viernes, 30 de octubre de 2009

Nace un nuevo blog


Acaba de nacer un nuevo blog que es primo hermano de éste, o pariente muy cercano, y del que me siento deudor y a la vez "integrante". Lo lleva mi amigo y profesor Manu González López-Corps junto con un grupo de jóvenes amigos.

¿Tema? Reflexiones, textos, aportaciones... ¡sobre nuestro Rito hispano-mozárabe!
Y yo, que creo profundamente en estas cosas, me alegro porque podemos ir accediendo a nuestra santa Tradición, en este caso hispana,
nada desdeñable,
siempre sugerente,
nunca teñida de modernismo,
sabia en su teología,
elocuente en sus textos litúrgicos,
orante y fervorosa al celebrar un Rito que tan fecundo fue.


¿Dirección? Muzarabía, y espero que las aportaciones sean, si no diarias, muy frecuentes. Al que habría que añadir otro del mismo autor, Mozarabía, muy estimable, que ya teníamos enlazado en la columna derecha de este blog.

Y como son blogs emparentados -por tema, por sensibilidad teológica y litúrgica, por amistad personal- ojalá hubiese trasvase de lectores.

Bienvenido el blog Muzarabía. ¡Necesitamos conocer bien la tradición de nuestro Rito!

Y recuerdo, por último, que quien lo desee puede participar en la Misa según el rito hispano-mozárabe en Madrid, todos los martes a las 19 h., en la iglesia de San Pascual (MM. Clarisas) en Paseo de Recoletos.

Himno hispano sobre el sueño


Y mientras el reposo amigo
discurre por las venas todas
y al pecho holgado tranquiliza
regándolo de sueño,

con rauda fuerza, libre
vaga el sentido por los aires
y entre apariencias variadas mira
los múltiples arcanos de las cosas;

porque el alma, de cuitas liberada,
que tiene el celo por origen
y el éter por su fuente pura,
no sabe reposar inerte.

A quien los pocos crímenes morales
no manchan con frecuencia,
la luz serena, penetrando suave,
le enseña ocultas cosas;

mas quien, de vicios mancillado
el corazón anega en culpa impía
por múltiples horrores engañado,
visiones terroríficas contempla.


Prudencio, Himno para antes del sueño, vv. 25-36. 49-56.

Santos: ¿hay una lectura teológica de la santidad?


La santidad es una obra de la Gracia de Dios, estupenda, elegante, hermosa.
Cada santo es una obra de arte, sellada por la Belleza y la Gloria de Dios.

Identificarla con lo extraordinario podría recluirla a ser la santidad para unos pocos; asimilarla sólo a dones extraordinarios, gracias místicas, milagros y fenómenos que salen de lo común, es encerrarla y puede llevar a pensar que la santidad es para gente extraordinaria, de otra pasta, o incluso de gente rara.

Pero la santidad, ¡tan hermosa!, es vocación común a todos. Cada santo es diferente, ha vivido en circunstancias y etapas históricas distintas y ha recibido una vocación particular (vida consagrada, sacerdocio, matrimonio, trabajo, profesión).

Cada santo es un reflejo del Evangelio, revela, plasma, un aspecto del insondable Misterio de Cristo. Por eso la santidad es para todos y la vida de cada santo hay que leerla teológicamente, no solamente sus anécdotas o sus milagros.

