jueves, 31 de diciembre de 2009

Canto y liturgia de Navidad


Si normalmente nuestro canto litúrgico en general es muy pobre (lleno de buena voluntad, sí, pero pobre), cuando llega el tiempo de Navidad, la liturgia en muchísimas ocasiones baja aún más en calidad, al introducir sin criterio alguno, villancicos populares como cantos de entrada, ofrendas o comunión ("Los peces en el río", "El camino que lleva a Belén", "Hacia Belén va una burra...", etc., etc.), ignorando los cantos principales tales como el "Gloria" o el Salmo responsorial. Se convierte la liturgia en un concurso de villancicos y disfraces de pastorcitos que no cuadra con la naturaleza de la liturgia, y se califica de "antiguo" a quien no pueda admitir semejantes inventos en la liturgia.

El Directorio "Canto y música en la celebración" es la pauta tanto para formarnos como para elevar el nivel del canto litúrgico en parroquias y monasterios. En él encontramos las directrices oportunas y claras, muy claras:

"El “Gloria a Dios en el cielo” es el gran canto de Navidad. Al celebrar la Liturgia el “magno y admirable misterio” del Dios hecho hombre por nosotros debemos cantar, y no sólo con villancicos, la Navidad. Las Eucaristías de este tiempo no pueden reducirse a meras pastoradas. Los villancicos de corte litúrgico bien seleccionados en texto y música tienen su momento en la presentación de los dones y al final de la celebración durante la adoración del Niño. No se olvide el “Adeste fideles” ni los cantos del Propio y del Ordinario" (Directorio Canto y música en la celebración, nº 212).

Así pues:

-el gran canto de Navidad es el "Gloria", que por el primer verso se introdujo en Roma para la celebración de la Natividad de Cristo y luego se extendió su uso a todo el rito romano. Cualquier coro parroquial debería tener en su repertorio 2 ó 3 versiones elegantes, solemnes, del Gloria. En este día, un Gloria alegre, que todos puedan cantar.

-El "Adeste fideles", que muy bien puede ser Canto de entrada por su invitación a "venir", "adorar".

-Los cantos del Propio, especialmente, el salmo responsorial de cada una de las solemnidades de Navidad.

-El canto en las ofrendas o en la comunión del salmo 97 ("Cantad al Señor... Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios"), del salmo 71 ("Que en sus días florezca la justicia y la paz abunde eternamente... Los reyes de Tarsis y de las islas..."), del salmo 2 ("Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy..."). Y siempre es adecuado el canto para la comunión del salmo 33 ("Gustad y ved qué bueno es el Señor").

-Los villancicos tan populares que al principio citábamos, si no hay más remedio que cantarlos (aunque no cuadran mucho con la liturgia), hágase después del "Podéis ir en paz", mientras se besa la imagen del Niño Jesús como algo fuera dela misma liturgia.

Hay que procurar que los cantos expresen en sus letras la fe de la Iglesia, y no lugares comunes o típicos de Navidad ("Peces", "chocolate", "pastorcitos"), y los grandes temas de la Navidad deben aparecer en esos cantos (un buen Cantoral los ofrece, por ejemplo, el Cantoral Litúrgico Nacional de España...):
  • Encarnación y Nacimiento del Hijo de Dios
  • Divinización de la humanidad por la Humanidad salvadora de Cristo (el "admirabile commercium")
  • Inicio de la Redención
  • Adoración ante el Misterio
  • Salvación a todos los hombres y naciones, universalidad
  • Entrada de Dios en la historia de los hombres...

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Vida oculta de Jesús: santificada nuestra rutina diaria

Para ir a su trabajo y el que vuelve de su trabajo
Imprime en el suelo una marca nueva
Eterna
Que es su marca propia y eternamente deja
Intactas las marcas de todos aquellos
Que han pasado antes que él. Que han pasado desde la primera hora.
E igual y de manera similar
Intactas sus propias marcas las de él mismo
Que ha pasado antes también.
Es el milagro mismo del cielo, el milagro de todos los días del cielo, pero en la tierra
El que sigue borra las huellas del que precede.
Los pasos borran los pasos
En la misma arena
El que marcha detrás borra los pasos del que marcha delante.
Y nosotros mismos cuando hacemos,
Cuando recomenzamos veinte veces el mismo camino,
Cuando veinte veces caminos detrás de nosotros mismos,
Nosotros mismos borramos la huella de nuestros (propio) pasos.
De nuestros antiguos pasos.
Sin embargo es lo que Jesús ha hecho
Treinta años.
A su imitación es sin embargo lo que Jesús, lo que Dios nos pide
A los que no han recibido ninguna vocación peculiar
Pública.
Y aun a los otros.
A los que no hemos recibido ninguna vocación peculiar
Extraordinaria,
Pública,
Toda la vida...

Durante los treinta años de su vida privada, y aun después
Durante los treinta años de su vida privada, y aun en otro tiempo
Porque en la vida pública misma los días se parecen a los días.
Partiendo de las mismas mañanas hacia los encaminamientos de las mismas tardes.
Porque en toda vida hay bien pocos días que no se parezcan a todos los días.
Pero todos esos días cuentan. En la vida misma de Jesús, en la vida pública misma
En la predicación cuántos días no eran los mismos.
Cuántas predicaciones no eran las mismas y temporalmente no se recomenzaban.
No hubo sino un día de la Institución de la Cena. Y un día de la Crucifixión. Y un día de la Resurrección.
(Y no habrá sino un día del Juicio).
Durante treinta y durante tres años todos los demás días se parecían.
Pero todos esos días cuentan.

(Péguy, El pórtico de la segunda virtud).

martes, 29 de diciembre de 2009

Elementos del tiempo litúrgico de Navidad


"En el tiempo de Navidad, la Iglesia celebra el misterio de la manifestación del Señor: su humilde nacimiento en Belén, anunciado a los pastores, primicia de Israel que acoge al Salvador; la manifestación a los Magos “venidos de Oriente” (Mt 2,1), primicia de los gentiles, que en Jesús recién nacido reconocen y adoran al Cristo Mesías; la teofanía en el río Jordán, donde Jesús fue proclamado por el Padre “hijo predilecto” (Mt 3,17) y comienza públicamente su ministerio mesiánico; el signo realizado en Caná, con el que Jesús “manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él” (Jn 2,11).

Durante el tiempo navideño, además de estas celebraciones, que muestran su sentido esencial, tienen lugar otras que están íntimamente relacionadas con el misterio de la manifestación del Señor: el martirio de los Santos Inocentes (28 de diciembre)...; la fiesta de la Sagrada Familia (domingo dentro de la octava), en la que se celebra el santo núcleo familiar en el que “Jesús crecía en sabiduría, edad y gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2,52); la solemnidad del 1 de enero, memoria importante de la maternidad divina, virginal y salvífica de María...

En el tiempo que discurre entre las primeras Vísperas de Navidad y la celebración eucarística de medianoche[...] la piedad popular propone algunas de sus expresiones de oración [...], que es oportuno valorar y, si es preciso, armonizar con [...] la Liturgia. Se pueden presentar, por ejemplo:

-los “nacimientos vivientes”, la inauguración del nacimiento doméstico, que puede dar lugar a una ocasión de oración de toda la familia: oración que incluya la lectura de la narración del nacimiento de Jesús según San Lucas, en la cual resuenen los cantos típicos de la Navidad y se eleven las súplicas y las alabanzas, sobre todo las de los niños...;

-la inauguración del árbol de Navidad. También se presta a un acto de oración familiar semejante al anterior. Independientemente de su origen histórico, el árbol de Navidad es hoy un signo fuertemente evocador, bastante extendido en los ambientes cristianos; evoca tanto el árbol de la vida, plantado en el jardín del Edén (cf. Gn 2,9), como el árbol de la cruz, y adquiere así un significado cristológico: Cristo es el verdadero árbol de la vida, nacido de nuestro linaje, de la tierra virgen Santa María, árbol siempre verde, fecundo en frutos [...];

-la cena de Navidad. La familia cristiana que todos los días, según la tradición, bendice la mesa y da gracias al Señor por el don de los alimentos, realizará este gesto con mayor intensidad y atención en la cena de Navidad, en la que se manifiestan con toda su fuerza la firmeza y la alegría de los vínculos familiares.


