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miércoles, 20 de marzo de 2013

Perdónanos... como nosotros perdonamos (IX)

Como vamos viendo -e interiorizando- la petición sobre el perdón suscita en san Agustín el comentario más amplio y extenso, comparado con las restantes peticiones.

De por sí, esto es un dato relevante. Aquí se juega el sentido mismo de la redención, que es el perdón de los pecados, y de la fraternidad eclesial, edificada sobre el perdón mutuo.


La amplitud, el relieve y el contenido mismo de la catequesis sobre el perdón en el Padrenuestro debían, sin duda, impactar a los "competentes", a los catecúmenos elegidos para el Bautismo, así como a los fieles que asistían a estas instrucciones catequéticas que cada año imprimían la doctrina de nuevo en sus almas.

"n. 15. Aún decís: "¿Quién puede hacerlo? ¿Quién lo ha hecho?" Hágalo Dios en vuestros corazones. También yo sé que son pocos quienes lo hacen, que son grandes quienes lo hacen; que lo hacen los espirituales. ¿Acaso son tales todos los fieles que en la Iglesia se acercan al altar a recibir el cuerpo y la sangre del Señor? ¿Lo son todos? Y, sin embargo, todos dicen: Perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.

sábado, 16 de marzo de 2013

Perdónanos... (VIII)

Cada día hemos de pedir perdón a Dios, cada día hemos de ser perdonados por Él y cada día habremos de perdonar lo que nos hagan a nosotros.

Esta petición del perdón introducida en la Oración dominical revela la propia realidad de nuestro ser humano, caído y pecador, con la concupiscencia por dentro que nos arrastra al mal (ya sea un pequeño mal, ya sean grandes males y pecados). Y porque somos así, pero redimidos, habremos de recurrir a Dios misericordioso con la humilde petición del perdón y la esperanza de su Gracia.


Ahora bien, Dios quiere perdonarnos si antes somos capaces de vivir el dinamismo del perdón, otorgándolo a los demás, sin guardar ira ni rencor, ni albergar venganza, ni dejarnos consumir por el resentimiento o alegrarnos por el mal ajeno.

"n. 13. Digamos, pues, cada día: Perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; digámoslo con corazón sincero y hagamos lo que decimos. Es una promesa que hacemos a Dios; un pacto y un convenio. El Señor tu Dios te dice: "Perdona y te perdono. ¿No has perdonado? Eres tú quien fallas contra ti mismo, no yo". Así es, amadísimos hijos míos; porque sé lo que os conviene de esta oración del Señor, sobre todo de esta petición: Perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores, escuchadme. Vais a ser bautizados; perdonad a todos. Perdone cada cual de corazón lo que tenga en su interior contra quienquiera que sea. 

miércoles, 13 de marzo de 2013

Perdónanos (VII)

El criterio máximo de verificación para saber si el Evangelio lo hemos interiorizado suficientemente, es siempre la capacidad de perdonar y el perdón ofrecido.

El perdón es la nota distintiva y casi última de todo el Evangelio; quien perdona, es que vive el Evangelio y lo entiende, quien no perdona, se ha quedado en la periferia del cristianismo.


Un perdón, lo sabemos, sin límites porque la caridad perdona sin límites, disculpa sin límites, aguanta sin límites. Un perdón, lo recordamos, hasta el extremo como el que Cristo dio a sus propios verdugos.

Pedimos el perdón a Dios porque perdonamos, pedimos el perdón a Dios porque antes hemos perdonado. Y si la Iglesia es signo e instrumento de la comunión con Dios y de la reconciliación entre sí, viviremos eclesiamente si potenciamos la capacidad de reconciliar perdonando generosamente y sin condiciones ni reservas mentales.

domingo, 10 de marzo de 2013

Danos hoy... (VI)

Múltiples sentidos, complementarios y enriquecedores, tiene la siguiente petición de la Oración dominical: "danos hoy nuestro pan de cada día". La Tradición se complacía en desglosar esta petición señalando la confianza en la Providencia para lo cotidiano, el pan material y también el pan espiritual, es decir, la Eucaristía. Tal cual suena: con esta petición suplicamos el Pan cotidiano, por eso la rezamos cerca de la comunión, en el rito de preparación, porque el Señor siempre nos da este Pan eucarístico como alimento de peregrinos (viático).


