va a ser el instrumento que Dios emplee para tocar el corazón de alguien: por ello siempre habremos de emplearnos a fondo, dar sólidos conocimientos doctrinales, orar por quienes participen. La tercera lección sería aprender de quienes se convierten el entusiasmo y el amor cuando a veces venimos de vuelta del catolicismo y pretendemos ajustar el cristianismo a nuestra medida, con cierta dosis de apatía.

jueves, 22 de octubre de 2009

Ofrecer las obras, santificarse en el trabajo: ¿cómo?


La Iglesia, en su oración cotidiana, la Liturgia de las Horas, pide en multitud de ocasiones que nuestro trabajo sea agradable a Dios, una ofrenda a Él: “danos tu gracia, para que todas nuestras acciones sean agradables a tus ojos y útiles a tu designio de amor y salvación universal” (Oración de Sexta, Martes I)y también: “haz que todas nuestras acciones te sean agradables y sirvan para manifestar al mundo tu redención” (Oración de Nona, Miércoles IV).

¿Cómo pueden ser agradables nuestras acciones a Dios?

En primer lugar, realizando todas y cada una de nuestras acciones con amor de Dios y pensando en Él, sin buscar ningún otro reconocimiento ni gratitud. Este primer sentido lo declara una lectura breve: “Lo que hacéis, hacedlo con toda el alma, como para servir al Señor y no a los hombres” (Col 3,23; Nona, Miércoles IV).

En segundo lugar, el trabajo, las distintas obras y obligaciones cotidianas, realizarlas en el nombre de Cristo, ofreciéndolas y viviendo en su presencia continua: “todo lo que de palabra o de obra realicéis sea todo en nombre del Señor Jesús” (Col 3,17; Sexta, Miércoles IV), “Que la gracia del Espíritu Santo habite en nuestros corazones y resplandezca en nuestras obras, para que así permanezcamos en tu amor y en tu alabanza” (Preces Laudes, Miérc., II).

En tercer lugar, se santifica el trabajo cuando se realiza con perfección, con prontitud, entregados a las distintas tareas, sin dejarlas a medias o a medio acabar, o trabajando con dejadez y sin precisión; trabajo con diligencia, laboriosidad, honradez y justicia. La santificación del trabajo requiere hacerlas con perfección, conscientes de que redunda en beneficio de los demás y en el orden social, sea el trabajo que sea. Por eso pedimos al Señor: “Te consagramos este día como oblación agradable a tus ojos, y proponemos no hacer ni aprobar nada defectuoso” (Preces Laudes, Miérc., II).

Y en cuarto lugar, ofrecer nuestras obras y trabajos al Señor para que sea una ofrenda agradable a Él por la salvación del mundo, de esta forma nuestro trabajo se une al Trabajo del Señor, que es su Cruz: “Que santifiquemos el día entero con trabajos que sean de tu agrado” (Preces Laudes, Miérc., I), “acepta los deseos y proyectos de este día” (Preces Laudes, Jueves I). Asimismo, al ofrecer nuestro trabajo, lo encomendamos para que el Señor lo guíe y lleve a perfección: “Que baje hoy a nosotros tu bondad y haga prósperas las obras de nuestras manos” (Preces Laudes, Lunes I), “Danos tu sabiduría eterna, para que nos asista en nuestros trabajos” (Preces Laudes, Martes I).

Con la ofrenda del trabajo diario, con el ofrecimiento de obras, convertimos nuestro día y nuestra propia vida en una liturgia viva, en un culto espiritual agradable a Dios: “Rey todopoderoso, que por el bautismo has hecho de nosotros un sacerdocio real, haz que nuestra vida sea un continuo sacrificio de alabanza” (Preces Laudes, Martes I).

