jueves, 23 de marzo de 2017

La paciencia (Tertuliano - I)

Para forjar la conciencia es necesario conocer las virtudes, desearlas, y empezar a crear hábitos interiores que permitan que tal o cual virtud arraiguen como forma habitual de comportamiento.


La paciencia es una virtud auxiliar, podríamos decir, de la esperanza. Nos ayuda y sostiene ante la esperanza que Dios nos prometió y nos hace desear.

Comenzamos una larga serie, de 16 partes, leyendo el tratado de Tertuliano sobre "la paciencia", un autor africano (160-220). De camino, nos adentramos en una obra patrística para familiarizarnos cada día más con los Padres de la Iglesia y los escritores eclesiásticos.


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Capítulo 1: Importancia de la paciencia


Confieso a Dios, mi Señor, que temo no poco por mí y quizás sea desvergüenza el que yo me atreva a escribir acerca de la paciencia. De ninguna manera soy capaz, como hombre carente de todo bien. Porque cuando es necesario demostrar e inculcar alguna cosa, entonces se buscan personas competentes que con anterioridad la hayan tratado y con decisión dirigido para poderla recomendar con aquella autoridad que procede de la propia conducta; sin que sus enseñanzas tengan que avergonzarse por falta de los propios ejemplos.

martes, 21 de marzo de 2017

Perdón, Señor, cada día (V)

Cada día hemos de pedir perdón porque cada día caemos, tropezamos, pecamos. ¡Así de débiles somos! La concupiscencia nos ha dejado maltrechos y sentimos inclinaciones de pronto que no sabemos ni podemos dominar si no es por la gracia en nosotros.


Caemos, somos pecadores. Sobre nosotros también cae el pecado de nuestros hermanos que nos dañan, nos maltratan. Si arrepentidos vuelven a nosotros y piden perdón, habremos de perdonarlos siempre, el enorme número perfecto de setenta veces siete.

El perdón de Dios a nuestros propios pecados está condicionado al perdón que, sinceramente, otorguemos a quienes nos han ofendido y lo piden a nosotros.

Así nos lo enseñó el Señor en el Evangelio y así lo consignó en su Oración.


"n. 6. Decimos a continuación: Perdónanos nuestras deudas; digámoslo, porque decimos la verdad. ¿Quién hay que viviendo en la carne no tenga deudas? ¿Quién es el hombre que vive de tal manera que no le sea necesaria esta petición? Podrá hincharse, pero no hacerse.

sábado, 18 de marzo de 2017

La dirección de la Cuaresma (texto)

Leamos lo siguiente como si fuera la primera vez que lo vemos: la Cuaresma es el camino hacia la Pascua. Hay que repetirlo muchas veces hasta que penetre, no sólo en la inteligencia, sino en la sensibilidad y el afecto. La Cuaresma es el camino hacia la Pascua y ningún camino se puede constituir como meta en sí mismo, dejando al caminante encerrado en el camino, sino conduciéndolo a la meta, al hogar, al destino. En este caso, la Cuaresma es un camino que nos conduce a la Pascua.


El piadoso desarrollo de la Cuaresma con sus ejercicios piadosos y devociones ha llevado, en muchos casos y en muchos lugares, a considerarla en sí misma, desvinculándola de la Pascua, y viviendo ésta de manera débil, a veces incluso sin participar en las celebraciones del Triduo pascual, ni en la vigilia pascual, y no sabiendo muy bien cómo vivir ni qué hacer durante los cincuenta días pascuales.

La Cuaresma era un tiempo precioso y especial que miraba y se encaminaba a la Pascua. Nace la Cuaresma para los catecúmenos que después del largo catecumenado de uno o más años, recibían la elección y una preparación intensiva para los sacramentos de la Iniciación cristiana en la santísima vigilia pascual; nació también para los penitentes, aquellos que confesaban sus pecados en privado al Obispo (apostasía, homicidio, adulterio...) y se incorporaban al Ordo de penitentes, con ayunos, salmos y penitencias, hasta ser reconciliados y absueltos de sus pecados en la mañana del Jueves santo (costumbre romana) o en el Oficio litúrgico del Viernes santo (costumbre del rito hispano-mozárabe). Por último, y por extensión lógica, la Cuaresma incluyó a todo el pueblo cristiano que se convertía también en penitente: recibía la ceniza en la cabeza, oraba, se mortificaba, y vivía en ayuno estricto.

jueves, 16 de marzo de 2017

Danos nuestro pan (IV)

En el centro del Padrenuestro está la petición sobre el pan. Pero no hagamos una lectura reductora sobre el pan reduciéndolo a lo material, que también lo incluye, pero que va más allá.


En el "pan" está contenido todo lo necesario para nuestro existir aquí en esta vida: es el pan material, pero es también el pan de la Eucaristía, el pan de la Palabra y hasta el pan de la Gracia.

"n. 5.Y sigue: El pan nuestro de cada día dánosle hoy. Puede aceptarse sin dificultad que hacemos esta oración para que abunde o, al menos, que no nos falte el pan de cada día. Dijo de cada día, es decir, mientras perdura el hoy. Cada día vivimos, cada día nos levantamos, cada día nos saciamos, cada día sentimos hambre. Denos el pan de cada día.

