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martes, 22 de noviembre de 2016

La oración es la fuerza de la Iglesia

Despojándonos de miradas superficiales, de valoraciones mundanas, hallaremos la verdad de la Iglesia. No es una empresa, que requiera reuniones de planificación, balances y números cuantitativos; no es una asociación humanitarista, supliendo carencias estatales en enseñanza, sanidad, infraestructuras; la Iglesia es el Pueblo de Dios, por tanto, si su pertenencia está referida a Dios, la vida del Espíritu es determinante para ella, para responder a la verdad de su ser.

Sabemos que la vida de la Iglesia es ser sacramento y signo de salvación, instrumento de unidad de los hombres con Dios y entre ellos, dispensadora de la vida divina y la economía de la salvación, cuya dicha y felicidad es evangelizar, anunciar a Cristo. 

Sabemos que la Iglesia es un pueblo santo, un Cuerpo vivo cuya Cabeza es Cristo y cada cual un miembro vivo, existiendo una relación espiritual de comunicación entre todos, llamada Comunión de los santos. 

Sabemos que la Iglesia es peregrina en el mundo hasta la Jerusalén del cielo, entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios. 

Sabemos que en la Iglesia lo divino y lo humano van unidos, lo temporal y lo eterno, la gracia y la responsabilidad libre del hombre. Paradojas constantes, pero que no se oponen entre sí:


"Es característico de la Iglesia ser, a la vez, humana y divina, visible y dotada de elementos invisibles, entregada a la acción y dada a la contemplación, presente en el mundo y, sin embargo, peregrina; y todo esto de suerte que en ella lo humano esté ordenado y subordinado a lo divino, lo visible a lo invisible, la acción a la contemplación y lo presente a la ciudad futura que buscamos" (SC 2).

A nadie extrañará, pues, que la vida de la Iglesia se verifique por su oración y su calidad orante: el primado de todas las cosas lo tiene Dios, la primacía es la oración y la Gracia antes que el activismo, o la pastoral secularizada.

jueves, 10 de noviembre de 2016

Nadie reza solo (I)

La teología de la oración nos muestra el aspecto, más que comunitario, eclesial de toda oración. Lo comunitario sería la oración junto con otros, la misma oración, marcada por la liturgia; lo eclesial puede ser comunitario pero también puede ser personal, privado.

Nadie reza solo. 

Cuando un cristiano reza, toda la Iglesia está rezando en sus labios y en su corazón. No somos partes aisladas, sino un todo, un Cuerpo en el que todo se comunica porque es uno. En cada uno, delante de Dios, está "sintetizada", "compendiada", la Iglesia entera, la del cielo y la de la tierra.

No, nadie reza solo. 

La oración más secreta, más solitaria, es siempre oración eclesial, rodeada de la Iglesia entera. 

Una visita sosegada al Señor en el Sagrario, no es un acto privado o intimista, sino una oración eclesial, de toda la Iglesia, por una sola persona arrodillada. 

Las Laudes, por la mañana temprano, antes de empezar la jornada e incluso antes de que salga el sol, rezando a solas en la habitación o en la capilla, es oración de toda la Iglesia aun cuando la reza una persona sola. 

El cuarto de hora o la media hora de oración personal, es oración de toda la Iglesia que crece cuando un alma está creciendo en la oración. 

El rezo del Rosario, caminando, paseando, musitando las Avemarías y pensando en los misterios ya ofrecidos, es oración no privada, subjetiva, sino igualmente eclesial.

Así como Cristo murió en la cruz, "uno por todos", y existe una solidaridad sobrenatural donde Cristo está unido a todos sus hermanos, a la humanidad entera, así el orante ante Dios es una reproducción de ese "uno por todos". Nadie reza solo: estamos en el "uno por todos". Y eso se llama "comunión de los santos".

martes, 18 de octubre de 2016

El progreso espiritual (u orante)

Con el siguiente texto como catequesis para hoy, todos deberíamos cuestionarnos nuestro avance interior en la vida cristiana, confrontando lo que somos y hacemos hoy, el punto en el camino en que estamos, con aquello que estamos llamados a ser, la meta del camino trazada por Cristo.