La Iglesia desea que todos los fieles participen en la noche del 24 de diciembre, a ser posible en el Oficio de lecturas, como preparación inmediata a la celebración de la Eucaristía de medianoche. Donde esto no se haga, puede ser oportuno preparar una vigilia con cantos, lecturas y elementos de la piedad popular, inspirándose en dicho oficio.


En la misa de medianoche, que tiene gran sentido litúrgico y goza del aprecio popular, se podrán destacar:

-al comienzo de la misa, el canto del anuncio del nacimiento del Señor, con la fórmula del Martirologio Romano;

-la oración de los fieles deberá asumir un carácter verdaderamente universal, incluso, donde sea oportuno, mediante el signo de la pluralidad de lenguas;
-y en la presentación de los dones para el ofertorio siempre habrá un recuerdo concreto de los pobres;

-al final de la celebración podrá tener lugar el beso de la imagen del Niño Jesús por parte de los fieles, y la colocación de la misma en el Nacimiento que se haya puesto en la iglesia o en algún lugar cercano".


(Directorio Liturgia y piedad popular, nn. 106-107. 109-112).

lunes, 28 de diciembre de 2009

Divinización e intercambio: tema teológico de la Navidad

El Niño que nos nace, el Hijo que se nos ha dado, es el Verbo eterno de Dios, nacido en circunstancias humanamente pobres, mostrando así la Belleza del Misterio y los caminos desconcertantes que Dios emplea para nuestra salvación. Pero este Niño, con la ternura que despierta, es el Verbo de Dios, el Hijo de Dios, el Unigénito, la Palabra creadora. Dicho en lenguaje patrístico y de forma clásica: “Dios se ha hecho hombre para que el hombre se haga dios”, o también el Hijo de Dios se ha hecho hombre para que el hombre sea hecho hijo de Dios”.

¿Qué asume el Verbo? ¡Todo lo realmente humano! Asume nuestra carne, nuestra alma y nuestra voluntad; experimenta nuestras debilidades –excepto las morales- y nuestras carencias; pasa por nuestros dolores y sufrimientos; goza con nuestras humanas alegrías y disfruta del placer de la amistad, de las sanas relaciones humanas, del calor de una familia; trabaja con manos humanas santificando así la urdimbre cotidiana de nuestra vida en que el trabajo santifica, dignifica y nos hace partícipes de las tareas creadoras de Dios; se sumerge en la noche oscura, en el abismo, en el silencio de Dios, en la muerte... ¡y abre las puertas de la vida resucitada!

Eso es lo que toma de lo humano, y ¿a cambio? La vida, lo sobrenatural, la dignidad de hijos de Dios y miembros de su Cuerpo para formar el Cristo total, Cabeza y miembros; las puertas del cielo abiertas, lo sobrenatural entrando en lo histórico y concreto; la participación en su santidad y vida divinas, la fe, la esperanza y el amor.
Este admirable intercambio posibilita la santidad de los hijos de la Iglesia. De él recibimos la santidad y se puede hacer carne de nuestra carne y tomar forma en nuestra alma porque se ha abierto el período de gracia y salvación, el tiempo nuevo donde lo divino entra en lo humano para elevar lo humano a la santidad del Altísimo.

La Navidad, ¡qué llamada más fuerte a la santidad! Por amor hacia el hombre se ha hecho hombre el Hijo de Dios, para elevarnos con Él a la santidad. Ésta es una perspectiva teológica de la santidad y de la Navidad.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Organización del tiempo litúrgico de Navidad

El tiempo de Navidad es relativamente breve: desde el 25 de diciembre hasta la fiesta del Bautismo del Señor. Su articulación está llena de fiestas y solemnidades porque es el gran ciclo de la Manifestación del Señor, de la Aparición del Señor.

Se distribuye este tiempo de la siguiente manera:


"Después de la celebración anual del misterio pascual, la Iglesia tiene como más venerable el hacer memoria de la Natividad del Señor y de sus primeras manifestaciones: esto es lo que hace en el tiempo de Navidad.


El tiempo de Navidad va desde las primeras Vísperas de la Natividad del Señor hasta el domingo después de Epifanía, o después del día 6 de enero, inclusive.

La misa de la Vigilia de Navidad es la que se celebra en la tarde del día 24 de diciembre, ya sea antes o después de las primeras Vísperas.

El día de Navidad se pueden celebrar tres misas, según la antigua tradición romana, es decir, en la noche, a la aurora y en el día.


La Navidad tiene su Octava ordenada de este modo:


a) El domingo dentro de la Octava, o en su defecto[si no cae ningún domingo dentro de la Octava], el día 30 de diciembre, es la fiesta de la Sagrada Familia de Jesús, María y José.


b) El día 26 de diciembre es la fiesta de san Esteban, protomártir.


c) El día 27 de diciembre es la fiesta de san Juan, apóstol y evangelista.


d) El día 28 de diciembre es la fiesta de los Santos Inocentes.

[Estas tres fiestas antiguas guardan una relación con el Misterio: son los primeros testigos del Verbo encarnado: Esteban el primer mártir, Juan el testigo y evangelista de la Palabra hecha carne, los Inocentes dieron su vida por Aquél que nació].


e) Los días 29, 30 y 31 son días de la Octava


f) El día 1 de enero, Octava de Navidad, es la solemnidad de Santa María, Madre de Dios, en la que se conmemora también la imposición del Santísimo Nombre de Jesús.

[Esta solemnidad de la Maternidad de la Santísima Virgen cierra la Octava de Navidad y es en el rito romano la fiesta más antigua dedicada a la Virgen María, destacando su Maternidad divina].

El domingo que cae entre el 2 y el 5 de enero es el domingo II después de Navidad.


La Epifanía del Señor se celebra el día 6 de enero, a no ser que se traslade al domingo entre el 2 y el 8 de enero por no ser día de precepto.

[La liturgia, en todas las tradiciones y familias litúrgicas, ha celebrado con sumo relieve la Epifanía del Señor y la adoración de los Magos, incluso con más relieve que la propia Natividad el 25 de diciembre. Es día grande: La salvación que es Cristo se presenta a todos los hombres que lo reconocen y lo adoran].


El domingo después del 6 de enero es la fiesta del Bautismo del Señor".

[En Oriente, la fiesta de las Luces, porque aquí brilla la Luz de la Trinidad mostrando en la carne del Verbo su divinidad e inaugurando el comienzo de la redención por las aguas, en las que aplasta el pecado de los hombres, como imagen de lo que ocurrirá en la Cruz y en el descenso a los infiernos].


(Calendario romano, ns. 32-38).

viernes, 25 de diciembre de 2009

Jesucristo, Tú nos eres necesario: ¡¡Navidad, Cercanía, Presencia!!

¡Es Navidad!
¡Elevemos al Señor un canto nuevo!

¡Es Navidad! ¡Gloria al Señor!
¡Es Navidad! ¡Toda la tierra queda iluminada!
¡Es Navidad! ¡Ha llegado el gozo, la paz y la salvación!
¡Es Navidad! ¡El Señor, verdaderamente está con nosotros!



Es ahí, en la sencillez de la Navidad,
donde podemos encontrar una verdadera teología,
una auténtica mística,
una liturgia embriagadora,
un precioso himno poético a Cristo,

que “por nosotros los hombres y por nuestra salvación, bajó del cielo”.

