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viernes, 27 de diciembre de 2013

Celebrando y confesando el Misterio (Preces de Laudes de Navidad - I)



Durante el tiempo de Navidad, inaugurado el día del Nacimiento del Señor y que concluye con el Bautismo de Cristo en el Jordán, los formularios de las preces de Laudes son muy numerosos y variados y, por tanto, nos introducen muy adecuadamente en la celebración del Misterio, enriqueciendo nuestra comprensión teológica y favoreciendo la vivencia espiritual. Se supera así el sentimentalismo edulcorado que este tiempo ofrece –social y culturalmente-  para penetrar, humildes y adorantes, en el misterio del Dios-con-nosotros.


1. Los encabezamientos


            Cuando se introducen las preces de Laudes, por parte de quien preside, en una frase breve se muestra algún aspecto del Misterio que se celebra para disponer a todos a la plegaria con una tonalidad específica.

            ¿Cuál es el Misterio? Que el Verbo de Dios ha asumido nuestra naturaleza humana haciéndose plenamente hombre para redimir al hombre: “Glorifiquemos a Cristo, Palabra eterna del Padre, engendrado antes de los siglos y nacido por nosotros en el tiempo” (25 dic). Su encarnación es plena: asume todo lo humano y entra en el mundo –virginalmente- mediante la estructura familiar: “Adoremos a Cristo, Hijo de Dios vivo, que quiso ser también hijo de una familia humana” (Sgda. Familia).

            Todas las promesas mesiánicas y lo anunciado por los profetas durante siglos, se ven cumplidos en Cristo: “Dios en su misericordia nos ha enviado a Cristo, príncipe de la paz” (29 dic). La tierra entera se goza por su venida, su Luz ilumina a todas las naciones, Dios ha hecho maravillas: “Cristo, Salvador enviado por Dios, a quien han contemplado los confines de la tierra” (7 ene), ya que “los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios” (Sal 97), como tantas veces se canta en la liturgia de este tiempo de Navidad.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

¡Venid, que Cristo ha venido a buscarnos naciendo!



"¡Venid, os esperamos!
¡…Venid, pues hay algo asombrosamente bueno preparado para vosotros! ¡Venid!


            Releamos el mensaje celestial del ángel en la noche profética de Belén: “Os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor” (Lc 2,10-11). Por ello, tomando prestadas las notas del canto de los pastores en el pesebre, os repito: Adeste, fideles. Acercaos, fieles. Nuestra invitación se dirige muy especialmente a vosotros, queridos niños, a los jóvenes, pues con toda vuestra alma buscáis la alegría y deseáis la vida, venid. Cristo es el verdadero héroe con el que soñáis, el verdadero amigo que buscáis. Venid, preocupaos de conocerlo y luego amadlo y seguidlo.

               Pero nuestra invitación no se queda ahí; quiere llegar a todos los hombres, y en primer lugar a los que reflexionan y buscan. Escuchad la palabra del profeta: “Oíd, sedientos todos, acudid por agua; venid, también los que no tenéis dinero (entended: méritos ni fuerzas)” (Is 55,1). Luego, nuestra llamada se dirige a quienes no trabajan y sufren. ¿No es propio Cristo quien dijo: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré” (Mt 11,28)? Lamentablemente, sabemos bien a qué dificultades se debe enfrentar el hombre moderno, tanto dentro como fuera de sí, cuando debe cumplir un verdadero acto de fe, afirmar su creencia en Dios, aceptar a Jesucristo e injertarse en la Iglesia. Pero en este momento nos parece que nuestra invitación adquiere una fuerza de persuasión muy especial en virtud de la humildad afectuosa con la que se expresa, en virtud de la autoridad franca y sincera que la caracteriza y que no es la nuestra, sino la suya, la del Maestro, la del Cristo-Luz, del Cristo-Pan de vida; y también en virtud de la aprobación que le aportáis vosotros, hombres de hoy, probando mediante vuestras sabias y trágicas experiencias que “bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre –sino el de Cristo- por el que debamos salvarnos” (Hch 4,12). Venid, pues; Cristo ha venido por vosotros, ¡sobre todo por vosotros, hombres de nuestro tiempo!
  
              Pero quisiéramos que el eco de nuestra invitación repercutiese aún más lejos y fuese oído por todos los pueblos de la tierra…

  

lunes, 7 de enero de 2013

Ciegos ante los signos de Dios

Herodes y los sabios, realmente no sabían nada. Podrían citar -Herodes no, evidentemente- versículos y más versículos de las Escrituras, hallar textos paralelos que iluminaran, saber y aplicar cualquir precepto de la Ley, por mínimo que fuera... pero sin embargo no veían. No. Más vale decir que no eran sabios, en todo caso, unos técnicos de saberes religiosos, algo así como una enciclopedia, wikipedia o el mismo Google.

Pero, ¿y ante los signos de Dios?


No ven. No ven, no disciernen, no perciben, que Dios está proporcionando los signos verificables de su actuación: reyes de Tarsis y de las islas, la multitud de dromedarios de Madián y de Efá, la profecía cumplida y la estrella como señal conductora de un camino de búsqueda.