La liturgia nos guía en este camino de la santificación del trabajo, nos renueva en nuestra entrega a él y en el culto espiritual de toda nuestra vida y de cada una de nuestras acciones. ¡Qué importante es, espiritualmente, el ofrecimiento de obras y la oración de Laudes! Recordemos que la santificación y ofrecimiento del trabajo es doctrina de la Iglesia, tal como enseña el Concilio Vaticano II: “Pero aquellos a quienes asocia íntimamente a su vida y misión también les hace partícipes de su oficio sacerdotal, en orden al ejercicio del culto espiritual, para gloria de Dios y salvación de los hombres. Por lo que los laicos, en cuanto consagrados a Cristo y ungidos por el Espíritu Santo, tienen una vocación admirable y son instruidos para que en ellos se produzcan siempre los más abundantes frutos del Espíritu. Pues todas sus obras, preces y proyectos apostólicos, la vida conyugal y familiar, el trabajo cotidiano, el descanso del alma y de cuerpo, si se realizan en el Espíritu, incluso las molestias de la vida si se sufren pacientemente, se convierten en "hostias espirituales, aceptables a Dios por Jesucristo" (1 Pe 2,5), que en la celebración de la Eucaristía, con la oblación del cuerpo del Señor, ofrecen piadosísimamente al Padre. Así también los laicos, como adoradores en todo lugar y obrando santamente, consagran a Dios el mundo mismo” (LG 34).

miércoles, 21 de octubre de 2009

Evangelización, misión y misiones


El Señor envió a sus apóstoles, antes de su Ascensión, a predicar el Evangelio, enseñando a todos a guardar todo lo que Él mandó y bautizar para sumergirlos en el Misterio de Dios, dándoles la vida divina e incorporándolos a la Iglesia. Generaciones sin número entendieron así el mandato misionero de Cristo y desde el mismo día de Pentecostés, se convirtieron en osados apóstoles en las zonas paganas, yendo siempre más lejos, "mar adentro", con tal de que Cristo fuese conocido y amado y pudiera seguir salvando. Nada antepusieron a Cristo. Con nada confundieron la misión apostólica. Y así casi hasta nuestros días. La misión es explícitamente cristocéntrica y eclesial. Sin imposiciones, pero con la valentía apostólica de hablar de Cristo. Cuando en el tejido eclesial entra la secularización, se trastoca el orden misionero en muchísimos casos para identificar la misión única y exclusivamente con las obras de desarrollo humano, de progreso social, reduciéndose la misión a la filantropía anónima, al voluntariado social tal como tantas ONG y otras organizaciones realizan. Incluso aún hoy, cuando se escucha hablar de las misiones, lo único que se presenta es la obra social, pensando que sin hablar de Cristo porque no se considera necesario, tal vez lleguen los demás a la fe. Las obras de desarrollo son insuficientes para responder al mandato tan claro de Jesucristo. "La misión, si no está animada por el amor, se reduce a actividad filantrópica y social. A los cristianos, en cambio, se aplican las palabras del apóstol san Pablo: "El amor de Cristo nos apremia" (2 Co 5, 14). La misma caridad que movió al Padre a mandar a su Hijo al mundo, y al Hijo a entregarse por nosotros hasta la muerte de cruz, fue derramada por el Espíritu Santo en el corazón de los creyentes. Así, todo bautizado, como sarmiento unido a la vid, puede cooperar a la misión de Jesús, que se resume en llevar a toda persona la buena nueva de que "Dios es amor" y, precisamente por esto, quiere salvar el mundo.

La misión brota del corazón: quien se detiene a rezar ante el Crucifijo, con la mirada puesta en el costado traspasado, no puede menos de experimentar en su interior la alegría de saberse amado y el deseo de amar y de ser instrumento de misericordia y reconciliación... La misión brota siempre de un corazón transformado por el amor de Dios, como testimonian innumerables historias de santos y mártires, que de modos diferentes han consagrado su vida al servicio del Evangelio.

La misión es, por tanto, una obra en la que hay lugar para todos: para quien se compromete a realizar en su propia familia el reino de Dios; para quien vive con espíritu cristiano su trabajo profesional; para quien se consagra totalmente al Señor; para quien sigue a Jesús, buen Pastor, en el ministerio ordenado al pueblo de Dios; para quien, de modo específico, parte para anunciar a Cristo a cuantos aún no lo conocen" (Benedicto XVI, Ángelus, 22-octubre-2006).