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lunes, 20 de abril de 2015

Un tiempo nuevo

La Pascua del Señor, su santísima resurrección, inaugura un tiempo nuevo. Tal vez sería más apropiado afirmar que el tiempo ahora es nuevo, totalmente nuevo. Él se ha convertido en Señor del tiempo, y el tiempo que hasta ahora era caduco, envejecía y hacía morir, se convierte en tiempo eterno, en eternidad.


La Vigilia pascual lo significaba ritualmente cuando, en el lucernario, se marca el cirio pascual grabando el año en curso mientras se dice: "Cristo, ayer y hoy, principio y fin, alfa y omega. Suyo es el tiempo y la eternidad. A él la gloria por los siglos. Amén".

En Cristo, comienza el tiempo de la eternidad o la eternidad entra en el tiempo redimiéndolo. El antiguo eón -el tiempo caduco- ha sido sustituido por el "nuevo eón", el tiempo de Dios, feliz y definitivo. La Pascua ya marca el antes y el después del tiempo y de la historia.

martes, 14 de abril de 2015

Durante cincuenta días... (textos)

Durante cincuenta días, los de mayor solemnidad, la Iglesia está de fiesta, con un gozo espiritual inmenso, porque su Señor ha resucitado.


Son las siete semanas del tiempo pascual, vividas como un solo domingo, como si cada día fuese domingo; ahí la Iglesia desplegó su alegría, vivió el júbilo del Resucitado, oró y esperó que derramase su Espíritu Santo, y celebró estas siete semanas como si fueran ya un anticipo de la vida celestial, del futuro escatológico que Cristo resucitado ha inaugurado.

Cuando acudimos a los textos patrísticos, es decir, a la Tradición genuina de la Iglesia, descubrimos el valor que se le otorgaban a estos cincuenta días y el tono que, durante cincuenta días, mantenían los hijos de la Iglesia. Así, no sólo conocemos mejor la Tradición, sino que deseamos que la Tradición marque hoy nuestra vida, resaltando aspectos que tal vez se han ido diluyendo o perdiendo fuerza con el correr de los siglos.

Orígenes, en Alejandría, destaca el valor espiritual de estos cincuenta días pascuales, exhortando a una vida pura y santa, angélica y resucitada:

miércoles, 8 de abril de 2015

La escatología ha comenzado

Pensamos a veces que la escatología es simplemente lo último, y lo situamos o después de nuestra o lo proyectamos más allá aún, cuando venga Cristo en su gloria para juzgar a vivos y muertos, como Rey y Señor de todo lo creado.


Algo de razón hay, porque la escatología es lo último, lo definitivo y por tanto, lo pleno. Son las realidades últimas de la existencia y de la historia que profesamos en el Credo, aunque se prediquen o se enseñen poco.

Realmente la escatología (esto último) ha comenzado ya. ¿Cuándo? Su inicio ocurrió en la resurrección del Señor, en su santa Pascua. Hay comenzó lo último, la vida eterna prometida y el señorío de Jesucristo. Por tanto, la vida eterna se empieza a degustar ya, aquí y ahora; la eternidad ha entrado en el tiempo. La vida ya vence sobre la muerte y Cristo ya es el Señor de todo.

lunes, 23 de marzo de 2015

Catequizándonos sobre la cincuentena pascual (textos)

El largo período cuaresmal tiene una finalidad, mira a un objetivo concreto y claro, y no se cierra en sí mismo. La Cuaresma no es un fin en sí misma, sino un medio, una preparación, para lo que luego acontece, como Misterio de gracia y salvación. Así es, la Cuaresma mira a la cincuentena pascual.


La Iglesia, desde el siglo II y III va desarrollando un tiempo festivo y gozoso, los cincuenta días de Pascua, que transcurren desde el mismo día de la Resurrección de Jesucristo (inaugurado con la Vigilia pascual) hasta el día de Pentecostés.

Este es un período que desemboca con el don del Señor resucitado, el Espíritu Santo. Éste puede venir y derramarse en todos, santificando la Iglesia, porque el Señor glorificado es el Señor del Espíritu. La ausencia de Jesús por su Ascensión permite que venga el otro Paráclito, el "Espíritu de la Verdad" que Él derramará desde el Padre.