Sabemos bien cómo nació, lo miramos, lo cantamos. Pero entremos en la espesura del Misterio. “¿Qué hay tras la escena externa del Pesebre? La Encarnación, Dios que baja a la tierra. Ésta es la sublime realidad; basta su simple enunciación para encender y nutrir nuestra meditación para siempre.
El primer comentario será una palabra, sencilla y también rica, tanto que despierta en las almas una ferviente contemplación llena de gozo.

¿Qué es la Navidad? Es la Encarnación, es la venida de Dios a la tierra. Esto es: podemos ver a Dios que entra en la escena del mundo, ¿cómo y por qué? Cualquiera que tenga un poco de sentido de la realidad que nos rodea, del universo, queda ciertamente admirado de su grandeza inconmensurable, de la arcana ciencia que lo ha dirigido. Las leyes que se reflejan en este universo son tan variadas, complejas e infalibles, que nos ofrecen, sí, una imagen del Creador, pero una imagen que nos deja llenos de consternación y casi de temor. Son tan inexorables estas leyes del universo, tan insensibles, tan fatales, que a veces nos dejan incapacitados para poner en el vértice, sobre ellas, a un Dios personal, a un Dios que siente, que habla, que nos conoce, a nosotros invitados al diálogo precisamente con las normas maravillosas que regulan lo creado.

Pero hay un punto en el complejo de la gran realidad que nosotros podemos conocer, y este punto brilla hoy de una forma especial, es la Navidad. En él Dios aparece en su infinita caridad: se muestra a Sí mismo. ¿De qué forma, de qué manera? ¿En la del poder, en la de la grandeza, en la de belleza? No; el Señor se ha revelado como amor, como bondad. “Dios amó tanto al mundo que le dio a su Hijo unigénito”. El corazón del Omnipotente se abre. Tras la escena del Pesebre está la infinita ternura del Creador que ama. En una palabra, está la bondad infinita. Dios, que nos ama, quiere entablar un diálogo con los hombres, establecer con nosotros relaciones de familiaridad. Quiere que lo invoquemos como Padre nuestro; se convierte en nuestro hermano y quiere ser nuestro huésped. Es la Santísima Trinidad que infunde sus rayos a aquellos que tienen ojos para distinguir y capacidad para comprender y admirar, de esta forma, el misterio patente de Dios.
(cf. PABLO VI, Homilía, 25-12-1963).

“Y ahora yo os diré algo que ya todos conocemos,
pero en cuya fundamental importancia e inexhausta fecundidad no meditamos lo suficiente; y es la siguiente: QUE JESUCRISTO NOS ES NECESARIO. Que no se diga que es el tema de siempre: es inagotable. Entre tantas proposiciones, en las que el cristianismo, por su admirable unidad y coherencia de doctrina, puede sintetizarse, ésta es la que a mí me parece hoy por hoy la más oportuna, tanto por su intrínseca importancia como también por la correspondencia que puede, en el momento actual, hallar en el mundo de los espíritus y los acontecimientos.

“Todo lo tenemos en Cristo”, exclama san Ambrosio;
“Cristo lo es todo para nosotros.
Si quieres curar tus heridas, él es médico.

Si te consume la fiebre, él es fuente.

Si estás oprimido por la iniquidad, él es justicia.
Si necesitas ayuda, él es vigor.
Si temes a la muerte, él es vida.

Si deseas el cielo, él es el camino.
Si huyes de las tinieblas, él es la luz.
Si buscas comida, él es alimento”. (...)


Sí, Cristo lo es todo para nosotros.

Y es un deber de nuestra fe religiosa,

necesidad de nuestra humana conciencia
reconocer esto, confesar y celebrar.
A él está ligado nuestro destino, a él nuestra salvación. (...)


Oh Cristo, nuestro único mediador,

Tú nos eres necesario: para entrar en comunión con Dios Padre;
para ser contigo, que eres Hijo Único y Señor nuestro, sus hijos adoptivos;

para ser regenerados por el Espíritu Santo.
Tú nos eres necesario,
oh único verdadero maestro
de las verdades recónditas e indispensables de la vida,
para conocer nuestro ser y nuestro destino,
el camino para conseguirlo.
Tú nos eres necesario, oh Redentor nuestro,

para descubrir nuestra miseria y para curarla;
para tener el concepto del bien y del mal y la esperanza de la santidad;
para deplorar nuestros pecados y conseguir el perdón.
Tú nos eres necesario, oh hermano primogénito del género humano,
para volver a hallar las razones verdaderas de la hermandad entre los hombres, los fundamentos de la justicia, los tesoros de la caridad, el bien sumo de la paz.
Tú nos eres necesario, oh gran paciente de nuestros dolores,
para conocer el sentido del sufrimiento
y para darle un valor de expiación y redención.
Tú nos eres necesario, oh vencedor sobre la muerte,
para liberarnos de la desesperación y la negación y para tener certezas que no traicionan en eterno.
Tú nos eres necesario,
oh Cristo, oh Señor, oh Dios-con-nosotros,
para aprender el amor verdadero
y para caminar en el gozo y en la fuerza de tu caridad,
por el camino de nuestra vía llena de fatigas,
hasta el encuentro final contigo, amado, contigo, esperado, contigo, bendito por los siglos”.

(PABLO VI, Carta pastoral en la archidiócesis de Milán, 1955).

jueves, 24 de diciembre de 2009

La fidelidad brota de la tierra... ¡Viene el Salvador!


No me resisto. Cada año el 24 de diciembre la lectura del Oficio es un preciosísimo sermón de san Agustín jugando como él solamente lo sabía hacer, con los sentidos bíblicos y las contraposiciones, con un estilo personalísimo. Aquí juega con la fidelidad, la tierra, la Verdad, María y Cristo. A modo de contemplación, oigamos la enseñanza de san Agustín, la última catequesis de este Adviento de gracia:

"Despiértate: Dios se ha hecho hombre por ti. Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz. Por ti precisamente, Dios se ha hecho hombre.

Hubieses muerto para siempre, si Él no hubiera nacido en el tiempo. Nunca te hubieses visto libre de la carne del pecado, si Él no hubiera aceptado la semejanza de la carne de pecado. Una inacabable miseria se hubiera apoderado de ti, si no se hubiera llevado acabo esta misericordia. Nunca hubieras vuelto a la vida, si Él no hubiera venido al encuentro de tu muerte. Te hubieras derrumbado, si Él no te hubiera ayudado. Hubieras perecido, si Él no hubiera venido.

Celebremos con alegría el advenimiento de nuestra salvación y redención. Celebremos el día afortunado en el que quien era el inmenso y eterno día, que procedía del inmenso y eterno día, descendió hasta este día nuestro tan breve y temporal. Éste se convirtió para nosotros en justicia, santificación y redención: y así –como dice la Escritura-: El que gloríe, que se gloríe en el Señor.

Pues la verdad brota de la tierra: Cristo, que dijo: Yo soy la verdad, nació de una virgen. Y la justicia mira desde el cielo: puesto que, al creer en el que ha nacido, el hombre no se ha encontrado justificado por sí mismo, sino por Dios.

La justicia brota de la tierra: porque la Palabra se hizo carne. Y la justicia mira desde el cielo: porque todo beneficio y todo don perfecto viene de arriba. La verdad brota de la tierra: la carne, de María. Y la justicia mira desde el cielo: porque el hombre no puede recibir nada, si no se lo dan desde el cielo.

Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, porque la justicia y la paz se besan. Por medio de nuestro Señor Jesucristo, porque la verdad brota de la tierra. Por Él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos: y nos gloriamos apoyados en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios. No dice: «Nuestra gloria», sino: La gloria de Dios; porque la justicia no procede de nosotros, sino que mira desde el cielo. Por tanto, el que se gloríe, que se gloríe en el Señor, y no en sí mismo.

Por eso, después que la Virgen dio a luz al Señor, el pregón de las voces angélicas fue así: Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor. ¿Por qué la paz en la tierra, sino porque la verdad brota de la tierra, o sea, Cristo, ha nacido de la carne? Y Él es nuestra paz; Él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa: para que fuésemos hombres que ama el Señor, unidos suavemente con vínculos de unidad.