Dios, que es providente, cuida tanto del orden material de nuestra vida como del orden espiritual, sobrenatural. Nada nos va a faltar que sea realmente necesario. 

La oración dominical incluye todas y cada una de las necesidades del hombre en sus siete peticiones.

"n. 9. Nuestro pan de cada día dánosle hoy. Aquí aparece ya claro que oramos por nosotros. Es necesario explicar que oras por ti y no por Dios cuando dices: Santificado sea tu nombre. Es preciso exponerlo también cuando dices: Hágase tu voluntad, para que no pienses que deseas un bien a Dios y no que más bien oras por ti. También necesitas aclaración cuando pides: Venga tu reino, no vayas a pensar que deseas un bien a Dios, es decir, que reine.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Hágase tu voluntad... (V)

El cristiano, sostenido por la gracia y las virtudes teologales, es el hijo que conforma su vida y su voluntad a la voluntad del Padre. Hay aquí una inversión. Quien sólo siente una lejana trascendencia, impersonal, vive a Dios de manera tan lejana y casi supersticiosa, que pretende someter a Dios a su propia voluntad y capricho. El cristiano es quien adquiere tal docilidad por el Espíritu Santo que se abre a la voluntad de Dios, la busca, la ama, la procura realizar.


Esa vida teologal le sostiene incluso cuando la voluntad de Dios en la propia vida incluye la cruz -como a su propio Hijo- por un fin mayor y salvífico, con una fecundidad nueva y renovada. La vida cristiana participa de la obediencia del Hijo a la voluntad del Padre y de la forma mariana, la disponibilidad incondicional, que dice "Hágase en mí".

Cada día rezamos "hágase tu voluntad..." porque cada día hemos de reorientar el corazón, convertirlo, es decir, volverlo al Señor para que su voluntad, siempre buena, sea el norte orientador y no se desvíe ni a derecha ni a izquierda por las tendencias del corazón, la concupiscencia, el miedo.

El Padrenuestro es una catequesis diaria del corazón, una evangelización interior, hasta que podamos decirle al Padre que nos dejamos hacer, que nos sitúe donde quiera, que nos confíe lo que quiera y mande que vayamos al lugar que Él vea mejor. Es aquello de "dame lo que mandas y manda lo que quieras"; sí, dame la gracia de poder realizarlo, y teniendo tu gracia, seguro que puedo realizar lo que sea, todo lo que ordenes. Envíame.

sábado, 2 de marzo de 2013

Venga a nosotros tu Reino (IV)

Imponente súplica, "venga a nosotros tu reino", de quienes aguardamos la salvación y la gloriosa venida de Jesucristo al final de los tiempos; petición cargada de sentido escatológico y esperanza sobrenatural; súplica de quien sabe que se necesita la salvación y el Reino porque vienen de Dios y no se identifican ni se confunden con ninguna realidad terrena ni ningún orden social o económico.


Clamamos desde la tierra "venga a nosotros tu Reino", igual que clamamos tantas veces "Maraná thá", "Ven, Señor Jesús", y estamos expectantes, como vírgenes prudentes con las lámparas encendidas y aceite en la reserva aguardando a que venga el Esposo.

Si pedimos que "venga" es que no procede de nosotros, sino de Dios, y por tanto es un Don, que cada día deseamos más y nuestro corazón crece más para poder acoger el Don. Todo es Don, nada logramos por nuestra parte y nuestros esfuerzos.

Decimos, pues, "venga a nosotros tu reino".

miércoles, 27 de febrero de 2013

Padre... santificado sea tu nombre... (III)

La oración del Señor es precioso documento con el cual Cristo, el Hijo eterno de Dios, nos enseña a nosotros, hijos por adopción, cómo tratar al Padre y qué pedir de verdad, las peticiones fundamentales que son un filtro, un crisol, de todas las peticiones personales que podamos hacer.


Sólo estando bautizados somos "hijos", regenerados en Cristo, con el Espíritu Santo que nos hace hijos y nos permite orar.

"n. 5. Vosotros, pues, decid: Padre nuestro que está en los cielos. 

De lo que se deduce, como veis, que comenzasteis a tener a Dios por padre. Pero le tendréis cuando hayáis nacido (por el bautismo).