Los signos de Dios se dieron y se dan; pero quien está ciego, no los quiere ver. Se refugian estos ciegos en sus saberes técnicos (lo "de siempre", lo "que siempre se ha hecho así") para escudarse y disculparse. Interpretan la profecía a los magos de Oriente, pero permanecen en palacio. Con ellos no va la cosa. A ellos no les interpela, ni les mueve, ni les seduce la búsqueda de Dios manifestándose.


jueves, 3 de enero de 2013

El Logos, la razón, ¡y un Niño!

La razón racionalista -valga la expresión- se encierra al final en sí misma; presumiendo de sabia se hace necia porque sólo admite aquello que llega a comprender y abarcar o medir. La razón racionalista, la razón ilustrada, es tremendamente estrecha, aunque presuma y se vanaglorie de exacta, precisa, conocedora de todo; tan estrecha, que lo que no entiende o no puede llegar a abarcar se cree con derecho a negar su existencia, su valor y arrinconarla en el inmenso cajón-desastre de la "superstición", superchería, o pre-racional.



¡Cuántos choques y cuántos prejuicios! Sólo porque partían del principio de la universalidad de la razón humana y su omnipotencia se encuentran luego con realidades que les es imposible comprender. Han usado mal la razón porque la han cerrado en lugar de abrirla a aquello que la supera. Se dan de bruces con la realidad una y otra vez. Lo que era "científico" ayer, hoy es desechado, saltando de "dogma" en "dogma científico" según pueda avanzar la razón en el orden práctico, científico o filosófico.

Pero hay un salto abismal -y lo han dado, y se han caído en el precipicio- cuando realidades que la superan, de orden trascendente y no por ello menos reales, son subestimadas por el prejuicio y el orgullo intelectual de esa razón ilustrada, de ese racionalismo presuntuoso.

El Logos, la razón de todas las cosas, la Inteligencia ordenadora y creadora de todo, el principio último de cuanto existe, no es el azar ni la casualidad, que se pueda determinar en un laboratorio o en una tribuna cultural. Ya lo sabían los filósofos de la antigüedad. El Logos está en Dios mismo: es el Verbo, la Palabra.

Pero la locura mayor que excede a esa razón empequecida, a ese pensamiento débil de la postmodernidad, es el momento en que la razón creadora de todo entra en la historia, en el tiempo, haciéndose carne en un niño, en un bendito niño, que es el Hijo de Dios. La razón así entendida se choca con el Misterio de la Razón.

lunes, 31 de diciembre de 2012

Cristo nacido, Rey del mundo

Cantad al Señor... El Señor reina sobre las naciones. ¿Quién nos ha nacido? El que lleva a hombros el Principado y es llamado Príncipe de la Paz.

La liturgia canta los salmos reales en la Navidad, en la Misa, en el salmo responsorial y en el oficio de lecturas. Le canta a su Señor porque "el Señor reina, la tierra goza", porque "llega a regir la tierra, regirá el orbe con justicia" y "los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios".

Y constantemente, el salmo 2: "Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy... Yo mismo he establecido a mi Rey en Sión".

Cristo, nacido, es Rey de todo y de todos, el Señor.
"Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy". La Iglesia comienza la liturgia del Noche Santa con estas palabras del Salmo segundo. Ella sabe que estas palabras pertenecían originariamente al rito de la coronación de los reyes de Israel. El rey, que de por sí es un ser humano como los demás hombres, se convierte en "hijo de Dios" mediante la llamada y la toma de posesión de su cargo: es una especie de adopción por parte de Dios, un acto de decisión, por el que confiere a ese hombre una nueva existencia, lo atrae en su propio ser. La lectura tomada del profeta Isaías, que acabamos de escuchar, presenta de manera todavía más clara el mismo proceso en una situación de turbación y amenaza para Israel: "Un hijo se nos ha dado: lleva sobre sus hombros el principado" (9,5). La toma de posesión de la función de rey es como un nuevo nacimiento. Precisamente como recién nacido por decisión personal de Dios, como niño procedente de Dios, el rey constituye una esperanza. El futuro recae sobre sus hombros. Él es el portador de la promesa de paz. En la noche de Belén, esta palabra profética se ha hecho realidad de un modo que habría sido todavía inimaginable en tiempos de Isaías. Sí, ahora es realmente un niño el que lleva sobre sus hombros el poder. En Él aparece la nueva realeza que Dios establece en el mundo. Este niño ha nacido realmente de Dios. Es la Palabra eterna de Dios, que une la humanidad y la divinidad. Para este niño valen los títulos de dignidad que el cántico de coronación de Isaías le atribuye: Consejero admirable, Dios poderoso, Padre por siempre, Príncipe de la paz (9,5). Sí, este rey no necesita consejeros provenientes de los sabios del mundo. Él lleva en sí mismo la sabiduría y el consejo de Dios. Precisamente en la debilidad como niño Él es el Dios fuerte, y nos muestra así, frente a los poderes presuntuosos del mundo, la fortaleza propia de Dios.

sábado, 29 de diciembre de 2012

Cristo, Primogénito

Cristo es el Primogénito. "María dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales..."