La solemnidad de Pentecostés ni es una fiesta aislada, ni es un apéndice, sino su culminación, de manera que los cincuenta días posee una unidad. Hay un deseo a lo largo de los cincuenta días de glorificar y alabar al Resucitado y esperar y pedir que nos envíe su Espíritu Santo.

jueves, 12 de marzo de 2015

Lo que contienen los cincuenta días de Pascua

Hay una unidad sustancial, indivisible, en los cincuenta días de Pascua: es un único Misterio, la Pascua del Señor, con diversos acontecimientos salvadores.


No obstante, y pese a su unidad, a veces se vive y se celebra los cincuenta días de Pascua como una sucesión de fiestas aisladas entre sí y distintas: un día es Pascua, luego se afloja el ritmo espiritual hasta que de pronto es "el día" de la Ascensión y de pronto es "el día" del Espíritu Santo, como si nada tuvieran que ver entre sí.

La unidad de los cincuenta días de Pascua hace, en primer lugar, que cada día se viva, se celebre, se festeje, como si fuera domingo y esto en todos sus aspectos; en segundo lugar, el Misterio de la Pascua es uno e inseparable: resucita, es glorificado a la diestra del Padre y derrama el Don pascual, su Espíritu Santo. Resurrección - Ascensión - Pentecostés son tres partes del único Misterio de Pascua celebrado, gozosamente, durante cincuenta días.

Desde la Vigilia pascual hasta el mismo día de Pentecostés estamos en Pascua, recibiendo el don del Señor. Esta perspectiva, desde la misma Cuaresma, ha de estar presente en la liturgia, en la oración personal y hasta en la hipotética "programación pastoral" de una parroquia o comunidad, para no diluir los cincuenta días pascuales en días anodinos con algunas fiestas salpicando el calendario.

domingo, 1 de junio de 2014

En la escuela del Espíritu (Preces de Laudes de Pascua - y



Congregados en oración, los hijos de la Iglesia no cesan de pedir el pleno cumplimiento de las promesas y un nuevo y eficaz Pentecostés. La súplica eclesial recuerda, en las distintas preces de Laudes, la multiforme acción del Santo Espíritu.


            El Espíritu dirige a los hijos de Dios para vivir filialmente orientando la vida: “Señor Jesús, haz que nos dejemos llevar durante todo el día por el Espíritu Santo y que siempre nos comportemos como hijos de Dios” (Dom VII).

            El Espíritu, “que lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios” (1Co 2,10), conduce a penetrar más en el Misterio, conocerlo y amarlo, asombrándonos de su grandeza y de su amor: “Danos, Señor, el sentido de Dios, para que, ayudados por tu Espíritu, crezcamos en el conocimiento de ti y del Padre” (Dom VII).

            Si tenemos el Espíritu Santo, y seguimos sus mociones y sus gracias, seremos miembros vivos de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, porque participamos de la vida de Cristo en sus miembros: “Concédenos vivir de tu Espíritu, para ser de verdad miembros vivos de tu cuerpo” (Lun VII), ocupando cada cual su lugar en este Cuerpo.

            El Espíritu Santo santifica las almas fieles, las enriquece con sus dones, gracias y carismas, le concede sus frutos abundantes: “Colma nuestra fe de alegría y paz, para que, con la fuerza del Espíritu Santo, desbordemos de esperanza” (Lun VII).

miércoles, 28 de mayo de 2014

Aguardando al Espíritu (Preces de Laudes de Pascua - VII)



La liturgia, con sus oraciones y ritos, se convierte en la mejor escuela de vida cristiana, el ámbito en que se forja el espíritu cristiano y, por la fuerza de la misma liturgia, sin necesidad de otros añadidos, es la mejor catequesis y la mejor cátedra de teología.


            Ahora, en Pascua, nos abre el espíritu y mueve nuestro deseo hacia las insondables riquezas del Espíritu Santo. La pneumatología –o tratado sobre el Espíritu Santo- halla aquí recursos constantes, pinceladas a base de oración y súplica. Toda la Pascua es tiempo del Espíritu y su culmen es la santa fiesta de Pentecostés, donde Cristo desde el Padre entrega su gran Don pascual, derramando el Espíritu prometido.

            La petición de la Iglesia es vivir con el fuego del Espíritu Santo que abrasa, purifica e ilumina: “Tú que por medio de tu Hijo resucitado has derramado sobre el mundo el Espíritu Santo, enciende nuestros corazones con el fuego de este mismo Espíritu” (Lun II); Cristo es el Mediador que asegura la perenne efusión del Espíritu.