La vida cristiana es un continuo avance, un camino, un progreso. Estancarse es perderse y morir; estar siempre igual sin avanzar es permitir que la oración se detenga, que pierda fuego y gracia.

Hemos pues de verificar el crecimiento del hombre nuevo, el hombre interior, en nosotros.


"Ahora se puede decir una palabra respeto al progreso espiritual. ¿Qué conviene entender por él? Poseemos los principios de una respuesta.

De entrada, el progreso espiritual está contenido en el misterio de Cristo y determinado por él. No es posible entonces, no solamente acercarse a Dios fuera de Cristo, sino sobre todo sobrepasar a Cristo para conocer a Dios en la verdadera libertad del Espíritu: quien rechaza o simplemente aparta de su vista al Jesús prepascual y a la institución eclesial, no conoce a Dios y no posee la libertad espiritual.

martes, 4 de octubre de 2016

Oramos dentro de la Comunión de los santos

El cristiano jamás ora solo, a título privado, casi con un corte intimista y subjetivo. Cuando un cristiano ora, la Iglesia entera está orando por sus labios y por su corazón. Incluso el eremita más alejado en un desierto, o el contemplativo en su celda a solas con el Solo, el bautizado que entra en su aposento y cierra la puerta, jamás es una oración privada.


Lo que somos lo somos como Iglesia, cuando oramos, oramos como Iglesia, y en la oración están todos incluidos, todos orando, todos beneficiándose de la oración personal de uno, aun cuando la soledad sea extrema. Y es que los lazos bautismales son más fuertes: nos han hecho parte de un Cuerpo, de un pueblo santo, y todo nos pertenece a todos.

Un cristiano ora, incluso estando solo, en la Comunión de los santos. Recordemos una cita de san Juan Crisóstomo:

“El Señor nos enseña –dice S. Juan Crisóstomo- a orar en común por todos nuestros hermanos. Porque Él no dice “Padre mío” que estás en el cielo, sino “Padre nuestro”, a fin de que nuestra oración sea de una sola alma para todo el Cuerpo de la Iglesia” (Hom. In Mat. 19,4). 

Cualquier catequesis sobre el Padrenuestro lo avala: nuestra oración se da en el seno de la Iglesia y en cuanto miembros de la Iglesia. Nuestra vida recibe luces, gracias, por vivir la Comunión de los santos, de la que siempre recibimos invisiblemente mucho, y a la que entregamos y aportamos lo que somos, hacemos, sufrimos, oramos, intercedemos.


"De aquel que reza, todos los santos son sus compañeros. Con él, todos oran; con él, incluso en el cielo, combaten, ya que interceden ante Dios y vigilan activamente a sus hermanos de la tierra. Por otra parte, como el director o el padre espiritual, atestiguan, delante de él, la obra de Cristo y la operación del Espíritu según su forma eclesial, tanto ofreciéndola en Cristo según sus carismas respectivos como ofreciéndola a Dios en la unanimidad, diciendo con una sola voz: "Santo, Santo, Santo". Nada impide pensar que este o aquel santo está particularmente unido a este o aquel fiel: el santo patrón, santo Domingo para este hermano predicador, aquel otro santo que amaría particularmente a aquel fiel, o el que este fiel escogería. Estas preferencias pueden ser interiores a una verdadera comunión.

jueves, 22 de septiembre de 2016

La oración en la vida, la vida en la oración

La oración, cuando es verdadera, incide en la vida con la fuerza del Espíritu Santo. Lo sabemos. Pero no incide al modo pelagiano, gracias a nuestros esfuerzos y propósitos extraídos a duras penas en cada rato de oración. Incide como cualquier relación personal modifica al amante, incide como los encuentros con Cristo fueron transformando a quienes se pusieron ante Él en conversación.

La oración jamás es un paréntesis de relajación en la vida, un aislamiento para olvidar, "desconectar" de todo, sino para que la vida sea una ofrenda, y se ore la vida misma pasándola ante el Señor para que Él la purifique, la ilumine, la discierna, la acepte.

