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miércoles, 12 de julio de 2017

El Magisterio de la Iglesia

Recordemos en esta catequesis qué es el Magisterio de la Iglesia y su función al servicio de la verdad. Para nosotros, el Magisterio es normativo, porque nos garantiza la continuidad con la fe apostólica y la permanencia inalterable del depósito de la fe.

Ratzinger lo explica entresacando citas del Concilio Vaticano II. Hagamos nuestra tal enseñanza.

"'Dispuso Dios benignamente que todo lo que había revelado para la salvación de los hombres permaneciera íntegro para siempre y se fuera transmitiendo a todas las generaciones' (DV 8).



Él dio a su Iglesia, por el don del Espíritu Santo, una participación en su propia infabilidad. El Pueblo de Dios, gracias al 'sentido sobrenatural de la fe' goza de esta prerrogativa, bajo la guía del Magisterio vivo de la Iglesia, que, por la autoridad ejercida en el nombre de Cristo, es el único intérprete auténtico de la Palabra de Dios, escrita o transmitida.

Como sucesores de los Apóstoles, los pastores de la Iglesia 'reciben del señor... la misión de enseñar a todas las gentes y de predicar el Evangelio a toda criatura, a fin de que todos los hombres logren la salvación..." (LG 24). Por eso, se confía a ellos el oficio de guardar, exponer y difundir la Palabra de Dios, de la que son servidores.

La misión del Magisterio es la de afirmar, en coherencia con la naturaleza "escatológica" propia del evento de Jesucristo, el carácter definitivo de la Alianza instaurada por Dios en Cristo con su Pueblo, protegiendo a este último de las desviaciones y extravíos y garantizándole la posibilidad objetiva de profesar sin errores la fe auténtica, en todo momento y en las diversas situaciones.

sábado, 3 de junio de 2017

Revitalizar la parroquia (y III)

Revitalizar la parroquia sólo se hace si uno, si cada cual, si todos juntos, nos acercamos a beber en las fuentes de la salvación del Corazón de Cristo.

Convenzámonos: no hay fórmulas mágicas, ni programas pastorales caídos del cielo; no hay un único método o enfoque pastoral que todo lo renueve.





Más bien hay un proceso, que nos viene dado por el Señor, y mediante el cual estaremos insertados en Cristo, con una honda vida eucarística, una escucha constante y fiel de la Palabra divina (en la predicación, en catequesis, formación y círculos de estudio) así como la caridad de una vida santa, que ama la fraternidad y quiere a los hermanos que integran la parroquia, difundiéndose esa caridad a todos, especialmente pobres y enfermos.


La caridad real de una parroquia será un gran signo eucarístico. Pero de la caridad brotará la unidad entre todos. Es la integración de los muchos en la unidad del Cristo total, eliminando protagonismos, arrogancia, deseos de aparentar, soñar con ser imprescindible en la parroquia, etc.

La unidad permite que cada cual esté en la parroquia como en su propia casa y hogar, formando parte de una familia muy amplia y distinta: todos servidores y colaboradores, hermanos con carismas y funciones distintos. La rivalidad se queda en la puerta de la calle y jamás entra en la parroquia. La unidad lo enseñorea todo.



sábado, 20 de mayo de 2017

Revitalizar la parroquia (II)

Antes que unas técnicas pastorales, o incluso de marketing, antes que muchos planes pastorales diseñados en despachos y reuniones, hemos de ir a la fuente y al origen.

¿Cómo nace y qué es una comunidad cristiana? Únicamente reconociendo su origen sobrenatural y la acción del Espíritu Santo en la Iglesia y en las almas, podremos acomodar nuestros instrumentos y nuestra colaboración a la verdad objetiva y a la naturaleza de una comunidad parroquial.

Después vendrá el segundo momento: discernir lo que conviene a su naturaleza espiritual y sobrenatural, lo que más se acomoda a esa naturaleza. ¡Y poner manos a la obra!