Ahora, aunque no habéis nacido, habéis sido ya concebidos de su estirpe, como en la matriz de la Iglesia que os alumbrará en la fuente. 

viernes, 22 de febrero de 2013

Introducción al Padrenuestro (II)

Nuestra catequesis cuaresmal nos lleva a seguir profundizando en el sentido e importancia del Padrenuestro, en su contenido místico y también, en general, cómo la vida de oración es algo propio e irrenunciable en la vida de todo bautizado.


Sí, así es. Por el bautismo somos un pueblo sacerdotal, hemos sido todos configurados con el sacerdocio común o bautismal, y este sacerdocio pide que ofrezcamos el culto agradable a Dios con la santidad de vida y la oración. Todo cristiano, fruto del dinamismo sacramental, es un orante, un contemplativo en el mundo, lleno de Dios y en contacto con Dios, modelando las realidades temporales con espíritu sobrenatural.

Ser iniciados en la oración no es algo reservado a un club de comprometidos y laicos especializados, sino que ser iniciados en la oración forma parte del bagaje normal de la vida cristiana.

martes, 19 de febrero de 2013

Introducción al Padrenuestro (I)

En el tiempo de Cuaresma, ya sobre la quinta semana, a los catecúmenos que ya eran "elegidos" y que iban a ser bautizados en la próxima Vigilia pascual, se les entregaba en un rito litúrgico primero el Credo, y a las dos semanas, el Padrenuestro, la Oración dominical.

Esto era ocasión para que el Obispo -o el catequista- impartiese unas catequesis tanto a los "elegidos" como a los fieles sobre cada uno de los documentos de nuestra fe.


Como la Cuaresma es tiempo bautismal porque mira a la Pascua, vamos a situarnos junto a los catecúmenos y recibir la catequesis sobre la Oración dominical.

Prestemos atención a las palabras de San Agustín, interioricemos cuanto él diga, apliquemos sus enseñanzas viviendo conforme a ellas.

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"n. 1. Para mostrar que, antes de que llegasen, fueron predichos por los profetas estos tiempos en que habían de creer en Dios todos los pueblos, el bienaventurado Apóstol adujo este testimonio de la Escritura: Y sucederá que todo el que invocare el nombre del Señor será salvo

viernes, 15 de abril de 2011

Catequesis: "Padre nuestro" (IX)

"Y líbranos del mal".

“Y líbranos del mal”, que quiere decir, líbranos del Maligno, del demonio. El Maligno es el príncipe y padre de la mentira (Jn 8,44), miente, engaña, se opone a Cristo, lo rechaza porque Jesucristo es la Verdad; quiere separarnos (diablo, en griego, es separar) del Amor de Dios; nos engaña diciéndonos que Dios no nos ama, que cómo permite tales cosas en tu vida... Mentiras tras mentiras, engaños, para que dudes de Dios, para que murmures y reniegues de Jesucristo. ¡No te lo creas! La Virgen María, creyó, incluso en la oscuridad de la fe; por el Amor de Dios en su vida, rechazó toda tentación, el Maligno no pudo tocarla.

    “Aleja las insidias del enemigo” dice la liturgia. Aleja de nosotros tanto engaño, tanta falsedad, del Maligno, que es el Soberbio, el que quiso ser como Dios y envidió al hombre, la criatura más amada por Dios Creador. El demonio es un ángel, pero un ángel que se rebeló contra Dios, lleno de odio y de muerte, y quiere llevarnos a la muerte, meter el odio en nuestro corazón. No lo vemos, incluso muchos no creen que exista el Maligno, pero está ahí, en el mundo, sembrando odios, rencillas, discordias, guerras, desánimos, desconfianzas, envidias...