Y la vida misma, con sus movimientos, su consolación y desolación, es un lenguaje interior delicadísimo del Espíritu Santo que hemos de saber interpretar y discernir. En cierto modo, aquello de "los signos de los tiempos", se aplica a lo que sentimos, pensamos, experimentamos, ya que son lenguajes divinos para conducirnos. Esto se llama, técnicamente, "mociones".

Veamos más extensamente esta teología de la oración en este punto concreto.

"En el camino que se dirige a Cristo y que es Cristo, el Espíritu mismo nos conduce. Así, una vez conocida la verdad de la oración, ya no hay otra regla en ella que la de dejarse conducir por el Espíritu. Lo que se traduce por dos consejos: en la oración, gustad las cosas de manera interior y permaneced allí donde halléis fruto. La oración no tiene por objetivo cumplir un programa fijado de antemano ni abarcar el máximo posible de materia. Aunque es bueno haber preparado la oración, haber previsto su contenido y su desarrollo (es lo que hace la liturgia con sus esquemas fijos), también conviene no preocuparse de nada más que lo que se contempla o considera, porque las cosas contempladas o consideradas se despliegan en el espíritu encarnado del hombre según lo que son y según lo que le convienen. De ahí el doble criterio del gusto y del fruto.

martes, 13 de septiembre de 2016

El Espíritu Santo en nuestra oración personal

Siendo Cristo el centro de todo, en quien todo se mantiene porque todo fue creado por él y para él, nuestro amor, profundamente cristocéntrico, es por eso mismo, pneumatológico.

Amamos al Espíritu Santo, nos dejamos llevar por el Espíritu Santo, colaboramos con la acción del Espíritu Santo, estamos atentos a los gemidos y movimientos interiores del Espíritu Santo en nosotros. 

El Espíritu Santo está y actúa; cosa distinta será el relieve que le demos, la sensibilidad que tengamos hacia Él. Pero la oración cristiana es posible porque es Él quien ora en nosotros. Añadiría que ser "espiritual", no es tener muchas devociones y ser piadositos, sino permitir la obra del Espíritu en nosotros, atentos a Él. Él tiene su propio lenguaje en nuestro interior, con consuelo y desconsuelo, sequedad y dulzura, luz y oscuridad purificadora, meditación o contemplación, alabanza o petición.

Es el Espíritu Santo quien nos permite confesar a Cristo en la oración, quien nos lleva a alabarle o adorarle, quien nos conduce para entender la Palabra revelada y sentirla dicha-para-mí aquí y ahora, quien nos educa para interceder por los demás y suplicar.

Esta catequesis pretende entonces ahondar en la acción del Espíritu Santo en nuestra oración; ya con estos términos vemos cómo es una relación personal entre el orante y el Espíritu: ahora seguiremos ahondando para ver qué y cómo actúa.

domingo, 4 de septiembre de 2016

La mediación eclesial para la oración

La oración cristiana posee sus características propias para que pueda llamarse realmente "cristiana". Su naturaleza viene dada por el Bautismo que nos constituye en templos del Espíritu Santo, hijos de Dios, miembros vivos de Cristo y de su Iglesia. Su movimiento, trinitario (por la fe, esperanza y caridad), desemboca en Dios-Trinidad.

La Iglesia es la mediación para nuestra oración, el lugar -la santa comunidad, la nación santa, el pueblo de su propiedad- donde oramos, sostenidos unos por otros, en nombre de todos y para el bien de todos.

Así considerada, la oración cristiana es muy distinta de una técnica de relajación, o de la llamada meditación trascendental de las filosofías orientales, tan en boga, que buscan el vacío. Ahí ya no hay Presencia, sino la Nada. El Yo queda desnudo y sin revestirse. En la oración cristiana sólo hay Presencia (la de Dios, la de Jesucristo amado), silencio, obediencia, amor y transformación en Él.

Lo específico de la oración cristiana debe ponerse de relieve y a nosotros nos toca conocerlo, integrarlo, vivirlo felizmente.

Comenzamos situando la oración cristiana no ante el vacío, la nada, la relajación o el sentimiento de serenidad, sino ante la Verdad. El que ora, se encuentra con la Verdad, y ésta no es otra que Cristo.