"3. ¿Pero cómo nace una comunidad? Lo sabéis: una comunidad no es una realidad que se pueda simplemente organizar. Comunidad significa comunión. Para que nazca la comunidad no basta el sacerdote, aunque, como representante del obispo, desempeña un papel esencial. Se requiere el empeño de todos los parroquianos, cuya contribución es vital. El Concilio Vaticano II lo ha subrayado con fuerza. Me alegra veros tan comprometidos, conscientes de la llamada que el Señor os dirige para haceros, junto con vuestros sacerdotes, constructores de auténticas comunidades. No es, ciertamente, una empresa fácil. No se trata de una comunidad solamente humana. La comunidad cristiana es una realidad humano-divina. Nuestra pregunta, cómo nace una comunidad, encuentra entonces una respuesta precisa y maravillosa: no nace desde luego por nuestros esfuerzos. Es Cristo mismo quien la suscita. Es el anuncio de su buena noticia la que reúne a los fieles. El origen y el principio de la comunidad eclesial es la palabra de Dios anunciada, escuchada, meditada y puesta luego en contacto con las mil situaciones de cada día, con el fin de “aplicar la perenne verdad a las circunstancias concretas de la vida” (LG 32-33. 26; AA, 2-3; PO, 2. 4).

No basta, en efecto, escuchar la Palabra, no basta anunciarla, hay que vivirla. Sé que os reunís en vuestras comunidades parroquiales en pequeños grupos en los que profundizáis en la palabra de Dios, también mediante el intercambio de las experiencias vividas. Esto es ya un modo de descubrir la dimensión comunitaria de la buena nueva. Sin embargo, poned esta experiencia al servicio de vuestros hermanos y de vuestras hermanas. Convertíos en constructores de comunidades en las que, con el ejemplo de la primera comunidad, se vive y actúa la Palabra (cf. Hch 6,7; 12,24).

4. La comunidad cristiana, así pues, nace de la Palabra, pero tiene por centro y culmen la celebración de la Eucaristía. Mediante la Eucaristía ahonda sus raíces en el misterio del Cristo pascual y, mediante él, en la comunión misma de las tres divinas Personas. ¡Ésta es la abismal profundidad de la vida de una comunidad cristiana! Éste es el significado de las celebraciones litúrgicas: ellas nos muestra el corazón de la vida de Dios; en ellas encontramos a Cristo que, muerto y resucitado, vive entre nosotros.

domingo, 7 de mayo de 2017

Revitalizar la parroquia (I)

Un discurso de Juan Pablo II, hace ya años, dirigido al "Movimiento parroquial", vinculado a los Focolares, puede servirnos de orientación y pauta.

Hemos de descubrir -y valorar después- la riqueza de la parroquia en cuanto comunidad cristiana grande y diversa, en un territorio, y sus posibilidades.


También algunos principios fundamentales para revitalizarla constantemente y que no se fosilice; la clave desde luego será siempre la santidad personal de cada miembro y la sed de santidad; la experiencia honda de Cristo, la vida cristiana que se testimonia transparente para todos, y la caridad real -con menos discursos ideologizados- con los enfermos y los pobres.

Las palabras del Papa darán pie para la reflexión común y ser catequizados sobre esta comunidad nuestra, tan querida, que es la parroquia.



Discurso de Juan Pablo II
a los participantes en el Congreso Internacional
del “Movimiento parroquial”[1]
Sábato, 3-mayo-1986

"Queridísimos hermanos y hermanas.

1. A todos vosotros, mi cordial saludo. Os habéis reunidos de todas partes del mundo para dar vida al I Congreso Internacional del “Movimiento parroquial”. ¡Sed bienvenidos! Me alegra encontrarme con vosotros. En vosotros saludo a todo el Movimiento de los Focolares, del cual es vuestro es una ramificación, expresando mi aprecio por el compromiso que lo anima en el esfuerzo de ser cada vez más fermento evangélico en la sociedad hoy. Un particular pensamiento deseo dirigir a la señorita Chiara Lubich, fundadora y presidente de este multiforme Movimiento, llamado Obra de María, como también a todos cuantos colaboran con él por la difusión en el mundo del amor de Cristo.

viernes, 21 de abril de 2017

Lo que sí es una parroquia

"Y desearíamos decirles que este encuentro nos hace apreciar, podríamos decir por una cordial  experiencia personal, el significado de la “Iglesia local” que el Concilio ha honrado con relieve particular, tanto a nivel diocesano como a nivel parroquial (cf. LG 23. 28; SC 42, etc.). 


Evoquemos, por tanto, una sola palabra, sobre el aspecto comunitario y original de la parroquia; dice, en efecto, el Concilio: “La parroquia ofrece un luminoso aspecto de apostolado comunitario, fundiendo juntamente todas las diferencias humanas que allí se encuentran e insertándolas en la universalidad de la Iglesia” (AA 10). 

La parroquia inserta al fiel en el Cuerpo mismo de Cristo. 

La parroquia es la primera comunidad eclesial. 