Alegrémonos, por tanto, con esta gracia, para que el testimonio de nuestra conciencia constituya nuestra gloria: y no nos gloriemos en nosotros mismos, sino en Dios. Por eso se ha dicho: Tú eres mi gloria, Tú mantienes alta mi cabeza. ¿Pues qué gracia de Dios pudo brillar más intensamente para nosotros que ésta: teniendo un Hijo unigénito, hacerlo hijo del hombre, para, a su vez, hacer al hijo del hombre hijo de Dios? Busca méritos, busca justicia, busca motivos; y a ver si encuentras algo que no sea gracia" (Serm. 185).


Es tan grande el deseo de Cristo, tan ardiente la súplica de que la Misericordia que es Cristo y la Fidelidad que es María se encuentren, que la oración colecta resulta dramática en su tensión espiritual, en esta ocasión, extrañamente, dirigida a Cristo en vez de al Padre:

Apresúrate, Señor Jesús, y no tardes,

para que tu venida consuele y fortalezca
a los que esperan todo de tu amor.

Tú que vives y reinas con el Padre,
en la unidad del Espíritu Santo, y eres Dios,
por los siglos de los siglos. Amén.


miércoles, 23 de diciembre de 2009

Es necesario haber recibido una gran gracia para tener esperanza...

La caridad, dice Dios, no me sorprende.
No me resulta sorprendente.

Esas pobres criaturas son tan desdichadas que a menos de tener un corazón de piedra, cómo no iban a tener caridad unas con otras.
Cómo no iban a tener caridad con sus hermanos.

Cómo no iban a quitarse el pan de la boca, el pan de cada día, para dárselo a desdichados niños que pasan.

Y ha tenido mi hijo una tal caridad con ellos.

Mi hijo su hermano.
Un caridad tan grande.

Pero la esperanza, dice Dios, sí que me sorprende.

A mí mismo.
Sí que es sorprendente.

Que esos pobres niños vean cómo pasa todo eso y crean que mañana irá mejor.
Que vean cómo pasa eso hoy y crean que irá mejor mañana en la mañana.
Sí que es sorprendente y seguro la más grande maravilla de nuestra gracia.
Y yo mismo me quedo sorprendido.
Y mi gracia tiene que ser en efecto una fuerza increíble.

Y brotar de una fuente y como un río inagotable.
Desde esa primera vez en que brotó y siempre que brota.

En mi creación natural y sobrenatural.

En mi creación espiritual y carnal sin dejar de ser espiritual.

En mi creación eterna y temporal sin dejar de ser eterna.


Mortal e inmortal.
Y esa vez, oh esa vez, desde esa vez en que brotó, como río de sangre, del costado abierto de mi hijo.

Qué grande tiene que ser mi gracia y la fuerza de mi gracia para que esa pequeña esperanza, vacilante al soplo del pecado, temblorosa a todos los vientos, ansiosa al menor soplo,
sea tan invariable, se mantenga tan fiel, tan recta, tan pura; e invencible, e inmortal, e inextinguible; que esa llamita del santuario.

Que arde eternamente en la lámpara fiel.
Una llama temblorosa ha atravesado el espesor de los mundos.
Una llama vacilante ha atravesado el espesor de los tiempos.

Una llama ansiosa ha atravesado el espesor de las noches.


Desde esa primera vez que mi gracia corrió para la creación del mundo.

Desde que mi gracia corre siempre para la conservación del mundo.

Desde esa primera vez que la sangre de mi hijo corrió para la salvación del mundo.

Una llama inextinguible, inextinguible al soplo de la muerte.


Lo que me admira, dice Dios, es la esperanza.
Y no me retracto.
Esa pequeña esperanza que parece de nada.
Esa niñita esperanza. Inmortal.

Porque mis tres virtudes, dice Dios.

Las tres virtudes, criaturas mías.

Niñas hijas mías.

Son también como mis otras criaturas.

De la raza de los hombres.

La Fe es una Esposa fiel.
La Caridad es una Madre.
Una madre ardiente, toda corazón.

O una hermana mayor que es como una madre.


La Esperanza es una niñita de nada...

Pero esa niñita atravesará los mundos.

Esa niñita de nada.
Sola, llevando a las otras, atravesará los mundos concluidos...

Demasiadas veces se olvida, hija mía, que la esperanza es una virtud, que es una virtud teologal, y que de todas las virtudes, y de las tres virtudes teologales, es quizá la más agradable a Dios.

Que es seguramente la más difícil, quizá la única difícil, y sin duda la más agradable a Dios...
Pero la esperanza no marcha sola.

La esperanza no camina por sí misma.
Para esperar, hija mía, hace falta ser feliz de verdad, hace falta haber obtenido, recibido una gran gracia...


La pequeña esperanza avanza entre sus dos hermanas mayores y no se la toma en cuenta.
Por el camino de la salvación,
por el camino carnal,
por el camino escabroso de la salvación,
por la senda interminable,
por la senda entre sus dos hermanas la pequeña esperanza.


Avanza.
Entre sus dos hermanas mayores.
La que está casada.
Y la que es madre.
Y no se les presta atención, el pueblo cristiano no presta atención sino a las dos hermanas mayores.
A la primera y a la última.
Que van a lo más urgente.

En el tiempo presente...

Arrastrada, colgada de los brazos de sus dos hermanas mayores,
Que la llevan de la mano,

La pequeña esperanza avanza.
Y en medio entre sus dos hermanas mayores aparenta dejarse arrastrar.


Como una niña que no tuviera fuerza para andar.
Y a la que se arrastraría por esa senda a pesar suyo.

Y en realidad es ella la que hace andar a las otras dos.

Y las arrastra.

Y hace andar a todo el mundo.

Y lo arrastra...


Y la pequeña esperanza

Es la que siempre comienza.

(Péguy, El pórtico de la segunda virtud).

martes, 22 de diciembre de 2009

La Tradición ambrosiana: ¡un domingo mariano!

En el VI Domingo de Adviento, el rito ambrosiano (la zona de Milán) contempla y celebra a la Virgen María, la Virgen Madre, antes del misterio del Nacimiento de Cristo. Esta contemplación ni es piadosa ni sentimental (¡como tantas homilías y catequesis sobre la Virgen!), sino una lectura muy teológica de la Virgen, en contraposición a Eva y como dadora de la Gracia al entregarnos al Autor de la vida y Redentor nuestro.

Los textos ambrosianos suelen ser concisos, aunque el prefacio es un poco más elaborado. Muy romanizado, su lenguaje y su forma nos resultan cercanos a nosotros, acostumbrados al rito romano. Veamos su eucología, incrementemos nuestro conocimiento del Misterio bebiendo de otra fuente de la Tradición.


Oh Dios, que en la virginidad fecunda de María
has entregado a los hombres los bienes de la salvación eterna,
haz que experimentemos su intercesión ya que de ella hemos recibido
al mismo Autor de la vida, Jesucristo, tu Hijo.
(Oración inicial)

Oh Dios omnipotente,
que nos has creado y nos has mandado a tu Verbo,
hecho hombre en el seno de la virgen María,
mira con amor a tu pueblo y escucha su humilde voz.
(Oración conclusiva de la Liturgia de la Palabra).

Dos prefacios, a escoger, nos ofrece este Domingo:

En verdad es bueno y justo, nuestro deber y fuente de salvación,
celebrar el misterio de la bendita virgen María que,
acogiendo con fe pura el anuncio del ángel
concibió a tu Verbo, revistiéndolo de carne mortal;
en la estrechez de su seno se encerró
el Señor de los cielos y el Salvador del mundo
y por nosotros lo dio a luz,
conservando intacta la integridad virginal.
Asombrados y gozosos por este prodigio,
Unidos a los ángeles y a los santos,
te elevamos, Padre, único omnipotente Dios
con el Hijo y con el Espíritu Santo,
el himno de tu alabanza: Santo, Santo...