            La acción del Espíritu Santo es purificadora; quema los restos de egoísmo otorgándonos una caridad diligente y activa: “Haz, Señor, que la fuerza del Espíritu Santo nos purifique y nos fortalezca” (Mier II). El Espíritu todo lo renueva, superando lo caduco en nosotros, aquello que está muerto o paralizado, y de ese modo nos transforma y nos defiende del pecado y del Maligno: “Tú que te apareciste repetidas veces a los apóstoles y les comunicaste el Espíritu Santo, renuévanos por el Espíritu Defensor” (Mart III).

domingo, 25 de mayo de 2014

La evangelización de los apóstoles

El dinamismo pascual está expresado en el libro de los Hechos de los apóstoles. La Iglesia nace de la Pascua y comienza su gran evangelización entre el mundo judío y luego con los gentiles. El Espíritu Santo va llevando adelante la tarea evangelizadora, abriendo nuevas puertas y señalando nuevos rumbos y formas.


Durante la Misa diaria y la primera lectura dominical, leemos, por esa razón, el libro de los Hechos que debe ser un espejo en el que mirar cómo vivimos nuestro ser eclesial y qué apertura real tenemos al Espíritu del Señor para lanzarnos.

Los apóstoles y junto a ellos los demás bautizados, allí por donde van, son evangelizadores. Ni pueden contener su experiencia del Resucitado ni pueden acallar el impulso del Espíritu. Moviéndose por toda la cuenca mediterránea, ¡parece increíble!, predican y nacen así comunidades cristianas florecientes.

viernes, 23 de mayo de 2014

Y dice el Apocalipsis...

En el tiempo pascual, la Iglesia lee el Apocalipsis en su liturgia, siguiendo la antigua tradición hispana: baste recordar los distintos Códices ilustrando el Apocalipsis, como el Beato de Liébana.


Por la Pascua, la Iglesia recobra su esperanza. El libro del Apocalipsis sustenta esa esperanza de la Iglesia viendo que las fuerzas del mal, del pecado y del Maligno no pueden contra Aquel que está sentado en el trono; el mundo, lleno de tanta maldad y pecado, se ve transformado en un mundo nuevo, un cielo nuevo y un anueva tierra, donde ya no habrá muerte ni luto ni llanto ni dolor. El cosmos entero canta "Amén. Aleluya". Todo, porque Cristo ha resucitado.

La escatología, que se ha inaugurado con la Resurrección de Jesús, afecta a todo lo creado sin excluir nada:

lunes, 19 de mayo de 2014

La vida nueva del cristiano (Preces de Laudes de Pascua - VI)




Renovado todo por la santa Pascua, la existencia cristiana es transformada y renovada. Hay un estilo cristiano que confiere su sello particular a lo que es la verdadera vida cristiana. Es una vida, aquí y ahora, pascual; y esta vida misma se convierte en un signo para todos: “Haz que nuestra vida, escondida con Cristo en ti, brille en el mundo como signo que anuncie el cielo y la tierra nuevos” (Dom Octava).


            Salvados por Cristo, vivimos de la fe desarrollando todo lo contenido en el bautismo y que se nos dio gratuitamente: “Tú que nos has salvado por la fe, haz que vivamos hoy según la fe que profesamos en nuestro bautismo” (Dom Octava). Se adquiere, por gracia, la vida modelada según el Evangelio, traducción concreta y vital, de las palabras del Evangelio: “concédenos vivir auténticamente el espíritu evangélico, para que hoy y siempre sigamos el camino de tus mandamientos” (Mart II). De los labios cristianos brotará siempre la oración, la acción de gracias y la alabanza, porque el cristiano es hombre de oración: “Llénanos, desde el principio de este nuevo día, de tu misericordia, para que en toda nuestra jornada encontremos nuestro gozo en alabarte” (Mier II). Esta vida cristiana es ejercicio sacerdotal de ofrecimiento y de alabanza: “Tú que has hecho de nosotros un pueblo de reyes y sacerdotes, enséñanos a ofrecer con alegría nuestro sacrificio de alabanza” (Dom III).

