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martes, 4 de diciembre de 2012

El leccionario de Adviento

Un tiempo litúrgico ofrece una espiritualidad, y marca sus constantes vitales y teológicas mediante dos formas:

1) fundamental, las lecturas bíblicas escogidas

2) el cuerpo de oraciones y prefacios.

En el tiempo de Adviento el leccionario es muy rico y variado, con una selección de lecturas que enriquece la comprensión del Misterio de Cristo y nos dispone a acoger al Señor.

La Ordenación del Leccionario de la Misa describe los criterios de selección de las lecturas:

a) Para los domingos:
"Las lecturas del Evangelio tienen una característica propia: se refieren a la venida del Señor al final de los tiempos (I domingo), a Juan Bautista (segundo y tercer domingos), a los acontecimientos que prepararon de cerca el nacimiento del Señor (IV domingo).

Las lecturas del Antiguo Testamento son profecías sobre el Mesías y el tiempo mesiánico, tomadas principalmente del libro de Isaías.

Las lecturas del Apóstol contienen exhortaciones y amonestaciones conformes a las diversas características de este tiempo" (OLM, 93).

domingo, 18 de noviembre de 2012

"Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo"




Así de contundente se mostraba S. Jerónimo: “ignorar las Escrituras, es ignorar a Cristo”, mostrando cómo a Cristo se le encuentra en las Escrituras santas, en la Palabra de Dios, en primer lugar, proclamada en asamblea litúrgica, pero en segundo lugar, en la lectura y oración personal. El cristiano acude diariamente a las Escrituras, las lee, las medita, las guarda en su corazón y las pone por obra.

    La Palabra es Cristo Jesús; es la Palabra, el Verbo, el que se hizo carne y acampó en medio de nosotros (cf. Jn 1,14), encarnándose por obra del Espíritu, en el corazón y en el seno virginal de Santa María (cf. Lc 1,26-39). Del mismo modo hoy, a cada cristiano, le acontece lo mismo: la Palabra, por obra del Espíritu se encarna en su corazón engendrando a Cristo en el alma del cristiano para que “lo dé a luz al mundo”, para que con su vida testifique la Palabra, la ponga por obra. ¡Por eso es tan necesaria al cristiano la Palabra! No desoigamos la voz del Señor: “Escrutad las Escrituras” (Jn 5,39), esto es, investigadlas, leedlas, penetrad en ella, haced una lectura con el corazón. El cristiano descubre el valor de la Palabra, comienza a amarla, es la perla escondida y, para encontrarla, se dedica a excavar y remover la tierra, la tierra que estorba y oculta, como son el pecado, las distracciones, la falta de tiempo, quedarse en la letra y no en el Espíritu de las Escrituras. ¡Ellas dan la vida!

    El salmo 32 (33) canta la gloria y la potencia de esta Palabra que es creadora puesto que creó el universo, el orden, la belleza y la armonía y hoy sigue siendo creadora ante el creyente que humilde y silencioso oye la Palabra, y deja que en su interior, cree un orden nuevo, un corazón nuevo, renueve su mente, cambie sus sentimientos, sea una criatura nueva. 

¿Qué dice el salmo? “La palabra del Señor es sincera y todas sus acciones son leales; él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra. La palabra del Señor hizo el cielo, el aliento de su boca, sus ejércitos...”. ¿No recuerda al prólogo de san Juan que dice que “por medio de la Palabra se hizo todo” (Jn 1,3)? ¡La Palabra es Jesucristo! Y al leer esta Palabra se oye la voz del mismo Cristo que habla a cada cristiano al corazón, le regala una Palabra de vida y salvación, porque esta Palabra es viva, eficaz, vuela desde el corazón de Dios a tu corazón, como canta otro salmo (147): “Él envía su mensaje a la tierra y su palabra corre veloz; manda la nieve como lana, esparce la escarcha como ceniza”