O también una bella contraposición entre Eva-María, Adán-Cristo:

En verdad es bueno y justo, darte gracias, Padre,
e invocar tu poder para celebrar con solemne memoria
el misterio de la virgen María.
De su fecundidad germinó para nosotros
Aquel que nos sacia con angélico pan.
La riqueza disipada por Eva pecadora
nos ha sido devuelta por María;:
por una mujer se infiltró entre nosotros el veneno de la culpa,
por una mujer comienza la obra de la salvación.-
A la insidia rastrera del mal
se opone la fuerza del Redentor;
la maternidad que se convirtió en principio de muerte,
nos entrega al Dios vivo donde el género humano
resurge libre de la antigua opresión.
Toda la miseria que nos vino por Adán
ha sido vencida por la sobreabundancia del don de Cristo.

Felices por esta victoria, unidos a los ángeles y a los santos,
elevamos el himno de tu alabanza: Santo, Santo...

E igualmente, bella, mariana, eucarística, la antífona de después de la comunión:

¡Oh intercambio de dones admirables!
El Creador del género humano,
naciendo de la Virgen intacta
por obra del Espíritu Santo,
recibe una carne mortal
y nos regala una vida divina.

Dispuesto nuestro espíritu así, en estas Ferias mayores, saborearemos las honduras del Misterio, su sabor tan dulce en los textos litúrgicos de nuestra Madre la Iglesia en la variedad de sus ritos y familias litúrgicas. ¡Así se puede ensanchar un poco nuestra mente!

lunes, 21 de diciembre de 2009

Ten misericordia, Tú que vienes como Juez y Señor

Como la liturgia no es simplemente un misal (único y exclusivo de una época, mirando con desprecio todos los demás ritos y liturgias, llamándolo todo “modernista”) sino que es una Tradición viva, que engendró venerables ritos y familias litúrgicas, acudir a nuestros orígenes y beber de ellos es enriquecernos espiritual y teológicamente y, de paso, abrir nuestras mentes, ensanchar en el horizonte intelectivo y de comprensión de la fe católica.

El Adviento en la liturgia hispano-mozárabe, seis semanas, suplica la purificación del corazón, la disposición interior para la Venida gloriosa de Cristo y ser cubiertos por la misericordia del Altísimo como lo fue la Virgen María. Leamos, meditemos, una Misa de Adviento del actual Misal hispano-mozárabe.


Preparación del corazón y alegría profunda ante la llegada de Cristo suplica el sacerdote a los fieles en la Oratio Admonitionis (seguimos la misa del V Domingo):

Estad alegres, queridos hermanos, os lo pido,
y levantad hacia el cielo vuestros corazones,
porque nuestra redención está ya cercana.

Preparad en vuestros corazones la senda del Señor

para que, cuando llegue, os otorgue sus eternos dones.

R/. Amén.


Porque es muy misericordioso nuestro Señor Jesucristo,
que vive con el Padre y reina con el Espíritu Santo
por los siglos de los siglos.

R/. Amén.


En la oración Alia, en mitad de los dípticos, se suplica clemencia al Señor en su juicio y, para ello, ser hoy purificados de los pecados:


Está ya cercano, Señor, el día de tu venida;
concédenos que, antes de tu llegada,
podamos purificamos de todo contagio de delito.

Te pedimos que borres en nosotros

todo lo que deberías condenar en el juicio último,
de modo, que cuando vengas como justo juez,

no encuentres nada en nosotros que merezca ser condenado.


R/. Amén.


Y la Illatio –semejante al prefacio romano, pero más elaborado y amplio, lejos de la concisión romana- considera como motivo de acción de gracias a Dios la Venida de Cristo en poder y majestad para juzgar a todos; ante el juicio se pide ya la misericordia del Redentor que se encarnó para salvarnos y no para condenar:


Es justo y necesario darte gracias,
Señor, Padre santo, Dios eterno y omnipotente,

por Jesucristo, tu Hijo y Señor nuestro,
que por su encarnación llevó a cabo la salvación del mundo
y por su pasión hizo posible la redención del hombre creado.

Te pedimos, Padre todopoderoso,

que quien nos redimió de la tinieblas del infierno

nos conduzca ahora al premio.
Él, que recibió de la Virgen su humanidad,

purifique a los hombres de todo pecado.

Que nos restituya purificados ante tu majestad

quien por su sangre nos reconcilió contigo.

Que en el juicio de su segunda venida nos justifique
aquél que en la primera
nos dio el don de su gracia.
Que venga bien dispuesto para juzgar

aquél que apareció humilde al entrar en el tiempo.

Que se muestre manso en el juicio
aquél que un día se hizo presente discretamente,

y al que alaban todos los ángeles diciendo
: Santo, Santo...

Y el mismo tono escatológico, a la vez que confiado, el post Sanctus:


Santo, bendito y glorioso es en verdad

nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo;
en su primera venida nos redimió por su gracia,
y cuando vuelva por segunda vez con sus ángeles,

nos dará el reino que nos prometió.

Ésta es la riqueza espiritual del Adviento; éstas son sus perspectivas de eternidad, de escatología, de cumplimiento.

A la Venida del Señor nos preparamos, a Él solo aguardamos.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Recibe, María, el anuncio que conmoverá el mundo

Cada año, el 20 de diciembre, feria mayor de Adviento, la tensión espiritual va creciendo: se acerca la fiesta del Nacimiento del Señor, la primera venida de Cristo en la humildad de nuestra carne y esta preparación, amasada con distintos elementos en la liturgia, se centra en los Evangelios de la infancia.

El 20 de diciembre se proclama en la Misa el evangelio de la anunciación del ángel a María, relato conmovedor y trascendental donde los haya. Las lecturas ha
giográficas del Oficio de lecturas suelen guardar en estas ferias mayores relación con el evangelio de la Misa. En este caso, un sermón precioso, conmovedor, delicado, tiernamente elocuente ante el Misterio, de san Bernardo. ¡Qué fuerza tienen sus palabras, qué finura ante la Presencia del Misterio que toma carne en María y de María!

Oíste, Virgen, que concebirás y darás a luz a un hijo; oíste que no será por obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo. Mira que el Ángel aguarda tu respuesta, porque ya es tiempo que se vuelva al Señor que lo envió. También nosotros esperamos, Señora, esta palabra tuya de misericordia, oprimidos miserablemente por la sentencia de nuestra condena.

Se pone entre tus manos el precio de nuestra salvación; en seguida seremos librados si consientes. Por la Palabra eterna de Dios fuimos todos creados, y a pesar de eso morimos; mas por tu breve respuesta seremos ahora restablecidos para ser llamados de nuevo a la vida.

Esto te suplica, oh piadosa Virgen, el triste Adán, desterrado del paraíso con toda su miserable posteridad. Te lo suplican Abrahán y David, y todos los Santos Padres, padres tuyos también, que habitan en la región de la sombra de la muerte. Todo el mundo te espera expectante y postrado a tus pies.

Y no sin motivo aguarda con ansia tu respuesta, porque de tu palabra depende el consuelo de los miserables, la redención de los cautivos, la libertad de los condenados, la salvación, finalmente, de todos los hijos de Adán, de todo tu linaje.

Responde ya, oh Virgen. Responde presto al Ángel, o, por mejor decir, al Señor por medio del Ángel; respóndele eso que ansían los cielos, los infiernos y la tierra. Responde una palabra y recibe al que es la Palabra; pronuncia tu palabra y concibe la divina; emite una palabra fugaz y acoge en tu seno a la Palabra eterna.