            La vida cristiana, pascual, se configura con Cristo y vive con Él; por eso se suplica: “Señor Jesús, que anduviste los caminos de la pasión y de la cruz, concédenos que, unidos a ti en el dolor y en la muerte, resucitemos también contigo” (Dom III). Es una vida nueva, verdadera vida: “Tú que alejaste de nosotros la muerte y nos has dado nueva vida, concédenos andar hoy por la senda de tu vida nueva” (Lun III).

            La santidad de vida es una nota esencial para la existencia cristiana; el cristiano es santo por su consagración bautismal y llamado a vivir en santidad: “purifícanos con tu verdad y encamina nuestras pasos por las sendas de la santidad, para que obremos siempre el bien según tu agrado” (Vier III). La santidad cristiana desarrolla la filiación divina, el gozo de ser hijos de Dios. “Señor Jesús, haz que nos dejemos llevar durante todo el día por el Espíritu Santo y que siempre nos comportemos como hijos de Dios” (Dom VII); el cristiano entra en el Misterio de Dios, lo adora, adquiere un conocimiento sobrenatural. “Danos, Señor, el sentido de Dios, para que, ayudados por tu Espíritu, crezcamos en el conocimiento de ti y del Padre” (Dom VII).

sábado, 17 de mayo de 2014

Los dones y gracias pascuales (Preces de Laudes de Pascua - V)



La santa Pascua de Cristo, gozosa, feliz, comunica sus bienes a los bautizados, a los que enriquece constantemente con toda gracia. Es un tiempo bienaventurado en el cual la vida resucitada del Señor se expande a las almas cristianas.



            Se mira al cielo, adonde está Cristo, y ya se desean bienes superiores, mayores, que no meramente terrenos. Así se implora gracia para que el pecado no nos atraiga, ni la concupiscencia nos arrastre, sino que vivamos orientados: “Tú que quieres que busquemos los bienes de allá arriba, donde está Cristo sentado a tu derecha, líbranos de la seducción del pecado” (Dom Octava). Es la renovación absoluta, en gracia y en verdad; la Pascua renueva y se celebra de otro modo, viviendo santamente: “Haz, Señor, que quitemos la levadura vieja de la corrupción y de la maldad, para que vivamos la Pascua de Cristo con los panes ázimos de la sinceridad y la verdad” (Mart II).

            Destaca de modo particular el don de la alegría como fruto permanente de la Pascua, ya prometida y anunciada por Jesús. Es la alegría de la Vida de Cristo, la alegría del Espíritu, la alegría colmada, aquella alegría que es participación en el Corazón insondable de Cristo y que nos transfigura. Cristo es nuestra alegría verdadera: “Sé tú mismo, Señor, nuestra alegría, la que nadie puede quitarnos, y haz que, alejados de toda tristeza, fruto del pecado, tengamos hambre de poseer tu vida eterna” (Sab II). El cristiano vive alegre en el Señor, una alegría transfigurada, y con esa alegría interior y firme ofrece todo y se entrega por completo a Dios: “Hijo del Padre, maestro y hermano nuestro, tú que has hecho de nosotros un pueblo de reyes y sacerdotes, enséñanos a ofrecer con alegría nuestro sacrificio de alabanza” (Dom III).

miércoles, 14 de mayo de 2014

Con Cristo, todo es nuevo

"Nuestro Salvador, después de la resurrección, cuando ya había pasado lo viejo y todas las cosas habían sido renovadas, siendo él mismo el hombre nuevo y el primogénito de entre los muertos, renovados también los apóstoles por la fe en la resurrección, dijo: "Recibid el Espíritu Santo". Esto es lo que el mismo Señor y Salvador decía en el evangelio cuando negaba que se pudiera poner el vino nuevo en los odres viejos, sino que mandaba que se hicieran odres nuevos, es decir, que los hombres caminaran en la novedad de vida, para que recibieran el vino nuevo, es decir, la novedad de Cristo" (Orígenes, De principiis, I, 3, 7).

martes, 13 de mayo de 2014

Testigos de la Pascua (Preces de Laudes de Pascua - IV)



El Señor resucitado se hizo ver a sus apóstoles para que fueran testigos de su resurrección: no era un fantasma, ni una imagen ni una ensoñación, sino Él mismo que hablaba, comía con ellos, desaparecía de pronto. ¡Era Él!

            Con esa experiencia pascual del Resucitado, con su mandato expreso de ser testigos y con el Espíritu Santo que se les daría, comienza el testimonio, una cadena de testigos ante los hombres y ante el mundo.