"No hay más que un maestro de oración: es el Espíritu Santo, el Espíritu que procede del Padre y del Hijo y así los une. Por él podemos decir la oración del Señor: "Abba, Padre" (Gal 4,2). Por él confesamos nuestra fe: "Jesús es el Señor" (1Co 12,4) y lo invocamos diciendo: "Señor Jesús". Este que al comienzo aleteaba sobre las aguas y que "dispone todo con suavidad", es también aquel por el que la potencia de la obra de la Redención fructifica en el mundo por la Iglesia: Espíritu de sabiduría.

Se sigue de ello la insuficiencia radical de todo método de oración. Cuando los discípulos piden al Maestro: "enséñanos a orar", Jesús no les ofrece un discurso del método, ora y los introduce en su oración. Es que él estaba movido por el Espíritu Santo, que le hace orar.

jueves, 25 de agosto de 2016

"Por Cristo, con Él...", teología de la oración (y 5)

La teología de la oración, que vamos leyendo según von Balthasar, desemboca, para ser teología de la oración cristiana, en la Trinidad.

Tal cual: nuestra oración es trinitaria, lleva la impronta de la Trinidad (por la fe, la esperanza y la caridad), el movimiento mismo de la Trinidad (al Padre por el Hijo en el Espíritu).

La oración cristiana no es una soledad con uno mismo, ni un aislamiento que busca el vacío y la nada. Eso ya no sería cristiano. Sino que es un movimiento de escucha y respuesta, de obediencia y adhesión, de diálogo en el silencio y de movimiento de toda la persona hacia Dios, movidos por Dios mismo, conducidos por Dios mismo.

La oración cristiana desemboca en la Trinidad y en ella halla el mejor modo de ser y de vivir, en relación a imagen de la relación de las Tres divinas Personas: el Amante, el Amado, el Amor; la Mens (inteligencia), la Notitia (comunicación) y el Amor, según san Agustín.

Con estas primeras pinceladas, podremos ahora intentar comprender las perspectivas y afirmaciones del autor y forjarnos todos una teología de la oración cristiana.

"c) La figura trinitaria de la oración cristiana

Hasta aquí hemos hablado mucho del Padre, del Hijo y del Espíritu, pero el secreto trinitario, centro y fundamento de todo, aún no ha aparecido. Sólo podemos aproximarnos a él en el respeto de la adoración. La teología ha forjado esta fórmula: una sustancia (concreta) en tres personas (o hipóstasis), un mismo ser, un mismo saber, un mismo querer espirituales, participado de tres formas diferentes.

martes, 16 de agosto de 2016

La relación del hombre con Dios

¿Puede el hombre relacionarse con Dios?

¿Eso es tan importante? 

¿No será más bien secundario? ¿No será antes prioritario la acción social, el compromiso, la ética, las obras... y luego, más adelante si acaso, relacionarse con Dios?

¿Será una alienación? ¿Tal vez un refugio? ¿Por qué debe el hombre relacionarse y tratar con Dios?


Estas son preguntas que provienen de una mentalidad totalmente secularizadora, que pone el acento y la primacía sólo en el hombre, como si éste lo pudiera lograr todo y Dios no fuera necesario ni tuviera nada que decir; es la mentalidad pelagiana, combatida por San Agustín, que confía ciegamente en la naturaleza buena del hombre y ve la gracia como un añadido posterior: el hombre se basta solo.

Pero si se conoce bien la naturaleza del hombre, se ve que nada colma su corazón, creado para lo infinito, capax Dei (capaz de Dios); nada colma el corazón creado del hombre, excepto Dios mismo. Está creado por Dios y para Dios, necesita a Dios y sólo por gracia y por fe, el hombre descubre a Dios, lo reconoce, lo abraza por amor y vive en comunión con Él. Ahí comienza a realizarse la plenitud humana. Lo otro se quedaba pequeño e insuficiente.

El hombre necesita la relación con Dios para ser él mismo. La vida interior, la oración, en el mejor sentido de la palabra, "humaniza". Ahora nos queda por ver, con las palabras de Pablo VI, el alcance y la forma de esta relación viva y vital del hombre con Dios.


                "Sobre el tema más elevado, más apropiado, más fecundo, más gozoso de nuestra confesión de creyentes y religiosos, no os hablamos ahora más que con muy pocas palabras, con una indicación apenas, como para recordar que existe este tema y tiene una razón de ser fundamental; pero no más, porque habría demasiado que decir, y porque hoy no se quiere oír hablar de Él.


domingo, 14 de agosto de 2016

"Por Cristo, con Él...", teología de la oración (4)

La alianza genera un modo nuevo de orar, superior a la oración "natural" o la oración que como criaturas se eleva al Absoluto.

Ya es escucha y respuesta; palabra que se da, obediencia que recibe y se entrega a Dios.

Pero, además, von Balthasar mostraba esa Alianza cumplida en Jesucristo, la Palabra que viene de Dios porque es consustancial a Dios, y la palabra que nosotros mismos elevamos en Él a Dios.

Ahora el autor, profundo (y con lenguaje difícil, también hay que reconocerlo), avanza en ese apartado sobre la alianza llegando al Espíritu Santo, quien realiza en nosotros la oración.


"b) El Espíritu de diálogo

El Jesús pre-pascual nos promete el Espíritu que nos introducirá en su verdad completa (Jn 16,13s), el Jesús pascual nos lo insufla (20,22), este Espíritu que es el "nosotros" personal entre el Padre y el Hijo, sin hacer desaparecer su alteridad, sino destacando su unidad sustancial. Se ha "derramado en nuestros corazones" como "amor de Dios" (Rm 5,5), de manera que el Apóstol nos lo puede certificar: "no habéis recibido un espíritu de esclavos, para recaer en el temor; habéis recibido un espíritu de hijos adoptivos (que se nos confiere en la adopción), que nos hace gritar: ¡Abba! ¡Padre!" (ib., 8,15). Aquí se esconde todo el secreto de nuestro nuevo nacimiento: con el Hijo somos engendrados por el Padre, nuestra creación hunde sus raíces en el eterno engendramiento. Es por lo que tenemos parte, en el Espíritu, en el diálogo divino entre el Padre y su Hijo, la Palabra original en quien todas las cosas hallan su verdad profunda. Este otro pasaje de Pablo nos lo explica con una imagen sencilla y elocuente: lo que pasa en el hombre sólo lo sabe su espíritu; lo mismo que nadie sabe lo que pasa en Dios, sino el Espíritu "que sondea hasta las profundidades de Dios", y es este Espíritu de Dios el que "hemos recibido, para conocer los dones graciosos que Dios nos ha hecho", y este Espíritu es "el pensamiento de Cristo" (1Co 2,11-16).

Es importante comprender que el Espíritu de Dios se hace uno con la libertad: "donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad" (2Co 3,17) y a esta libertad estamos llamados (Gal 5,13). Y porque el Espíritu nos introduce en las profundidades de Dios, nos permite a nosotros, libres hijos de Dios, de situarnos ante él como hombres responsables, nos deja entrar en la libertad del diálogo.

domingo, 7 de agosto de 2016

"Por Cristo, con Él...", teología de la oración (3)

La alianza de Dios con Israel, consumada en la Cruz de Jesucristo y convertida ya un pacto sólido e inviolable por parte de Dios, conlleva una postura coherente de Israel, de la Iglesia y del bautizado: ora alabando, da gracias y suplica finalmente.

La alianza desencadena una respuesta libre y amorosa, obediente. Hay una Palabra pronunciada libremente por Dios y una respuesta libre de adhesión y obediencia, una palabra pronunciada de acatamiento amoroso.

En nuestro Señor Jesucristo la alianza adquiere tonalidad nueva: alianza nueva y eterna. Él realiza la Alianza y la sella con su sangre, no con tinta. La oración experimenta un nuevo paso, recibe una nueva impronta.

"El cumplimiento de la Alianza entre Dios y los hombres en el hombre-Dios Jesucristo tiene profundas consecuencias para la oración misma que recibe de él su insuperable cumplimiento. Debemos desarrollarlas cuidadosamente contemplando primero la oración de Cristo y la comunicación que entabla con sus discípulos; luego la dotación de los creyentes por el Espíritu Santo; por último, la figura trinitaria de la oración cristiana.

a) Cristo, su persona y su oración

La persona de Jesús es un profundo misterio: se la designa con insistencia como siendo la "Palabra de Dios" desde toda la eternidad, pero Dios (el Padre) no dice más que lo que es Dios (el Hijo). Es al percibirse como palabra del Padre como el Hijo es él mismo. En el campo profano, una palabra significa una cosa o una persona diferentes de ella: aquí, por el contrario, la palabra y la persona son todo uno. Es por lo que el Hijo no puede separar el "escuchar-decir" por el Padre del "ser-el Hijo-del Padre". Así hay que entender estos pasajes del evangelio: "lo que le he oído a él (al Padre), yo lo digo al mundo" (Jn 8, 26); "queréis matarme a mí, que os he dicho la verdad que escuché de Dios" (8,40); "juzgo según lo que escucho" (5,30).

jueves, 4 de agosto de 2016

"Por Cristo, con Él...", teología de la oración (2)

Después de haber, en cierto sentido, la "oración natural", la del hombre creado que por un instinto superior busca a Dios, Balthasar, en el artículo que estamos leyendo, plantea la Alianza y la oración siguiendo el Antiguo Testamento.

Hemos de recordar que este artículo no nos va a enseñar métodos de oración o técnicas de oración, sino ofrecer una teología de la oración, su fundamento, y esto es necesario para entender bien qué es la oración cristiana.

Vayamos entonces con el concepto bíblico "Alianza" que expresa el contenido de la relación firme de Dios con su pueblo, de Cristo con su Esposa-Iglesia.

"Se puede hablar tanto cuanto se quiera de las epifanías divinas fuera de la Biblia (cf. Walter-Friedrich Otto, la Bhagavad-tia, etc.): la palabra que Dios dirige a Abraham, y por consiguiente a Israel, es de otra naturaleza. Por primera vez se encuentra una palabra que se le da al hombre y que no es el cumplimiento de sus deseos, ni una sabiduría sobrehumana, sino casi lo contrario: la exigencia de una obediencia que arranca al hombre de sí mismo.

Una exigencia que sólo promete lo invisible y que finalmente, paradoja extrema, reclama lo que había sido concedido como un don milagroso, prenda de la promesa, Isaac. A lo largo de su historia, Israel estaba a contrapelo; cuando toma conciencia de la exigencia y se esfuerza por corresponder, ésta se le retira; se la arrastra por los cabellos allí donde Dios quiere.

sábado, 30 de julio de 2016

"Por Cristo, con Él...", teología de la oración (1)

Junto a la iniciación de la oración, el método o la práctica cristiana, es necesaria siempre una teología que sustente y explique qué es la oración cristiana, evitando así los riesgos de entenderla mal y vivirla peor.

Para una teología de la oración, una reflexión sobre lo que constituye la plegaria cristiana, hemos de superar visiones reductivas en que entendamos la oración como mera fórmula  o como un incremento de subjetividad (buscando paz, serenidad, relax interior...).

Von Balthasar nos va a ayudar en esta tarea con su estilo, a veces difícil, pero así haremos un esfuerzo de intelección que nunca viene mal.


"La oración se convierte en cristiano porque al movimiento, natural, de una palabra del hombre a la divinidad, se añada una palabra de Dios al hombre -el cristiano escucha a Dios hablarle- Más aún, la palabra intercambiada se convierte ella misma en persona -el Verbo hecho hombre, orando el Padre, orado por los hombres; la plegaria se convierte en cristiana al integrar al orante en la misión y la carne de Cristo.


La oración es un fenómeno conocido en el mundo entero, en las culturas primitivas así como en las civilizaciones evolucionadas. Sólo en la era post-cristiana se ha pulverizado. Esto indica que la oración cristiana ha introducido una modificación crítica en el uso habitual de la plegaria. Pero esto no sería suficiente para imputar la regresión de la oración únicamente a la superioridad técnica que el hombre se enorgullece de poseer sobre la naturaleza, que veneraba antaño como divina. Se podría a este respecto invocar como prueba la falta creciente del sentido de la oración en la filosofía de los últimos siglos.

lunes, 18 de julio de 2016

La oración del cristiano (II)

Veamos los rasgos que constituyen una oración que pueda llamarse cristiana: es decir, enseñada por Cristo, realizada con Cristo, abriéndose al Don del Padre.


Nada tiene que ver con la "meditación trascendental" que nos vacía de todo para orientarnos a la nada y al vacío. El silencio de la oración cristiana no es vacío, anulación del ser, o cosa por el estilo, sino la condición necesaria para encontrarse con el Padre en lo secreto, oírle y responderle, suplicarle y darle gracias.


"La Revelación descubre este anonimato, que mantenían las indecisas afirmaciones del pensamiento racional. Dios se desvela como nuestro único autor al mismo tiempo que nos revela que todo su ser es donar, comenzar absolutamente la lógica espiritual que es la lógica del don del ser. 

La oración cristiana no es ajena a lo que somos: atestigua nuestro ser-don. No está en los labios, sino en todo el ser, en todo el espíritu que se le ofrecen. Es el don más difícil, más precioso y, en los santos mismos, el más raro de la historia de cada uno -aquel que resiste a la ley del apartamiento de las cosas.

lunes, 11 de julio de 2016

La oración del cristiano

"El cristiano no reza como los demás; no puede.

No porque su palabra esté limitada al ese acto, en su energía espiritual o en la invención de las palabras, sino porque reza a un Dios que es él mismo, por sí mismo, Palabra -una Palabra que expresa por completo el ser divino.


Porque no hay cristiano sin la primera lección recibida de la Revelación: Dios no es lo divino mudo, el absoluto inefable, inaccesible al lenguaje, o el más allá inexpresable del sentido de sus propias palabras. A un Dios así no se podría orar, más que por un ritual de palabras preparando su eclipsamiento en una luz que se confunde con la noche. Si el verbo está en el principio, si en él se da absolutamente el ser en su origen, esto queire decir que el silencio es ateo, él que pretendía imponer su ley a lo divino. Esta es la alegría de esta primera lección de las "cosas de Dios" enseñada por Dios mismo: su palabra la dice en verdad: él colma en verdad la espera del espíritu que buscaba al Dios desconocido y prejuzgaba con toda la fuerza de su deseo lo que no era el Dios incognoscible.

Las palabras y los actos de Cristo expresan sin la condescendencia de propósitos aleatorios, que serían una irrisoria pseudo-revelación, el ser del Hijo, Fruto único por donde pasa toda la savia paternal. Palabras divinas que incluyen al ser en su perfecta expresión. Es por lo que Cristo no dice otra cosa sino el Padre. Es por lo que, también, no tiene secreto propio para rezarle más que dándose a él en intercambio, manifestando en su rendición amorosa el absoluto don que es él mismo a cambio.

miércoles, 3 de febrero de 2016

La contemplación (cristiana, trinitaria)

"La Trinidad suscita toda creación sin salir de sí misma. Del mismo modo, con respecto al alma contemplativa, sin salir de su reposo y de su silencio, se le comunicará a su alrededor la Trinidad. En este sentido no se da en Dios contradicción entre el reposo infinito en el que se halla inalterablemente y la infinita fecundidad de su amor. Dígase lo mismo respecto del silencio y de la paz de un alma perfectamente en reposo, puesto que posee la plenitud.


Pero, sin embargo, ese Dios del que propendemos a saciarnos, es al mismo tiempo el que proporciona a nuestras vidas su misteriosa fecundidad.