Reza -o canta- estos dos salmos, y descubre la fuerza, la santidad de las Escrituras. Ellas van a ser tu alimento en toda ocasión, en todo suceso, en todo tiempo, rechazando los ataques y embestidas del Maligno: 
“para rechazar al demonio recurre siempre Jesucristo a la Sagrada Escritura. Esta misma táctica nos llevará a nosotros a la victoria. De modo que si el enemigo te tienta, pongo un ejemplo, contra la fe, acuérdate del testimonio del Padre Eterno que llama a Jesucristo su Hijo muy amado... si te provoca a desconfianza, repítele las palabras de Jesucristo nadie es bueno sino sólo Dios... si trata de desalentarte con el recuerdo de tus culpas, de tus pecados, contéstale con la palabra del Salvador no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores; si te inspira pensamientos de orgullo o de ambición el que se ensalzare será humillado; si te incita a la venganza Bienaventurados los mansos... Ármate en cualquier circunstancia de la palabra del Verbo, que es un escudo contra el que vendrán a estrellarse y dar en el vacío todas las flechas del enemigo” (Dom Columba Marmión).

    

sábado, 21 de julio de 2012

Sugerencia para lectores (V) - al servicio del texto

Estás al servicio del texto

Antes de leer, fíjate en cómo es la estructura del texo;
localiza las expresiones o las palabras importantes.

Un texto viene a ser como un paisaje, es decir, forma un conjunto:
no lo disgregues, expresa su unidad, comunica su sentido poético.

Tú ves la puntuación del texto, pero quienes te escuchan no la ven:
esperan que seas tú quien les ayudes a entenderlo.


Un relato, un texto meditativo, un himno triunfal,
la oración de un salmo:
su tono es diferente, así como su estilo.
Tú solo te darás cuenta, si has interiorizado su contenido.
Lectura y salmo no son lo mismo:
o bien hay que cambiar de lector o bien hay que cambiar el tono.

Algunos "trucos" para leer bien

¡Cuidado con los soniquetes, como se les dice a menudo a los niños!
Procura cambiar el tono de tu voz lo justo, que sea casi rectilínea
("¡sin hacer teatro!").

Ante un inciso, ante un paréntesis:
cambia ligeramente la altura del tono para hacerlo notar.
No grites: ¡ar-ti-cu-la! No deletrees: ¡habla!

Acentúa ciertas palabras para darles más valor:
Bendito sea Dios!", "¡Ha resucitado el Señor!",
pero no en exceso, porque lo excesivo hace el efecto contrario...


domingo, 1 de julio de 2012

Sugerencia para lectores (IV) - Estás como servidor

Lo tomamos de CNPL (Francia), Proclamar la Palabra, CCS, Madrid 2010, pp. 55-56.

"Tu función es importante, pero no te inquietes:
empieza por hacerlo lo mejor posible;
lo demás irá viniendo poco a poco...

Estás al servicio de la Palabra de Dios

Para que la sagrada Escritura que lees,
se convierta para todos en Palabra de Dios,
es necesario que primero lo sea para ti:
tómate cinco minutos para prepararla y empaparte de ella;
realmente vale la pena.

Lo más importante de una palabra es quien la dice.
Tú lees, pero es Dios quien habla hoy por medio de tu voz;
que toda tu persona lo haga presentir.
Una palabra verdadera, cuando es acogida, suscita el diálogo:
lee pues, de manera que mueva a responder a Dios.

Estás al servicio de la asamblea

Tus hermanos se unen a la oración del sacerdote
hasta el momento del amén:
ora con ellos, no te desplaces hasta entonces.
Para que el libro de las Escrituras se transforme en Palabra,
ábrelo con decisión a la vista de todos, haz que "exista".
Mantente firme en pie; el cuerpo derecho sin rigidez;
las manos sobre el ambón,
así estarás más cómodo y todos lo estarán contigo.
Respira hondo, airea la Palabra:
facilitarás una escucha tranquila y orante.
Espera a que todos estén sentados, en silencio, atentos.
Sólo entonces, toma contacto con la asamblea
por la mirada y comienza:
lee el titulo / mira de nuevo a la asamblea / continúa.


domingo, 10 de junio de 2012

Sugerencia para lectores (III) - El micrófono

El micrófono para un lector puede ser un gran aliado o su gran enemigo si no sabe si situarse ni emplearlo.

Sé que la "catequesis" de hoy es sencilla... pero alguna vez hay que decir cosas tan básicas, tan mínimas, para tenerlas en cuenta.


* Hay que colocar el micrófono en dirección a la boca, de donde va a salir el sonido. Un lector atento debe tener cuidado en situarlo en dirección a su boca (sobre todo si es un micrófono unidireccional y no ambiental). Debe dirigirlo pero con cuidado de no provocar un ruido desagradable con el micrófono que predispone negativamente a todos; con suavidad.