            “¡Seréis mis testigos!” (Hch 1,8), y ante el envío del Señor, la oración eclesial ruega vivir apostólicamente el testimonio, suplica las gracias necesarias: “Tú que cooperas siempre con los pregoneros de tu Evangelio y confirmas su palabra con tu gracia, haz que durante este día proclamemos tu resurrección con nuestras palabras y con nuestra vida” (Sab II).

            Los cristianos, por la experiencia de la santa Pascua, por los dones sacramentales del Bautismo y la Confirmación, somos testigos de Jesucristo ante los hombres: “Oh Cristo Salvador, que en tu resurrección anunciaste la alegría a las mujeres y a los apóstoles y salvaste al universo entero, conviértenos en testigos del Dios viviente” (Mart III). Los apóstoles, y todos los miembros de la Iglesia, son constituidos en testigos, apóstoles, misioneros, evangelizadores: “haz de nosotros mensajeros del Evangelio de la vida” (Mart III).

            Fuertes y firmes en la fe, consolidados y cimentados en Cristo, la Iglesia anuncia el Evangelio y da testimonio de su Señor: “aumenta la fe de tu Iglesia, peregrina en la tierra, para que dé al mundo testimonio de tu resurrección” (Sab III). Al subir a los cielos, glorificado, envió a sus discípulos como testigos y les prometió el Espíritu Santo, vida y alma de la evangelización, protagonista de la misión: “Tú que en el día de hoy prometiste a los apóstoles el Espíritu Santo, para que fueran tus testigos hasta los confines del mundo, con la fuerza de este mismo Espíritu robustece también nuestro testimonio cristiano” (Ascenc).

domingo, 11 de mayo de 2014

Cesan los ayunos (testimonios)

La Cuaresma es la preparación intensa, austera y penitente, de todos para la Pascua, ya sean penitentes, catecúmenos o el pueblo fiel. En esa preparación el ayuno caracteriza el tiempo cuaresmal, con la privación de alimento y los viernes, además abstinencia de carne. Un ayuno generoso, es decir, con rigor y austeridad, prepara bien el cuerpo y el espíritu para la santísima Pascua.

Pero cuando resucita el Señor, cesan los ayunos, se rompe el ayuno con la Comunión eucarística de la Vigilia pascual y comienza la fiesta cristiana con gozo espiritual.





Los cincuenta días de Pascua se viven con el gozo de comer y beber en honor del Señor, sin la privación del ayuno. Son días festivos que vivimos felices porque Cristo resucitó.


Ya el mismo Señor decía que "ayunarán cuando el Esposo les sea arrebatado", pero ahora que está vivo y glorioso, "¿cómo pueden ayunar los amigos del novio cuando el novio está con ellos?" El mismo Señor resucitado se hace presente e invita a comer, en varias ocasiones, a sus apóstoles el pan y peces asados. Las imágenes del banquete le sirven a Cristo para explicar la vida eterna y el Reino de Dios como una comunión feliz y festiva entre todos, presididos por Él.

El rigor del ayuno -que hemos de cuidar- da lugar a la alegría de la fiesta y del alimento. Sólo si se vive bien el ayuno se podrá apreciar el cambio de los cincuenta días de Pascua pudiendo comer con alegría.

miércoles, 7 de mayo de 2014

La gloria de Cristo y su Pascua (Preces de Laudes de la Pascua - III)



3. Las preces


            3.1. Hijos de la luz

            La luz de la Pascua es la vida de Cristo glorioso que se expande, brillante, sobre las tinieblas que cubrían el orbe entero. Su “luz nos hace ver la luz” (Sal 35) y nos hace “pasar de las tinieblas al reino de su luz admirable” (1P 2,9). El deseo del cristiano es vivir y permanecer en la luz: “Padre santo, que hiciste pasar a tu Hijo amado de las tinieblas de la muerte a la luz de tu gloria, haz que podamos llegar también nosotros a tu luz admirable” (Dom. Octava). La luz de Cristo nos envuelve y nos permite caminar por sendas de vida nueva cada jornada: “Dios, Padre de los astros, que has querido iluminar el mundo con la gloria de Cristo resucitado, ilumina, desde el principio de este día, nuestras almas con la luz de la fe” (Lun II).