  
 “Este capítulo sobre el demonio y sobre el influjo que puede ejercer lo mismo en cada persona que en comunidades y sociedades enteras, o en los acontecimientos, sería un capítulo muy importante de la doctrina católica que habría que estudiar de nuevo, mientras hoy se estudia poco. Algunos piensan que van a encontrar en los estudios psicoanalíticos y psiquiátricos o en experiencias espiritísticas, hoy por desgracia tan difundidas en algunos países, una compensación suficiente. Se teme recaer en viejas teorías maniqueas, o en terribles divagaciones fantásticas o supersticiosas. Hoy se prefiere mostrarse fuertes y sin prejuicios, adoptar una actitud positivista, aunque después se den crédito a tantas gratuitas ideas supersticiosas, mágicas o populares, o, aún peor, se abra la propia alma -¡la propia alma bautizada, visitada tantas veces por la presencia eucarística y habitada por el Espíritu Santo!- a las experiencias licenciosas de los sentidos, a aquellas deletéreas de los estupefacientes o también a las seducciones Ideológicas de los errores de moda, fisuras éstas a través de las cuales el maligno puede fácilmente penetrar y alterar la mentalidad humana.
No es que todo pecado se deba directamente a la acción diabólica; (cf. S. Th. 1,104,3) pero sin embargo, es cierto que quien no vigila sobre sí mismo con cierto rigor moral (cf. Mt. 12,45; Et. 6,11), se expone al influjo del mysterium iniquitatis al que Pablo se refiere (2Tes 2,3-12) y que hace problemática la posibilidad de nuestra salvación...

martes, 12 de abril de 2011

Catequesis: "Padre nuestro" (VIII)

1. “No nos dejes caer en la tentación”.  

La vida del cristiano es un combate, una lucha, y sólo los esforzados (que dice el Evangelio, Mt 11,12), los que se arriesguen, ganarán. Hay que correr hasta la meta para ganar la corona prometida. Por eso dirá S. Pablo: “un atleta se impone toda clase de privaciones” (1Cor 9,24), es decir, sabe cuál es su objetivo y su meta, y no le importa renunciar a muchas cosas con tal de estar preparado para la competición. Nosotros también: tenemos una meta, la vida eterna. Vale la pena imponernos muchas privaciones con tal de correr y llegar a la meta. Las tentaciones son todas aquellas cosas, pensamientos, deseos, que nos restan fuerza y pueden hacernos caer y salirnos de esta carrera, quedar descalificados.

    El cristiano vive su vida como combate: luchar contra aquello que resulte obstáculo para vivir la vida de los hijos de Dios. Somos tentados de muchas formas: en primer lugar nuestra carne, nuestra debilidad, nuestro ser herido por el pecado original; la comodidad es una tentación, la medianía, la tibieza, en entregarnos a la vida cristiana; también el egoísmo, que nos hace buscarnos a nosotros mismos, buscar nuestra propia gloria, nuestro protagonismo. El mundo nos tienta, diciendo que hay que creer en el Evangelio, pero “no ser exagerados”, “no hay que pasarse”; el demonio también, muy sutilmente, llevándonos a pereza, a desconfianza, a desesperarnos, a no creer en el amor de Dios y hacernos pensar que no tenemos remedio, que no podemos ser santos... ¡Son tantas las tentaciones! Y es verdad, bien entendido, que los tres enemigos del alma son: mundo, demonio y carne.

domingo, 10 de abril de 2011

Catequesis: "Padre nuestro" (VII)

1. “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. 

Cristo incluyó en la plegaria lo que es nuclear y propio del cristianismo: el perdón. El perdón demuestra un corazón grande, la riqueza de una persona, su libertad, los sentimientos nobles y puros. Pues bien, el primero en perdonarnos ha sido Dios nuestro Padre, nos ha reconciliado con Él. Dios ha dado su perdón al hombre “entregando a su único Hijo” (Jn 3), que nacerá por nosotros, que muere en la cruz por nuestros pecados y resucita abriéndonos las puertas del cielo. “Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y que viva” (cf. Ez 33,10). Al que reconoce su pecado, y se arrepiente y vuelve al Señor confesando sus pecados, Dios lo recibe y lo perdona.


    Recordemos que dice la Escritura: “Bautizaos y se os perdonarán los pecados” (cf. Hch 2,38): el Bautismo perdona los pecados;  en la Eucaristía suplicamos al iniciarla que “Dios tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados” y siempre el mismo Cristo, por boca del sacerdote, pronuncia las palabras sobre el cáliz diciendo: “Sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados”. Y  el mismo Cristo entrega a la Iglesia un sacramento para el perdón de los pecados, el sacramento de la Penitencia, de la Reconciliación, donde se da gratis el perdón y la misericordia a aquél que arrepentido confiesa sus pecados y el sacerdote, imponiendo las manos sobre la cabeza del penitente, le regalará el perdón de Dios.