No se trata, en tal caso, de ninguna necesidad. En realidad, Dios nos basta; no tenemos necesidad de nada más. Pero esa vida divina no puede darse fuera de nosotros. Este salir de nosotros mismos no puede comprenderse en el sentido de que nos enajene de nosotros mismos, sería la expresión de una inquietud, significaría el sentimiento de la ausencia de algo. Porque la contemplación significa que Dios solo nos basta y que la acción procede del activismo, es la manifestación de una mala inquietud, de una necesidad de cambio, cuando es la expresión de algo que buscamos por nosotros mismos.

domingo, 26 de julio de 2015

Iniciación a la contemplación

"Hay ahí algo [en Dios] en que nuestro espíritu y nuestro corazón pueden reposar, cuando tanto sufrimos al hallar por doquiera limitaciones, insuficiencias, imperfecciones.

El hecho de que existe ya esa soberana perfección, por consiguiente de que se da en Dios esa plenitud, el hecho de que la verdad sea precisamente esa plenitud y no la apariencia exterior de las cosas, a cuyo nivel viven la mayoría de los hombres, ayuda a nuestra contemplación a abismarse en el océano del ser, en el abismo de la vida divina. La esencia de la contemplación consiste en que progresiva y silenciosamente se convierte para nosotros en algo más real esa inmensidad de la realidad divina. Y que inversamente todo ese polvo de apariencias se vaya despojando poco a poco de la consistencia que nosotros le damos.

Se puede afirmar que la contemplación es el hecho de una atención silenciosa que nos hace ahondar en la realidad, mientras que la agitación exterior de nuestra alma nos mantiene en la superficie de las cosas. Porque la realidad es exactamente esa plenitud de Dios, esa plenitud por la que todo existe en él y se basta, esa plenitud que es la misma vida trinitaria. 

De ese modo quiero decir que el Padre se comunica totalmente al Hijo, de suerte que comunica al Hijo la totalidad de lo que tiene y que agota por lo tanto en el Hijo la posibilidad de amar, que se complace en el Hijo con una complacencia infinita, porque el Hijo es su imagen perfecta, la imagen perfecta de su perfección. He aquí una cosa a la vez misteriosa y admirable el que esa total plenitud de Dios, sin dividirse, es poseída conjuntamente por las tres Personas. Aquí radica todo el misterio, a la vez, de la unidad y de la trinidad en Dios. En estas materias debemos penetrar silenciosamente, porque encierran un alimento profundo para nuestra fe, que se introduce poco a poco en la realidad de la vida divina y de sus características.

domingo, 24 de mayo de 2015

Catequesis básica sobre la oración

La oración lo es todo para la vida cristiana; sin oración, simplemente, "no somos".

La oración nos ancla en Cristo y así ninguna corriente nos arrastra.


La oración nos permite la comunicación con Cristo, el encuentro personal con Él, que transforma la vida, sin encerrarse en uno mismo, como un simple análisis psicológico de la propia persona.

La oración hace que crezcamos y crece todo con nosotros: nuestros deseos, nuestros apostolados, aquellos que están unidos a nosotros por la Comunión de los santos.

La oración es el camino de la santificación y del seguimiento de Cristo.

viernes, 6 de febrero de 2015

Oración en lo interior

La oración nos adentra en la zona más reservada y más sublime: en lo interior de uno mismo, allí donde Dios es más interior que uno mismo, y donde mora el Espíritu haciendo de nosotros su Templo.


En la oración empezamos a contemplar el Misterio de Dios y se nos descubren horizontes insospechados y gratuitos. Se le conoce a Él y el alma se va conociendo a sí misma. Por lo que la oración se muestra como recurso imprescindible y como vida del alma.

Hay que entrar en lo interior, superando los recuerdos, las sensaciones y la imaginación; afrontando las múltiples llamadas exteriores que nos reclaman y la dispersión que nos fragmenta como personas. Entrando en lo interior, allí vemos y oímos al Maestro de la verdad.

martes, 5 de agosto de 2014

Orar de rodillas

Precioso, grande y liberador signo: orar de rodillas.

Es la postura humilde de quien toca el suelo y reconoce que él no es nada, pero que Dios lo es todo.


Orar de rodillas es el reconocimiento del Misterio de Dios y de su Presencia.

Es la postura habitual -mortificada, desde luego- para pasar largos ratos de oración ante el Sagrario y ante el Santísimo expuesto en la adoración eucarística.

Es la postura obligatoria para los fieles durante la consagración en el rito romano.

Se reconoce y se adora.