            Vivir en la luz, siendo hijos de la luz, nos renueva y llena de gozo, provocando la acción de gracias a Dios y la alabanza: “Dios, Padre de los astros, te aclamamos con acción de gracias en esta mañana, porque nos has llamado a entrar en tu luz maravillosa y te has compadecido de nosotros” (Mier II). La luz de la resurrección nos ilumina constantemente: “Tú que con la columna de fuego iluminaste a tu pueblo en el desierto, ilumina hoy con la resurrección de Cristo el día que empezamos” (Juev II).

            Mientras que la oscuridad y las tinieblas provocan inseguridad y angustia, la luz da seguridad y paz; se sabe dónde se está, se contempla todo, se ve al caminar. Cristo con su luz nos alegra: “Cristo, luz esplendorosa que brillas en las tinieblas, rey de la vida y salvador de los que han muerto, concédenos vivir hoy en tu alabanza” (Dom III). A Él, resucitado, suplicamos: “ilumina hoy nuestras mentes” (Mier III); Él, resucitado, ilumina y nos hace reflejar su gloria: “ilumina tu rostro sobre nosotros, para que, libres de todo mal, nos saciemos con los bienes de tu casa” (Vier III).


            3.2. Cristo nuestra Pascua

            La liturgia pascual permite ahondar en el misterio de Cristo; descubrimos y nos gozamos en quién es Cristo y en lo que ha realizado por su Muerte y gloriosa Resurrección. Siempre será una contemplación inacabada, imperfecta, pero necesaria, de la Persona del Señor resucitado.

            ¿Quién es Cristo? ¿Cuál es la grandeza del Misterio pascual del Señor?

            Dios hizo “pasar a tu Hijo amado de las tinieblas de la muerte a la luz de tu gloria” (Dom. Octava). Por la fuerza de la cruz y de la resurrección hemos sido redimidos y santificados: “por medio de tu Hijo resucitado de entre los muertos has abierto a los hombres las puertas de la salvación” (Lun II), y por Cristo, el Espíritu Santo ha sido derramado en nuestros corazones: “por medio de tu Hijo resucitado has derramado sobre el mundo el Espíritu Santo” (Lun II). Cristo, y solamente Cristo, es nuestra salvación, que se nos da como Don inmerecido: “Que Cristo, el Señor, clavado en la cruz para librarnos, sea hoy para nosotros salvación y redención” (Lun II).


martes, 6 de mayo de 2014

La corporalidad asumida, ha sido redimida

Todo el ser personal, que es cuerpo y es alma como dos co-principios, se ven implicados en la santa Resurrección del Señor y por la Pascua de Cristo vemos de qué manera la escatología -lo venidero, lo futuro, lo eterno- incluyen también la corporalidad.


Se podría decir que una verdadera teología del cuerpo no sólo incluye el momento creador de Dios, en el Génesis, sino que incluye, y hay que sumar, la resurrección de Cristo y la escatología. Sólo así hay una verdadera teología del cuerpo que pueda llamarse cristiana.

Y es que para mirar y valorar al hombre, y pensar cristianamente en su corporeidad, la resurrección de Jesucristo es determinante. Ahí se ofrece la más alta perfección al cuerpo humano y la mejor teología del cuerpo que podamos encontrar.

El Espíritu Santo tiene mucho que ver: Él "espiritualiza", "pneumatiza", la carne de Jesús y la deja vivificada y traspasada de Gloria; y esa es la obra de redención escatológica del Espíritu en nuestra propia carne (en la resurrección del último día).

jueves, 1 de mayo de 2014

Oramos alegres (Preces de Laudes de Pascua - II)




2. Las respuestas de las preces


            Súplica y confesión de fe a un mismo tiempo, las respuestas de las preces de Laudes orientan la oración eclesial invocando al Señor, Alfa y Omega, Resucitado de entre los muertos. La Iglesia alaba a su Señor glorificado.

            “Yo soy la luz del mundo” (Jn 8,12) proclamó Cristo; y como Luz brilló en la noche de Pascua, rompiendo las tinieblas que envolvían al orbe entero (cf. Pregón pascual). Su luz brilló; “la luz de Cristo que resucita glorioso disipe las tinieblas del corazón y del espíritu” oraba la Iglesia en el lucernario de la Vigilia pascual. La luz es vida, la oscuridad es muerte. Por eso la Iglesia, deseando vivir a la luz del Señor, reza: “Ilumínanos, Señor, con la luz de Cristo” (Dom. Octava). También la inteligencia del hombre, en ocasiones, ofuscada, necesita una luz orientadora en el camino de la Verdad: “Ilumina, Señor, nuestras mentes” (Lun II), y también: “Ilumínanos, Señor, con la claridad de Cristo” (Mier II).