    Todo es gracia y misericordia; todo es perdonado por Dios, si alguien vuelve a Él. Dios ES MISERICORDIA, y María es colaboradora en la obra de la Redención, intercede por nosotros, es refugio de pecadores.

    2. Si Dios ha perdonado tan generosamente al hombre, si Dios le ha perdonado, el modo de vivir y ser cristianos, es perdonar. ¿Quiénes somos nosotros para negar el perdón, y un perdón de corazón a aquél que nos ofende, o nos injuria, o nos traiciona, o nos rechaza? El perdón que un hermano ofrece a otro hermano brota de esa experiencia de la cruz y del perdón de Dios providente, Padre amoroso.

    “¿Cuántas veces?” Es la pregunta del corazón frío, calculador, egoísta. “¿Esto es obligatorio? ¿Cuándo sí y cuándo no?” El amor no pregunta esas cosas: siempre está disponible y receptivo; el perdón al otro no se mide ni se contabiliza: se otorga, se da, se regala, sin llevar cuentas de nada. Cuando uno vive en el perdón de Dios, ¿cómo puede negar ese perdón al hermano?

    Recordemos la enseñanza de Cristo sobre lo que es el núcleo de la moral evangélica, del vivir como cristianos; dice el Señor:

    “Habéis oído que se os dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pues yo os digo: no resistáis al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra; al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica déjale también el manto...
    Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos?” (Mt 5,38-46).

    

miércoles, 6 de abril de 2011

Catequesis: "Padre nuestro" (VI)

1. El Padrenuestro es una oración muy breve, y sin embargo, no olvida nada que afecte al hombre. El pan, lo que es necesario para nuestra vida material, está incluido. De Dios nos viene todo bien y por eso le pedimos sus bienes: tener con qué vestirnos y calzarnos, qué comer y dónde vivir... Dios, como Padre providente volcado en sus hijos, preocupado por ellos, que cuida de ellos. Así nos enseñó Cristo que nos abandonásemos a la Providencia de nuestro Padre:


    “Por eso os digo... No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento y el cuerpo que el vestido? Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta...” (Mt 6,25-26).
    ¿Qué nos aporta María para conocer mejor esta petición? Ella la rezó, una vez formulada por su Hijo, sin embargo, Ella vivió con el espíritu de esta petición desde siempre. Dijo “Sí”, “aquí está la esclava”, siempre disponible, renunciando a sus propios proyectos, a sus, a lo mejor, ilusiones. No se hizo planes. Aceptó y se encarnó el Verbo. Vivió con la sorpresa del Misterio día a día. Su fe se mostraba en un absoluto abandono a los planes de la Providencia, viviendo cada día según el Padre le diseñaba. Su parto fue en una cueva oscura en Belén, luego, viviendo de fe, huyó con su hijo a Egipto, luego se estableció en Nazaret, y no pasaba nada extraordinario, más tarde la predicación pública de Jesús, la pasión, la muerte, la espera del sábado santo, la Resurrección de su Hijo. En total abandono, sin discutir los planes de la Providencia. Vivió de lo que Dios en su vida le iba marcando. No lo entendía, pero se abandonaba en Dios y meditaba en su corazón.

    En esta petición,  suplicamos “danos hoy”, no acumular bienes; “danos hoy”, viviendo en la pobreza evangélica de estar en manos de Dios Padre, sin poner nuestro corazón en las riquezas, el dinero y los bienes de este mundo: “Atesorad tesoros en el cielo” (Mt 6,20). Vivamos al día con sencillez y confianza; del mañana, Dios se ocupará; los que somos hijos de Dios sabemos que “Dios proveerá” (Gn 22,8a), y “ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo” (Col 3,1): el dinero (lo que la Biblia llama la concupiscencia del mundo) nos esclaviza, la fe en el amor de Dios, por el contrario, nos hace libres. Es la tentación del Maligno a Jesús: “haz que estas piedras se conviertan en pan”. El pan de cada día, ganado con el sudor del trabajo de José; el pan necesario, viviendo una vida austera. Santa María, cotidianamente, experimentaba la providencia de Dios, el pan que el Padre le proporcionaba.