¿Por qué no mencionó también el abrigo? Nuestro sustento consiste en la comida y en la bebida; el abrigo, en el vestido y en el techo. Nada más desee el hombre, porque dice el Apóstol: Nada trajimos a este mundo, ni podemos llevarnos nada de él. Teniendo sustento y abrigo, debemos estar contentos. Desaparezca la avaricia, pues es rica la naturaleza. Por tanto, si se refiere al alimento de cada día, puesto que razonablemente puede entenderse así  lo que decimos: Danos hoy nuestro pan de cada día, no nos extrañemos de que, nombrando sólo el pan, se incluya todo lo necesario.

miércoles, 15 de marzo de 2017

La variedad de la Iglesia (Palabras sobre la santidad - XXXVI)

La Iglesia es realmente hermosísima: un Cuerpo que tiene a Cristo por Cabeza y diversidad de miembros, útiles y necesarios; un Templo grandioso de la Presencia de Dios con ladrillos distintos, amasados por el Espíritu Santo; un jardín, con variedad de flores y frutos.


En ella aparecen vocaciones y carismas, ministerios y funciones distintas y todas necesarias y complementarias; en ella brotan estilos espirituales distintos, caminos de vida cristiana, modos de oración, que ofrecen una variedad hermosísima y contribuyen a la belleza real y concreta de la Iglesia.

Predicaba san Agustín:
"Tenedlo presente, hermanos: en el huerto del Señor no sólo hay las rosas de los mártires, sino también los linos de las vírgenes y las yedras de los casados, así como las violetas de las viudas. Ningún hombre, cualquiera que sea su género de vida, ha de desesperar de su vocación: Cristo ha sufrido por todos" (Serm. 304,3).

domingo, 12 de marzo de 2017

Espiritualidad de la adoración (XVIII)

La fe nace de un encuentro personalísimo y único con Cristo. No es fruto de la razón ni de la voluntad; no viene la fe por un esfuerzo de la razón o por un compromiso ético, como si todo dependiera de nosotros. La fe es un don de Dios, preciosísimo, que surge en nosotros cuando Cristo entra en nuestra vida, nos llama mirándonos a los ojos, nos pregunta: '¿qué buscas?' y al manifestar nuestro deseo, nos acoge íntimamente y nos invita a realizar una experiencia única, la de estar con Él: 'venid y veréis'.


La fe es algo más que un conjunto de verdades reveladas, perfectas; a este contenido objetivo de la fe corresponde también algo subjetivo, la vida entera que se fía del Señor y se pone en marcha, siguiendo al Señor. La confianza en Jesucristo determina la fe verdadera. La fe se hace confianza personal en Cristo, a quien se le entrega la vida, y seguimiento tras sus huellas.

sábado, 11 de marzo de 2017

Tu voluntad es el criterio (III)

El Padrenuestro, recitado tres veces al día, nos ponen en la tesitura del verdadero creyente, que se abandona en las manos de Dios, se deja dirigir por Él, obedece a su voluntad con prontitud, sin resistencias.


Rezar así a Dios supondrá vencer las resistencias del amor propio, del criterio inflexible donde queremos someter a Dios para que haga nuestra voluntad en lugar de la disponibilidad filial para ir a la viña a trabajar, a la hora en que se nos llame, para la tarea que se nos encomiende.

La voluntad de Dios es el criterio orientador para todas las cosas y habrá que buscar esa voluntad concreta de Dios mediante la oración y el discernimiento.

Decimos como Cristo Jesús: "Hágase tu voluntad", "aquí estoy", "envíame" como los profetas.

jueves, 9 de marzo de 2017

Revivir y prolongar la Pasión

Los sufrimientos de Cristo son meditados durante la Cuaresma en el rosario y en el ejercicio del viacrucis. Ya en Semana Santa, las procesiones y la religiosidad popular nos harán visibles esa pasión de Cristo, ayudándonos a entrar en ese misterio.

Y será la liturgia la que nos ponga en comunión con la Pasión de Cristo y sus frutos redentores porque la liturgia no es simple ceremonia, ni es un recuerdo psicológico, una memoria, de algo que pasó en un tiempo, sino la actualización de esa misma pasión, su presencia hoy in mysterio para nosotros.


La pasión y los sufrimientos de Cristo se siguen prolongando hoy en sus miembros, cada uno de nosotros, y en su Cuerpo que es la Iglesia, que sigue sufriendo.

Con esta catequesis alcancemos una mirada teológica y espiritual de mayor profundidad a los sufrimientos de Cristo para vivir con fruto la Cuaresma, la Semana Santa y el santísimo Triduo pascual.

                "Si vosotros deseáis, como lo demuestra vuestra presencia en esta audiencia, participar de algún modo en el estado de ánimo de la Iglesia durante la Semana Santa, que precede a la celebración del más grande acontecimiento de la historia y de los acontecimientos humanos, esto es, la Resurrección del Señor Jesús, vosotros encontráis a la Iglesia no de fiesta, sino totalmente absorta en una grave y dolorosa meditación, la de la Pasión de Cristo, de sus inefables sufrimientos, de su Cruz, de su muerte. Meditación penosísima, porque obliga a nuestro pensamiento a ver en Cristo al Primogénito de la humanidad (cf. Rm 8,29; Col 1,15), los misterios más oscuros y más repugnantes y, sin embargo, realísimos, los del dolor, del pecado, de la muerte, no sólo referidos a Jesús y a la tragedia inconcebible del fin de su vida en la economía temporal presente, sino también a considerarlos aplicados a nosotros, a cada uno de nosotros, en una relación tan directa y tan inevitable que refleja y renueva místicamente en nosotros aquel drama sin límites, hasta hacérnoslo comprender, en la medida de lo posible, como el sacrificio por excelencia, el sacrificio del cordero de Dios, el sacrificio del incomparable, oceánico, amor de Cristo a nosotros, y al mismo tiempo como la fuente dichosa de nuestra fortuna, esto es, de nuestra redención.

Meditar la Pasión de Cristo

                Hijos queridos, entendednos (cf. 2Co 7,2). La Iglesia, en esta liturgia misteriosa, está llena de una pena inmensa. Recuerda, repite en sus ritos, revive en sus sentimientos la pasión de Cristo. Ella misma toma conciencia de ella, sufre y llora. No turbéis su luto, no distraigáis su pensamiento, no os burléis de su remordimiento, no creáis que su angustia es locura. También acompañáis con vuestro silencio el grito de su dolor; compadecedla; honradla con la participación en su altísima y espiritual aflicción.

  

martes, 7 de marzo de 2017

Santificado... Venga... (II)

Después de la invocación, el bendito nombre y la posibilidad de llamar a Dios "Padre", los hijos de Dios suplican que el nombre de Dios sea santificado y, expectantes, pedimos que venga su Reino.


¿Pero qué decimos cuando tales cosas pedimos a Dios?

Estas peticiones atañen al orden de la salvación, al avance de la historia de la salvación, buscando y deseando su plenitud, la gloriosa venida de Jesucristo Salvador y Señor de la historia. Así el Padrenuestro nos evangeliza en el deseo de la salvación, de la redención plena y definitiva.


"n. 2. Continuamos diciendo: Sea santificado tu nombre. Venga tu reino.

La santificación del nombre de Dios consiste en que nosotros nos hagamos santos, pues su nombre es santo desde siempre.

sábado, 4 de marzo de 2017

¡Padre nuestro!

¡Padre nuestro!

Esa es la bendita invocación que podemos dirigir a Dios cuando recibimos el Espíritu Santo que nos hace partícipes del espíritu filial, constituyéndonos hijos adoptivos de Dios.


Los catecúmenos, en la última etapa de su preparación llamada "etapa de iluminación", eran calificados de "competentes", preparándose de manera inmediata, recibían el Padrenuestro de boca del Señor. Es la entrega del Padrenuestro, recibiendo unas catequesis que explicaban su contenido, su sentido de "evangelio compendiado".

Lo reciben ahora, en la última semana de Cuaresma, y lo recitarán solemnemente cuando ya hayan sido iniciados por los sacramentos en la noche de la Vigilia pascual.

Junto a los "competentes", los padrinos y los fieles recibían estas catequesis. Nosotros vamos a recibirlas con palabras de San Agustín, y dejémonos evangelizar por la enseñanza sobre el Padrenuestro.

jueves, 2 de marzo de 2017

Cuarenta días, cuarentena espiritual

De algún modo se podría decir que estamos en cuarentena, como los enfermos para prevenir el contagio y poder recuperarse. Así la Iglesia entera ha convocado a sus hijos a una cuarentena espiritual para una convalecencia y recuperación ante la enfermedad del pecado.

Hemos recibido las cenizas en la cabeza (en la cabeza, sí, no en la frente) y la Iglesia nos ha dado las medicinas necesarias: oración, ayuno, limosna, silencio, penitencia.


La Cuaresma es un período significado. Cuarenta no es un número arbitrario ni casual sino profundamente enraizado en las Escrituras.

Una catequesis del papa Benedicto XVI nos permite hoy penetrar en lo simbólico del número 40 y en el valor de la Cuaresma que, animosos, emprendemos ahora.

"En esta catequesis quiero hablar brevemente del tiempo de Cuaresma, que comienza hoy con la liturgia del Miércoles de Ceniza. Se trata de un itinerario de cuarenta días que nos conducirá al Triduo pascual, memoria de la pasión, muerte y resurrección del Señor, el corazón del misterio de nuestra salvación. En los primeros siglos de vida de la Iglesia este era el tiempo en que los que habían oído y acogido el anuncio de Cristo iniciaban, paso a paso, su camino de fe y de conversión para llegar a recibir el sacramento del Bautismo. Se trataba de un acercamiento al Dios vivo y de una iniciación en la fe que debía realizarse gradualmente, mediante un cambio interior por parte de los catecúmenos, es decir, de quienes deseaban hacerse cristianos, incorporándose así a Cristo y a la Iglesia.