            Cristo es la Vida del mundo, la vida de los hombres; es Vida y resurrección. Él, ahora, resucitado, es “Espíritu que da vida” (1Co 15,45), nuevo Adán. La muerte ha sido destruida y Él lo vivifica todo. ¿Cómo no pedir su vida: “Autor de la vida, vivifícanos” (Mart II)? ¿Vida fuera de Cristo? ¿Vida sin Cristo, al margen de Cristo? ¡Poca vida sería realmente! Así nuestro deseo es vivir con Él, por Él y para Él; que su vida se nos dé, que Él lo sea todo: “Que el Señor Jesús sea nuestra vida” (Juev II). Él es el que ha vencido; victorioso y triunfante, ahora es Salvador del mundo: “Por tu victoria, sálvanos, Señor” (Lun III).

            El gran Don y regalo de Cristo resucitado es el Espíritu Santo con el que da vida a su Cuerpo que es la Iglesia; su Espíritu todo lo santifica, conduce a la Verdad completa, recuerda su Palabra, genera ministerios, carismas, dones y virtudes que enriquecen a la Iglesia. Dirige sabiamente las almas con sus siete dones y empuja a la Iglesia en su misión evangelizadora. ¡Pascua es el tiempo del Espíritu Santo!, y los mismos textos de la liturgia nos llevan a reconocer la acción y la presencia del Espíritu Santo.

            Es nuestra súplica: “Vivifícanos, Señor, con tu Espíritu Santo” (Vier II). La liturgia pascual es una preciosa fuente para la pneumatología, es decir, para el tratado sobre el Espíritu Santo. Lo hace de modo orante, suplicante. El Espíritu Santo “viene en ayuda de nuestra debilidad” (Rm 8,26); lo suplicamos porque sin Él nadie puede progresar en el bien ni en la virtud ni en la santidad: “Que tu Espíritu, Señor, venga en nuestra ayuda” (Dom VII). Es el Espíritu un Don inmerecido que, como en el Cenáculo apostólico, hemos de suplicar y prepararnos para su recepción: “Señor, danos tu Espíritu” (Lun VII), “Señor Jesucristo, danos tu Espíritu” (Mart VII), “Señor Jesús, santifícanos en el Espíritu” (Sab VII).

miércoles, 30 de abril de 2014

Cristo y la novedad

Cristo y la novedad... o más bien la novedad es el mismo Cristo. Cristo trae consigo toda novedad, y ésta no es el afán de novedades, cambios, noticias, sino la transformación más profunda que se puede realizar: comienza todo de nuevo, un nuevo inicio de esplendor, de vida y de gloria.

La vida que conocemos, limitada y llena de debilidades, queda asumida por la novedad de Cristo y se convierte en vida eterna.


El tiempo, que lo experimentamos en su fugacidad casi como un amenaza, se convierte en tiempo de salvación, de gracia y de comunicación de Dios, recibiendo un nuevo nombre: "eternidad".

El amor, que ahora lo experimentamos mezclado con nuestro éros sin purificar, con nuestra concupiscencia, se eleva a algo nuevo, la cáritas, un amor sobrenatural que dignifica y se sabe entregar.

El hombre, cada uno de nosotros, sometidos a la fragilidad del pecado y a la muerte, nace de nuevo con Cristo -por el agua y el Espíritu- a una existencia espiritual, llevada por el Espíritu Santo, con vocación de santidad.

La novedad es Cristo para el hombre.

sábado, 26 de abril de 2014

Perspectivas pascuales (Preces de Laudes de Pascua - I)



El santo tiempo pascual es el momento máximo de la vida de la Iglesia ya que es la celebración, el espacio gozosísimo, de la santa Resurrección del Señor, su Victoria, la obra de nuestra redención y su perspectiva escatológica.

Las preces de Laudes ejercerán una sana pedagogía ayudándonos a vivir la santa Pascua y consiguiendo que nos adentremos más en el Misterio, gozando de la Belleza y Gloria del Señor resucitado, el Eternamente Vivo. 