¿En qué sentido podemos afirmar con propiedad que Él es el primogénito? ¿Hay alguno más tras él?

Benedicto XVI bellamente señala la primogenitura del Salvador:

"María dio a la luz a su hijo primogénito" (Lc 2,7). San Lucas describe con esta frase, sin énfasis alguno, el gran acontecimiento que habían vislumbrado con antelación las palabras proféticas en la historia de Israel. Designa al niño como "primogénito". En el lenguaje que se había ido formando en la Sagrada Escritura de la Antigua Alianza, "primogénito" no significa el primero de otros hijos. "Primogénito" es un título de honor, independientemente de que después sigan o no otros hermanos y hermanas.
Así, en el Libro del Éxodo (Ex 4,22), Dios llama a Israel "mi hijo primogénito", expresando de este modo su elección, su dignidad única, el amor particular de Dios Padre. La Iglesia naciente sabía que esta palabra había recibido una nueva profundidad en Jesús; que en Él se resumen las promesas hechas a Israel.
Así, la Carta a los Hebreos llama a Jesús simplemente "el primogénito", para identificarlo como el Hijo que Dios envía al mundo después de los preparativos en el Antiguo Testamento (cf. Hb 1,5-7). El primogénito pertenece de modo particular a Dios, y por eso -como en muchas religiones- debía ser entregado de manera especial a Dios y ser rescatado mediante un sacrificio sustitutivo, como relata san Lucas en el episodio de la presentación de Jesús en templo. El primogénito pertenece a Dios de modo particular; está destinado al sacrificio, por decirlo así. El destino del primogénito se cumple de modo único en el sacrificio de Jesús en la cruz. Él ofrece en sí mismo la humanidad a Dios, y une al hombre y a Dios de tal modo que Dios sea todo en todos.

viernes, 28 de diciembre de 2012

Conocer a Jesús un poco más


La siguiente catequesis es muy navideña, lo cual no querrá decir nunca sentimental, sino al hilo de lo que estamos celebrando.
Pablo VI, partiendo de la historia del Belén y de los nacimientos, ofrece una reflexión sencilla y práctica: hemos de conocer a Jesús, hemos de conocerlo mejor, cada día más, un poco mejor.


Jesucristo no se agota en lo poco o en lo mucho que ya sepamos de Él; es tan inefable, tan insondable, su Persona, que siempre habremos de volver, con estudio, con piedad y con fe, a penetrar un poco en su Misterio.

Sí, la Navidad es tiempo de estudio, del estudio nunca acabado de nuestro buen Señor Jesús.


               "El primer biógrafo de San Francisco de Asís, fray Tomás de Celano, en Abruzzo, narra en el capítulo XXX de la primera vida del santo, escrita por él (1228), por orden del Papa Gregorio IX, el origen del Belén, es decir, de la representación escénica del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, según el Evangelio de San Lucas, con la adición convencional del buey y del borriquillo, Isaías (1,3) nos ha dado ocasión y San Ambrosio, con otros, lo recuerda en su expositio Evang. (Luc 2,42; PL 15, 568). Escribe fray Tomás que el supremo propósito de San Francisco era el de observar en todo y siempre el Santo Evangelio. “Especialmente –escribe- la humildad de la Encarnación y la caridad de la Pasión estaban siempre en su memoria, de modo que raramente quería pensar en otra cosa. Se recuerda a este propósito y se celebra con reverencia cuanto él hizo, tres años antes de morir, cerca del pueblo que se llama Greccio, por el día del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo (en 1226). Vivía por aquellos lugares un cierto Juan, de buena fama y de vida mejor, al que el beato Francisco amaba particularmente porque siendo aquél noble y muy estimado, menospreciaba la nobleza de la sangre y ambicionaba tan sólo la nobleza del espíritu. El beato Francisco, como a menudo venía haciendo, casi quince días antes de Navidad lo llamó y le dijo: Si te agrada que celebremos en Greccio esta fiesta del Señor ve tú delante y prepara lo que te voy a decir. Quiero celebrar la memoria de aquel Niño que nació en Belén y, cierto modo, ver con los ojos del cuerpo las incomodidades en que se encontraba por la falta de cuanto necesita un recién nacido; cómo fue colocado en un pesebre y cómo yacía sobre el heno, junto al buey y al borriquillo. Oído esto, aquel hombre bueno y piadoso se fue corriendo y preparó en el lugar indicado todo lo que el Santo había dicho” (Vita prima, c. 30, Analecta Franciscana X, p. 63).


                Éste es el origen de nuestro Belén.

martes, 25 de diciembre de 2012

Meditación de Navidad

"Y la Palabra se hizo carne,
y habitó entre nosotros
y hemos contemplado su gloria"

La Navidad es el ciclo de la Manifestación del Señor, de su plena Revelación, de un mostrarse desvelado el Misterio, haciéndose accesible, cercano y amoroso.

Comienza la redención.

Comienza el coloquio o diálogo entre Dios y el hombre.

Comienza la máxima presencia de Dios en la historia de los hombres haciéndose hombre.