    2. Pero decir “danos hoy nuestro pan” va más allá. Es una profesión de fe, un acto de fe en Dios, Padre providente, y es también un situar el afán de tener y de poseer en el sitio justo: sólo lo que necesitamos “hoy”, “cada día”. Todo lo material lo ponemos en las manos amorosas de Dios que cuida de nosotros.

    Recordemos también otro pasaje evangélico: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo” (Jn 6,51). ¿Quién sino Cristo Jesús es el Pan vivo? “Yo soy el pan de la vida” (Jn 6,48). ¿Quién sino Cristo Jesús es nuestra vida, y transforma el pan en su Cuerpo glorificado? “Mi carne es verdadera comida” (Jn 6,55). ¿Quién sino Cristo Jesús se ofrece como verdadera comida, más que los alimentos que comemos en casa?

   

jueves, 31 de marzo de 2011

Catequesis: "Padre nuestro" (V)



    1. "Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”.
    Para nosotros esta petición es exigente (lo dejamos todo en manos de Dios, nos ponemos a disposición de Dios). ¿Qué es, entonces, lo que le decimos a Dios en el Padrenuestro? Diariamente reconocemos a Dios volcado en su amor sobre cada uno de nosotros, reconocemos su providencia y por tanto oramos sabiendo que su voluntad siempre es buena y es lo mejor para nosotros, aunque no lo entendamos de momento y estemos ciegos. Pero “sólo Dios basta” (Sta. Teresa de Jesús), “Él sabe lo que nos hace falta” (Mt 6,7). Decir “hágase tu voluntad” es un acto radical de fe que deposita nuestra vida en manos de Dios, sin murmurar de sus planes, sin murmurar de nuestra vida o de nuestra historia, sino poniéndolo todo, aunque no lo entendamos, en sus manos y a su disposición. Ésta es la actitud de los hijos con su padre, de los hijos de Dios con su Padre, Dios, porque de Dios sólo podemos esperar lo que es bueno y bello y auténtico para nuestras vidas.


    2. Cuando San Pablo tuvo la experiencia y el encuentro con Cristo Resucitado, camino de Damasco, su primera pregunta fue: “Señor, ¿qué quieres que haga?” (Hch 22,10). La actitud del verda-dero discípulo es ponerse a disposición del Señor como instrumento suyo, ofrecerse al Señor: “¿qué quieres que haga?”, ¿cuál es tu voluntad sobre mí? Ahí está el modelo perfecto de discípula cristiana que es la Virgen. ¿Qué pide Ella? ¿Qué condiciones le pone a Dios? ¿Cuál es su petición? Muy al contrario, su oración es entrega y disponibilidad: “hágase en mí según tu palabra”, “hágase lo que Tú quieras”. Señor, ¿qué quieres que haga?


    Nuestro catolicismo ha trastocado muchas veces el orden de las cosas, y nos hemos quedado muy en la superficie al vivirlo. Hemos entendido nuestra relación con Dios bastante mal. Como vivimos a Dios como muy lejano y muy severo, no como Padre, acudimos a la Virgen María y a los santos estableciendo negocios o intercambios: les pedimos cosas, necesidades, y a cambio hacemos “promesas” y temiendo extrañas consecuencias si no cumplimos aquella promesa, aquel negocio, con la Virgen o algún santo. Este tipo de religiosidad nada tiene que ver con la frescura evangélica y la novedad de la experiencia pascual de la Iglesia, ni de Pentecostés, y mucho menos, con la disponibilidad de la Virgen a la voluntad de Dios, Ella, que es para nosotros, maestra de vida espiritual.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Catequesis: "Padre nuestro" (IV)

1. La tercera petición es “Venga a nosotros tu reino”. Es una petición audaz y atrevida. La Iglesia mira al final de la historia, al tiempo último, y pide que Dios culmine ya la historia, que venga ya Cristo Jesús, Juez y Señor, que todo le sea ya sometido.