La parroquia es la primera familia espiritual cualificada. 

miércoles, 15 de marzo de 2017

La variedad de la Iglesia (Palabras sobre la santidad - XXXVI)

La Iglesia es realmente hermosísima: un Cuerpo que tiene a Cristo por Cabeza y diversidad de miembros, útiles y necesarios; un Templo grandioso de la Presencia de Dios con ladrillos distintos, amasados por el Espíritu Santo; un jardín, con variedad de flores y frutos.


En ella aparecen vocaciones y carismas, ministerios y funciones distintas y todas necesarias y complementarias; en ella brotan estilos espirituales distintos, caminos de vida cristiana, modos de oración, que ofrecen una variedad hermosísima y contribuyen a la belleza real y concreta de la Iglesia.

Predicaba san Agustín:
"Tenedlo presente, hermanos: en el huerto del Señor no sólo hay las rosas de los mártires, sino también los linos de las vírgenes y las yedras de los casados, así como las violetas de las viudas. Ningún hombre, cualquiera que sea su género de vida, ha de desesperar de su vocación: Cristo ha sufrido por todos" (Serm. 304,3).

martes, 22 de noviembre de 2016

La oración es la fuerza de la Iglesia

Despojándonos de miradas superficiales, de valoraciones mundanas, hallaremos la verdad de la Iglesia. No es una empresa, que requiera reuniones de planificación, balances y números cuantitativos; no es una asociación humanitarista, supliendo carencias estatales en enseñanza, sanidad, infraestructuras; la Iglesia es el Pueblo de Dios, por tanto, si su pertenencia está referida a Dios, la vida del Espíritu es determinante para ella, para responder a la verdad de su ser.

Sabemos que la vida de la Iglesia es ser sacramento y signo de salvación, instrumento de unidad de los hombres con Dios y entre ellos, dispensadora de la vida divina y la economía de la salvación, cuya dicha y felicidad es evangelizar, anunciar a Cristo. 

Sabemos que la Iglesia es un pueblo santo, un Cuerpo vivo cuya Cabeza es Cristo y cada cual un miembro vivo, existiendo una relación espiritual de comunicación entre todos, llamada Comunión de los santos. 

Sabemos que la Iglesia es peregrina en el mundo hasta la Jerusalén del cielo, entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios. 

Sabemos que en la Iglesia lo divino y lo humano van unidos, lo temporal y lo eterno, la gracia y la responsabilidad libre del hombre. Paradojas constantes, pero que no se oponen entre sí:


"Es característico de la Iglesia ser, a la vez, humana y divina, visible y dotada de elementos invisibles, entregada a la acción y dada a la contemplación, presente en el mundo y, sin embargo, peregrina; y todo esto de suerte que en ella lo humano esté ordenado y subordinado a lo divino, lo visible a lo invisible, la acción a la contemplación y lo presente a la ciudad futura que buscamos" (SC 2).

A nadie extrañará, pues, que la vida de la Iglesia se verifique por su oración y su calidad orante: el primado de todas las cosas lo tiene Dios, la primacía es la oración y la Gracia antes que el activismo, o la pastoral secularizada.

viernes, 28 de octubre de 2016

Cristo en la Iglesia

Como Cristo no es un personaje mítico del pasado, ni un ideal, ni un sentimiento afectivo, sino una Persona real, el Hijo de Dios encarnado, muerto y glorificado. Con Él podemos tener contacto, tratarlo, y Él puede curarnos, sanarnos, alimentarnos y nutrirnos mediante su Iglesia, que es la mediación elegida por Él.

La Iglesia tiene por centro a Jesucristo, la Iglesia vive de Jesucristo y la Iglesia posibilita el acceso real, concreto, personal, a Jesucristo.

Que la vida de la Iglesia sea Cristo es algo cargado de consecuencias: su vida es el Señor, no la mera filantropía y la asistencia social. Que la vida de la Iglesia sea Cristo supone el primado de la Gracia, volviendo una y otra vez a su centro sin derramarse en la periferia, en las acciones o incluso en el activismo.

Cristo mismo ha querido a su Iglesia como el medio, el lugar, el signo y el ámbito que posibilite darse a sus hermanos.

Cristo sin Iglesia estaría "desencarnado", alejado; la Iglesia sin Cristo sólo sería una sociedad con ansias de espiritualidad o un grupo benéfico más.

"Cristo no solamente es el único que garantiza el conocimiento verdadero de Dios, sino que él es también la persona a través del cual debe pasar el movimiento vivo hacia Dios, si quiere culminar realmente en él, tal como lo reafirma con toda energía en el Evangelio según san Juan: "Yo soy el Camino. Nadie va al Padre, sino por mí" (14,6).

lunes, 26 de septiembre de 2016

La Iglesia como comunidad/comunión de los santos (II)

La vinculación de unos con otros, sobrenatural y por gracia, mediante el Espíritu Santo que forma a la Iglesia como Comunión de los santos, mutuamente nos enriquece. Es de todos lo que cada uno aporta u ofrece, lo que cada uno es, fecundando así la Comunión.

Los lazos reales en el Cuerpo místico del Señor forman una red invisible y extensa de puntos de contacto, donde fluyen y confluyen virtudes, oraciones, méritos y sacrificios, llegando allí donde ni soñamos, llegando a quien ni conocemos pero que nos necesita. Cada uno a su vez es sostenido por los demás, con una eficacia sobrenatural impensable.

Nos necesitamos todos y nos pertenecemos unos a otros. Nada es exclusivo de nadie, sino que todo está a disposición permanente de los demás en este Cuerpo del Señor. Es la solidaridad de los redimidos en la santa Comunidad, la Iglesia.

"En lo más íntimo de sí, si el hombre es una sola cosa con los demás, de tal modo que la culpa ajena se convierte en propia, así también la expiación de un hombre que puede alcanzar a los demás. El Hijo de Dios se hizo hombre y cargó sobre sí la culpa de la raza humana. Ésta no es una frase vacía o simplemente un pensamiento hermoso. Getsemaní muestra que esa frase expresa una realidad de lo más tremenda, una experiencia de lo más impresionante. Jesús intercedió en favor de nosotros, y, de este modo, hizo que su sufrimiento pasara a ser patrimonio nuestro. Él nos ha redimido, no sólo por su ejemplo, su doctrina y su enseñanza -todo esto pasa a un segundo plano-, sino por la expiación reparadora vicaria con la que intercedió ante Dios por nosotros. Tan grande es la comunidad objetiva de la expiación, que un niño renace a una nueva existencia y a una nueva vida. Gracias a la eficacia salvífica, sin que esa criatura ponga algo de sí.

Tenemos la comunidad de los renacidos a la vida nueva, es decir, la comunidad de los santos. La gracia de Cristo, como un único torrente de vida, impregna a todos. Todos viven a partir de su misma figura operante. En todos obra precisamente el Espíritu Santo. Cada uno recibe la gracia no sólo para sí, sino también para los demás, y la derrama a raudales por medio de cada palabra, de cada encuentro, de cada buen pensamiento, de cada buena acción realizada con amor. Todo fortalecimiento en la gracia, en virtud de una mayor fidelidad, profundización y crecimiento interior, robustece también esta difusión de la gracia entre los demás. Cuando alguien crece en el conocimiento y en el amor, también, produce su efecto sobre los otros, no sólo por la palabra, la escritura y el ejemplo visible, sino, inmediata y esencialmente.

viernes, 26 de agosto de 2016

La Iglesia como comunidad/comunión de los santos (I)

Preciosa y edificante dimensión de la Iglesia que ensancha el alma al contemplarla: la Iglesia es una gran comunidad, una verdadera y cierta Comunión de los santos.

Cuanto más profundicemos en esta visión de la Comunión de los santos, mejor entenderemos la verdad de la Iglesia, derrumbando los pequeños muros que alzamos partiendo sólo de sus necesarias estructuras visibles y organización o de las contingencias pequeñas y domésticas de nuestro lugar eclesial concreto.

La Iglesia es más de lo que vemos y experimentamos cotidianamente. La Iglesia es más grande, más bella y más hermosa que las pequeñas limitaciones humanas que nos rodean.

Miremos a la Iglesia en su verdad: nos sentiremos una pequeña parte de un gran todo. Veremos que lo visible está insertado en lo invisible de una comunidad que supera el espacio y el tiempo y que incluye muy realmente a la Iglesia del cielo, a los santos. Por ello, no estamos solos en la Iglesia, ni somos solitarios, sino que la vinculación es sobrenatural, con una verdadera relación y comunicación entre todos.

"La Iglesia genera una verdadera comunidad. Ella ofrece la comunidad en la verdad, en las supremas realidades sobrenaturales, tal como son conocidas por medio de la fe. He aquí los fundamentos de la existencia sobrenatural, para todos igual: Dios, Cristo, la Gracia, la acción del Espíritu Santo.

¿Qué significa esto para la comunidad? Todos se apoyan en los mismos fundamentos, en todos obran las fuerzas reciénmencionadas. Los mismos fines son reconocidos por todos, las mismas pautas sirven de base para el juicio que todos realizan. Todos reconocen los mismos ideales de perfección moral y humana, y adoptan las mismas actitudes espirituales fundamentales. En medio de todas sus diferencias, ¡cuán profundamente se han de ligar los hombres que toman esto con seriedad! ¡Con cuánta profundidad uno puede conocer al otro y conocer lo que, en definitiva, es decisivio para él, con lo cual se da cuenta del camino que debe seguir!

domingo, 17 de julio de 2016

Grandeza de la Iglesia, camino de libertad

Creados para la Verdad, con sed de Verdad, el hombre es libre y realiza la plenitud de su libertad cuando es orientado hacia el Bien, la Belleza y la Verdad. Uno es libre auténticamente cuando vive en la Verdad, mientras que anclado en la mentira (llámese relativismo, llámese nihilismo), la libertad se va destruyendo y es sustituida por pesadas cadenas.

La Verdad y la libertad determinan la realización plena del hombre y orientan sus pasos en todo lo que el hombre es y hace y busca.

Pero si hay un lugar bendito, un ámbito profundamente saneador, para que el hombre vaya siendo libre y encuentre la Verdad, quedando fascinado por ella y viviendo de ella, ese lugar bendito es la Iglesia. Porque es la Iglesia la que nos confiere la libertad de Cristo y educa la libertad del hombre y es la Iglesia la que muestra la Verdad, que es Cristo, y nos encamina hacia Él. Pone al hombre ante la Verdad para que quede seducido por ella. Entonces el hombre será libre.

Esta es la grandeza de la Iglesia: ofrece el camino de la libertad educando y muestra la Verdad. Su grandeza a la par que su cruz, ya que los ataques del relativismo (: todo es bueno, todo da igual) y del nihilismo (: no hay nada, sólo tú que eres el más fuerte) son feroces.

"La palabra de Jesús manifiesta la dinámica particular del crecimiento de la libertad hacia su madurez y, al mismo tiempo, atestigua la relación fundamental de la libertad con la ley divina. La libertad del hombre y la ley de Dios no se oponen, sino, al contrario, se reclaman mutuamente. El discípulo de Cristo sabe que la suya es una vocación a la libertad. «Hermanos, habéis sido llamados a la libertad» (Ga 5, 13), proclama con alegría y decisión el apóstol Pablo" (Juan Pablo II, Veritatis splendor, 17).

miércoles, 13 de julio de 2016

La Iglesia, la historia y la historia de la Iglesia

Por varias razones, este discurso de Pablo VI me ha llamado la atención y creo que nos puede iluminar.

Aborda de qué manera acercarse a la historia y estudiarla. Algo tan sencillo, que sin embargo ha sido manipulado en tantas ocasiones, tergiversando la historia, o silenciándola, o manipulándola, o mostrándola desde el prisma de diferentes ideologías y memorias. La historia nada tiene que ver con ello, pues ella estudia los hechos pasados, con documentos, con la verificación propia de esta ciencia.


Conocer la historia, qué duda cabe, enriquece a todos al ver de dónde venimos y las causas profundas, siempre varias y no una única causa, que desemboca en la vida de los hombres y sus cambios, a veces dramáticos.

También es bueno, buenísimo, conocer la historia de la Iglesia, inmunizándonos así a las leyendas negras que circulan interesadamente y que una mente acrítica, o con poca base, asumiría sin dudar. Recordemos, por ejemplo, cómo san Felipe Neri en su Oratorio, dedicaba mucho tiempo a explicar la historia de la Iglesia a sus jóvenes. Somos un pueblo con una historia concreta, y esa historia la hemos de conocer nosotros desde ella misma y no desde fuera, con los prejuicios de las leyendas que circulan impunemente.

Se trata de estudiar, de leer, de formarse y forjarse criterios. La Iglesia no tiene miedo a la historia, porque ni la magnifica ni la disfraza; en todo caso, tiene miedo de los manipuladores de la historia.

Veamos las orientaciones que ofrecía Pablo VI en un discurso.

"Quisiéramos deciros hoy brevemente lo que constituye, a los ojos de la Iglesia, la dignidad de la historia. 
El primer punto que se impone a la atención es el rigor de su método. El método histórico está basado en la investigación: investigación del documento, del texto auténtico, del escrito contemporáneo de los acontecimientos que se estudian. Investigación muchas veces larga y difícil, a veces recompensada -no siempre- por el descubrimiento inesperado del documento que viene a esclarecer un aspecto de la realidad histórica, a confirmar una hipótesis largo tiempo acariciada. Esta investigación supone calidades y virtudes que tienen gran precio a los ojos de la Iglesia; en primer lugar, la paciencia, que es la compañera fiel del investigador en un trabajo con frecuencia árido y monótono; la perseverancia en el estudio de los textos; el arte de interpretarlos, de hacer revivir una época más o menos lejana y olvidada, de insertar un dato aislado en un contexto general.

jueves, 7 de julio de 2016

Una historia de santidad (Palabras sobre la santidad - XXVIII)

Allí donde, por gracia, germina un santo, allí Dios entra derrochando luz y misericordia. Cada santo es un signo de Dios entre los hombres, una renovación muy visible de la presencia de Dios salvando y actuando, demostrando que Dios es Fiel y que permanece con nosotros todos los días hasta el fin del mundo, ofreciendo esperanza y vida sobrenatural.


"Los santos son los verdaderos portadores de luz en la historia, porque son hombres y mujeres de fe, espranza y amor" (Benedicto XVI, Enc. Deus caritas est, 40).

La Iglesia ha sido una buena madre de santos; cada época de la historia, en cada lugar donde la Iglesia se ha implantado y ha crecido, ha visto brotar santos, hombres de Dios, portadores de su luz allí donde estaban situados. En la variedad de los tiempos, de las culturas y naciones, en cada momento de la historia, la Iglesia se ha personificado en sus santos. 

lunes, 4 de julio de 2016

Conservar íntegro el mensaje

El depósito de la fe ha sido entregado a la Iglesia para que lo custodie, lo preserve, lo anuncie y lo transmita. El lenguaje y la explicación del depósito de la fe puede cambiar mientras no altere su contenido, pero la Iglesia jamás consentirá alterar lo más mínimo la Verdad revelada que el Señor le confió.

Estos principios los hemos de tener claros para evitar confusiones y para preservar de adulteraciones la predicación evangélica.


La Verdad es la que es, la revelación es aquello que Dios manifestó, y este patrimonio es inalterable por su propia naturaleza, no se acomoda a los deseos secularizadores, ni disimula, aparta o cambia, aquellos principios que en determinados momentos parezcan difíciles -lo que le reprocharon en Cafarnaum a Jesús, Jn 6-. La Iglesia transmite aquello que fecunda y da vida a los hombres de todos los tiempos, sin modernizarse para ir al compás variable de los tiempos (¡las modas, ser modernos!), sino que procura elevar esos "tiempos", esas generaciones.

Distinta cuestión, por supuesto, es el lenguaje de la teología, de la catequesis y la predicación, que debe tener facilidad, cercanía, inteligibilidad, para comunicar y enseñar, para que el tesoro de la fe sea claro y comprensible para todos.

La confusión de planos y el virus secularizador han causado estragos y por eso es necesario discernir y tener claras las cosas.

Con las palabras de Pablo VI veremos con claridad cómo una cosa es el contenido de la fe y la revelación, y otra el lenguaje que lo explica; éste sujeto a cambios para ser comprensible; aquel inalterable, porque viene de Dios mismo y no de hombre alguno.

domingo, 12 de junio de 2016

La liturgia en la Iglesia

La liturgia en la Iglesia ocupa un lugar central: la Iglesia vive de la liturgia, de la Gracia comunicada, de la presencia ante Dios que se da en la liturgia, de la Palabra que se recibe con disponibilidad de corazón, de la adoración ante el Tres veces Santo, del encuentro con Jesucristo, de la alabanza divina al ritmo de las horas.

En la Iglesia, la liturgia no es un ritual ajeno, externo, un conjunto de ceremonias solemnes y extrañas a la vida; la liturgia es la vida de Cristo glorioso comunicada. La Iglesia halla en la liturgia su fuente y su culmen. La Iglesia halla a su Señor glorificado en la liturgia.

Y es la liturgia, por su naturaleza, por su estilo de celebrar, por su contenido místico, una gran educadora del hombre, no tanto mediante palabras de exhortación (moniciones a cada paso), sino envolviendo al hombre en la acción sagrada para orientarlo hacia Dios.

domingo, 22 de mayo de 2016

La santa Iglesia... formada por pecadores (y II)

Formada por hombres que sufren la herencia de Adán, redimidos y salvados en esperanza, la Iglesia es una Comunidad Santa en sí misma, cuyos miembros somos pecadores.

Esta es la paradoja del Misterio de la Iglesia: santa y formada por pecadores. Será la piedra de escándalo en ocasiones evitar esa paradoja ha llevado a una situación de cisma, de buscar una perfección imposible en esta humanidad nuestra; de catarismo, de puros y perfectos, que se creen santos y poseedores de toda ortodoxia y espiritual. Ellos arrancaron la cizaña y el trigo a la vez. Ellos se autoconstituyeron jueces de la Iglesia, y quedaron al margen de la vida de la Iglesia.

"Cristo crucificado vive eternamente en la Iglesia. Podríamos arriesgarnos a hacer una comparación y decir que los defectos de la Iglesia son la cruz de Cristo; que toda la realidad del Cristo místico -su verdad, su santidad y gracia, su persona adorada por los fieles- está atada y ligada a esas deficiencias de la Iglesia, así como un día el cuerpo de Cristo estuvo clavado en el madero de la cruz. Quien quiere a Cristo debe compartir su cruz, ya que ninguno de nosotros lo desclava de ella.

Se dijo que nos dignificamos con las deficiencias de la Iglesia, si percibimos su más profundo sentido. Tal vez sea así; es decir: que esas imperfecciones deben crucificar nuestra fe, para que busquemos verdaderamente a Dios y nuestra salvación, no a nosotros mismos. Por eso, esos defectos están siempre presentes. Bien se dice que, en el cristianismo primitivo, la Iglesia había sido idealizada...

viernes, 6 de mayo de 2016

Misión y necesidad del Magisterio de la Iglesia

Ninguna desconfianza, sospecha o recelo debe albergarse en un corazón católico respecto al Magisterio de la Iglesia; más bien, por el cocntrario, una confianza gozosa de hallar en el Magisterio una guía para comprender la Verdad y una seguridad de estar en comunión con la Iglesia de todos los tiempos hasta sus orígenes, el mismo Cristo y los apóstoles.


Las corrientes secularizadoras han introducido un principio protestante que se ha abierto paso en muchos hijos de la Iglesia y es el de la libre interpretación, como si la asistencia del Espíritu Santo fuera sólo subjetiva, a cada uno, en el momento de leer y luego interpretar cada cual a su gusto, tanto al Escritura como el depósito de la fe. Habría tantas verdades y tantos magisterios distintos como personas. Además, esas corrientes secularizadoras en el seno mismo de la Iglesia han fomentado el disenso y la contestación al Magisterio, discutiendo su autoridad, y empleando un lenguaje caducado ya, como si el Magisterio fuera opresor de las bases cristianas. Se llega así a ensalzar a los contestatarios como "nuevos profetas" y sospechar siempre del Magisterio de la Iglesia. 

El colmo de esta secularización interna es pretender que esto mismo avala el Concilio Vaticano II y que el "espíritu del Concilio" aparta y arrincona el Magisterio de la Iglesia, recayendo todo en el pueblo de Dios y en sus nuevos maestros, los teólogos, los cuales, cuanto más apartados del Magisterio de la Iglesia, más son considerados "profetas". Pero ¿acaso pueden justificarse semejantes comportamientos con el Concilio Vaticano II? Evidentemente, no.

La Constitución dogmática Dei Verbum, sobre la divina revelación, explicita el valor y la necesidad del Magisterio para interpretar autorizadamente la fe:

lunes, 25 de abril de 2016

La santa Iglesia... formada por pecadores (I)

Porque eso es lo que somos: pecadores, y sin embargo y a la vez, miembros de la Iglesia que es santa. He aquí la paradoja, que diría De Lubac; he aquí el carácter "trágico", que diría Guardini.

Somos pecadores y miembros de la Iglesia, pero ésta es Santa en sí misma participando de la santidad de su Cabeza, Jesucristo, y administrando todos los medios de la santificación, como fiel dispensadora de la Gracia.

El carácter humano junto al divino en la Iglesia es piedra de toque y escándalo para muchos. Vista desde fuera, y sin entrar nunca en ella, la Iglesia muestra su faz humana, la que componemos cada uno de nosotros, y se muestra un rostro tal vez desagradable y poco atrayente: se ven sólo nuestros pecados, los de sus miembros, que distorsionan a quien mire a la Iglesia con una mirada superficial o exterior. Hay que superar eso y dar un paso más: descubrir su verdad, su núcleo esencial, su santidad participada.

Nosotros mismos, miembros de la Iglesia, a veces tropezamos con el escándalo que nos provocan, no los 'pecados' de la Iglesia, sino los de sus miembros, olvidándonos de la naturaleza espiritual (sobrenatural) de la Iglesia misma.

"La Iglesia es para el hombre, en tanto individuo, el sustrato vivo de su perfección personal y el camino para que él se desarrolle como tal. Pero antes de hablar sobre la dimensión individual del hombre, permítanme anticiparles algo. Cuando yo intentaba exponer lo que la Iglesia significa para el desarrollo de la personalidad humana, quizás ustedes habrán querido plantear alguna objeción. Habrán recordado muchas imperfecciones que vieron en la Iglesia, habrán recordado también muchos desengaños personales y posiblemente sintieron como falso lo que yo estaba diciendo. Les habrá parecido que todo lo dicho era muy lindo en el plano de las ideas, pero que, lamentablemente se refería a una Iglesia ideal o abstracta, ya que la Iglesia real no es ni consigue ser lo que afirmábamos. Es por eso que les debo una explicación. Quien pretende hablar sobre el sentido de la Iglesia, también tiene que hablar sobre sus imperfecciones.

viernes, 8 de abril de 2016

Iglesia, persona y comunidad

Persona y comunidad no son dos polos opuestos, antitético como a veces, tal como a veces se presentan o como a veces nosotros podemos sentir y plantear. La persona es un ser en relación, creado para amar, que forma parte de una comunidad de personas; la comunidad, a su vez, es formada por personas que no pierden su identidad, sino que potencian la vida de los demás, la vida comunitaria, desarrollando su propia personalidad.

Son relaciones complementarias, buenas y necesarias. Caen categorías reductoras: el hombre es persona, pero no es vivido ni considerado como "individuo", sin rostro; la comunidad no es totalitaria, sumando individuos que pierden sus cualidades personales, sus rasgos definitorios: comunidad no es una masa informe, ni una asociación de individuos. Decir comunidad implicará decir siempre 'personas'.

La Iglesia misma es la gran comunidad de personas, los redimidos, unidos por unos lazos nuevos, recibiendo una vida nueva. En la Iglesia somos insertados como posibilidad de vivir la humanidad nueva ofertada por Cristo, realizada primero en su propia Humanidad glorificada.

"Nosotros -escribe Romano Guardini- hemos contrapuesto la vida nueva como Iglesia a la vida nueva como individuo. Debíamos hacerlo, para ver con claridad la diferencia. Pero ahora surge la pregunta: ¿cómo se debe entender el primer significado respecto al segundo?

Inmediatamente tenemos que afirmar: no hay que considerarlos como dos cosas fácilmente separables ni como dos órdenes separados. Se trata del mismo acontecimiento fundamental de la vida cristiana, del mismo misterio fundamental de la Gracia. Sólo hay un único ser-poseído del hombre por Dios, por el Padre, en Cristo, mediante el Espíritu Santo. Pero ese ser-poseído se distribuye entre las dos orientaciones básicas de toda vida, se revela en los dos modos fundamentales de la existencia humana: por una parte, en la naturaleza humana que se apoya en sí misma y se afirma a sí misma; por otra parte, en la naturaleza humana abierta a la comunisad que la trasciende.

martes, 29 de marzo de 2016

La Iglesia y el misterio de lo personal

Ganaríamos mucho si viviésemos la Iglesia como la Comunidad a la que ofrezco cuanto soy y en la que aporto mis cualidades, virtudes y dones y si viéramos la Iglesia como la Comunidad que me sostiene, me espolea, me desafía a crecer, me ayuda a caminar; por supuesto, en el plano sobrenatural mediante la Gracia.


La Iglesia es esa bendita Comunidad y Cuerpo del Señor donde la unidad jamás significa uniformidad, y donde lo comunitario no significa gregarismo alguno o despersonalización; la santa Comunidad donde unos y otros estamos relacionados en el Espíritu Santo y donde unos y otros mutuamente se enriquecen y se edifican. Este gran organismo sobrenatural permite el desarrollo pleno y santo de cada uno de sus miembros, respetando sus ritmos de crecimiento, su vocación, sus cualidades, hasta alcanzar la imagen de Cristo o la madurez perfecta en Cristo Jesús.

Las presentaciones parciales de la Iglesia o la vivencia desfigurada de la Iglesia al considerarla una institución jerárquica alejada de mí, distante de mí, e incluso en cierto modo, frenadora de lo mejor de cada uno, deben ser superadas para alcanzar una visión de totalidad del Misterio de la Iglesia.