* Fijarse en algo tan sencillo como que el micrófono esté encendido (un piloto rojo, o un interruptor que marque "On"). ¿Una tontería? Puede. Pero es difícil escuchar la lectura si está apagado y hay que ir y encender el micrófono dejando a los fieles sin escuchar la mitad de la lectura y nerviosos por saber qué pasa.


* Como norma general (depende luego de cada micrófono y cada equipo de megafonía), la distancia para hablar por un micrófono es de unos 20 ctms. Si se tiene soltura:

-zona de intimidad (2- 10 ctms.) con un texto muy suave, amable...

-zona de conversación (15-20 ctms.) para las narraciones, la inmensa mayoría de lecturas...

-zona de proclamación (25-35 ctms.) para un texto lírico, un profeta... que requiere entonación y fuerza.



No se debe improvisar estos aspectos. Queda por último la voz del propio lector: una voz apagada deberá acercarse, una voz fuerte alejarse un poco para que no quede estridente.

¿Lo recordaremos cuando vayamos a proclamar las lecturas?

domingo, 13 de mayo de 2012

Las celebraciones de la palabra (y V)

Cualquiera que conozca de verdad la liturgia, sabe que superando los aspectos meramente exteriores, incluso esteticistas, que tanto agrandan a algunos, la liturgia es por sí misma e incluye en sí misma mucha teología, mucha más sabiduría pastoral que la de los "pastoralistas modernos" y, por supuesto, honda espiritualidad.


Las visiones parciales se absolutizan fácilmente en detrimento de otras dimensiones. 

Quienes sólo ven la liturgia como un acto pastoral, la adaptarán según sus criterios y modas pastorales deseando hacerla "atractiva", un happening. Quienes sólo ven la liturgia como teología, se preocuparán exclusivamente de la materia y la forma, la correcta pronunciación de las palabras sacramentales. Quienes sólo ven la liturgia como rúbricas, terminan por valorar lo estético, lo solemne y barroco (número de velas y cirios, corte y confección de la casulla, bordados y encajes del mantel), sin preocuparse de una vivencia interior y fructuosa, ya que sólo ven un acto de suma belleza para los sentidos. Así se podría seguir en la medida en que se absolutizan visiones parciales.

Las celebraciones de la palabra de Dios que hemos ido explicando hasta ahora tienen su historia, su sentido, su utilidad pastoral y su modo concreto de celebrarlas (su ritual). Ese fue el contenido de catequesis anteriores. Pero quedarían incompletas si no añadiésemos su hondura espiritual, la dimensión espiritual inherente a toda liturgia.

En este caso, las celebraciones de la palabra de Dios tienen una impronta mariana, son un acto mariano en su esencia.

domingo, 6 de mayo de 2012

Las celebraciones de la palabra (IV)

Visto todo lo anterior, tal vez la pregunta sea: ¿cómo se hacen estas celebraciones? Y es que si son celebraciones litúrgicas, están regidas por la Iglesia, no por la creatividad de unos y otros, no por la improvisación de la buena voluntad.


Los diferentes libros litúrgicos leídos en conjunto, uno a la luz de otro, nos ofrecen el desarrollo celebrativo completo, con sus posibilidades para elegir.

Entramos entonces en el terreno estrictamente litúrgico, o sea, celebrativo.


Las celebraciones de la palabra de Dios encuentran su modelo celebrativo, su esquema y desarrollo, en la forma de la liturgia de la Palabra de la Misa. En distintos documentos y libros litúrgicos hallamos su descripción de manera que se evite la falsa creatividad y la improvisación.

La primera descripción es la que ofrece la Instrucción Inter Oecumenici:


“La estructura de esta celebración será semejante a la de la liturgia de la palabra en la misa: generalmente se leerán en lengua vernácula la epístola y el evangelio de la misa del día, anteponiendo e intercalando cantos, tomados preferentemente de los salmos. Si es diácono el que preside, pronunciará la homilía, y si no lo es, leerá la homilía que le haya señalado el Obispo o el párroco. La celebración terminará con la oración común o de los fieles y el Padrenuestro” (n. 37).
 