“Venga a nosotros tu reino”. Es la aclamación que en la Eucaristía hacemos normalmente tras la consagración: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!”, rezando lo que profesamos cada domingo en el Credo: “y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos y su reino no tendrá fin”. ¡Vendrá Cristo! ¡Se instaurará plenamente el reino de Dios! Suplicamos en el Padrenuestro que se abra ya, ahora mismo, el cielo, y venga Cristo en su segunda venida, estableciendo el reinado de Dios. Entonces Cristo aniquilará definitivamente la muerte poniéndola como estrado de sus pies (1Cor 15,25-26), y el pecado quede destrozado, y la creación se verá transformada y glorificada, y Cristo constituido plenamente como Señor y Cabeza de cielo y tierra. ¡¡Y todo será transformado!! Y cuando se manifieste, veremos la gloria de ser hijos de Dios, porque aún no sabemos lo que seremos, dice San Juan en su primera carta (3,2). “Venga a nosotros tu reino”. María, Virgen de la esperanza, alienta nuestro esperar el Reino; María, modelo de esperanza, nos enseña a colaborar activamente trabajando por la venida del Reino de su Hijo.

    2. Profesábamos al principio que Dios, “Padre nuestro”, está en los cielos: es Santo, nos trasciende, es el Absoluto; por eso, al que reconocemos que es Dios y que trasciende, pedimos que desde el cielo venga su reino, que el Señor entre en el mundo y en la historia con el poder de su gloria. Así, el “reino” que pedimos es presencia de Cristo en esta historia nuestra, en el tiempo y en el cosmos: es la meta escatológica, Dios será “todo en todos” (1Cor 15,28). Así es la escatología cristiana, los tiempos últimos, el fin de todo y su plenitud que Dios llevará a cabo. Será el Reino de la vida y la verdad, de justicia y de paz, de gracia, santidad y amor.

    Las realidades últimas ya han empezado con la Encarnación, la Muerte y Resurrección de Jesucristo. Cristo mismo es el Reino de Dios: “Si yo expulso los demonios con el dedo de Dios, es que el Reino de Dios está entre vosotros” (Lc 11,20). Por eso anuncia Jesús: “Convertíos porque está cerca el Reino de Dios” (Mc 1,15); para el Reino de Dios, el Evangelio nos educa, cambia nuestro corazón, nos “descomplica” y nos hace pequeños: “si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos...” (Mt 18,3).


jueves, 17 de marzo de 2011

Catequesis: "Padre nuestro" (III)

1. “Santificado sea tu nombre”

    La primera súplica dirigida al Padre celestial en la plegaria del Padrenuestro hace referencia a su nombre: se pide que sea santificado. El Nombre, en la Biblia, no es cómo se llama cada uno, su nombre y sus apellidos, sino que el Nombre en la Biblia es la Persona entera, lo que Ella es y su misión. Pidiendo al Padre que su Nombre sea santificado, le pedimos, en consecuencia, que Él mismo sea santificado. ¿Es que Dios no es Santo, el Tres Veces Santo? ¿A qué viene pedir que el que es Santo sea santificado? Significa más bien que Dios sea reconocido como Santo, que Dios sea reconocido y amado como Dios, que todos conozcan y reconozcan que Dios es Dios, el Dios Santo y Fiel, el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.

    Recordemos lo que dice el profeta Ezequiel: “Mostraré la santidad de mi nombre grande, profanado entre los gentiles, que vosotros habéis profanado en medio de ellos; y conocerán los gentiles que yo soy el Señor” (Ez 36,26).

Sí, oh Dios, muestra tu santidad, que todos te reconozcan, que todos los hombres te conozcan, te amen y se salven. ¡Muestra, oh Dios, tu santidad!
    
 

lunes, 14 de marzo de 2011

Catequesis: "Padre nuestro" (II)

“Padre nuestro, que estás en el cielo...”

    Jesús nos revela a Dios como Padre, Padre providente, Padre misericordioso, Padre atento a las súplicas de sus hijos, Padre que admite a sus hijos en la intimidad de su corazón, Padre que tiene entrañas maternas, entrañas de misericordia. ¡Dios es nuestro Padre! ¡Dios es tu Padre, está cercano a ti, te lleva en su corazón!