"Día tras día la Iglesia nos ofrece la posibilidad de caminar en compañía de los santos. Hans Urs von Balthasar escribió que los santos constituyen el comentario más importante del Evangelio, su actualización en la vida diaria; por eso representan para nosotros un camino real de acceso a Jesús. El escritor francés Jean Guitton los describía como "los colores del espectro en relación con la luz", porque cada uno de ellos refleja, con tonalidades y acentos propios, la luz de la santidad de Dios. ¡Qué importante y provechoso es, por tanto, el empeño por cultivar el conocimiento y la devoción de los santos, así como la meditación diaria de la palabra de Dios y el amor filial a la Virgen!...
Su experiencia humana y espiritual muestra que la santidad no es un lujo, no es un privilegio de unos pocos, una meta imposible para un hombre normal; en realidad, es el destino común de todos los hombres llamados a ser hijos de Dios, la vocación universal de todos los bautizados. La santidad se ofrece a todos; naturalmente no todos los santos son iguales: de hecho, como he dicho, son el espectro de la luz divina. Y no es necesariamente un gran santo el que posee carismas extraordinarios. En efecto, hay muchísimos cuyo nombre sólo Dios conoce, porque en la tierra han llevado una vida aparentemente muy normal.
Precisamente estos santos "normales" son los santos que Dios quiere habitualmente. Su ejemplo testifica que sólo cuando se está en contacto con el Señor se llena uno de su paz y de su alegría y se es capaz de difundir por doquier serenidad, esperanza y optimismo. Considerando la variedad de sus carismas, Bernanos, gran escritor francés a quien siempre fascinó la idea de los santos —cita a muchos en sus novelas— destaca que "cada vida de santo es como un nuevo florecimiento de primavera"" (Benedicto XVI, 20-agosto-2008).

jueves, 29 de octubre de 2009

La rebelión de las masas (I): la cultura del relativismo


La cultura en la que vivimos procura generar una revolución silenciosa, una inversión del orden social, socavando la Verdad y el Bien, ofreciendo una lista nueva de “valores”, por supuesto intocables, incuestionables, y un “pensamiento” que es el correcto, dominante, único.
Lo que estamos viviendo hoy de forma tan acusada recibió un nombre que le puso Ortega y Gasset con una obra suya: “La rebelión de las masas”. Sí, en esas estamos. Sigamos el análisis de Luis Suárez en Crisis y restauración de Europa (Madrid, Homolegens, 2008) en las páginas 347 y siguientes (libro claro y argumentado).

La rebelión de las masas nada tiene que ver con movimientos políticos o revolucionarios, sino que hoy está presente en todos los sistemas, en todas las sociedades, en todas las culturas. El espíritu de las masas se ha ido agrandando. Es en el siglo XX en donde se percibe el mayor vigor en el espíritu de las masas que buscan no la igualdad, sino el igualitarismo, ¡que no es lo mismo!

El lema bien podría ser “diferir es indecente”; el hombre-masa por su afán de simplificación impone el pensamiento único, con el que todos deben comulgar y es lo políticamente correcto, y se considera gravísimo disentir. Lo que se ha de pensar, ya nos lo dan hecho; la forma de juzgar la realidad, la dan preparada: cuatro ideas-base o ideas-marco a la que todos han de someterse para ser moderno, ser moderado, poseer talante.

Enardecer las masas es bastante fácil: cuatro frases o lugares comunes, mezcladas con demagogia para confundir... Así las masas primero –siglo XIX- querían la conquista del poder y el cambio social mediante las revoluciones de corte proletario, pensando que el mundo funcionaría y sería feliz simplemente con un ajuste económico y un bienestar material. En el siglo XX las masas serían abducidas por el sentimiento socialista totalitario –comunismo, fascismo, nacionalsocialismo, etc.- que alcanzan el poder con una cultura de masas basada en el sentimentalismo y la repetición desde un partido que absorbe todo el poder. Pero ahora las masas, habiendo alcanzado un alto nivel de bienestar, simplemente se vuelven consumistas, narcotizados con su poder adquisitivo que es lo único importante; las masas sólo se alteran por la economía, nunca por un bien social, ético o moral. Los medios de comunicación han perfeccionado su técnica, han perfeccionado tanto la propaganda que además de decirles lo que han de pensar, se les enseña lo que han de desear (¡ah, la publicidad!). Se busca la felicidad que es simplemente el disfrute de bienes consumibles. Ya se puede hundir el mundo y promulgarse leyes inicuas que atenten contra la vida humana o la familia... ¡que las masas sólo se moverán y protestarán algo cuando el problema sea económico!