Más pormenorizada, y con valor normativo para todos, es la descripción del Caeremoniale episcoporum que detalla elementos que habitualmente no se hallan en otros libros litúrgicos, especialmente en lo que atañen a las rúbricas. Referente a las celebraciones de la palabra, ofrece la descripción siguiente:

domingo, 29 de abril de 2012

Las celebraciones de la palabra (III)

Ya sabemos de la antigüedad y del uso litúrgico de estas celebraciones de la palabra de Dios. Ahora, hoy, para nosotros, se proponen igualmente para especiales momentos según orienta la Iglesia: ferias de Adviento y Cuaresma, vigilias de fiestas, peregrinaciones, etc.


Conocemos, asimismo, su utilidad y beneficio espiritual en el catecumenado según el Ritual de la Iniciación cristiana de adultos, extensivas por tanto para otros procesos formativos de adultos, y las ventajas que contienen cuando se celebran con niños, educándolos en la escucha, el silencio, el canto y la liturgia misma, según el Directorio para las Misas con niños.

Pero hay más libros litúrgicos que señalan su utilidad y, sin ser exhaustivos ya que todo sacramento tiene realmente una celebración de la palabra, continuamos nuestro recorrido. Éste nos permitirá tener ideas exactas sobre las celebraciones de la palabra, pero también, según cada uno su ámbito y responsabilidad, enriquecer la vida litúrgica y catequética de su parroquia (o Monasterio o comunidad, etc.).

 

viernes, 20 de abril de 2012

Las celebraciones de la palabra (II)

Recientemente, sobre el sentido que tienen estas celebraciones de la Palabra de Dios, se pronunciaba el Papa Benedicto XVI en la exhortación "Verbum Domini", recogiendo lo tratado por los Padres sinodales y dándole su matiz y orientación.


Escribía el Santo Padre:

"65. Los Padres sinodales han exhortado a todos los pastores a promover momentos de celebración de la Palabra en las comunidades a ellos confiadas:[227] son ocasiones privilegiadas de encuentro con el Señor. Por eso, dicha práctica comportará grandes beneficios para los fieles, y se ha de considerar un elemento relevante de la pastoral litúrgica. Estas celebraciones adquieren una relevancia especial en la preparación de la Eucaristía dominical, de modo que los creyentes tengan la posibilidad de adentrarse más en la riqueza del Leccionario para orar y meditar la Sagrada Escritura, sobre todo en los tiempos litúrgicos más destacados, Adviento y Navidad, Cuaresma y Pascua. Además, se recomienda encarecidamente la celebración de la Palabra de Dios en aquellas comunidades en las que, por la escasez de sacerdotes, no es posible celebrar el sacrificio eucarístico en los días festivos de precepto. Teniendo en cuenta las indicaciones ya expuestas en la Exhortación apostólica postsinodal Sacramentum caritatis sobre las asambleas dominicales en ausencia de sacerdote, recomiendo que las autoridades competentes confeccionen directorios rituales, valorizando la experiencia de las Iglesias particulares. De este modo, se favorecerá en estos casos la celebración de la Palabra que alimente la fe de los creyentes, evitando, sin embargo, que ésta se confunda con las celebraciones eucarísticas; es más, «deberían ser ocasiones privilegiadas para pedir a Dios que mande sacerdotes santos según su corazón».

viernes, 13 de abril de 2012

Las celebraciones de la palabra (I)

La liturgia de la Iglesia es riquísima, muy variada, con una excepcional variedad que se acomoda a distintas circunstancias, personas, momentos de vida cristiana. Los libros litúrgicos ofrecen celebraciones diversas. Pero muchos de sus libros y muchas de sus posibilidades se desconocen y normalmente todo se suple con la celebración de la Misa, la Misa para todo, empobreciéndose en mucho la vida litúrgica.


Por ejemplo, un quinario, un encuentro de niños, una reunión o asamblea "de zona", el envío de catequistas o de unos peregrinos, la inauguración de curso, la bendición de una imagen, una celebración cuaresmal en un colegio, etc, etc. Todo se reduce a celebrar la Misa cuando, tal vez, ni se dan las condiciones para ello, ni quizás sea el momento oportuno o los asistentes ni siquiera están bien preparados para la celebración eucarística y otros mil factores que razonablemente inducen a no multiplicar las misas sin más. 