La gratitud y la sorpresa se convierten en adoración del Misterio, en escucha de la Palabra encarnada, en amistad con Cristo.

Dios ha entrado en la historia. No es una fábula ni un mito: es un acontecimiento histórico, datable, con testigos y con signos. Una historia verdadera que ha cambiado la historia: el Logos se ha hecho carne.

Es un mensaje siempre nuevo, siempre sorprendente, porque supera nuestras más audaces esperanzas. Especialmente porque no es sólo un anuncio: es un acontecimiento, un suceso, que testigos fiables han visto, oído y tocado en la persona de Jesús de Nazaret. Al estar con Él, observando lo que hace y escuchando sus palabras, han reconocido en Jesús al Mesías; y, viéndolo resucitado después de haber sido crucificado, han tenido la certeza de que Él, verdadero hombre, era al mismo tiempo verdadero Dios, el Hijo unigénito venido del Padre, lleno de gracia y de verdad (cf. Jn1,14) (Benedicto XVI, Mensaje de Navidad, 25-diciembre-2010).

lunes, 24 de diciembre de 2012

La Calenda, el anuncio de Navidad

El Martirologio romano es el libro de la Iglesia en el cual figuran las celebraciones y los santos que se conmemoran, con distinto rango, cada día del año.

El día anterior se anuncia lo que se celebra al día siguiente. No tendría sentido anunciarlo en el mismo día en que ya se ha inaugurado el Oficio divino y se ha cantado el Oficio de lecturas o las Laudes. Su proclamación -y algunos no lo entienden- se refiere al día siguiente como un aviso: "Los elogios de los santos de cualquier día han de leerse siempre el día precedente" (MR 35).


El momento ritual en que se lee es al final de las Laudes, como se lee en el Ordinario del Martirologio: "En el coro, como de costumbre, la lectura se hace en las Laudes, después de la oración conclusiva de la Hora" (n. 1). Pero, "si se considera oportuno por alguna razón, nada impide que la lectura del Martirologio tenga lugar, de modo similar, en cualquier Hora menor. En la Hora menor, la lectura se hace siempre después de la oración conclusiva" (nn. 5-6). Igualmente se puede hacer la lectura del Martirologio fuera de la celebración de la Liturgia de las Horas, en cuyo caso, "reunida la asamblea, bien en el coro, bien en capítulo o bien a la mesa, el lector comienza inmediatamente por la mención del día en curso" (n. 13).

Sabiendo esto, aterricemos en la Calenda de Navidad.

"En la vigilia de la Natividad del Señor, después de anunciar el día 25 de Diciembre, se canta el anuncio de la Solemne Navidad de modo especial" (n. 9). El propio Martirologio ofrece la musicalización del texto de la Calenda realzando así la solemnidad y el gozo de la Iglesia ante la Natividad del Señor.

En los monasterios y en los Cabildos catedrales ha resonado hoy, en la mañana del 24 de diciembre, el canto de la Calenda, el anuncio de que mañana, ya, mañana mismo, viene el Salvador esperado miles y miles de años.

Así anuncia gozosa la Iglesia tal solemnidad:


miércoles, 19 de diciembre de 2012

Un mutuo acostumbrarse

No es que yo sea originalísimo en mi pensamiento, es que me marcó y me agradó muchísimo. El pensamiento es de san Ireneo: Dios y el hombre tenían que acostumbrarse el uno al otro, y Dios aprendió las costumbres y modos humanos, y el hombre, al ver al Verbo encarnado, aprendió los modos divinos.


La distancia entre Dios y el hombre era infinita. Primero por ser Dios el Creador y el hombre su criatura, finita, limitada aunque hecha a su imagen y semejanza; segundo, porque el pecado del hombre estableció un abismo infranqueable.

Pero la pedagogía divina -¡qué concepto más apasionante para estudiarlo a fondo!- buscó que Dios y el hombre se fueran acercando y no alejando, se fueran acostumbrando uno a otro y pudiese nacer una amistad que es la vida verdadera del hombre. La historia entera de la salvación es un mutuo acostumbrarse y acercarse por medio de los hechos salvíficos y de los profetas.

Mas el máximo acercamiento y, por tanto, la mejor forma de conocerse y acostumbrarse uno al otro, fue la Encarnación del Verbo.

Toda la existencia humana, de hecho, está animada por este profundo sentimiento, por el deseo de que lo más verdadero, lo más bello y lo más grande que hemos entrevisto e intuido con la mente y el corazón, pueda salir a nuestro encuentro y se haga concreto ante nuestros ojos y nos vuelva a levantar.
“He aquí que viene el Señor omnipotente: se llamará Enmanuel, Dios-con-nosotros” (Antífona de entrada, Santa Misa del 21 de diciembre). Con frecuencia, en estos días, repetimos estas palabras. En el tiempo de la liturgia, que vuelve a actualizar el Misterio, ya está a las puertas Aquel que viene a salvarnos del pecado y de la muerte, Aquel que, después de la desobediencia de Adán y Eva, nos vuelve a abrazar y abre para nosotros el acceso a la vida verdadera. Lo explica san Ireneo, en su tratado “Contra las herejías”, cuando afirma: “El Hijo mismo de Dios descendió 'en una carne semejante a la del pecado' (Rm 8,3) para condenar el pecado y, después de haberlo condenado, excluirlo completamente del género humano. Llamó al hombre a la semejanza consigo mismo, lo hizo imitador de Dios, lo encaminó en el camino indicado por el Padre para que pudiese ver a Dios, y le diese en don al mismo Padre” (III, 20, 2-3). 

viernes, 6 de enero de 2012

Larga consideración para la Epifanía


            Resulta ser la fiesta de hoy una fiesta realmente entrañable, tierna pero sin infantilismos, de un afecto desbordante de Dios, rostros sonrientes, ojos brillantes, ilusiones revividas. ¡Es la epifanía del Señor, su manifestación, su aparición gloriosa! Es todo aparentemente sencillo tal como lo relata San Mateo, pero, a la vez, da origen a hermosas tradiciones. 




            El Misterio es precioso. Tan precioso como esperado durante siglos. El protagonista es un “Niño”, Jesús, la Palabra que se ha hecho carne y que ha acampado ya entre nosotros, semejante en todo a nosotros excepto en el pecado. Hasta ahora, ¿quién han descubierto la realidad, la verdadera profundidad de este Niño en quien habita la plenitud de la divinidad? Han ido unos pastores, gente marginal, sencilla, pobre, los cuales han recibido un anuncio angélico: Hoy os nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. ¡Qué trabajo tuvieron los ángeles en estos días! ¿Fueron los sabios? ¿Acaso los escribas? ¿Acudieron los fariseos y saduceos?  ¿Se atrevieron, siquiera se enteraron, los sacerdotes del Templo de Jerusalén? No. No había luces especiales, no se dignaron ir los grandes del mundo. Sólo unos pastores. Hoy acuden los grandes, pero no los que se suponen oficialmente que tenían fe y creían en el Señor, sino unos magos, unos extranjeros, unos paganos... que tuvieron que recorrer muchos kilómetros. ¿Qué Dios es éste que se manifiesta a los pobres y a los sabios extranjeros?

            Van a Belén. Entran ya en la casa, tal como precisa San Mateo; una casa, ya han dejado el pesebre y la gruta y se han trasladado provisionalmente a una pequeña casa. ¿No habita este Dios en palacios? Hasta ahora va todo al revés, aparentemente. ¡Pero qué de lecciones nos regala el Señor! Las de hoy no son menos importantes que las anteriores.

lunes, 2 de enero de 2012

El tiempo al servicio de su Señor, Cristo

El nacimiento de Cristo, el Verbo de Dios encarnado, en el tiempo convierte a éste en un instrumeno de salvación en manos del Señor. El Eterno entra en el tiempo para hacernos, a nosotros que somos temporales y limitados, eternos.


Si ya Jesucristo era el "Alfa" de la creación porque todo fue hecho por Él y para Él, ahora, de manera absoluta, es el "Alfa", el principio desencadenante de la redención que llegará a su plenitud cuando Él vuelva, al final de los tiempos, "Omega". Pensemos en el sentido del tiempo tanto en la Navidad como en la Vigilia pascual, al signar el cirio pascual.

Oiremos en estos días esta meditación sobre el tiempo:

al revestirse tu Hijo de nuestra frágil condición
no sólo confiere dignidad eterna
a la naturaleza humana,
sino que por esta unión admirable
nos hace a nosotros eternos (Prefacio III de Navidad)

 o más claramente aún, incluso, en el prefacio II de Navidad:

el eterno, engendrado antes del tiempo,
comparte nuestra vida temporal
para asumir en sí todo lo creado,
para reconstruir lo que estaba caído
y restaurar de este modo el universo,
para llamar de nuevo al reino de los cielos
al hombre sumergido en el pecado.

 Tal cual, el Eterno entra en el tiempo -oh paradoja- para que nosotros, temporales, entremos en su eternidad, en la vida eterna. Esta tema, que supera lo que las meditaciones filosóficas pudieran alcanzar, se presenta constantemente tejiendo la alabanza litúrgica de la Iglesia:

-Tú que al entrar en el mundo has inaugurado el tiempo nuevo anunciado por los profetas, haz que tu Iglesia se rejuvenezca siempre (I Visp. Navidad).

-Rey de la eternidad, que al nacer quisiste experimentar las limitaciones humas sometiéndote a la brevedad de una vida como la nuestra, haz que nosotros, que somos caducos y mortales, participemos de tu vida eterna (II Visp. Navidad).

-Tú que quisiste nacer en nuestro tiempo, concede a los difuntos nacer a tu eternidad (Visp. 5 de enero).

-Tú que existiendo desde siempre has querido asumir una vida nueva al hacerte hombre, renuévanos a nosotros por el misterio de tu nacimiento (Laudes 8 enero).

domingo, 1 de enero de 2012

Simplemente, ¡María Madre Dios!


"Y al que tenía sólo Padre,
ya también Madre tenía,
aunque no como cualquiera
que de varón concebía,
que de las entrañas de ella
él su carne recebía;
por lo cual Hijo de Dios
y de el hombre se decía.

Ya que era llegado el tiempo
en que nacer había,
así como desposado
de su tálamo salía
abrazado con su esposa,
que en sus brazos le traía,
al cual la graciosa Madre
en un pesebre ponía
entre unos animales
que a la sazón allí había.

Los hombres decían cantares,
los ángeles melodía,
festejando el desposorio
que entre tales había;
pero Dios en el pesebre
allí lloraba y gemía,
que eran joyas que la esposa
al desposorio traía;
y la Madre estaba en pasmo
de que tal trueque veía:
el llanto de el hombre en Dios
y en el hombre la alegría,
lo cual de el uno y de el otro
tan ajeno ser solía.
(S. Juan de la Cruz, Romance In principio erat Verbum, vv. 267- 310).

            Con esta perla literaria de San Juan de la Cruz nos introducimos en esta fiesta que cierra la Octava de Navidad, la celebración litúrgica de la maternidad divina de Santa María, la más antigua fiesta de rito romano. Tal vez queda oscurecida en nosotros por el convencionalismo social de desearnos un “próspero año nuevo”, o por la Jornada por la paz, pero la fe que busca entender, se hace celebración y fiesta ante esta Maternidad: “La Madre ha dado a luz al Rey –hemos cantado en Laudes-, cuyo nombre es eterno; la que lo ha engendrado tiene al mismo tiempo el gozo de la maternidad y la gloria de la virginidad: un prodigio tal no se ha visto nunca, ni se verá de nuevo. Aleluya” (Antífona 3ª de Laudes).

¡Qué hermoso Misterio, qué belleza virginal ilumina hoy el mundo! 

¡Qué grande es nuestro Dios! 

¡Qué delicia contemplar amando la delicadeza y excelsitud de nuestro Dios que busca un modo, a la vez humano y sobrenatural, para entrar en nuestro mundo! María, Casa de Bendición; María, Custodia viviente; María, arca de la Nueva Alianza, Santuario del Señor, nueva Jerusalén, Primicia e imagen de la Iglesia. 

¡Santa María, bendita seas, claro espejo de la santa Iglesia!

sábado, 31 de diciembre de 2011

Religión y religiones

¿No os ha llamado la atención la oración colecta de hoy? Encierra un contenido que se discute frecuentemente en esos ámbitos sincretistas donde se quiere hacer una mezcolanza de todo para hacer de todas las religiones una sola basada en una ética común de valores; irritará la oración colecta de hoy a todos aquellos, católicos modernistas incluidos, que sólo ven en Jesús a un personaje religioso más, uno entre tantos, tal vez más elevado, pero mero hombre bueno, filósofo.


Rezamos hoy, 31 de diciembre, la siguiente oración colecta:

Dios todopoderoso y eterno, 
que has establecido el principio y la plenitud de toda religión 
en el nacimiento de tu Hijo Jesucristo, 
te suplicamos nos concedas la gracia de ser contados siempre
entre los miembros vivos de su Cuerpo
porque sólo en él radica la salvación del mundo. 
Por nuestro Señor Jesucristo.

Habría que subrayar algunos elementos.

Todas las religiones son respetables, y expresan el deseo del hombre por Dios y la búsqueda de Dios. Pero el cristianismo es profundamente original y único. La religión cristiana no parte del deseo del hombre que organice un sistema espiritual y moral para llegar a Dios; el cristianismo es, por el contrario, la búsqueda que Dios mismo hace del hombre para salvarlo y redimirlo y lo hace encarnándose, asumiendo lo nuestro para redimirlo. El cristianismo es Cristo; el cristianismo es Dios buscando al hombre.

Resulta profunda esta expresión de Juan Pablo II para compendiar la novedad del cristianismo:

"El no se limita a hablar « en nombre de Dios » como los profetas, sino que es Dios mismo quien habla en su Verbo eterno hecho carne. Encontramos aquí el punto esencial por el que el cristianismo se diferencia de las otras religiones, en las que desde el principio se ha expresado la búsqueda de Dios por parte del hombre. El cristianismo comienza con la Encarnación del Verbo. Aquí no es sólo el hombre quien busca a Dios, sino que es Dios quien viene en Persona a hablar de sí al hombre y a mostrarle el camino por el cual es posible alcanzarlo. Es lo que proclama el Prólogo del Evangelio de Juan: « A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que estaba en el seno del Padre, El lo ha contado » (1, 18). El Verbo Encarnado es, pues, el cumplimiento del anhelo presente en todas las religiones de la humanidad: este cumplimiento es obra de Dios y va más allá de toda expectativa humana. Es misterio de gracia" (Tertio millennio adveniente, 6).

viernes, 30 de diciembre de 2011

Cantamos la liturgia de Navidad

El ciclo litúrgico de la Navidad es alegría, especialmente festivo, tras la discreta austeridad y moderación del Adviento. Motivos tenemos, sin duda, para cantar el Misterio de la Navidad, el Acontecimiento que cambió la historia para siempre: Dios sin dejar de ser lo que era, ha asumido lo que no era; Dios se ha hecho hombre para redimir al hombre.


