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viernes, 14 de septiembre de 2018

¿Cómo se comulga en la mano?

La educación litúrgica requiere que, a veces, se recuerden cosas que se dan por sabidas.

La comunión en la mano está permitida para todo aquel que lo desee, a tenor de nuestra Conferencia episcopal, que lo solicitó a la Santa Sede.


¿Cómo se comulga en la mano? ¡Hemos de conocer las disposiciones de la Iglesia para quien desee comulgar así!, porque en muchísimas ocasiones se hace mal, de forma completamente irrespetuosa.

Debe cuidarse la dignidad de este gesto, sin que desdiga de la Presencia real de Jesucristo en la Eucaristía como si fuese un mero trozo de pan que se recibe de cualquier forma: al aire, agarrando la Forma de cualquier manera,  o con una sola mano... Actitudes que desdicen de la adoración debida.


Debe cuidarse la dignidad de este gesto, sin que desdiga de la Presencia real de Jesucristo en la Eucaristía como si fuese un mero trozo de pan que se recibe de cualquier forma:

“Sobre todo en esta forma de recibir la sagrada Comunión, se han de tener bien presentes algunas cosas que la misma experiencia aconseja. Cuando la Sagrada Especie se deposita en las manos del comulgante, tanto el ministro como el fiel pongan sumo cuidado y atención a las partículas que pueden desprenderse de las manos de los fieles, debe ir acompañada, necesariamente, de la oportuna instrucción o catequesis sobre la doctrina católica acerca de la presencia real y permanente de Jesucristo bajo las especies eucarísticas y del respeto debido al Sacramento”[1].

jueves, 30 de agosto de 2018

La vida eucarística - IX



            La mayor participación posible en el sacrificio del altar se produce cuando la persona se une en comunión con el Señor, es decir, el fiel cristiano recibe a su Señor en comunión eucarística, debidamente dispuesto, sin pecado. La Iglesia siempre ha privilegiado este momento altamente espiritual de participación, mediante los ritos y oraciones, que expresaban así la fe en la presencia real eucarística.



            La catequesis primitiva de la Iglesia explicaba despacio cómo acercarse a comulgar.


            “Oíste después la voz del salmista que os invitaba, por medio de cierta divina melodía, a la comunión de los santos misterios y decía: “Gustad y ved qué bueno es el Señor”. Pero no juzguéis ni apreciéis esto como una comida humana: quiero decir, no así, sino desde la fe y libres de toda duda. Pues a los que los saborean no se les manda degustar pan y vino, sino lo que éstos representan en imagen, pero de modo real: el cuerpo y la sangre del Señor”[1]

 

domingo, 5 de agosto de 2018

La vida eucarística - VIII



            ¿Qué celebramos? ¿Qué ocurre en la celebración de los misterios santos? Se obra la salvación de Dios, y los mismos ritos de la liturgia están llenos de un contenido espiritual y salvador, que interpelan y nos sitúan frente al Misterio con la reverencia y adoración necesarias.



            Un gran toque de atención –destacado por la Tradición de la Iglesia- es la llamada del sacerdote al inicio del Prefacio: “Levantemos el corazón”.


            “Después exclama el sacerdote: “Levantemos el corazón”. Pues verdaderamente, en este momento trascendental, conviene elevar los corazones hacia Dios y no dirigirlos hacia la tierra y los negocios terrenos. Es, por tanto, lo mismo que si el sacerdote mandara que todos dejasen en ese momento a un lado las preocupaciones de esta vida y los cuidados de este mundo, y que elevasen el corazón al cielo hacia el Dios misericordioso. Luego respondéis: “Lo tenemos levantado hacia el Señor”, con lo que asentís a la indicación por la confesión que pronunciáis. Que ninguno que esté allí, cuando dice: “Lo tenemos levantado hacia el Señor”, tenga en su interior su mente llena de las preocupaciones de esta vida. Pues debemos hacer memoria de Dios en todo tiempo. Pero si, por la debilidad humana, se hiciere imposible, al menos en aquel momento hay que esforzarse lo más que se pueda”[1].


domingo, 29 de julio de 2018

Eucaristía, encuentro con Cristo, don mayor

Interrumpiendo la lectura semi-continua del evangelio de san Marcos, más breve, se completan los domingos del Tiempo Ordinario insertando el discurso del Pan de vida del evangelio de san Juan (cap. 6).