    El Espíritu Santo hace que nuestro corazón pueda decir “Padre nuestro”. En esta oración que nos entregó el Señor, Jesús nos pone la figura de Dios como la del padre de familia, el que organiza la vida familiar y provee a cada uno de cuanto necesita (cf. Mt 13,52) y nos lleva a la Mesa de los hijos, el altar, y nos da el Pan de los hijos, que es la Eucaristía. El cristiano, por tanto, llamando a Dios Padre, se siente unido a Él con el vínculo de la misma situación familiar y, además, se siente amado y comprendido hasta el fondo. Dios es verdaderamente tu “Padre que ve en lo escondido” (Mt 6,6), Dios, Padre cercano.

    “Padre nuestro que estás en el cielo”, así comienza la oración cristiana por excelencia. Es una invocación esta primera frase, la palabra más dulce que el cristiano puede pronunciar. Y al Padre le decimos “que estás en el cielo”, señalando su trascendencia; Dios, siendo nuestro Padre, nos trasciende, nos sobrepasa, no podemos abarcarlo, ni comprenderlo en su totalidad porque si así fuera ya no sería Dios. “Deus semper maior”, Dios siempre es mayor que lo que podamos pensar de Él, Dios es el pensamiento mayor que un hombre puede tener.

    Al señalar “que estás en el cielo” le reconocemos como el Padre omnipotente, misericordioso; lo adoramos, adoramos a nuestro Dios y Padre. Se evita así cualquier banalización, cualquier falsa imagen de Dios porque siempre corre el riesgo de poner en Dios las categorías de la experiencia limitada, de la paternidad terrena. Dios es un Padre celestial, omnipotente, infinitamente mejor que cualquier padre terreno.

  

sábado, 12 de marzo de 2011

Catequesis: "Padre nuestro"

En la Cuaresma el Padrenuestro es entregado a los catecúmenos, iniciados en él, para que comprendiendo su significado, lo puedan rezar junto con la Iglesia en la noche de su Bautismo, la santa Vigilia pascual, término de todo, meta que ya hemos de anhelar.

Durante 8 artículos, vamos a desglosar el sentido de cada petición como catequesis cuaresmal. Probablemente habrá que volver a estos artículos muchas veces.

    1. “Cuando oréis decid...” y comenzó Jesucristo a recitar el Padrenuestro; lo hacía a petición de sus propios discípulos: “Señor, enséñanos a orar”. Desde ese momento, la Iglesia ha guardado como un tesoro precioso la oración del Padrenuestro y lo ha entregado a sus hijos para que sea la oración de los bautizados, de los que han recibido el espíritu de adopción que hace exclamar: “Abba, Padre”. No es, pues, una oración más dentro de un conjunto de oraciones, es la oración más querida por la Iglesia porque la recibimos de los labios del mismo Maestro. “Cuando oréis decid...”

    Nos ocurre, a veces, que la rutina nos pierde: lo tenemos tan sabido, que lo recitamos corriendo y no nos damos cuenta de cada palabra que pronunciamos, ¡y eso no es rezar! Rezar es saborear y saber lo que decimos, “que la mente concuerde con nuestra voz” (S. Benito). Otras veces nos ocurre que lo rezamos en voz tan baja, sin entusiasmo, que casi ni se oye, cuando es una oración para rezarla siempre fuerte, alto y claro, toda la asamblea unida en una plegaria común que es un grito de alegría de los hijos de Dios: “¡Dios es nuestro Padre!”.  ¡Ojalá el Espíritu Santo nos haga sentir amor por esta oración, veneración por su letra, y sea el Espíritu Santo el que nos la haga recitar saboreándola, despacio, con voz fuerte y clara! Pidámoslo, que Él nos escuchará.

    2. La oración del Padrenuestro es “la síntesis de todo el evangelio” (Tertuliano) porque toda la enseñanza de Cristo y la obra de la redención se compendian en las siete breves intenciones del Padrenuestro; y si vamos profundizando en cada petición, descubriremos toda la riqueza del evangelio. Rezamos a Dios con las palabras de Dios, y el Espíritu Santo, que habita en nuestros corazones por el Bautismo y la Confirmación, pronuncia en nuestros labios el Padrenuestro. Recordad lo que dice San Pablo: “El Espíritu Santo gime en nosotros con gemidos inefables” (Rm 8). El Catecismo de la Iglesia Católica expresa este misterio tan hermoso de la oración cristiana, diciendo: