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viernes, 17 de agosto de 2018

Ha llegado la salvación (El nombre de Jesús - IV)


“Hoy ha llegado la salvación a esta casa” (Lc 19,10).


            Ésta fue la explicación que Jesús mismo da al asistir al banquete que Zaqueo organiza anunciando su conversión, porque Jesús mismo antes lo llamó y le dirigió aquellas palabras “porque hoy tengo que alojarme en tu casa”. Hoy tenía que entrar Jesús en la casa, en la vida, de Zaqueo para cambiar el corazón de aquel hombre al que sólo lo movía el dinero. Y precisamente, en medio del banquete, cuando Zaqueo se da cuenta hasta qué punto estaba atado y comienza a decir cómo va a restituir a quienes se ha aprovechado por su oficio de publicano, Jesús exclama: “hoy ha llegado la salvación a esta casa”. Así Jesús mismo ha llegado a esa casa porque Él es la salvación. Donde Él entra todo se transforma, se hace posible la conversión y por tanto, una vida auténtica, bella, verdadera, llena de bien.

            Sí, en la casa de Zaqueo ha entrado Jesús, ha entrado la salvación, ha entrado Jesús Salvador. Su Nombre lo ejerce: ofrece salvación, ¡y qué feliz es Zaqueo! El hombre que es salvado por Jesús es un hombre nuevo, pleno, lleno. Por eso, explica san Agustín: 

““Hoy ha llegado la salvación”. Ciertamente, si el Salvador no hubiese entrado no hubiese llegado la salvación a aquella casa. ¿De qué te extrañas, enfermo? Llama también tú a Jesús, no te creas sano” (Serm. 174,6).

viernes, 20 de julio de 2018

¡Cristo, Cristo! (Plegaria)

Señor! en este momento decisivo y solemne, 
nos atrevernos a expresarte una súplica candorosa, 
pero no falta de sentido: 
haz, Señor, que comprendamos.



Nosotros comprendemos, cuando recordamos que Tú, Señor Jesús, 
eres el mediador entre Dios y los hombres; 
no eres diafragma, sino cauce; 
no eres obstáculo, sino camino; 
no eres un sabio entre tantos, 
sino el único Maestro; 
no eres un profeta cualquiera, 
sino el intérprete único y necesario del misterio religioso, 
el solo que une a Dios con el hombre y al hombre con Dios. 

Nadie puede conocer al Padre, has dicho Tú, 
sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo, 
que eres Tú, Cristo, Hijo del Dios vivo, 
quisiere revelarlo (Cf. Mt 11, 27; Jn 1,18). 

miércoles, 18 de julio de 2018

Por nombre, Jesús (El nombre de Jesús - III)


“Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción” (Lc 2,21).

            Sus padres cumplen las prescripciones de la ley. Al circuncidar al niño le ponen por nombre “Jesús”, siguiendo así tanto el mandato recibido en sueños a José, como el anuncio del ángel a María (“le pondrás por nombre Jesús. Será grande...”).


            El nombre de Jesús Salvador va a ser, para siempre, dulzura para quien lo invoca, para quien clama a Jesús pidiendo salvación, clemencia, curación. En Jesús-Salvador “ha aparecido la bondad de Dios y su amor al hombre” (Tit 3,4), es decir, en Jesús palpamos tangiblemente cómo Dios tiende su mano al hombre; experimentamos que Dios es verdadero “filántropo”, esto es, amigo del hombre, no su enemigo. 

         Al pronunciar el nombre de “Jesús”, estamos proclamando que Dios no es nunca adversario del hombre, ni quien le resta libertad, sino su verdadero amigo porque es pura Bondad y Gracia. Nadie ama más la humanidad, ni potencia y eleva lo humano, al hombre, como Dios mismo. “Cristo revela el hombre al hombre”[1]: en Jesús vemos lo que es la verdadera humanidad nueva, el hombre libre y auténtico, sin las cadenas del pecado, con el Corazón limpio, puro, misericordioso, manso, humilde. ¡Qué dulce, pues, que se llame “Jesús”!

            Exclama San Bernardo al predicar lleno de humilde adoración: 

jueves, 21 de junio de 2018

Cristo es Salvador y Señor (El nombre de Jesús - II)


“Hoy os nacido un Salvador, el Mesías, el Señor” (Lc 2,11).


            En la noche de Navidad, los ángeles anuncian a los pastores no el nombre del Niño, sino Quién es ese Niño: ¡es Salvador! Porque hay salvación, existe la esperanza; porque hay salvación, podemos vivir y refugiarnos en la Misericordia frente a nuestra miseria. Siglos y siglos aguardando la salvación prometida y he aquí que aparece en la persona de Jesús, “un niño, envuelto en pañales y acostado en un pesebre” pero que es, según lo anunciado, “Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre perpetuo, Príncipe   de la Paz” (Is 9,7).


            “¿Qué les dice el ángel? No temáis. ¿Era grande ese temor? Cuando el ángel estuvo junto a ellos la gloria del Señor les envolvió en su resplandor y quedaron sobrecogidos de gran temor. Por eso él, confortándoles, agregó que no temieran y les libró del miedo al comunicarles el nombre del infante, diciéndoles: He aquí que os traigo una buena nueva, que será de gran alegría para todo el pueblo: os ha nacido hoy en la ciudad de David un Salvador, que es el Mesías, el Señor (Lc 2,10-11). ¿Qué dices, oh ángel? ¿Tan grande eficacia tiene el nombre de Jesús? Sí, ciertamente, responde el ángel, pues el nombre de Jesús significa Salvador. Y éste es Cristo el Señor, Dios y hombre, y a la vez poderoso y compasivo. Por eso recomendé a los pastores que tuvieran confianza; y diciendo a José que en el día octavo le impusiera este nombre, hice que resultara fácil para todos el acercarse a aquel que, con su propio nombre, dispuso que se manifestara ya su condición de Salvador”[1].

            ¿Tan necesario era este Salvador que provoca alegría, admiración y entusiasmo? ¿Lo puede seguir provocando cuando pensamos que estamos salvados por nosotros mismos, que, al fin y al cabo, “tan malos no somos” y ni siquiera tenemos conciencia de pecado, del propio pecado, de la propia maldad? ¡Y sin embargo nace por amor para salvar cargando con la Cruz, siendo crucificado y resucitar al tercer día!
 

miércoles, 23 de mayo de 2018

¡Jesús! (El nombre de Jesús - I)


            Toda la historia de la humanidad, todas las esperanzas del pueblo de Israel sostenidas por las palabras de los profetas, todos los deseos, inquietudes, preguntas y búsquedas del corazón humano, encuentran una respuesta definitiva en un nombre bendito: “Jesús”. Jesús, el Señor, el Verbo encarnado, Hijo de Dios nacido de María Virgen por obra del Espíritu Santo. 


            Su nombre es fascinante: encierra Misterios grandes, y pronunciar su nombre, el nombre de Jesús, requiere amor y profunda humildad; respeto grande que se llama “temor de Dios”.

“Y le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo” (Mt 1,21).

            ¿Qué significa la palabra “Jesús”? Lo encontramos en el sueño en que el ángel revela a san José el misterio de la Encarnación y su papel como custodio del Redentor. Ya san Jerónimo, gran biblista, comenta: “Jesús en hebreo significa salvador. El evangelista ha querido explicitar la etimología de su nombre al decir: “le pondrás por nombre”: Salvador, porque “es él quien salvará a su pueblo” (Com. in Mat, I,1,21). En efecto, explicando en su obra sobre la etimología de los nombres hebreos, afirmará el mismo san Jerónimo: “Jesús (1,1), salvador o que va a salvar”[1], y son palabras sinónimas “Jesús” y “Josué” –el que hizo al pueblo de Israel cruzar el Jordán y entrar en la tierra prometida-: ambos son salvadores del pueblo, y Josué mismo es anuncio, tipo y figura del mismo Jesús Redentor. Por eso ambos nombres, en hebreo, significan “salvador”[2].

            En el Antiguo Testamento aparecen en distintas ocasiones personajes con el nombre de “Jesús” o su equivalente “Josué”, que reciben una misión de Dios para salvar a su pueblo en circunstancias concretas, por eso su nombre siempre significa “salvador”, como en Ex 17,9[3], en Nm 13,16[4], también en Eclo 51,30 o especialmente en Mt 1,21 aplicándose a Cristo. Hay que recordar que, para la mentalidad bíblica, el nombre no es algo accidental, simplemente para identificar a una persona, sino que revela una misión, un encargo de Dios: por ejemplo, Cristo mismo cambiará a Simón su nombre por el de “Pedro”, “Piedra” sobre la que va a edificar su Iglesia (Mt 16,18), y podrían enumerarse muchos más ejemplos.

sábado, 19 de mayo de 2018

Plegaria: Jesucristo, Médico y medicina...

¡Jesucristo!

¡Jesucristo fue el amor de los santos!

¡Jesucristo fue la delicia de los santos!

Ellos ahondaron en su Persona, porque Jesucristo lo era todo para ellos. Fueron amados por Cristo y ellos respondieron a su amor con la totalidad de su ser.


Imitaron su vida, sus virtudes, los sentimientos de su Corazón, llegaron a pensar como Cristo, sentir como Cristo, trabajar como Cristo.

Naturalmente, oraron a Cristo y profundizaron en su Persona con la meditación, con la reflexión teológica, sin abarcar el Misterio de su Persona, que es inefable, siempre mayor.

Cristo es el Pastor y el alimento del rebaño a un tiempo; es el Médico y la medicina para las llagas del alma. Y sigue actuando y cuidando a los suyos con amor tierno y fiel.


            "¡Bendita sea tu misericordia, Señor, que tan a tu cargo están los enfermos, que para remedio de ellos “enviaste del cielo un gran Médico, porque –como dice san Agustín- había en el mundo un gran enfermo”!

            Este Señor, por ser Dios, es dueño de las ovejas, pues las crió con el Padre y con el Espíritu Santo. Y se llamó siervo del Padre en cuanto hombre, porque le sirvió y obedeció en la obra de la Redención de los hombres, según está escrito: Él libertará mi cautividad (Is 45,13). Y en otra parte: La voluntad del Señor en la mano de Él será prosperada (cf. Is 53,10). Este Señor fue del que está escrito que halló el camino de la doctrina y la dio a Jacob, su siervo, y a Israel, su amado…


viernes, 20 de abril de 2018

Sentido único de la Unción de Jesús

Que Jesús sea el Ungido por excelencia, hasta el punto de formar en castellano un solo nombre: "Jesucristo", es una medida nueva, una expresión completa.

Estaba profetizado que el Mesías del Señor, el que vendrá a salvar a Israel de sus pecados, tendrá de forma permanente el Espíritu Santo: reposará sobre Él. El Mesías será el Ungido. No recibirá el Espíritu mediante el aceite de las consagraciones, que "baja por la barba de Aarón hasta la franja de su ornamento" (Sal 132), sino directamente, espiritualmente.

El Ungido que estaba profetizado es nuestro Señor Jesús, el Salvador.

"En todos los que 'profetizaron se posó el Espíritu' Santo. Sin embargo en ninguno de ellos reposó como en el Salvador. Por lo cual está escrito de Él que 'saldrá un vástago de la raíz de Jesé y subirá de su raíz una flor. Y reposará sobre Él el Espíritu de Dios, Espíritu de sabiduría y entendimiento, Espíritu de consejo y de fortaleza, Espíritu de ciencia y de piedad; y lo llenará el Espíritu del temor del Señor'.

Pero quizás diga alguno: Sobre Cristo, no has mostrado escrito nada superior al resto de los hombres: así como se dijo que 'reposó sobre ellos el Espíritu', así también se dijo del Salvador: 'Reposará sobre Él el Espíritu de Dios'. Pero mira que sobre ningún otro se dice que 'el Espíritu de Dios descansase' con esta fuerza septuplicada, por lo cual sin duda aquella misma sustancia del Espíritu divino, que, al no poder mostrarse con un solo nombre, se expresa con divinos vocablos, profetiza que 'descansará sobre un vástago que procederá de la estirpe de Jesé'" (Orígenes, Hom. in Num., VI, 3, 2).

Solamente sobre el Verbo encarnado va a descansar el Espíritu septiforme, con sus siete dones, de manera absoluta. Ya lo recibió en el seno virginal de Santa María, cuando el Espíritu la cubrió con su sombra. Pero también recibió una nueva y abundante Unción en el Bautismo en el Jordán, donde el Espíritu desciende y robustece la humanidad del Verbo para su tarea redentora (incluida la cruz, no solamente la vida pública).

miércoles, 10 de enero de 2018

La esencia del cristianismo



            ¡Qué cierto es que a veces las ramas no dejan ver todo el bosque! Es muy fácil perder una visión de conjunto que sitúe ante las cosas y detenernos en aspectos parciales o incluso periféricos. ¿Qué es el cristianismo? ¿Qué es ser católico? ¡Cuántas respuestas distintas, opuestas entre sí, incluso extravagantes, tendríamos que oír si formulásemos esa pregunta! Sin embargo, ahí es donde se juega el todo. Porque... tal vez, puede sólo que tal vez, estemos despistados.



Si os parece, hay un concepto que expresa muy bien lo que andamos buscando e intentamos hoy definir: la esencia del cristianismo. Retornemos a la esencia del cristianismo: ¡DIOS ES AMOR!, y, como dice San Juan, “nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en Él”. Dios nos ha amado primero y nosotros sólo podemos acoger y corresponder a ese amor “inaudito”. Esto es lo que corresponde al deseo más profundo del corazón humano, capaz de infinito, capaz de Dios (capax Dei): ser amado gratuita y totalmente.

            Un párrafo magistral de la encíclica Deus caritas est de Benedicto XVI apunta a esta realidad: 


““Hemos creído en el amor de Dios”: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (n. 1).


El cristianismo no es una ética para un comportamiento social virtuoso, ni una ideología al servicio de ningún poder político, ni una filosofía que muestre y señale unos razonamientos, ni el conjunto de unas costumbres configuradoras de una cultura, pero vacías hoy de contenido vital o impacto social, tradiciones y costumbres a las que a veces no les vemos el sentido original-cristiano por las que nacieron: el cristianismo es el encuentro con la persona de Jesucristo.

miércoles, 3 de enero de 2018

La humildad de Cristo y la nuestra

Las consideraciones de san Bernardo nos llevan a mirar la humildad de Cristo y confrontarla con la nuestra. Nuestra humildad es distinta, no es voluntaria, sino que brota de nuestra misma naturaleza. La de Él, por el contrario, fue asumida libremente.

La humildad de Cristo es ejemplo, modelo y gracia para nosotros. Imitemos al buen Jesús.


Además, llegaremos a un punto fundamental, interesante, sugerente: la humildad verdadera no es sólo la del conocimiento, la que proviene de la verdad que se nos muestra y choca con nosotros, o la de las humillaciones... sino la humildad del amor.

¿De qué forma y cómo? Leamos.

"Las dos humildades

Excluyendo en efecto toda duplicidad, la humildad conlleva para san Bernardo una dualidad. Hay una humildad del conocimiento y una humildad del corazón. "Por la primera, conocemos que no somos nada, y ésta la aprendemos por nosotros mismos, y por nuestra propia debilidad; por la segunda, pisoteamos la gloria del mundo, y ésta la aprendemos de aquel que se vació a sí mismo, tomando la forma de esclavo". Sólo la humildad cordial, la humildad que toca el corazón y que lo toca hasta inflamarlo, es la humildad cristiana. Esta distinción de una humildad de conocimiento y de una humildad del afecto (cognitionis, affectionis) no significa la oposición de una razón sin afecto y de un afecto sin razón. Una y otra de estas dos humildades pueden denominarse en términos de afección o en términos de verdad: la humildad triste se opone a la humildad alegre, la humildad provocada por una verdad que, a pesar de nosotros y de mala gana,  debemos reconocer, a la humildad que toma sobre esta verdad de buen grado y con buen corazón en un movimiento de amor.

martes, 12 de diciembre de 2017

Ante Cristo Humilde

La Encarnación del Señor, para quien sabe mirar, revela hasta qué punto Dios es humilde y la misma Encarnación es un acto de la humildad del Verbo.


Sobran discursos para convertirnos en humildes, de manera moralista y obligatoria: quien ama a Cristo se irá pareciendo a Él, ya que el amante se identifica con su Amado y tiende a adoptar sus costumbres, haciéndose uno con Él.

Así, al considerar la humildad y tratar de entenderla, es inevitable ir a la Fuente de la humildad, que no es otra sino la Encarnación del Verbo, hasta asumir por completo y de manera irreversible nuestra humanidad. El corazón entonces desea participar de ese modo de ser del Amado Jesucristo.

"Humildad de Cristo

El Verbo solo en efecto zanja todos los dilemas y despeja todas las dudas que suscita una palabra sobre la humildad. Para saber lo que es, no hemos de buscarla en nosotros, sino producirla en nosotros. Para producirla en nosotros, una sola mirada basta -una mirada hacia la cruz. No hay un lugar tan bajo, un abismo tan profundo, un cenegal tan hundido que desde ellos no se pueda levantar la vista hacia la cruz, y ver en ella la humildad verdadera. Por eso la cruz fue levantada. De ella y hacia ella debe provenir toda palabra sobre la humildad, como palabra de la humildad. Porque la paradoja de la humildad, a la vez visible e invisible, es ésta misma de la cruz. Sobre la cruz fue clavada la "verdadera pobreza, desnuda y débil". Cada uno sueña con ver la verdad al descubierto. Al descubierto, lo estuvo, una vez y para siempre, sobre el Gólgota. Y porque lo estuvo, permanece desconocida e ignorada. Porque esta desnudez era la del sufrimiento y la humildad. Si la humildad mantiene los ojos bajados, por un instante los levanta, y en el cielo entero sólo ve la cruz, que le basta.

jueves, 9 de noviembre de 2017

Enfermedades del alma, ¿incurables?

Se nos ha dado un Médico admirable, Jesucristo, Médico de los cuerpos y de las almas, que con su acción poderosa nos devuelve la salud, nos restablece a la primitiva hermosura y orden del hombre creado.


Él ha venido y aplica remedios y medicinas adecuadas para sanar. Pero hemos de dar su valor exacto y preciso a las enfermedades del alma. Normalmente nos preocupamos más por las enfermedades del cuerpo, que nos debilitan o nos impiden el desempeño cotidiano de la vida; pero no menos importantes son las enfermedades del alma.

Un alma enferma es incapaz de obrar el bien, de ser buena, de reconocer la belleza, de vivir la verdad. Se enfanga más y más en su enfermedad, el pecado, y muchas veces ni se percibe como enfermo.

"Pasa ahora del ejemplo del cuerpo a las heridas del alma. Cuantas veces el alma peca, otras tantas resulta herida. Y para que no dudes que es herida por los pecados como por dardos y espadas, escucha al Apóstol, que nos advierte para que cojamos 'el escudo de la fe, en el cual podáis -dice- destruir todos los dardos ígneos del Maligno'.

Ves, pues, que los pecados son dardos 'del Maligno', dirigidos contra el alma. Sufren, sin embargo el alma no sólo la herida de los dardos, sino también las fracturas de los pies, cuando 'se preparan lazos para sus pies' y 'se hacen vacilar sus pasos'. ¿En cuánto tiempo, pues, consideras que tales heridas y de tal especie, pueden curarse? ¡Oh, si pudiéramos ver cómo resulta herido nuestro hombre interior por cada pecado, cómo le inflinge la palabra mala!" (Orígenes, Hom. in Num., VIII, 1, 7).

jueves, 18 de mayo de 2017

Jesucristo es Luz

Jesucristo es la Luz del mundo, la Luz que vence toda tiniebla y que nos hace ver, ya que "su luz nos hace ver la luz" (cf. Sal 35).

El hombre necesita la Luz para ver; sin ella no ve: y aunque los ojos tengan capacidad de visión, sin la luz no pueden distinguir su objeto, ni caminar, ni orientarse.


La búsqueda en la vida está muy bien expresada con el término Luz. A ella aspiramos, a ella nos encaminamos. Puede que en el mundo nos rodeen tinieblas de tipo y sentido muy distinto, pero Cristo es la Luz que nos lleva a descubrir la Verdad y desearla y abrazarla; otras veces el problema no es la luz, sino los ojos del corazón, ciegos por el pecado, que ni quieren ver ni quieren reconocer, e incluso se erigen en guías ciegos para otros ciegos. También en Jesucristo tenemos la solución: Él abre los ojos de los ciegos. "¿Qué quieres que haga por ti? -Señor, que vea".

Una reflexión sobre Jesucristo-Luz y la ceguera espiritual nos la ofrece la palabra del papa Pablo VI al VI Congreso Internacional de la "Cruzada de los ciegos"; son palabras siempre actuales para un mundo que endiosa la oscuridad, se siente cómodo con las tinieblas y ha renunciado a su capacidad de ver y llegar a la Verdad.

"A fuer de cristiano dais testimonio así, en medio de vuestros hermanos, de la fe que os anima y que inspira vuestra activa caridad. Sembradores de esperanza, contribuís a la edificación del Cuerpo de Cristo que, a través de las alegrías y de las pruebas de este mundo, camina hacia la Luz eterna. 

viernes, 30 de diciembre de 2016

Estudiar a Cristo: revelador y mediador

El Misterio del nacimiento del Señor supone tal novedad y tal abundancia, que nos lleva, dejando el sentimentalismo, al estudio y a la piedad; al estudio por conocer mejor a Jesús, su Persona, su redención; a la piedad, porque el corazón se dilata y ensancha conociendo a Jesús y quiere amarlo y seguirlo.

¿Qué contemplamos en estos días?


Apartemos las imágenes bucólicas, tan cargadas de folclore y costumbrismo, aunque simpáticas, y vayamos más adentro, a reconocer quién es el que nos ha nacido, cómo es, para qué viene, qué hace. Y es que su nacimiento lo cambia todo: ahora podemos conocer a Dios porque Él se nos ha dado a conocer en su Hijo encarnado, nacido en la carne, y podemos conocer, de verdad, en plenitud, quién es el hombre, qué es el hombre tan amado por Dios, porque la antropología la estudiamos siempre a la luz de la cristología, al hombre lo podremos conocer si conocemos a Cristo.

El tiempo de Navidad favorece la meditación del Misterio expresado en lecturas, ritos, preces y oraciones; la piedad conduce a meditar y saborear tan altos designios de Dios realizados en la historia. La Navidad nos evangeliza. La Navidad, también, nos recuerda que debemos estudiar y conocer mejor la Persona de Jesucristo, sin conformarnos con imágenes pequeñas, parciales, sino intentando conocer cuanto Él es, con su grandeza, con la unión de tantos extremos que parecen contrarios: Dios y hombre, eternidad y temporalidad...

Conocer mejor a Jesús; estudiar más a Jesús y sobre Jesús: bien podría ser la consigna del ciclo litúrgico navideño.



                "El período de tiempo, es decir, de culto y meditación que la Iglesia dedica al misterio de Navidad está terminando. Con la fiesta de la Purificación, mañana, se cierra el ciclo navideño; y nosotros, antes de pasar a la consideración de otro tema, nos detenemos todavía unos momentos en la consideración, motivo de estas audiencias de sencillas e importantes consideraciones, la consideración del conocimiento que debemos tener de ese Jesús, cuyo nacimiento hemos celebrado con tanto gozo y honor. Debemos conocerlo; debemos conocerlo mejor; no es suficiente un recuerdo convencional; no basta un culto nominal; debemos percatarnos de su verdadera, profunda y misteriosa entidad, del significado de su aparición en el mundo y en la historia, de su misión en el cuadro de la humanidad, de la relación que existe entre él y nosotros, etc. Nunca terminaríamos de sondear el misterio de su personalidad (una Persona, la del Verbo de Dios, viviendo en las dos esencias de Cristo, la naturaleza divina y la naturaleza humana); nunca terminaríamos de descubrir su actualidad, su importancia para todos los verdaderos y grandes problemas de nuestro tiempo; nunca terminaríamos de sentir nacer en nosotros, con experiencia espiritual única, el deseo, el tormento, la esperanza de poderlo ver al fin, de encontrarnos con Él y comprender y gustar, hasta la suprema felicidad, que Él es nuestra vida nueva y verdadera, nuestra salvación.

martes, 27 de diciembre de 2016

Jesucristo. ¡El nombre de Jesús!



            “Jesús basta, encierra de modo perfecto todos los misterios que el nombre de Dios contenía. Así como antes “cualquiera que invocara el nombre de Yahvé sería salvo” (Jl 2,32), así ahora, “si confiesas con tu boca al Señor Jesús, serás salvo” (Rm 10,9). Creer en este nombre es venir a ser hijo de Dios (Jn 1,12); orar en este nombre es ser escuchado (Jn 16,26); en él se perdonan los pecados (1Jn 2,12) y las almas son lavadas y santificadas (1Co 6,11); conservarlo intacto significa perseverar en la fe (Ap 2,13). Anunciar este nombre constituye la esencia de toda evangelización (Hch 8,12).



            El nombre de Jesús salva. Tiene cien virtudes. Es como el aceite. Lo mismo que el aceite da luz, este nombre ilumina las mentes. Igual que el aceite cura las heridas, fortalece los miembros de los atletas y alimenta los cuerpos, así el nombre de Jesús restaura las almas, las robustece y nutre.

            ¿Por qué, entre los nombres que al Mesías proféticamente se le adjudicaron, falta éste de Jesús?

jueves, 15 de diciembre de 2016

La humanidad de Cristo, camino para llegar a Dios

El Adviento clama constantemente a Dios aguardando al Salvador.

Pero el plan de Dios, su redención, no se realiza por un decreto o una acción externa a nosotros, sino por una mediación concretísima: la carne de Jesús, su santísima Humanidad.


Dios salva al hombre mediante el Hombre Cristo-Jesús, su Unigénito. Así rompe todo esquema previo y supera incluso lo que el hombre hubiera podido imaginar. Ahora nos preparamos para recibir la salvación y vivimos en esperanza: se nos da por la humanidad santísima de Cristo.

Con esta catequesis, dilatemos el corazón y hagamos crecer la esperanza para que comprendamos bien la humanidad del Señor y sus implicaciones para el "hoy" de nuestra vida.


                "Y la doctrina que ahora nos interesa es la que atormenta al hombre moderno, sobre Dios, sobre el modo de llegar a él, y sobre la valoración de los resultados, a que podemos llegar en esta difícil e inevitable búsqueda. Y conocemos una verdad fundamental: tenemos un Maestro. Más que un Maestro, un Emmanuel, o sea, Dios con nosotros; tenemos a Cristo Jesús. Es imposible prescindir de él si queremos saber algo seguro, pleno de revelación sobre Dios; o, mejor, si queremos tener alguna relación viva, directa y auténtica de Dios (cf. Cordovani, Il rivelatore). No decimos que antes de Jesucristo fuese desconocido Dios: el Antiguo Testamento es ya una revelación, y desarrolla en sus cultivadores una espiritualidad maravillosa y siempre válida: basta pensar en los Salmos, que alimentan todavía hoy la plegaria de la Iglesia con una riqueza de sentimiento y de lenguaje insuperables. Aun en las religiones no cristianas puede encontrarse una sensibilidad religiosa y un conocimiento de la divinidad, que el Concilio nos ha aconsejado respetar y venerar (cf. NE, 2; cf. cardenal Köning, Diccionario de las religiones, Herder, 1960, Roma). Y, en general, el hombre que piensa, obra, gobierna, sufre o se expresa artísticamente, acoge algo de Dios, a quien por tantos títulos nuestra vida está obligada; el estudio de las religiones nos lo demuestra; la historia, la filosofía, el arte nos lo confirman. Toda aspiración a la perfección es una tendencia hacia Dios (cf. Santo Tomás I, 6,2 ad 2; De Lubac, Por los caminos de Dios, c.2).

viernes, 28 de octubre de 2016

Cristo en la Iglesia

Como Cristo no es un personaje mítico del pasado, ni un ideal, ni un sentimiento afectivo, sino una Persona real, el Hijo de Dios encarnado, muerto y glorificado. Con Él podemos tener contacto, tratarlo, y Él puede curarnos, sanarnos, alimentarnos y nutrirnos mediante su Iglesia, que es la mediación elegida por Él.

La Iglesia tiene por centro a Jesucristo, la Iglesia vive de Jesucristo y la Iglesia posibilita el acceso real, concreto, personal, a Jesucristo.

Que la vida de la Iglesia sea Cristo es algo cargado de consecuencias: su vida es el Señor, no la mera filantropía y la asistencia social. Que la vida de la Iglesia sea Cristo supone el primado de la Gracia, volviendo una y otra vez a su centro sin derramarse en la periferia, en las acciones o incluso en el activismo.

Cristo mismo ha querido a su Iglesia como el medio, el lugar, el signo y el ámbito que posibilite darse a sus hermanos.

Cristo sin Iglesia estaría "desencarnado", alejado; la Iglesia sin Cristo sólo sería una sociedad con ansias de espiritualidad o un grupo benéfico más.

"Cristo no solamente es el único que garantiza el conocimiento verdadero de Dios, sino que él es también la persona a través del cual debe pasar el movimiento vivo hacia Dios, si quiere culminar realmente en él, tal como lo reafirma con toda energía en el Evangelio según san Juan: "Yo soy el Camino. Nadie va al Padre, sino por mí" (14,6).

sábado, 22 de octubre de 2016

Hemos sido ungidos

Tanto en el Bautismo como en la Confirmación, se nos impuso el aceite consagrado, el santo crisma, que nuestra piel asumió, dejándonos marcados, sellados para siempre. De esta manera, sacramental, fuimos llenados del Espíritu Santo.


Hemos sido ungidos, nosotros al igual que Jesucristo, recibiendo el Espíritu Santo que actúa interiormente para nuestra santificación, como guía, luz, maestro, consuelo, abogado. Así, ungidos, somos agraciados con los dones y frutos del Espíritu Santo, desarrollando la vida de Cristo en nosotros mismos.

La Unción es un don, una gracia, para nuestra santificación, para nuestra divinización, haciéndonos particípes de la misma vida divina. La Fuente de toda santificación y unción es la Humanidad glorificada de Jesucristo, convertido en Señor del Espíritu.

jueves, 1 de septiembre de 2016

El Ungido es Jesucristo

Precioso tema éste de la Unción de Jesucristo, por el cual se ve cómo todo lo profetizado se ha cumplido en Jesús, el Hijo de Dios y Ungido así, no con aceite material sino con el Espíritu Santo, se convierte para nosotros en fuente de unción.


Por Él somos ungidos nosotros con aceite santo, perfumado, consagrado, y a través de ese aceite santo, se nos da la vida divina de Cristo y su Espíritu Santo. Es una corriente vital de gracia y amor que nos asiste en el desarrollo de nuestra vida cristiana.

"Ese amor que une al Padre y al Hijo subsiste, pues, en la realidad de una Persona. Es la expresión de la fecundidad del amor del Padre y del Hijo. Ese amor se comunica y se agota en la procesión del Espíritu. Por ahí alcanza la vida trinitaria su plenitud, su perfección. Ella vuelve en cierto modo a sí misma, en ese ritmo eterno de procesión y de reasunción que es el de la vida divina. Ella descansa totalmente en sí misma, en la plenitud de su comunicación. Ocurrirá lo mismo en la misión del Espíritu Santo.

viernes, 15 de julio de 2016

Salvación por su santa Humanidad

Al hombre caído, desordenado todo su interior por la concupiscencia, que busca y no halla, que ve el bien y no lo hace y acaba haciendo el mal que quería evitar; al hombre necesitado de redención, que experimenta la debilidad de su voluntad y de su afecto... al hombre pecador, el Señor lo redime.


El camino de la redención fue la santísima Humanidad de Jesucristo. El Verbo se encarna, asume una carne como la nuestra y experimenta y comprende todas nuestras debilidades, y asumiendo la carne la redime por su cruz y su resurrección, permitiendo una vida plena, santa, feliz.

El Señor ha renovado la humanidad entera con su resurrección; todo lo hace nuevo para pasar al hombre viejo a la novedad de la vida y la salvación. La misma teología de los Padres ha visto una relación esencial entre la "novedad" del Señor en la resurrección y la novedad del don del Espíritu. Recordemos que San Ireneo afirma que el Espíritu renueva a los hombres "a partir de la vez para novedad de Cristo".

sábado, 2 de julio de 2016

"Por Cristo, con él y en él" (Meditación teológica - y III)

Por Cristo, con Él y en Él,
a ti Dios Padre omnipotente,
en la unidad del Espíritu Santo,
todo honor y toda gloria,
por los siglos de los siglos. AMÉN.

Tercer término de la doxología: "En Él".

En Él vivimos, nos movemos y existimos.

En Él hemos sido redimidos.


En Él somos llevados al seno de la Trinidad.

En Él se nos ha toda gracia, amor y amistad.

En Él somos agraciados para participar de la vida divina.