De este modo, cada tres años, al seguirse el ciclo B de lecturas, todos los fieles tenemos ocasión de escuchar en el domingo la doctrina eucarística del Evangelio.





Al considerar el misterio eucarístico, podremos profundizar en él, vivirlo mejor, celebrar con mayor unción y devoción, ser consciente de su grandeza, extender su acción hacia toda nuestra vida de manera que sea un culto en espíritu y verdad: forma una vida eucarística.


Se superan entonces la rutina, la tibieza, el apagamiento o la distancia que a veces podamos tomar de la Eucaristía; caen las excusas fáciles para ausentarse; se llega a comprender incluso que ante tal grandeza, el desarrollo de la Misa requiere su tiempo y jamás la prisa o la precipitación podrán tener cabida.

El discurso del pan de vida es el desarrollo y explicación que hace el Señor de un gran signo: la multiplicación de los panes y de los peces. La Eucaristía es el mayor don del Señor, su mayor donación hasta el extremo.

martes, 10 de julio de 2018

La vida eucarística - VII



            La Eucaristía comprende y abarca muchas realidades espirituales, de gran belleza que piden, por parte de cada uno de los celebrantes, ser interiorizadas.

            La catequesis sobre la Eucaristía de la Iglesia Antigua partía de los mismos ritos de la celebración, de aquello que se hacía, para ofrecer una comprensión profunda del Misterio que se realizaba. Detengámonos en dos momentos elocuentes de la Eucaristía: el lavatorio de manos por parte del sacerdote que preside y el signo de la paz de la asamblea.




            El lavatorio de las manos es un rito antiguo que nunca se ha suprimido de la liturgia de la Eucaristía, por el contenido espiritual que posee. Dice S. Cirilo de Jerusalén en sus catequesis:


            “Habéis visto cómo el diácono alcanzaba el agua, para lavarse las manos, al sacerdote y a los presbíteros que estaban alrededor del altar. Pero en modo alguno lo hacía para limpiar la suciedad corporal.  Digo que no era ése el motivo, pues al comienzo tampoco vinimos a la Iglesia porque llevásemos manchas en el cuerpo. Sin embargo, esta ablución de las manos es símbolo de que debéis estar limpios de todos los pecados y prevaricaciones. Y al ser las manos símbolo de la acción, al lavarlas, significamos la pureza de las obras y el hecho de que estén libres de toda reprensión. ¿No has oído el bienaventurado David aclarándonos este misterio y diciendo: “Mis manos lavo en la inocencia y ando en torno a tu altar, Señor” (Sal 25,6)? Por consiguiente, lavarse las manos es un signo de la inmunidad del pecado”[1].

sábado, 23 de junio de 2018

La vida eucarística - VI



            La enseñanza de la Tradición ha puesto de relieve en su predicación y enseñanza cómo la Eucaristía había sido ya anunciada de forma velada, oculta, en el Antiguo Testamento, en palabras, en signos y en hechos de la historia de la salvación. Dios había preparado a su pueblo y le había prometido el gran Don de la Eucaristía.

            A la luz de lo realizado por Cristo en la tarde la Última Cena, Cena Pascual, del acontecimiento de la Pascua –muerte y resurrección- y de las comidas pascuales con sus discípulos, la Iglesia ha releído el Antiguo Testamento con una nueva luz. En la Eucaristía está el cumplimiento de lo ya anunciado y profetizado.


     
       Esto es lo que enseñaba la catequesis antigua. El primer dato lo halla en Melquisedec, rey de Salem, que ofrece a Abraham pan y vino. La alusión era clara, el Nuevo Testamento lo desarrollará. Pero también la Tradición encuentra un signo y prefiguración en los panes de la proposición que están en el Santuario del Señor:


“Existían también, en la antigua Alianza, los panes de la proposición; pero, puesto que se referían a una alianza caduca, tuvieron un final. Pero, en la nueva Alianza, el pan es celestial y la bebida saludable, y santifican el alma y el cuerpo. Pues, como el pan le va bien al cuerpo, así también el Verbo le va bien al alma”[1].


            El salmo 22 que la Iglesia canta muchísimas veces en su liturgia, “El Señor es mi pastor”, tiene clara resonancias tanto bautismales como eucarísticas, a tenor del uso litúrgico de la Tradición y de la exposición catequética:


domingo, 17 de junio de 2018

Amar a Jesús, amar la Eucaristía



            En el altar del cielo –Ara Coeli-, la adoración del Cordero místico que narra el libro del Apocalipsis y que tantas representaciones pictóricas y escultóricas han plasmado; en el altar de la tierra, el altar de la Iglesia, el anticipo y preludio de lo que se celebra en el Altar del Cielo: la entrega del Cordero ofrecido en la Eucaristía como alimento y adoración del pueblo cristiano peregrino. 



           El único Altar del Cielo –ara coeli- se hace visible en el altar; un mismo Cordero, una misma oblación y sacrificio: Jesús que se entrega en el altar; Jesús que cotidianamente es ofrecido en la Misa diaria; Jesús que permanece en el Sagrario: presencia verdadera, real y sustancial, que por amor se convierte en alimento de las almas, compañero de camino, confidente de nuestra intimidad y centro y Señor de nuestras vidas.

            “Haced esto en conmemoración mía”: fue el testamentum Domini, su entrega y donación en la Última Cena. Instituyó la Eucaristía transformando el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre, no meros símbolos, ni apariencia, ni banquete de amigos expresión de compromiso, ni recuerdo psicológico, sino su presencia real y sustancial. Él mismo se ofrece, se da en comunión y se reserva con amor en el Sagrario. “Oh sagrado banquete –exclama santo Tomás de Aquino en una antífona- en el cual se recibe a Cristo, se renueva la memoria de su Pasión, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura”.

            Desde esa institución de la Eucaristía, la Iglesia ha ofrecido cada domingo el sacrificio del altar, y ha convocado a sus hijos para participar en la Misa del domingo, sin la cual no podemos vivir, como afirmaron los mártires africanos de Abitinia en el siglo III ante el tribunal al ser arrestados por celebrar la Misa dominical. Como ellos, y al igual que tantos mártires de ayer y de hoy, y de tantos católicos hoy que en distintos países son perseguidos y encarcelados sólo por ser católicos, nosotros, sin la Eucaristía, no podemos vivir. 

domingo, 27 de mayo de 2018

¿Dónde está Jesús? (El Sagrario - y II)


            El Sagrario, que también se denomina tabernáculo o reserva eucarística, guarda tras su puerta las especies eucarísticas, el pan que consagrado en la Santa Misa se ha convertido en el Cuerpo real de Cristo, verdadera y sustancialmente. 
             Una vela normalmente roja arde siempre encendida cerca de él, como una ofrenda (nuestra vida debe consumirse siempre ante el Señor) y como una señal para que siempre se sepa dónde está el Santísimo. A veces el Sagrario se cubre también con un velo o cortina (el conopeo) que sirve igualmente para señalar dónde está el Señor. 

              Cuando se pasa delante del Sagrario, y sólo para el Señor sacramentado (no ante cualquier altar, retablo o imagen), se hace la genuflexión, es decir, se hace un signo que consiste en poner la rodilla derecha en tierra, pausadamente, para saludar al Señor en homenaje de amor y reverencia. Al entrar en una iglesia, y tras santiguarse con el agua bendita como memoria del bautismo, lo primero es buscar dónde está el Sagrario, hacer la genuflexión y luego orar de rodillas ante él.

Un buen católico sabe estas cosas, las practica y las ama. Un buen católico, que ama a Jesús, convierte el Sagrario en el centro de su vida cristiana, de su oración, de su amor. No se le ocurre a un buen católico omitir la genuflexión ante el Sagrario o pasar delante de una iglesia abierta y no pararse cinco minutos a hacer la visita a Jesús Sacramentado en el Sagrario. Son cosas fundamentales. Elementales. Son inherentes a cualquier católico porque forman parte de la tradición católica que tantos frutos ha dado en santidad, en testimonio, en martirio.

jueves, 17 de mayo de 2018

La vida eucarística - V



            La Eucaristía nos permite disfrutar del mismo Señor, ¡dulzura inefable!, ¡delicadeza del Señor Resucitado!

            La Gran Iglesia, desde su origen y a lo largo de los siglos, ha mirado como precioso tesoro el prodigio eucarístico, el Amor entregado del Señor dándose en el Sacramento. Toda palabra de admiración se queda pequeña para engrandecer y agradecer esta Presencia eucarística.

            ¿Qué vemos al mirar el altar?
            ¿A quién dirigimos el corazón al orar ante el Sagrario?
            ¿Qué recibimos al comulgar?



            “En una ocasión, en Caná de Galilea, cambió el agua en vino, que es afín a  la sangre. ¿Y ahora creeremos que no es digno de fe al cambiar el vino en sangre?... Por ello, tomémoslo, con convicción plena, como el cuerpo y la sangre de Cristo. Pues en la figura [en la apariencia, con la forma] del pan se te da el cuerpo, y en la figura [en la apariencia, con la forma] de vino se te da la sangre, para que, al tomar el cuerpo y la sangre de Cristo, te hagas partícipe de su mismo cuerpo y de su misma sangre. Así nos convertimos en portadores de Cristo, distribuyendo en nuestros miembros su cuerpo y su sangre. Así, según el bienaventurado Pedro, nos hacemos “partícipes de la naturaleza divina””[1]


Esta era la catequesis de S. Cirilo de Jerusalén. Y ésta es la fe inamovible y cierta de todo fiel católico.

sábado, 12 de mayo de 2018

¿Dónde está Jesús? (El sagrario - I)


            Invocamos a Jesús, le tenemos devoción a Jesús. Perfecto. Es necesario. ¿Pero quién se contenta con ver la foto de alguien a quien quiere en vez de estar con él, salir juntos, comer, dar un paseo? Cuando se quiere a alguien, lo que se quiere es estar con él, convivir, compartir... y una foto es sólo un recordatorio y una suplencia. Nada puede sustituir la presencia de la persona querida.


            Con Jesús, claro está, ocurre lo mismo. Tenemos la gran ventaja de su presencia real. Está muy cerca porque el Sacramento de la Eucaristía es su presencia real y en cada Sagrario está Él: basta acercarse, rezar de rodillas, mirar la puerta del Sagrario y la vela roja encendida cerca de él para estar en su presencia, disfrutar de su amor, gozar de su compañía, hablarle, interceder, conversar con Cristo. Ahí está: en cada Sagrario, ¡Jesús vivo!

            Deberíamos abrir los ojos del corazón con sencillez, dilatar y ensanchar nuestra alma, encender nuestros afectos y devoción y asombrarnos de tan gran maravilla; será ocasión de ver la Belleza del Misterio de la Eucaristía, para contemplar y gozar de la potencia y Vida de Cristo Resucitado. Entonces, y sólo entonces, quedaremos fascinados por Cristo. ¿Cómo es posible, Señor, que te hayas quedado con nosotros? ¿Cómo es que te has dignado cambiar la sustancia del pan en tu cuerpo? ¿Cómo puede ser, Señor, que tu delicia sea estar con los hijos de los hombres; cómo que Tú nos des pan vivo, alimento de inmortalidad? Señor de infinita misericordia, Resucitado, ¿tanto amor nos tienes que te entregas a nosotros en el Sacramento de la Eucaristía?

            Es menester que brote en nosotros, en cada alma, asombro, admiración, amor, gratitud, ante el portento del amor que es la Eucaristía. Sólo así habrá en nuestra alma verdadero amor por la Eucaristía y la consideraremos como lo que es, un gran regalo, el más grande y verdadero regalo del Resucitado.

domingo, 22 de abril de 2018

La vida eucarística - IV



            Se ama lo que se conoce. Siempre. Lo que no conocemos, o no podemos relacionarnos con ello, ¿será posible amarlo? 

Para amar más la Eucaristía, el Gran Sacramento, hemos de conocer lo que ella es, la realidad sacramental que bajo el velo de los signos, de los ritos y de los signos litúrgicos, contienen a Cristo y toda gracia. 


L
a voz de la Tradición empleaba este método: conociendo la liturgia, extraía el contenido sacramental y espiritual. Así, conocían la Eucaristía, para amarla más y vivirla mejor.


            “El pan y el vino de la Eucaristía eran simple pan y vino antes de la invocación de la santa y adorable Trinidad, pero, una vez hecha la invocación se convierten el pan en el cuerpo y el vino en la sangre de Cristo”[1]

jueves, 12 de abril de 2018

La vida eucarística - III



            Al tratar de la Eucaristía, exponer su secreto profundo, las palabras se vuelvan pequeñas e inexpresivas. 

Estamos ante el gran Sacramento: ¿se puede explicar? 

Nos hallamos ante el Misterio de nuestra fe: ¿cómo comprenderlo en su totalidad? 



Es el Amor de los Amores: ¿podremos comprenderlo en su totalidad? 

Es el Amor de los Amores: ¿podremos hacer otra cosa que no sea balbucir tímidas palabras, teniendo enfervorizado el corazón? 

Es la zarza ardiente, Fuego de Amor, en el Cuerpo de Cristo: ¿no habremos de descalzarnos respetuosamente adorando porque este sitio que pisamos es terreno sagrado?

            “La delicia del Señor es estar con los hijos de los hombres” (Prov 8,32). Quiere estar con sus hermanos –que somos nosotros por el bautismo-, permanecer junto a ellos, consolarlos, atraerlos a su Corazón, fuente de vida y santidad, horno ardiente de caridad. Cristo halla su delicia, y se goza su Corazón en abrir sus tesoros de amistad, de inefable amor, de sabiduría escondida que trasciende todo. Ahí está Cristo.

martes, 6 de marzo de 2018

La vida eucarística - II





Es mi Cuerpo,
            quebrantado y roto,
            entregado por amor,
            sacrificado hasta el extremo.


Es mi cuerpo,
            comedlo, saciaos de él: ¡tenéis la vida con vosotros!

Esto es mi Cuerpo.

Nos dejaste a Ti mismo, te diste a Ti mismo, Señor Jesucristo.
            Entregaste tu Cuerpo a la Iglesia, hecho Eucaristía,
            oblación,
            sacramento,
            hecho alimento, Presencia entregada.

Dejaste este gran Don a tu Iglesia,
            para que se nutra de Ti,
            y se edifique y crezca cimentada en la Eucaristía.
            Tu Iglesia, desde entonces, celebra y vive la Eucaristía como el gran Sacramento, el gran regalo, el gran Don.


lunes, 12 de febrero de 2018

La vida eucarística - I

            Sean las palabras del Papa pronunciadas al inaugurar el Año de la Eucaristía, las que igualmente nos sitúen para vivir la Eucaristía celebrada y adorada. Así, con sentido de Iglesia, abriremos el corazón al horizonte eucarístico.

            “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).



            Reunidos ante la Eucaristía, experimentamos con particular intensidad en este momento la verdad de la promesa de Cristo: ¡Él está con nosotros!

            El punto de encuentro es Jesús mismo, realmente presente en la Santísima Eucaristía con su misterio de muerte y resurrección, en el cual se unen el cielo y la tierra, y se encuentran los pueblos y culturas diversas. Cristo es “nuestra paz, haciendo de los dos un solo pueblo” (Ef 2,14).

            ¡Misterio de luz! De luz tiene necesidad el corazón del hombre, oprimido por el pecado, a veces desorientado y cansado, probado por sufrimientos de todo tipo. El mundo tiene necesidad de luz, en la búsqueda difícil de una paz que parece lejana al comienzo de un milenio perturbado y humillado por la violencia, el terrorismo y la guerra.

sábado, 9 de septiembre de 2017

Espiritualidad de la adoración (XXV)

Una sencilla palabra sobre la adoración eucarística, con tal de que la comprendamos mejor, la vivimos amorosamente, la propaguemos fervientemente.


"Un tercer elemento, que de manera cada vez más natural y central forma parte de las Jornadas Mundiales de la Juventud, y de la espiritualidad que proviene de ellas, es la adoración. Fue inolvidable para mí, durante mi viaje en el Reino Unido, el momento en Hyde Park, en que decenas de miles de personas, en su mayoría jóvenes, respondieron con un intenso silencio a la presencia del Señor en el Santísimo Sacramento, adorándolo. Lo mismo sucedió, de modo más reducido, en Zagreb, y de nuevo en Madrid, tras el temporal que amenazaba con estropear todo el encuentro nocturno, al no funcionar los micrófonos. 

Dios es omnipresente, sí. Pero la presencia corpórea de Cristo resucitado es otra cosa, algo nuevo. El Resucitado viene en medio de nosotros. Y entonces no podemos sino decir con el apóstol Tomás: «Señor mío y Dios mío». La adoración es ante todo un acto de fe: el acto de fe como tal. Dios no es una hipótesis cualquiera, posible o imposible, sobre el origen del universo. Él está allí. Y si él está presente, yo me inclino ante él. Entonces, razón, voluntad y corazón se abren hacia él, a partir de él. En Cristo resucitado está presente el Dios que se ha hecho hombre, que sufrió por nosotros porque nos ama. Entramos en esta certeza del amor corpóreo de Dios por nosotros, y lo hacemos amando con él. Esto es adoración, y esto marcará después mi vida. Sólo así puedo celebrar también la Eucaristía de modo adecuado y recibir rectamente el Cuerpo del Señor" (Benedicto XVI, Disc. a la Curia romana, 22-diciembre-2011).

sábado, 12 de agosto de 2017

Espiritualidad de la adoración (XXIV)

La presencia de Jesús en el sagrario, o expuesto en la custodia, ha sido siempre un polo de atracción fascinante para los santos. Ahí descubrían la cercanía de Cristo, su bondad y su amor, y acudían para estar con el Señor, dejarse llenar de Él y entregarle cada uno lo que era, lo que hacía, lo que deseaba en su corazón; ahí permanecían amando, orando, intercediendo, reparando, alabando, dando gracias.


Una oración de santa Teresa del Niño Jesús,  "a Jesús en el sagrario" (Or 7) nos permite barruntar algo de lo que los santos descubrían y vivían ante el sagrario. Así nosotros, en la escuela de los santos, aprendemos también la gran lección de la adoración eucarística y del trato con el Señor en la Eucaristía.

"¡Oh Dios escondido en la prisión del sagrario!, todas las noches vengo feliz a tu lado para darte gracias por todos los beneficios que me has concedido y para pedirte perdón por las faltas que he cometido en esta jornada, que acaba de pasar como un sueño...

martes, 18 de julio de 2017

Espiritualidad de la adoración (XXIII)

La postura propia de la adoración eucarística es estar de rodillas. La genuflexión, doblando la rodilla derecha hasta el suelo, con reverencia, es el saludo al Señor. Luego la oración personal, todo el tiempo que se pueda, estando de rodillas, en adoración, reconociendo la grandeza de Cristo y la propia pequeñez ante Él.


En la liturgia de la misa expresamos nuestra fe en la presencia real de Cristo bajo las especies de pan y de vino, entre otras maneras, arrodillándonos o inclinándonos profundamente en señal de adoración al Señor (CAT 1378).

miércoles, 21 de junio de 2017

Espiritualidad de la adoración (XXII)

Lejos de un intimismo conformista, o de un refugio acomodado, en el que adormecer la conciencia, la adoración eucarística tanto en la celebración como en el culto eucarístico fuera de la misa, despierta, impulsa y envía. Es un revulsivo que conmueve el dinamismo personal ante la Presencia misma del Señor, ya que para Él nada hay oculto. Desvelando nuestro interior, lo purifica y sanea, y una vez limpiado el interior, envía al mundo.

Cuando la adoración eucarística es sincera, reposada, sin atarnos a los libros de meditación o un recitar apresurado de fórmulas, sino sosegando el corazón para que mire a Cristo, inevitablemente su Presencia hace que aflore la conciencia y salgan a la luz, no sólo las debilidades, sino los ídolos a los que hemos inmolado ya sea la inteligencia, ya sea el afecto. La libertad la hemos atado, y sin embargo, Cristo nos ha hecho libres para vivir en libertad (cf. Gal 5,1).

Su Presencia en el Sacramento descubre la idolatría del corazón, rompe las cadenas, y con su gracia, se destruyen esos ídolos tan grandes pero con pies de barro. La libertad viene de Cristo y la adoración eucarística permite crecer en la libertad de los hijos de Dios.


martes, 20 de junio de 2017

Misterio de fe, la Eucaristía

La grandeza del Misterio de la Eucaristía, del Cuerpo y Sangre de Cristo, del sacrificio eucarístico, del banquete pascual del Señor, nos deben conducir una y otra vez a su adoración así como a una renovada comprensión del Misterio. En él está nuestra vida, de la Eucaristía vivimos.


                "Recemos para que las palabras pascuales de Cristo sean tan vivas y operantes en nuestras almas que las hagan partícipes de los misterios que encerró en ellas no sólo para que las recordásemos eternamente, sino para que de ellas derivase en  nosotros comunión.

                …Las palabras que Él pronunció son éstas: “Tomad y comed. Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía” (1Co 11,24-25). ¡Qué breves, qué densas, qué sencillas, qué profundas son estas palabras! Quisiéramos darnos cuenta enseguida de su sentido inmediato: son palabras que transforman, quisiéramos también darnos cuenta de su sentido intencional: son palabras de invitación a tomar parte en el banquete del Señor, para el cual Él ha preparado un alimento sorprendente, casi desconcertante: su Cuerpo, su Sangre; es decir, Él mismo. 

Pero ¿qué significa un banquete donde se ofrecen semejante alimento y semejante bebida y donde se realiza semejante presencia, sino la oblación de una víctima, de un sacrificio? 

Pero ¿cómo podemos hacernos idea, aunque sea simbólica, de una realidad tan inaudita? 

jueves, 1 de junio de 2017

Espiritualidad de la adoración (XXI)

Permanecer en adoración ante Cristo-eucaristía es algo cargado de consecuencias, situando de nuevo al orante ante el Misterio y ante sus propias decisiones y respuestas libres ante el Misterio. Ni es banal ni trivial ni devocionalismo la adoración eucarística, sino que ésta alcanza dimensiones grandes, capaces de tocar a la persona en su centro vital.


1) El hombre busca a Dios, lo necesita, lo reconoce, pero quien primero ha salido al encuentro del hombre ha sido Dios mismo. Sería imposible al hombre, criatura humana, llegar a reconocer todo lo que Dios es y abrazarlo en su Misterio. Si el alma busca a Dios, mucho más la busca Dios a ella, afirma taxativamente san Juan de la Cruz en Llama de amor viva (3,28).

No basta sólo el auxilio de la razón para encontrar a Dios, sino que es necesaria la fe que lo reconoce y se entrega a Él. Esta fe es la que nos permite escuchar a Cristo y sus palabras: "Esto es mi Cuerpo", permitiendo así que la Eucaristía sea la Presencia de Cristo, indudable, certera y amorosa.