El canto, que es connatural a la liturgia y no un adorno añadido, algo periférico que estorbe, debe responder siempre a la naturaleza de la liturgia: acción de Cristo y de la Iglesia, presencia y actuación del Misterio, y su letra ser confesante de la fe cristiana, inspirada en textos bíblicos, salmos o textos de la misma liturgia, así como su música y melodía que necesita una "bondad" de las formas, solemne, adecuada a la liturgia.

La buena intención no basta; es insuficiente conformarse con que "se cante", con que lo importante es cantar, sin atender ni a la música ni a la letra de lo que se canta, y el ciclo navideño parece ser la expresión cumbre: aquí se introduce lo "popular-folclórico" con total impunidad, atentando contra la belleza del Misterio. "No todo conviene" que diría san Pablo, aun cuando los villancicos populares "sean lícitos", anclados en el sentimiento popular. Éstos tienen su lugar propio, festivo, hogareño, pero no están pensados, ni mucho menos, para el ámbito sagrado de la liturgia.

Si la catequesis se titula "cantamos la liturgia de Navidad" es para resaltar que lo que se canta es LA liturgia de Navidad, no DURANTE la liturgia de Navidad cualquier canto popular o villancico o como si la liturgia pudiese ser el pretexto para cantar -fuera de contexto- los pocos villancicos simpáticos que nos sabemos.

Repasemos someramente los cantos de Navidad, aquello que hemos de cultivar con esmero.


jueves, 29 de diciembre de 2011

Lo nuevo comienza con Cristo

Recordemos el Apocalipsis: "He aquí que todo lo hago nuevo" (Ap 21,5).

¿Cuándo comenzó esta novedad?

¿En qué consistió?

¿Hasta dónde alcanza?


Cristo ha nacido. El Verbo de Dios ha entrado en la historia naciendo como hombre y así se inaugura ya el cielo y la tierra nuevos, el hombre nuevo, la gracia nueva.

Es la Pascua del Señor, su paso del cielo a la tierra, de la gloria del Padre a la debilidad humana.

"Es un mensaje de alegría. Primero por su fuente: viene del cielo; viene del horizonte misterioso e infinito del "reino de los cielos"; 

es una economía nueva,

un régimen nuevo que se inaugura sobre la faz de la tierra;

entre el cielo y el mundo se ha iniciado una relación sobrenatural"
 
(Pablo VI, Audiencia general, 4-enero-1978).

miércoles, 28 de diciembre de 2011

La Navidad: una presentación general

El tiempo de Navidad es relativamente breve: desde el 25 de diciembre hasta la fiesta del Bautismo del Señor. Su articulación está llena de fiestas y solemnidades porque es el gran ciclo de la Manifestación del Señor, de la Aparición del Señor.



En el tiempo de la Navidad, la revelación de Dios ha llegado a su plenitud, diciéndonos todo lo necesario en su Palabra, eterna y definitiva. 


En el tiempo de Navidad se realiza el admirable intercambio: Dios se hace hombre para que el hombre participe de la naturaleza divina; el Eterno entra en el tiempo para que el hombre caduco pueda participar de la eternidad de Dios y de la vida feliz y bienaventurada.

Se distribuye este tiempo de la siguiente manera:

"Después de la celebración anual del misterio pascual, la Iglesia tiene como más venerable el hacer memoria de la Natividad del Señor y de sus primeras manifestaciones: esto es lo que hace en el tiempo de Navidad.

El tiempo de Navidad va desde las primeras Vísperas de la Natividad del Señor hasta el domingo después de Epifanía, o después del día 6 de enero, inclusive.

La misa de la Vigilia de Navidad es la que se celebra en la tarde del día 24 de diciembre, ya sea antes o después de las primeras Vísperas.

El día de Navidad se pueden celebrar tres misas, según la antigua tradición romana, es decir, en la noche, a la aurora y en el día.


lunes, 26 de diciembre de 2011

Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres...

Y una legión del ejército celestial, cantaba diciendo: "gloria a Dios en el cielo..."

La Iglesia, pronto, muy pronto, siglo II-III cantó la alabanza divina con un himno profundamente trinitario: al Padre, a Jesucristo Rey celestial, Hijo del Padre y al Espíritu Santo. Lo hizo comenzando por las palabras de los ángeles en la noche de Navidad y la liturgia lo incorporó pronto primero a la Navidad y luego por extensión a la Pascua -por su carácter de alabanza al Kyrios Resucitado-. Esto en apretada síntesis, ya que la historia es un poco más amplia de explicar.

¿Qué dice, qué significa ese inicio angélico?