En muchos de esos casos se podría realizar la oración de una parte de la Liturgia de las Horas (Hora Intermedia o Vísperas solemnes), o las celebraciones del Bendicional para niños, envío de catequistas, peregrinos, bendición de enfermos, etc., o la adoración eucarística según su ritual, con lecturas, preces, silencio contemplativo... o, finalmente, una buena y bien preparada celebración de la Palabra de Dios.

jueves, 12 de abril de 2012

¿Qué leemos en Pascua?

Claro está que no me refiero a la pila de libros, al lado del sillón o del sofá, pendientes de ser devorados por un ánimo de mayor conocimiento; tampoco me refiero a los libros piadosos o espirituales que pueden ser una ayuda para la meditación personal; ni siquiera es una alusión a los periódicos impresos o digitales a los que acudimos tanto para informarnos como para leer artículos de opinión. 


¿Qué leemos en Pascua? Es decir, ¿qué lee la Iglesia en Pascua en sus celebraciones santísimas?


Lee el Nuevo Testamento.

¿Eso resulta llamativo? Sí. Es que sólo lee el Nuevo Testamento.

El Antiguo Testamento ha pasado y la Iglesia subraya la novedad del Señor resucitado y el cumplimiento de las profecías y figuras de Israel leyendo de manera exclusiva en su liturgia el Nuevo Testamento. Ser consciente de ello nos ayudará a entender la fuerza de la Palabra de Dios durante el tiempo pascual.

martes, 20 de marzo de 2012

De ahora en adelante (Cuaresma)

Respondo hoy a una petición que formulasteis hace unas semanas, cuando exponiendo la idea central de la Palabra de cada día de Cuaresma (I-III semanas), por su carácter de catequesis, queríais lo mismo para las semanas siguientes.


Con la IV semana de Cuaresma, la Misa cotidiana toma un giro en el Leccionario. Ahora el Evangelio va a ser del apóstol San Juan, leyendo de forma semicontinua los capítulos 5-9, donde se va viendo el desenlace de la vida de Cristo, sus signos y la tensión en aumento con la incredulidad de los judíos. Se acerca el fin, la Gloria del Señor que se manifestará en la Cruz.

El ánimo del oyente de la Palabra, más que incidir en temas de catequesis cuaresmales, debe enfocarse a una suave contemplación del Misterio mismo del Señor que camina hacia su glorificación. 

domingo, 4 de marzo de 2012

2º Domingo, la Transfiguración del Señor

El contexto litúrgico da la clave de interpretación de la Palabra proclamada.

O sea, no es lo mismo la Fiesta de la Transfiguración del Señor el día 6 de agosto, que el 2º domingo de Cuaresma y, sin embargos, en ambos días se proclama el evangelio de la Transfiguración.

El 6 de agosto es una celebración en la que destaca la divinidad de Jesús que se muestra a los suyos y ofrece la posibilidad de la divinización a los que viven en Cristo.

El 2º domingo de Cuaresma, al leer la Transfiguración del Señor, se quiere subrayar cuál es la meta de la Cuaresma: llegar a la Pascua donde veremos la gloria del Señor resucitado, pero que, para ello, antes hay que ir a Jerusalén, sufrir la pasión, pasar del Tabor al Gólgota.

Son distintos enfoques o claves de interpretación del mismo evangelio según se proclame un día u otro de la santa liturgia.

Los mismos prefacios apuntan a esa perspectiva.

El prefacio de la Fiesta de la Transfiguración canta:

 Cristo nuestro Señor reveló su gloria ante los testigos que él escogió; y revistió con máximo esplendor su cuerpo, en todo semejante al nuestro, para quitar el corazón de sus discípulos del escándalo de la cruz y anunciar que toda la Iglesia, su cuerpo, habría de participar de la gloria que tan admirablemente resplandecía en Cristo, su cabeza.

martes, 28 de febrero de 2012

La Palabra en la Cuaresma

"No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios". Así hemos de vivir la Cuaresma, porque así la ofrece la Iglesia. Es tiempo de ayuno y abstinencia de carne, y nuestro alimento se convierte en la Palabra de Dios y en la oración personal. Adelgazamos de pecados, para que engorde el alma con alimentos divinos.

El leccionario de Cuaresma nos puede ayudar mucho si captamos su dinámica interna tanto de las ferias de Cuaresma como de los domingos cuaresmales.