Hay que reconocer que no todo es malo, no vayamos a caer en un maniqueísmo. Es bueno el acceso mayor a los bienes de consumo, al bienestar, o la posibilidad de estudiar grados superiores: es progreso indudable la facultad de acceder a la cultura y a la salud. Pero hay que ejercer un discernimiento: en la radical despersonalización que provoca el ascenso de las masas (sólo somos un voto y un consumidor), se produce la liberación de lo más primario. Las masas son fáciles de engañar, se guían por sentimientos y no por la razón y su cultura es simplemente un subproducto (¿es cultura la música de hoy? ¿Es cultura lo que se ofrece a los jóvenes hoy: ¡un botellódromo!?).

La rebelión de las masas hay que valorarla, asimismo, desde una perspectiva ética. La conquista del poder social por la masa coincide con la anomia, es decir, la negativa a aceptar que existen unas normas morales objetivas que el hombre puede descubrir y vivir. Se introduce el concepto de que cada uno determina lo que es bueno o malo de manera subjetiva, por tanto, no existe el bien y nadie puede fijar qué es lo bueno, y menos aún, legislar con ese principio. La moral se convierte en asunto privado. En la política, los derechos humanos naturales, que se reconocen porque son innatos a la persona y el Estado los tutela y protege, se sustituyen por los derechos de los ciudadanos, que se dan a sí mismos mediante normas arbitrarias (derecho al matrimonio entre personas del mismo sexo, derecho al aborto...). La etapa final de la rebelión de las masas es la secularización.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Avisos del blog y NOVEDADES

La primera novedad es que el blog va a tener un eco, una resonancia, al estar también en Religión en Libertad, a petición amabilísima e insistente del director, Álex del Rosal. Allí publicaré los mismos artículos que en este blog, aunque voy a ir descendiendo el ritmo de publicaciones. Estando ahora en Religión en Libertad oremos al Señor para que la doctrina que aquí se presente sea útil para la formación, para la oración y, en definitiva, para el crecimiento de la Iglesia. Tiene el nombre del autor, Javier Sánchez Martínez, y el título del blog, el mismo que en éste.

Segunda novedad:

Un sacerdote compañero mío me sugirió el lunes que cada post terminase con una oración porque los catequistas de su parroquia y algunos grupos de matrimonio leían el blog para iniciar su oración o su formación y echaban de menos que acabase con una oración que pusiese en sintonía con el Misterio.

¿Forma de resolverlo? En la columna derecha, semanalmente, ofreceré dos textos: una petición de la Liturgia de las Horas y una oración colecta del Misal, para orar juntos semanalmente profundizando y memorizando nuestros textos litúrgicos que nos ponen así en clima orante con la misma Iglesia.

Nada más. Pax!

Y gracias a los lectores que siguen el Blog y a quienes dejan sus comentarios. Oremos unos por otros.

Estamos muy ocupados: ¡Pues más tiempo de oración!


Hay mucho que hacer. Muchas son las prisas, escaso el tiempo. Las ocupaciones son multiplican. Van tirando de nosotros de un lado y de otro y sentimos el agobio de no rendir más, no de estar a la altura de lo que los demás esperan de nosotros. Empecemos a dejar cosas para más adelante, para cuando se tenga algo de tiempo. El trabajo es absorbente, los desplazamientos una pérdida de tiempo pensando en llegar con puntualidad. Un largo etcétera se podría añadir, el largo etcétera que cada cual conoce de su propia jornada y obligaciones familiares, laborales, etc. En la vida eclesial, reuniones tras reuniones, el tiempo de apostolado, la formación cristiana y la catequesis de adultos. Pasa el día y queda la sensación de que no hemos hecho nada aun cuando no hemos parado ni un momento.

Y, ¿cuál sería la tentación? La tentación fundamental es arrinconar la oración, sin un orden fijo, para cuando haya un momento libre, ¡que nunca llega! La tentación es no encontrar el momento oportuno de llegarse a una iglesia y visitar a Jesús en el Sagrario, de no ver la hora en que diariamente me pudo acercar a participar de la Santa Misa. El desorden interior y las múltiples ocupaciones llegan a convencernos de que carecemos de tiempo para la oración, que antes hay que gestionar los asuntos pendientes. ¿Seguro?