"El Evangelio de Navidad nos relata al final que una multitud de ángeles del ejército celestial alababa a Dios diciendo: "Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que Dios ama" (Lc2,14). La Iglesia ha amplificado en el Gloria esta alabanza, que los ángeles entonaron ante el acontecimiento de la Noche Santa, haciéndola un himno de alegría sobre la gloria de Dios. "Por tu gloria inmensa, te damos gracias". Te damos gracias por la belleza, por la grandeza, por tu bondad, que en esta noche se nos manifiestan. La aparición de la belleza, de lo hermoso, nos hace alegres sin tener que preguntarnos por su utilidad. La gloria de Dios, de la que proviene toda belleza, hace saltar en nosotros el asombro y la alegría. Quien vislumbra a Dios siente alegría, y en esta noche vemos algo de su luz.

Pero el mensaje de los ángeles en la Noche Santa habla también de los hombres: "Paz a los hombres que Dios ama". La traducción latina de estas palabras, que usamos en la liturgia y que se remonta a Jerónimo, suena de otra manera: "Paz a los hombres de buena voluntad". La expresión "hombres de buena voluntad" ha entrado en el vocabulario de la Iglesia de un modo particular precisamente en los últimos decenios. Pero, ¿cuál es la traducción correcta? Debemos leer ambos textos juntos; sólo así entenderemos la palabra de los ángeles del modo justo. Sería equivocada una interpretación que reconociera solamente el obrar exclusivo de Dios, como si Él no hubiera llamado al hombre a una libre respuesta de amor. Pero sería también errónea una interpretación moralizadora, según la cual, por decirlo así, el hombre podría con su buena voluntad redimirse a sí mismo. Ambas cosas van juntas: gracia y libertad; el amor de Dios, que nos precede, y sin el cual no podríamos amarlo, y nuestra respuesta, que Él espera y que incluso nos ruega en el nacimiento de su Hijo.

El entramado de gracia y libertad, de llamada y respuesta, no lo podemos dividir en partes separadas una de otra. Las dos están indisolublemente entretejidas entre sí. Así, esta palabra es promesa y llamada a la vez. Dios nos ha precedido con el don de su Hijo. Una y otra vez, nos precede de manera inesperada. No deja de buscarnos, de levantarnos cada vez que lo necesitamos. No abandona a la oveja extraviada en el desierto en que se ha perdido. Dios no se deja confundir por nuestro pecado. Él siempre vuelve a comenzar con nosotros. No obstante, espera que amemos con Él. Él nos ama para que nosotros podamos convertirnos en personas que aman junto con Él y así haya paz en la tierra.

domingo, 25 de diciembre de 2011

Nos ha amanecido un día sagrado

¡Cantad al Señor un cántico nuevo!
¡Alégrese el cielo, goce la tierra!
Este día ilumina las tinieblas del mundo,
hoy nos ha nacido un Salvador, Cristo Jesús;
hoy la Palabra ha acampado entre nosotros;
hoy se ha manifestado la gloria del Señor.
¡Aclamad cielos, exultad tierra!


"Hoy ha nacido nuestro Salvador. Alegrémonos.
No es justo dar lugar a la tristeza cuando nace la vida
para acabar con el temor de la muerte
y llenarnos de gozo con la eternidad prometida.
Exulte el santo, porque se acerca el premio;
alégrese el pecador, porque se le invita al perdón;
anímese el pagano, porque se le llama a la vida"[1].

¡Admirable misterio!

¡Dios se hace hombre,
para que los hombres participemos de su divinidad!

"Reconoce ¡oh cristiano! tu dignidad,

pues participas de la naturaleza divina"[2].

Cristo, por ti, se ha hecho hombre;
Cristo, por ti, se te ha acercado;
Cristo, por ti, ha asumido todo lo humano;
Cristo, por ti, ha entrado en la tierra;
Cristo, por ti, ha venido a nuestro mundo;
Cristo, por ti, se ha despojado de su condición divina.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Bendición del Belén navideño

A poco que se mire el Bendicional, veremos la riqueza que contiene y que, sin embargo, se utiliza poco, tal vez por desconocimiento.

Entre esas Bendiciones, hallamos la bendición del belén navideño en dos formas: A) en el hogar familiar, B) en la iglesia. Pensando más bien en nuestras casas, traigo aquí la bendición del belén familiar.


Como dice el Bendicional, "es laudable la costumbre de instalar en las casas y en las iglesias un "belén" o "nacimiento", que recuerda y ayuda a vivir el misterio de la Navidad" (Bend 1243) y para que tenga un pleno sentido cristiano, la bendición puede muy bien marcar en el hogar el inicio de las fiestas navideñas.

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Reunida la familia, el padre o la madre de la misma dice:

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Todos se santiguan y responden: Amén.

El que dirige la celebración puede decir:

Alabemos y demos gracias al Señor, que tanto amó al mundo que le entregó a su Hijo.

Todos responden: Bendito seas por siempre, Señor.

Luego el que dirige la celebración dispone a los presentes para la bendición con estas palabras u otras semejantes:

Durante estos días contemplaremos asiduamente en nuestro hogar este pesebre y meditaremos el gran amor del Hijo de Dios, que ha querido habitar con nosotros. Pidamos, pues, a Dios que el pesebre colocado en nuestro hogar avive en nosotros la fe cristiana y nos ayude a celebrar más intensmaente estas fiestas de Navidad.

Uno de los miembros de la familia lee un texto de la Sagrada Escritura.