 1. Los encabezamientos


            Dios resucitó a su Hijo Jesús de entre los muertos y lo constituyó jefe y salvador; así resuena el anuncio apostólico (cf. Hch 5,31) y así vivimos la Pascua: “Invoquemos a Dios, Padre todopoderoso, que resucitó a Jesús, nuestro jefe y salvador” (Dom II). El Padre mismo recibe gloria, alabanza y honor por el hecho de la resurrección de su Hijo: “Oremos a Dios Padre todopoderoso, que ha sido glorificado en la muerte y resurrección de su Hijo” (Lun II).

            Por la Pascua, el Señor Resucitado ha destruido el pecado, se ha convertido en Fuente y Señor de la vida, y quiere comunicarla a los hombres, a su Cuerpo entero: “Oremos agradecidos a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, el Cordero inmaculado que quita el pecado del mundo y nos comunica su vida nueva” (Mart II).

            Realmente vivo y glorificado, se apareció a los apóstoles, se hizo ver a ellos y ellos son sus testigos: “Dirijámonos a Dios, que hizo ver a Jesús resucitado a los apóstoles” (Mierc II).

            Cristo resucitado es el primogénito de entre los muertos, el primero en la nueva creación, que resucitará en el último día a los que mueran unidos a Él. Esa es nuestra esperanza y nuestra confesión de fe: “Dios Padre, que quiso que Cristo fuera la primicia de la resurrección de los hombres” (Juev II). La acción trinitaria de la resurrección es recordada y confesada, con el trasfondo de una cita paulina (cf. Rm 8,11): “Dirijamos nuestra oración a Dios Padre, que por el Espíritu resucitó a Jesús de entre los muertos y vivificará también nuestros cuerpos mortales” (Vier II). Lo hará con quienes coman el pan de la vida con el que los resucitará el último día (cf. Jn 6,55): “Cristo, pan de vida, que en el último día resucitará a los que se alimentan con su palabra y con su cuerpo” (Sab III).

            La perspectiva escatológica no podía faltar; la santa Pascua de Jesús inaugura el tiempo pleno y definitivo, anticipándolo. En la Pascua, Cristo “nos ha manifestado la vida eterna” (Sab II). Él, resucitado de entre los muertos, en el último día, cuando vuelva glorioso, “nos resucitará” (cf. 2Co 4,14): “Cristo, autor de la vida, a quien Dios resucitó de entre los muertos, y que por su poder nos resucitará también a nosotros” (Dom III); pero ya, ahora, nos da vida nueva, vida eterna, vida feliz y bienaventurada: “Dios Padre… por la resurrección de Jesucristo nos ha dado vida nueva” (Vier III).

martes, 22 de abril de 2014

Creación, resurrección y fin de las cosas

Las realidades últimas, objetos de nuestra fe, han sufrido una tergiversación en su explicación y en su lenguaje; tal vez por una mentalidad que se ha dejado influir por gnosticismos varios y espiritualismos. Pero, en general, la vivencia cristiana y el lenguaje que usamos apenas parece cristiano: se habla de vida eterna tras la muerte como algo diferente ("algo tiene que haber"), pero se hace cuesta arriba comprender qué es la resurrección de Cristo, qué será la propia resurrección de la carne, qué es la parusía o venida en gloria del Señor. Incluso la misma antropología, la forma de valorar y mirar al hombre, tampoco acaba de ser cristiana, pues el cuerpo se sigue considerando como algo que se tiene (y se manipula y se usa) en lugar de ver que la persona tiene dos co-principios, cuerpo y alma, y por tanto no tenemos un cuerpo, sino que somos cuerpo animado por nuestra alma.

La fe cristiana requiere un lenguaje preciso que ayuda a comprender y vivir la fe. Vamos a recordarlo porque aquí se juega el centro del cristianismo, la verdad de la fe.

La resurrección de Jesucristo, que se hará extensible a todos al final de los tiempos, saca a la luz la verdad de la persona creada, cuerpo y alma. Sin esto, no entenderíamos jamás el alcance salvífico de la resurrección de Cristo y su valor de revelación para nuestro ser personal.

En la resurrección, hay una identidad corporal. Es este cuerpo nuestro el que resucita, glorioso y transformado. No otro cuerpo distinto, ni un espíritu humano, sino este mismo cuerpo.