La oración personal, el trato con la Persona de Jesucristo, ya sea por la mañana o al atardecer, garantizan que las energías de nuestro corazón no se dispersen en las actividades, sino que se concentran en un centro superior, en el vértice ideal de nuestra vida: ¡Jesucristo! La oración asegura el discernimiento de nuestras actividades, que pasadas por la criba de la oración, manifiestan su valor real, su importancia y rectitud. La oración permite el dominio de uno mismo (fruto del Espíritu) e impide que seamos arrastrados por el agobio o por el estrés, sino que fecunda nuestra personalidad, dándonos serenidad, y por tanto, convierte el tiempo de nuestro trabajo en tiempo mucho más sereno y, por ser más sereno, más fecundo en todos los órdenes. En la oración diaria ofrecemos al Corazón de Jesús nuestros trabajos, proyectos, sacrificios e ilusiones como ofrenda y reparación. En la oración diaria sentimos internamente cuál es la voluntad de Dios para la jornada, lo que hemos de hacer, cómo hacerlo, qué decir y qué callar, cuáles son las prioridades.

“Para un cristiano orar no equivale a evadirse de la realidad y de las responsabilidades que implica, sino asumirlas a fondo, confiando en el amor fiel e inagotable del Señor... La oración no es algo accesorio, algo opcional; es cuestión de vida o muerte. En efecto, sólo quien ora, es decir, quien se pone en manos de Dios con amor filial, puede entrar en la vida eterna, que es Dios mismo” (Benedicto XVI, Ángelus, 4-marzo-2007).

Diariamente, con un orden fijo, un plan de vida, la oración es espacio de salud espiritual y también psicológica. Es santificación. La oración diaria, la visita al Sagrario y la Misa diaria harán fecundo nuestro tiempo y nuestras muchas obligaciones durante el curso.

martes, 27 de octubre de 2009

Educar para la liturgia I: doxología y alabanza


Santa Teresa Benedicta de la Cruz ofrece al pueblo cristiano un corpus muy completo de filosofía, de teología y de espiritualidad. Sus obras tienen altura intelectual, pero sus conferencias y escritos espirituales aúnan a la altura intelectual, la claridad y la sencillez expositiva. Comencemos a leer -y dejarnos formar- su artículo "La oración de la Iglesia" que la Sociedad San Bonifacio le solicitó para una colección, en 1936, a los tres años de ingresar en el Carmelo de Colonia.


““Por Él, con Él y en Él, a ti, Dios Padre omnipotente en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos”.

Con estas solemnes palabras concluye el sacerdote en la celebración de la Eucaristía las oraciones que tienen como punto central el acontecimiento lleno de misterio de la Transubstanciación. Al mismo tiempo se resume allí de la manera más concisa lo que es la oración de la Iglesia: Gloria y honor del Dios Uno y Trino por, con y en Cristo. Aun cuando estas palabras estén dirigidas al Padre, es de notar que no hay una glorificación al Padre que no sea al mismo tiempo glorificación del Hijo y del Espíritu Santo. La doxología proclama la gloria que el Padre comparte con el Hijo y ambos con el Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos.

Toda alabanza dirigida a Dios acontece por, con y en Cristo. Por Él, porque la humanidad tiene acceso al Padre sólo por Cristo y porque su ser humano-divino y su obra de salvación representan la glorificación más perfecta del Padre. Con Él, porque cada oración auténtica es el fruto de la unión con Cristo y al mismo tiempo un refuerzo de esa unión; además porque cada alabanza del Hijo es una alabanza del Padre y viceversa. En Él, porque Cristo mismo es la Iglesia orante y cada orante en particular un miembro vivo de su Cuerpo Místico y, además, porque el Padre está en el Hijo y en el Hijo se hace visible el resplandor y la gloria del Padre. El sentido doble del “por”, “con” y “en” se transforma de esa manera en la expresión del carácter mediador del Verbo Encarnado.