Primero leamos -siempre la enseñanza de la Iglesia- la Ordenación del Leccionario:

"a) Domingos 

97. Las lecturas del Evangelio están distribuidas de la siguiente manera: En los domingos primero y segundo se conservan las narraciones de las tentaciones y de la transfiguración del Señor, aunque leídas según los tres sinópticos. En los tres domingos siguientes se han recuperado, para el año A, los evangelios de la samaritana, del ciego de nacimiento y de la resurrección de Lázaro; estos evangelios, como son de gran importancia, en relación con la iniciación cristiana, pueden leerse también en los años B y C, sobre todo cuando hay catecúmenos.

Sin embargo, en los años B y C hay también otros textos, a saber: en el año B, unos textos de san Juan sobre la futura glorificación de Cristo por su cruz y resurreción; en el año C, unos textos de san Lucas sobre la conversión. 

jueves, 9 de febrero de 2012

Sugerencia para lectores (II) - Las pausas

Un lector tiene delante, en el leccionario, un texto escrito con unas indicaciones ortográficas que le dan la pauta para leer: preguntas, exclamaciones, ideas principales, apartados o secciones (mediante párrafos)... y el punto, el punto y coma, el punto final.



¿Para qué? Para respirar, para que la duración de la pausa le permita al oyente entender... Sigamos las sugerencias de un pequeño libro, CNPL (Francia), Proclamar la Palabra, CCS, Madrid 2010, pp. 30-31. En el aspecto práctico ofrece muy buenos consejos; en otros puntos, es discutible.

-El oyente no tiene el texto delante; serán los cortes y las pausas que haga el lector, por los que se enterará de esos pequeños elementos que son determinantes para comprender una lectura. Es la puntuación: coma, punto, punto y coma, punto final.

-El lector ha de tener en cuenta que el sonido va siempre más deprisa que el sentido. Si lee, es evidente que no es solamente para que el sonido llegue a los oyentes, sino para que el sentido penetre su inteligencia y alcance su corazón. Las pausas son una ayuda grande.

-Pero para ello el lector debe preparar antes la lectura, teniendo en cuenta dónde están esas pausas y no leer atropelladamente, restándole sentido a la Comunicación divina de la Palabra.

miércoles, 18 de enero de 2012

Sugerencia para lectores (I)

No se preste, amigo, a confusión. No es un elenco bibliográfico o recomendación de libros al modo de una revista especializada.


Piense más bien, amable visitante, en la celebración litúrgica. Sí, la liturgia, uno de los polos de este blog que quiere ser mistagogia e introducción al misterio celebrado en la liturgia.

Sencillas sugerencias para el lector que sube al ambón -sin protagonismo, sin empujones para que otro no suba- y presta su voz a la revelación, al Espíritu que pronuncia esas Palabras de vida eterna.

Hay que saber leer para ser lector. ¿Una tautología? No, ¡qué va! Cuando por un intervencionismo en la liturgia (que confundimos con participación) hacemos leer a cualquiera, o nos fuerzan a que cualquiera lea -una boda, por ejemplo- hay un desastre comunicativo. La Palabra no resuena, extinguimos el Espíritu y el lector o lectora está allí... luciendo el modelito de ropa.

Yo, sarcástico cuando quiero, suelo decirle a estos lectores con una gran sonrisa:

"-¡Ah, el lector! Muy bien. ¿Sabes leer?

-Mmmmm.... Sí, claro, mire usted...

-Perdón. Quería decir... ¿Sabes leer en público? ¿Sabes leer para los demás, entonando, dándole sentido a las frases, pronunciando bien?

-Ahhhh... No sé..."

Y me pongo a ensayar cada palabra con el lector. A veces, con escaso resultado cuando sube al ambón.

Pues ofrezcamos sugerencias al lector.

sábado, 29 de octubre de 2011

Los santos son pura exégesis

La Palabra de Dios es riquísima, multifome misterio de la sabiduría de Dios, del inagotable Misterio.

Las Escrituras requieren su estudio o interpretación -se llama exégesis- que puede ser de múltiples formas, con diferentes métodos, desde distintos puntos de vista. Los biblistas y los teólogos bíblicos se dedican a ello. Y es bueno que así sea, porque la Palabra es un manantial que nunca se seca y cada generación debe beber de ella el Agua pura.

Pero... Pero hay una forma de exégesis sublime y no humana, sobrenatural y no científica, que es la exégesis viva. El Espíritu Santo realiza esa exégesis cuando hace surgir en la Iglesia un santo. Éste queda impactado por la Palabra de Dios, por alguna de sus Palabras, por un versículo especial, definitivo, que lo transforma, lo dirige, lo reorienta y da forma a su propia vida.

"Los santos son los verdaderos intérpretes de la Sagrada Escritura. El significado de una expresión resulta mucho más comprensible en aquellas personas que se han dejado ganar por ella y la han puesto en práctica en su vida. La interpretación de la Escritura no puede ser un asunto meramente académico ni se puede relegar a un ámbito exclusivamente histórico. Cada paso de la Escritura lleva en sí un potencial de futuro que se abre sólo cuando se viven y se sufren a fondo sus palabras" (Ratzinger-Benedicto XVI, Jesús de Nazaret..., p. 106).

Los santos son interpretación viva de los diferentes pasajes y versículos de la Escritura, pero una exégesis que la hace el Espíritu Santo grabando a fuego ese versículo en la existencia completa del santo. Éste ha penetrado en el abismo del Misterio y un solo versículo le ha abierto horizontes antes vedados, insospechados para él, y ha seguido ese camino en su vida. Nosotros hoy, al leer la vida de un santo con una mirada de fe, vemos cómo la Palabra de Dios es interpretada por la vida misma de un santo.

A cada uno, por así decir, le corresponde ser la traducción e interpretación de un versículo. San Francisco de Asís es la exégesis radical de "Dichosos los pobres en el espíritu..."; San Francisco Javier: "Id al mundo entero y proclamad el Evangelio"; san Juan Bosco: "El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí...", etc.

A nosotros, conocer la Palabra de Dios interpretada por la vida de un santo.


viernes, 14 de octubre de 2011

Respeto y cuidado del leccionario

Sabemos bien que: 

"La Iglesia honra con una misma veneración, aunque no con el mismo culto, la palabra de Dios y el misterio eucarístico, y quiere y sanciona que siempre y en todas partes se imite este proceder" (OLM 10).
Es por eso que no podemos olvidarnos de la Palabra de Cristo, ni tratar el leccionario como un libro cualquiera, mal encuadernado, o con páginas sueltas o sucias de tantos años, que se deja en cualquier sitio y se trata de cualquier forma, sino con una veneración semejante al respeto que la Iglesia profesa al Cuerpo sacramental del Señor.

    Por su categoría de signo, el leccionario tiene un especial valor y tratamiento, que se puede concretar en:

        1. Usar el leccionario en la liturgia, no una Biblia o folletos o fotocopias. La liturgia tiene también una estética y una Biblia o unas fotocopias  no tienen la misma dignidad y belleza que un leccionario para la celebración litúrgica. Si hubiera que usarlas (algo realmente excepcional, desde luego), al menos insertarlas en un leccionario.

        2. Una buena encuadernación. Las hojas limpias, sin doblar. La portada bien encuadernada, no rota, etc., etc., por ser signo de la Presencia de Cristo.

        3. El trato al leccionario. Su lugar es el ambón, y, fuera de la celebración litúrgica, algún sitio o armario reservado exclusivamente a los leccionarios, casi como "un sagrario de la Palabra". En la celebración litúrgica, el leccionario no se puede poner encima de una silla o en un rincón en el suelo, tras la liturgia de la Palabra, o guardarlo después del Evangelio en esos ambones-armarios horrorosos. Más bien, por ejemplo, después de la lectura del Evangelio, el presidente, sentado en la sede, con el leccionario en la mano, hace la homilía y, tras el silencio de la homilía, el acólito o el mismo presidente devuelve, con dignidad, el leccionario al ambón y lo deja abierto...

        4. Tener todos los leccionarios. A lo mejor todos no se usan (aunque sería extraño), pero todos hay que tenerlos. Bien encuadernados, limpios y cuidados, dispuestos para las celebraciones litúrgicas y para otras celebraciones que no sean litúrgicas.

        5. La traducción "oficial" es la del leccionario. No se pueden usar Biblias en la liturgia. Y no se puede hacer por el signo, por la traducción que puede ser más enrevesada que en un leccionario, porque le falta el comienzo de la lectura (¡y a veces se olvida hacerlo!). Si hay que escoger una lectura concreta para una celebración, se busca la cita bíblica en el índice bíblico que tiene el leccionario al final, y se escogen las lecturas, pero no hay porqué usar biblias en la celebración.

Nos ilumina en ello la Ordenación del Leccionario de la Misa al decir:
 "Los leccionarios que se utilizan en la celebración, por la dignidad que exige la palabra de Dios, no deben ser substituidos por otros subsidios de orden pastoral, por ejemplo, las hojas que se hacen para que los fieles preparen las lecturas o para su meditación personal" (OLM 37).

viernes, 30 de septiembre de 2011

El leccionario y su valor de signo

El leccionario es un libro importante dentro de la liturgia, que tiene incluso un sitio propio dentro de la celebración: es el ambón, como si fuera un sagrario para la Palabra.

    El leccionario es la Palabra de Dios puesta por escrito y organizada por la Iglesia para su lectura en la celebración litúrgica. La Iglesia, servidora y depositaria de las Escrituras, abre el Misterio de la Palabra de Dios a sus hijos en cada acción litúrgica.

    Entonces, pues, el leccionario no es un libro cualquiera, como puede ser un Ritual o un libro de cantos o una hoja de moniciones o... sino que es un libro-signo, que, de cara a la asamblea, recuerda que la Palabra de Dios se hace presente en medio de la Iglesia, iluminando, penetrando, fecundando, dando vigor a la Iglesia, y que este hacerse presente en medio de la asamblea la Palabra no es otra cosa sino la presencia del mismo Cristo pues "Cristo está presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura es él quien habla" (SC 7).

    Es un libro-signo de la presencia de Cristo hoy en su Palabra dirigida a la Iglesia como Palabra viva. Es signo, así mismo, de que Dios continúa salvando, actuando, revelándose a su Iglesia por la Palabra y que esta Palabra cobra una fuerza especial, nueva y distinta, cuando en la liturgia se lee la Escritura.
Los libros que contienen las lecturas de la palabra de Dios, así como los ministros, las actitudes, los lugares y demás cosas, suscitan en los oyentes el recuerdo de la presencia de Dios que habla a su pueblo. Hay que procurar, pues, que también los libros, que son en la acción litúrgica signos y símbolos de las cosas celestiales, sean realmente dignos, decorosos y bellos (OLM 35).
    De tal forma que, acabada la liturgia de la Palabra, el leccionario no se cierra nunca, sino que se deja abierto sobre el ambón, con respeto, recordando a la asamblea la Palabra proclamada y la presencia eficaz de Cristo.

    

martes, 13 de septiembre de 2011

El leccionario (origen y evolución)

El libro-signo de la presencia de la Palabra de Dios en la liturgia es el Leccionario, recuperado como libro litúrgico propio por la reforma litúrgica ordenada por el Vaticano II. La Biblia no es el leccionario, porque éste implica orden y selección de las perícopas según determinados criterios.

    El actual leccionario del Rito Romano, muy estudiado y sometido a crítica y revisión, es uno de los mejores de toda la historia de la liturgia, por su riqueza y variedad, siguiendo el mandato de la reforma litúrgica: "Ábranse con mayor amplitud los tesoros de la Biblia" (SC 51).

    Siempre en las celebraciones litúrgicas, desde los tiempos apostólicos, se ha leído la Sagrada Escritura, a la que, poco a poco, se le iban incorporando los escritos cristianos, las memorias de los apóstoles, las cartas, los evangelios que se iban componiendo.

    Al principio, el lector utilizaba el volumen entero de la Biblia y la perícopa -por lo menos su final- era indicada por el celebrante. A medida que se van fijando los usos, aparecen manuscritos que indican en el margen el principio y el final de las perícopas; luego aparecen los índices de perícopas (llamados capitularia) y, finalmente, libros que presentan los extractos bíblicos en el mismo orden de su utilización litúrgica: los Leccionarios y los Evangeliarios.

    Normalmente, se hacía una lectura continua de algún libro bíblico, señalando sólo el principio y el final, para retomarlo en la siguiente celebración litúrgica. Cuando empieza a constituirse el año litúrgico y sus diversas fiestas, la lectio continua queda interrumpida, en ciertos días, por la selección de pasajes adaptados a la fiesta celebrada, como, por ejemplo, ocurría en la Semana Santa y la Pascua, que se escogían las lecturas que iluminaban el Misterio que se celebraba, ya en el s. III-IV.