¿Por qué tardas? ¿Qué temes? Cree, di que sí y recibe. Que tu humildad se revista de audacia, y tu modestia de confianza. De ningún modo conviene que tu sencillez virginal se olvide aquí de la prudencia. En este asunto no temas, Virgen prudente, la presunción; porque, aunque es buena la modestia en el silencio, más necesaria es ahora la piedad en las palabras.

Abre, Virgen dichosa, el corazón a la fe, los labios al consentimiento y las entrañas al Creador. Mira que el deseado de todas las gentes está llamando a tu puerta. Si te demoras en abrirle, pasará adelante, y después volverás con dolor a buscar al amado de tu alma. Levántate, corre, abre. Levántate por la fe, corre por la devoción, abre por el consentimiento.
(De las Homilías de San Bernardo, sobre las excelencias de la Virgen Madre (Homilía 4, 8-9)).

La liturgia del Oficio saborea sapiencialmente esta lectura hagiográfica (: escritor santo) con un bellísimo responsorio:

R/
Recibe, Virgen María, la palabra del Señor, que te ha sido comunicada por el ángel: Concebirás y darás a luz al que es Dios y hombre juntamente. Por eso te llamarán bendita entre las mujeres.


V/ Darás a luz un hijo, sin detrimento de tu virginidad; quedarás grávida y serás madre, permaneciendo intacta.

R/ Por eso te llamarán...

Y toda la liturgia de este día se compendia en la magnífica y tan romana oración colecta (del título de Rávena):


Señor y Dios nuestro,
a cuyo designio se sometió la Virgen Inmaculada aceptando,
al anunciárselo el ángel, encarnar en su seno a tu Hijo:
tú que la has transformado, por obra del Espíritu Santo, en templo de tu divinidad, concédenos, siguiendo su ejemplo,
la gracia de aceptar tus designios con humildad de corazón.

¡¡Amén!!

sábado, 19 de diciembre de 2009

Acuérdate de nosotros, Señor, por amor a tu pueblo. Visítanos...

La liturgia de Adviento repite un versículo muy adecuado para expresar la tensión del deseo, la súplica y la esperanza: “Acuérdate de nosotros, Señor, por amor a tu pueblo. Visítanos con tu salvación”. Este versículo está tomado del salmo 105.

Diariamente lo hallamos en el responsorio de la lectura breve de la Hora de Sexta; además el salmo 105 se canta en el Oficio de lecturas del sábado de la II Semana del salterio, con esta antífona: “Acuérdate de nosotros, Señor, visítanos con tu salvación”. Este es uno de los salmos que la Liturgia de las Horas ha reservado para el Oficio de lecturas de los llamados “tiempos fuertes”: “Se reservan para los tiempos de Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua tres salmos, a saber: 77, 104 y 105, que manifiestan con especial claridad la historia de la salvación del antiguo Testamento, como anticipo de lo que se realiza en el nuevo” (IGLH, n. 130).

“Acuérdate de nosotros, Señor, por amor a tu pueblo.
Visítanos con tu salvación”:


1) La clave memorial: se le pide a Dios que recuerde sus proezas y su fidelidad a Sí mismo como ya antes lo ha demostrado extendiendo su brazo con poder;

2) El argumento se apoya en el “amor a tu pueblo”, no en los merecimientos del pueblo, ni en los derechos del pueblo de Dios, sino única y exclusivamente en que Dios lo amó y lo eligió;

3) La petición es la visita de Dios con su salvación, pero esta salvación va a llegar de forma inenarrable, inaudita, sorprendente, en la Encarnación misma de su Hijo. Por eso Zacarías entonará en el Benedictus que “el Señor Dios de Israel... ha visitado y redimido a su pueblo”. La salvación ya no será una obra prodigiosa, sino la Persona amable y adorable del mismo Hijo. Con esta petición, va creciendo nuestro deseo, ensanchando el corazón, acrecentándose la esperanza para luego poder recibir el Don que es Jesucristo mismo.

El comentario de san Agustín a este versículo va en esa misma línea:

Acuérdate de nosotros, con benevolencia hacia tu pueblo, es decir, para estemos entre aquellos en quienes te agradas, porque no en todos ellos se agradó Dios. Visítanos con tu salud. Ésta es el Salvador por quien se perdonan los pecados y se curan las almas para que puedan guardar el juicio y practicar la justicia. Comprendiendo que son bienaventurados los que dicen estas cosas, con razón piden esto para sí orando.

Esta salud se dice en otro salmo: Conozcamos en la tierra tu camino. Y como si preguntásemos: “¿En qué tierra?”, se añadió: en todas las naciones; y como si interrogásemos de nuevo: “¿Qué camino?”, se escribió: Tu salud. De ella dijo el anciano Simeón: Vieron mis ojos tu salud; y ella dijo de sí misma: Yo soy el camino. Luego visítanos con tu Salud, es decir, con tu Cristo... Con todo, desean los visite la salud de Dios, es decir, su Cristo, para que no sean expulsados de su pueblo y de aquellos en quienes se complace Dios” (Enar. 105,5).

Toda esta catequesis sobre un versículo para:

  • Mostrar que “Liturgia” es teología vivida y explicada, celebrada, orada y contemplada, y que cualquier texto es sugerente, vehículo de transmisión de la fe, y por tanto la Liturgia no puede ser vista desde fuera como ritos, arqueologismo y costumbres, encajes y ornamentos, candelabros y muchos cirios, estética barroca anclada o fosilizada... ¡Que no, que no es eso la liturgia!: que antes requiere mucha teología, mucha patrística, mucha espiritualidad... y mucha Biblia orada.
  • Llamar la atención sobre lo que rezamos en la Liturgia, o sobre lo que oímos pronunciar en la celebración litúrgica; todo es denso en contenido y participar activamente, fructuosamente, es unirse a los textos orándolos, haciéndolos propios.
  • Ofrecer una jaculatoria validísima para el Adviento; en casa y en la calle, caminando, paseando, en coche al ir a trabajar o en el autobús para la Facultad, o el ratito de oración personal, decir una y mil veces, suavemente: “Acuérdate de nosotros, Señor, por amor a tu pueblo. Visítanos con tu salvación”.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Santa María de la Esperanza

El 18 de diciembre es la gran fiesta mariana en el rito hispano-mozárabe. A una semana del Nacimiento de su Hijo, la figura de María, el misterio de la Encarnación y de su maternidad virginal ocupan la atención espiritual de la Iglesia, ¡qué mejor preparación para el Nacimiento, la Aparición el Salvador! Con la oratio admonitionis de la Misa de Santa María, compuesta por san Ildefonso, entremos en la teología del Misterio.

"Levantemos, hermanos, nuestra mirada hacia lo alto
para contemplar la gloria del Salvador;
vamos a ver cómo Dios se escoge una Virgen
para que le conciba.
Colma de gracia a la Madre, que le dará a luz.

Él es el don que adorna su alma,
siendo al mismo tiempo el Hijo de sus entrañas.
Se infunde en ella para conferirle su propia santidad,
y de ella procede sin quitarle nada.

No le escatima el honor de llevarlo en su vientre,
pero no quiere entristecerla cuando va a alumbrarlo.
No habrá gemidos en el parto,
pero sí la ternura del recién nacido.
Habría sido absurdo acompañar con gritos de dolor
un nacimiento que alboroza a todo el mundo;

no se podía marcar con el sello del sufrimiento
el origen humano de la divina alegría.

Para regenerar al pecador,
un mensaje inflama el corazón intacto de la doncella;
una palabra que no deja lugar a dudas llena sus oídos.
La seguridad de su fe la confirma en la esperanza:
Dios tiene poder para cumplir lo que promete.
Así su alma concibe lo que la fe le enseña,
mientras penetra en ella el Espíritu que la eligió;
y una humanidad verdadera y el divino poder
quedan ya inseparablemente unidos en nuestro Redentor.

¡Oh inefable acción de Dios!
Suscita el crecimiento desde el interior
sin dañar mínimamente la integridad externa.
El Hijo Unigénito de Dios saldrá a la luz
desde las entrañas de su Madre
sin necesidad de abrirse paso.
Al ser concebido y al nacer,
no la ha privado del don de la virginidad,
antes bien lo ha confirmado con su sello.

Esto, en cuanto ha sido realizado para salvarnos,
constituye una victoria de nuestra naturaleza,
pues un parto tan suave ha derrotado al enemigo
cuanto lo habría hecho un duro combate;
y es que por el misterio de su concepción
empieza a darse cuenta de que aquel Hijo reinará.
La vida humana de ese Hombre tiene el poder
de enriquecer a los demás hombres,
y sólo con ese objetivo la ha asumido.
Nadie se extrañe pues de que nazca
en medio de los que Él mismo había creado,
pues ya antes de nacer
ardía en deseos de redimirlos. Amén.

Por la misericordia de Dios, nuestro Dios,
digno de toda alabanza,
que vive y sobre todo reina por los siglos de los siglos. Amén.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Genealogía de Jesús y las caras de aburrimiento de los oyentes

Al iniciar las ferias mayores, esta semana intensa espiritual y litúrgicamente de preparación inmediata a la primera venida del Señor en nuestra carne, la Iglesia en el rito romano proclama la genealogía de Jesús. ¡Las caras de los fieles expresan un aburrimiento mortal de necesidad! ¡Tantos nombres raros uno tras otro! Y si hay homilía luego, pocas veces explica el sentido de lo escuchado sino una vaga exhortación navideña... a la solidaridad con la Campaña de alimentos (permítaseme la caricatura).

¿Por qué una genealogía?
Y además, ¿dos genealogías tan diversas entre sí, la de Mateo y la de Lucas?
  • Mateo asciende desde Abrahán a Jesús; Lucas baja desde Jesús hasta Adán;
  • Las generaciones no coinciden: Mateo pone 42 y Lucas 77, y ambas listas discrepan entre David y Cristo;
  • Mateo pone 14 generaciones en cada tramo, pero con 14 generaciones no se abarcar períodos de siglos enteros (por ejemplo, el primer período de unos 900 años);
  • se omiten reyes y personas, unos aparecen en Mateo, otros sólo en Lucas...
Habrá que situarse en la mentalidad semita: más que crear un árbol genealógico preciso, simplemente se subrayan períodos y algunos de los antecesores por su valor simbólico desde el punto de vista teológico del evangelista; es resaltar cómo en Jesucristo confluye toda una historia de salvación, y con esa misma intención se proclama en la liturgia (casi ante el asombro de propios y extraños que no entienden a qué viene ese evangelio tan raro).

Por tanto, lo que destaca en la genealogía de Jesucristo es un contenido teológico. "¿Cuál sería ese contenido? El cardenal Danielou lo ha señalado con precisión: "Mostrar que el nacimiento de Jesús no es un acontecimiento fortuito, perdido dentro de la historia humana, sino la realización de un designio de Dios al que estaba ordenado todo el antiguo testamento". Dentro de este enfoque, Mateo -que se dirige a los judíos en su evangelio- trataría de probar que en Jesús se cumplen las promesas hechas a Abrahán y David. Lucas -que escribe directamente para paganos y convertidos- bajará desde Cristo hasta Adán, para demostrar que Jesús vino a salvar, no sólo a los hijos de Abrahán, sino a toda la posteridad de Adán" (Martín Descalzo).

La genealogía de Lucas, además, permite otro matiz más: "Según el sentir de san Lucas, la descendencia davídica interesaba sobre todo a los judíos, pero como Jesús es el salvador del mundo y no solamente el Mesías de los judíos, ha querido subir más allá de David, quiso remontarse hasta el padre del género humano, hasta Adán, que fue de Dios, no como hijo, sino como su criatura. De esta suerte Jesús es un nuevo punto de partida de la humanidad: la redención es una fecha que responde a la de la creación" (P. Lagrange).


Grandes y santos nombres aparecen en la genealogía de Cristo, ¡y Éste los supera a todos ellos! "¡Qué elocuentes son estos nombres! A través de ellos surgen de las tinieblas del pasado más remoto las figuras de los tiempos primitivos. Adán, penetrado por la nostalgia de la felicidad perdida del paraíso; Matusalén, el muy anciano; Noé, rodeado del terrible fragor del diluvio; Abrahán, al que Dios hizo salir de su país y de su familia para que formase una alianza con él; Isaac, el hijo del milagro, que le fue devuelto desde el altar del sacrificio; Jacob, el nieto que luchó con el ángel de Dios... ¡Qué corte de gigantes escoltan la espalda de este recién nacido!" (R. Guardini).

Pero también, y con sumo realismo de lo que es esta humanidad pecadora que Él asume, otros personajes nada relevantes: Farés, hijo incestuoso de Judá; Salomón, fruto del adulterio de David; las mujeres que aparecen en la genealogía: tres de ellas extranjeras al pueblo elegido, tres eran pecadores, sólo destaca Rut, la moabita, con brillo peculiar de pureza...

Sabiendo todos estos datos, ¿qué quieren decir las genealogías?

¿Por qué la Iglesia lee como evangelio de la feria mayor de hoy una genealogía entera?


"Los evangelistas al subrayar esos datos están haciendo teología, están poniendo el dedo en una tremenda verdad que algunos piadosos querrían ocultar pero que es exaltante para todo hombre de fe: Cristo entró en la raza humana tal y como la raza humana es, puso un pórtico de pureza total en el penúltimo escalón -su madre Inmaculada- pero aceptó, en todo el resto de su progenie, la realidad humana total que él venía a salvar. Dios, que escribe con líneas torcidas, entró por caminos torcidos, por los caminos que -¡ay!- son los de la humanidad" (Martín Descalzo).

Por tanto:
  • entra en la humanidad tal como ésta es,
  • no se "disfraza" de hombre, ni juega a ser hombre, ni es más Dios que hombre, sino que es real y perfectamente hombre en su Encarnación,
  • la humanidad de Cristo es real, "total", asumiendo en su carne la humanidad entera, concentrando en su carne santísima el pecado de la humanidad caída (por eso san Pablo dirá que "se hizo pecado", ¡no que se hizo "pecador!).
La verdad de su encarnación es expresada mediante la genealogía que hoy se lee en el rito romano.
¿Superaremos hoy la cara de aburrimiento al escuchar tantos nombres?

¿Descubriremos su santísima humanidad recapitulando todo al encarnarse?

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Dos salmos para el Adviento

Los salmos siempre están presentes en la liturgia; como un diamante de muchas caras, cada salmo refleja una luz peculiar según el contexto en que se canten, el tiempo litúrgico que lo entone. Para el Adviento destacan algunos salmos con su interpretación cristológica que se emplean con frecuencia como salmo responsorial en la Misa, como antífonas, responsorios del Oficio, etc. Son súplicas de la Iglesia Esposa dirigiéndose a su Esposo Cristo, rogándole su Venida; igualmente, eco personal en la oración privada si queremos orar meditando algún salmo en Adviento.

Salmo 79:

“Pastor de Israel, escucha,
tú que guías a José como a un rebaño;
tú que te sientas sobre querubines,
resplandece ante Efraín, Benjamín y Manasés;
despierta tu poder y ven a salvarnos.


Oh Dios, restáuranos,
que brille tu rostro y nos salve...
Dios de los ejércitos, restáuranos
,
que brille tu rostro y nos salve.


Dios de los Ejércitos, vuélvete:

mira desde el cielo, fíjate,

ven a visitar tu viña,

la cepa que tu diestra plantó y que tú hiciste vigorosa...

Señor Dios de los ejércitos,

restáuranos, que brille tu rostro y nos salve”.

¿Qué valor tiene este salmo en Adviento? “Aquí se habla de la venida del Señor y Salvador nuestro Jesucristo y su viña” (S. Agustín, Enar., 79,1). A Cristo, el verdadero Pastor, el buen Pastor, se le pide que, sentado sobre querubines, resplandezca, que venga, que brille su rostro y nos salve. San Agustín glosará un versículo, con variante en la traducción, predicando: “Nos vivificarás, nos renovarás, nos darás la vida del hombre interior. E invocaremos tu nombre, esto es, te amaremos. Tú serás el amado y dulce perdonador de nuestros pecados, tú serás el premio absoluto de los justificados. ¡Oh Señor, Dios de los ejércitos!, vuélvete a nosotros y muestra tu rostro y seremos salvos” (Enar., 79,14).

Salmo 84


Este salmo pide la salvación, la anhela, ruega que Dios muestre su misericordia.


“Restáuranos, Dios salvador nuestro;

cesa en tu rencor contra nosotros.


¿Vas a estar siempre enojado,
o a prolongar tu ira de edad en edad?

¿No vas a devolvernos la vida,
para que tu pueblo se alegre contigo?


Muéstranos, Señor, tu misericordia
y danos tu salvación.
Voy a escuchar lo que dice el Señor:

«Dios anuncia la paz a su pueblo
y a sus amigos
y a los que se convierten de corazón».

La salvación está ya cerca de sus fieles,
y la gloria habitará en nuestra tierra;

la misericordia y la fidelidad se encuentran,
la justicia y la paz se besan;
la fidelidad brota de la tierra,

y la justicia mira desde el cielo;


el Señor nos dará la lluvia,
y nuestra tierra dará su fruto.

La justicia marchará ante él,

la salvación seguirá sus pasos”.


La primera petición que conviene destacar: “restáuranos”. Dios nos creó y ahora, por culpa del pecado, nos restaura elevándonos sobre nuestra condición original. Este principio se repetirá en las oraciones del ciclo de Navidad, fruto de la elaboración teológica de san León Magno, pero ahora en el Adviento también la hallamos, por ejemplo, en la colecta del 17 de diciembre: “Dios, creador y restaurador del hombre, que has querido que tu Hijo...”


Segunda petición: “Muéstranos Señor tu misericordia y danos tu salvación”. La salvación no es algo sino Alguien, Jesucristo, el Verbo encarnado, que desentraña la misericordia del Padre. Él anuncia la paz, como dice la carta a los Efesios, trajo la paz rompiendo los muros de la discordia entre Dios y el hombre y entre los hombres mismos. La petición del salmo es la súplica por la venida del Salvador.

Tercera petición: “El Señor nos dará la lluvia y nuestra tierra dará su fruto”. Es la antífona de comunión del domingo I de Adviento; Cristo es el fruto de la tierra bendita y virginal, Santa María, porque el Señor ha derramado la lluvia del Espíritu sobre la Virgen. Aquel fruto de la tierra –la Virgen, la tierra virgen- se nos ha dado en su nacimiento y se da en la Eucaristía como fruto bendito, como Alimento.

Estos aspectos se entrecruzan en la enarración agustiniana a este salmo:
“Esta es la misericordia, la cual ciertamente nos mostrará Dios. Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salud. Danos tu Cristo. En él está la misericordia. Le digamos nosotros también danos tu Cristo. Ya nos dio su Cristo; con todo, le digamos aún danos tu Cristo; le digamos danos hoy nuestro pan de cada día. ¿Y quién es nuestro pan, sino el que dijo: Yo soy el pan vivo que descendí del cielo? Le digamos danos tu Cristo. Nos dio a Cristo, pero a Cristo hombre. El que nos dio a Cristo hombre nos dará a Cristo Dios” (Enar., 84,9).

- Los salmos adquieren tonalidades según la liturgia los emplee
- Han de ser interpretados viendo a Cristo en ellos –interpretación cristológica-
- Pueden muy bien acompasar nuestra oración personal en el Adviento suplicando la venida del Salvador

- ¿Por qué no nos acostumbramos a entonarlos como cantos de comunión en lugar de los cantos sentimentales, infantiloides, que a veces se cantan?

martes, 15 de diciembre de 2009

Educar para la liturgia IX: Horas de oración y liturgia orada


"Todos necesitamos de esas horas en la que escuchamos en silencio y dejamos que la Palabra divina obre en nosotros hasta el momento en que ella nos conduce a ser fructíferos en la ofrenda de la alabanza y en la ofrenda de las obras concretas. Todos nosotros necesitamos de las formas que nos han sido transmitidas y de la participación en el culto divino público, para que de esa manera nuestra vida interior sea motivada y conducida por rectos caminos y para que allí encuentre sus modos de expresión más convenientes. La solemne alabanza divina tiene que tener también un lugar en este mundo, donde ha de alcanzar la más grande perfección de la que los hombres son capaces.

Sólo desde aquí puede elevarse al cielo por el bien de toda la Iglesia, y transformar a sus miembros, despertar la vida interior y animarla a la coherencia exterior. La oración pública, a su vez, tiene que ser vivificada por dentro en tanto que deja espacio en las moradas interiores del alma para una profundización silenciosa y recogida. De no ser así se convertiría en una charlatanería estéril y falta de vida. Las moradas de la vida interior ofrecen un refugio contra ese peligro, ellas son los lugares donde las almas están en presencia de Dios en silencio y soledad, para convertirse en amor vivificante en el corazón de la Iglesia. Cristo es el único camino hacia el interior de nuestra vida, así como hacia el coro de los espíritus bienaventurados, que cantan el “Sanctus” eterno. Su Sangre es el velo a través del cual entramos en el santuario de la vida divina.

En el bautismo y en el sacramento de la reconciliación nos purifica de nuestros pecados, nos abre los ojos para la luz eterna, los oídos para percibir la palabra de Dios y los labios para cantar himnos de alabanza y para rezar oraciones de expiación, de petición y de agradecimiento, que no son sino distintas formas de adoración y veneración de las criaturas ante Dios todopoderoso y de infinita bondad. El sacramento de la confirmación marca y fortifica a los luchadores de Cristo en el testimonio valiente de la fe; pero el sacramento que nos hace miembros de su Cuerpo Místico es sobre todo el de la Eucaristía, donde Cristo está real y personalmente presente.

En tanto que participamos en el banquete eucarístico y en tanto que somos alimentados por su Cuerpo y por su Sangre, en la misma medida somos transformados en su Cuerpo y en su Sangre. Y sólo en tanto que somos miembros de su Cuerpo podemos ser vivificados y conducidos por su Espíritu. “...El Espíritu es el que vivifica, pues el Espíritu es el que hace de los miembros, miembros vivos; el Espíritu, sin embargo, vivifica solamente los miembros que se encuentran en el cuerpo... Por eso nada habrá de temer el cristiano tanto como la separación del Cuerpo Místico de Cristo, pues si él es separado del Cuerpo de Cristo, deja de ser su miembro y no puede ser ya vivificado por el Espíritu” (San Agustín, Tract. 27, in Ioannem).

Miembros del Cuerpo de Cristo somos además “...no sólo por el amor, sino en verdad por la unión con su cuerpo. La unión misma es causada por el alimento que Él nos ha regalado para probarnos sus ansias de permanecer con nosotros. Por eso ha querido sumergirse en nuestra propia existencia y proyectar su cuerpo en el nuestro para que todos seamos uno como la cabeza y el cuerpo son uno” (San Juan Crisóstomo, Homilía 61 al pueblo de Antioquía). Como miembros de su Cuerpo animados por su Espíritu, nos ofrecemos también nosotros como víctimas “por Él”, “con Él” y “en Él” y entonamos con los coros celestiales el eterno himno de agradecimiento. Por eso la Iglesia, después del banquete sagrado, reza:

Saciados con tan grandes dones,
te pedimos, Señor, concédenos que los
dones que recibimos nos sirvan para nuestra salvación
y para que nunca abandonemos
la alabanza de tu nombre".

(Edith Stein, La oración de la Iglesia).