Así podemos decir que la oración de la Iglesia es la oración del Cristo viviente y encuentra su modelo original en la oración de Cristo durante su vida terrena”.

(Edith Stein, La oración de la Iglesia)

lunes, 26 de octubre de 2009

El Rosario: su historia es ilustrativa


Seguimos lo que explicó el cardenal Ratzinger en 2005, en un libro de entrevistas:

"El origen histórico del rosario se remonta a la Edad Media, una época en la que las oraciones normales eran los salmos. Pero por entonces muchas personas no sabían leer, lo que les impedía participar en los salmos bíblicos. Por eso se buscó un salterio para ellas, y se halló en la oración a María con los misterios de la vida de Jesucristo ensertados a modo de perlas de un collar.

Afectan al que reza de una forma meditativa, en la que la repetición tranquiliza el alma, y aferrarse a la palabra, sobre todo a la figura de María y a las imágenes de Cristo que pasan ante uno mientras tanto, sosiega y libera el alma y le concede la visión de Dios.

De hecho, el rosario nos integra en ese saber primitivo en el que la repetición forma parte de la oración, de la meditación, en el que la repetición significa una forma de adentrarse en el ritmo del sosiego. Lo que importa no es tanto seguir con esfuerzo cada palabra de manera racional, sino todo lo contrario: dejarse llevar por la calma de la repetición, por lo candencioso. Máxime teniendo en cuenta que no se trata de palabras vacías. Traen a mis ojos y a mi alma grandes imágenes y visiones, y, sobre todo, la figura de María, y a través de ella la de Jesús.

Esas personas de las que hablábamos tenían que trabajar duramente. Al rezar, no podían emprender además grandes rutas intelectuales. Al contrario, necesitaban una oración que las tranquilizase, que las distrajera, que volviera a arrancarlas de sus preocupaciones y les mostrara el consuelo redentor. Creo que esa experiencia primitiva de la historia de las religiones, la de la repetición, del ritmo, de la palabra común, del coro que me llevay se eleva y llena el espacio, que no me atormenta sino que me tranquiliza, consuela y libera; esa experiencia primitiva se ha cristianizado aquí por entero en el contexto mariano y en la aparición de la figura de Cristo al hacer rezar a las personas con enorme sencillez, enterándose al mismo tiempo del rezo, trascendiendo el ámbito intelectual al adentrarse el alma en las palabras".

(J. RATZINGER, Dios y el mundo, Galaxia-Gutenberg, Barcelona 2005, pp. 299-300).

domingo, 25 de octubre de 2009

Plegaria: ¡Ilumínanos, Señor!


Padre clementísimo,
que concediste al ciego de nacimiento que creyera en tu Hijo, y que por esta fe alcanzara la luz de tu reino,
haz que tus elegidos, aquí presentes,
se vean libres de los engaños que les ciegan,

y concédeles que, firmemente arraigados en la verdad,
se transformen en hijos de la luz,

y así pervivan por los siglos.

Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.


Señor Jesús,
luz verdadera,
que iluminas a todo hombre,
libra por el Espíritu de la verdad

a todos los tiranizados bajo el yugo del padre de la mentira,
y a los que has elegido
para recibir tus sacramentos,
llénalos de buena voluntad,
a fin de que disfrutando con el gozo de tu luz,

como el ciego que recobró de tu mano la claridad,

lleguen a ser testigos firmes y valientes de la fe.

Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

(Ritual de la Iniciación cristiana de adultos, n. 171; 2º escrutinio).

sábado, 24 de octubre de 2009

Respuesta a un comentario. Seguimos con "Jesús de Nazaret"

Luis- Madrid dejó en el post anterior un comentario respecto al tema “Jesús de Nazaret o Jesucristo”, que merece respuesta ponderada. Escribía él:

“Vaya por delante que estoy de acuerdo con todo lo que expresa en este artículo excepto en el hecho de identificar el uso de "Jesús de Nazaret" con una teología errónea. Valga como contraejemplo el Santo Padre Benedicto XVI, quien escribió el libro llamado precisamente "Jesús de Nazaret". No creo que se pueda encontrar en dicha obra los errores achacados a quienes utilizan esta denominación. Expresiones como "nuestro Señor" o "Jesucristo" afirman sin duda, la naturaleza divina de la persona de Cristo, pero no por ello dejamos de ver al hombre, a "Jesús de Nazaret" en quien se encarnó nuestro Salvador. Si nuestros papas no temen utilizar este término, como en múltiples ocasiones nos han demostrado, usémoslo sin miedo, pero con plena conciencia de quien es la persona de Jesús de Nazaret, nuestro Señor JesuCristo”.

1. Ciertamente, en sí, el uso de la expresión “Jesús de Nazaret” no debe tener ninguna connotación peyorativa o errónea. Alude a una persona histórica y la encuadra en su lugar de nacimiento y en su residencia.


2. Decir simplemente “Jesús de Nazaret” no expresa la fe en Él, sino el mero dato histórico. Basta ver que esa es una forma de referirse a Él de sus contemporáneos y paisanos y una referencia de Pedro en los discursos de Hch para que identifiquen bien sus oyentes a Quién se refiere. Pero, inmediatamente, la teología del corpus paulino (que comienza pronto, año 55 su carta más antigua) jamás hablará de “Jesús de Nazaret” sino de “Jesús el Señor”, “Cristo Jesús”, “Nuestro Señor Jesucristo”, etc., para que nunca hubiesen malentendidos sino claridad en la confesión de fe de que aquel personaje histórico es al mismo tiempo el Señor, el Kyrios.

3. La Iglesia lo entendió así desde el principio, y en los Símbolos y textos litúrgicos al nombre bendito de “Jesús” le añaden “Cristo”, “Señor”, de manera que ese es el modo en que era educado todo el pueblo cristiano.


4. El uso hoy de “Jesús de Nazaret” vuelve a la actualidad con las primeras “vidas de Jesús” del s. XX marcadas por el protestantismo liberal y su versión católica, el modernismo, que llega a nuestros días especialmente con las corrientes de las diversas teologías de la liberación y teologías secularizadas que quieren establecer la fisura entre el Jesús histórico y el Cristo de la fe. La obra de Josef Ratzinger-Benedicto XVI, “Jesús de Nazaret”, es una cierta contrarréplica usando esos mismo términos para superar la ruptura producida.

5. ¿Qué hay detrás, de fondo, con tanto interés en las aproximaciones históricas a “Jesús de Nazaret” y en hablar sólo de “Jesús de Nazaret” en teología, omitiendo sistemáticamente la confesión de fe en Jesucristo? Lo dirá Ratzinger en su libro “Jesús de Nazaret” al hablar de los métodos histórico-críticos que algunos sitúan como la panacea de todo ignorando sus límites:


“Las reconstrucciones de este Jesús, que había que buscar a partir de las tradiciones de los evangelistas y sus fuentes, se hicieron cada vez más contrastantes: desde el revolucionario antirromano que luchaba por derrocar a los poderes establecidos y, naturalmente, fracasa, hasta el moralista benigno que todo lo aprueba y que, incomprensiblemente, termina por causar su propia ruina. Quien lee una tras otra algunas de estas reconstrucciones puede comprobar enseguida que son más una fotografía de sus autores y de sus propios ideales que un poner al descubierto un icono que se había desdibujado.
Por eso ha ido aumentando entretanto la desconfianza ante estas imágenes de Jesús; pero también la figura misma de Jesús se ha alejado todavía más de nosotros.

Como resultado común de todas estas tentativas, ha quedado la impresión de que, en cualquier caso, sabemos pocas cosas ciertas sobre Jesús, y que ha sido sólo la fe en su divinidad la que ha plasmado posteriormente su imagen. Entretanto, esta impresión ha calado hondamente en la conciencia general de la cristiandad. Semejante situación es dramática para la fe, pues deja incierto su auténtico punto de referencia: la íntima amistad con Jesús, de la que todo depende, corre el riesgo de moverse en el vacío” (Jesús de Nazaret, Madrid, La Esfera de los libros, 2007, p. 8).


6. Como se ve, el uso hoy de “Jesús de Nazaret” encierra detrás mucho más que la alusión al lugar de Cristo y su realidad histórica. Hay una intencionalidad muy concreta cuando se usa.
Por eso siempre es preferible emplear los términos paulinos que la Iglesia recibió: “Señor”, “Cristo”, donde sin negar su historicidad, su humanidad real y concreta (¡por supuesto!) señala el reconocimiento del Misterio, el estupor ante su Presencia.

Esa es mi insistencia en habituarnos al uso del lenguaje propio de los Símbolos y de la Liturgia en la predicación, en la catequesis y en la oración personal.


Gracias, Luis, por su comentario que me permite explayarme y, espero, explicarme mejor.

viernes, 23 de octubre de 2009

¿Jesús de Nazaret o Jesucristo?

No es indiferente el lenguaje, porque detrás quiere expresar un contenido. La teología secularizada de nuestros tiempos lleva mucho tiempo queriendo hablar sólo de "Jesús de Nazaret" y pretende así presentar a Cristo simplemente como hombre, pensando que su divinidad y preexistencia es un lenguaje filosófico pero no una realidad; pretende reducir a Cristo a un personaje histórico más valorándolo como un profeta -¡no como el Hijo de Dios encarnado!- con visos de revolucionario y agitador social que, volcando en los pobres y marginados, pretende la transformación del orden social e incluso la lucha de clases. Es el hombre modelo por su compromiso por la justicia. Éste es el lenguaje secularizado de una teología que se vuelve ideología o discurso político. ¿Acaso éste es el lenguaje de la fe?

Se omite su muerte en cruz, descenso a los infiernos y santa resurrección como obra de la salvación, y se la interpreta horizontalistamente: la cruz es la solidaridad con los pobres del mundo; la resurrección ya no es de su carne, sino el impulso (subjetivo) en los apóstoles que comprendieron en ese momento que ellos también debían luchar por cambiar las estructuras opresoras. ¿Acaso ésta es la fe de la Iglesia en el Misterio pascual del Redentor?

¡Cuánto bien nos hace vincularnos a nuestra Tradición y profesar la recta fe con todas las generaciones que nos precedieron! Un texto de la liturgia hispano-mozárabe canta la grandeza de Jesucristo que es Dios y hombre -las dos naturalezas de Cristo- y su acción redentora:

"Es justo, Dios todopoderoso,
es nuestro deber darte gracias
por Jesucristo tu Hijo, nuestro Señor,
que se hizo hombre
para anular el pecado del hombre,
permaneciendo inmutable en la divinidad del Padre.

Él, el último Adán, con su Espíritu llenó de vida
a los que el primer Adán había abandonado a la muerte
por la condena del pecado.

Por su obediencia
reconcilió con el Padre y Dios eterno
a los que la transgresión del padre terreno
había arrebatado a un destino de bienaventuranza.

Con el remedio singular de su Encarnación
y con la sangre derramada de su Pasión y Muerte,
restauró en nosotros la condición en que fuimos creados,
de la que nos habían expulsado la debilidad y la corrupción.

Hizo todo esto
humillándose en su humanidad
sin perder ni un solo momento
la potencia que le pertenece a Él como al Padre.

Se hizo hombre, por lo tanto, para salvar a los hombres
sin apartarse jamás de la naturaleza del Padre.
Permanecía en la naturaleza divina
mientras, por su gracia, reconciliaba a los hombres.
Se hizo como nosotros,
sin dejar de ser igual al Padre en gloria y en poder.

Y de ese modo socorrió a los hombres
asumiendo la humanidad
sin renunciar a la divinidad que naturalmente posee" (Illatio Dom. VI de quotidiano).

¡Atención, entonces, con usar "Jesús de Nazaret", porque es lenguaje equívoco!

Acostumbrémonos a asumir y asimilar los textos litúrgicos porque éstos sí expresan la fe ortodoxa.

jueves, 22 de octubre de 2009

Ofrecer las obras, santificarse en el trabajo: ¿cómo?


La Iglesia, en su oración cotidiana, la Liturgia de las Horas, pide en multitud de ocasiones que nuestro trabajo sea agradable a Dios, una ofrenda a Él: “danos tu gracia, para que todas nuestras acciones sean agradables a tus ojos y útiles a tu designio de amor y salvación universal” (Oración de Sexta, Martes I)y también: “haz que todas nuestras acciones te sean agradables y sirvan para manifestar al mundo tu redención” (Oración de Nona, Miércoles IV).

¿Cómo pueden ser agradables nuestras acciones a Dios?

En primer lugar, realizando todas y cada una de nuestras acciones con amor de Dios y pensando en Él, sin buscar ningún otro reconocimiento ni gratitud. Este primer sentido lo declara una lectura breve: “Lo que hacéis, hacedlo con toda el alma, como para servir al Señor y no a los hombres” (Col 3,23; Nona, Miércoles IV).

En segundo lugar, el trabajo, las distintas obras y obligaciones cotidianas, realizarlas en el nombre de Cristo, ofreciéndolas y viviendo en su presencia continua: “todo lo que de palabra o de obra realicéis sea todo en nombre del Señor Jesús” (Col 3,17; Sexta, Miércoles IV), “Que la gracia del Espíritu Santo habite en nuestros corazones y resplandezca en nuestras obras, para que así permanezcamos en tu amor y en tu alabanza” (Preces Laudes, Miérc., II).

En tercer lugar, se santifica el trabajo cuando se realiza con perfección, con prontitud, entregados a las distintas tareas, sin dejarlas a medias o a medio acabar, o trabajando con dejadez y sin precisión; trabajo con diligencia, laboriosidad, honradez y justicia. La santificación del trabajo requiere hacerlas con perfección, conscientes de que redunda en beneficio de los demás y en el orden social, sea el trabajo que sea. Por eso pedimos al Señor: “Te consagramos este día como oblación agradable a tus ojos, y proponemos no hacer ni aprobar nada defectuoso” (Preces Laudes, Miérc., II).

Y en cuarto lugar, ofrecer nuestras obras y trabajos al Señor para que sea una ofrenda agradable a Él por la salvación del mundo, de esta forma nuestro trabajo se une al Trabajo del Señor, que es su Cruz: “Que santifiquemos el día entero con trabajos que sean de tu agrado” (Preces Laudes, Miérc., I), “acepta los deseos y proyectos de este día” (Preces Laudes, Jueves I). Asimismo, al ofrecer nuestro trabajo, lo encomendamos para que el Señor lo guíe y lleve a perfección: “Que baje hoy a nosotros tu bondad y haga prósperas las obras de nuestras manos” (Preces Laudes, Lunes I), “Danos tu sabiduría eterna, para que nos asista en nuestros trabajos” (Preces Laudes, Martes I).

Con la ofrenda del trabajo diario, con el ofrecimiento de obras, convertimos nuestro día y nuestra propia vida en una liturgia viva, en un culto espiritual agradable a Dios: “Rey todopoderoso, que por el bautismo has hecho de nosotros un sacerdocio real, haz que nuestra vida sea un continuo sacrificio de alabanza” (Preces Laudes, Martes I).

La liturgia nos guía en este camino de la santificación del trabajo, nos renueva en nuestra entrega a él y en el culto espiritual de toda nuestra vida y de cada una de nuestras acciones. ¡Qué importante es, espiritualmente, el ofrecimiento de obras y la oración de Laudes! Recordemos que la santificación y ofrecimiento del trabajo es doctrina de la Iglesia, tal como enseña el Concilio Vaticano II: “Pero aquellos a quienes asocia íntimamente a su vida y misión también les hace partícipes de su oficio sacerdotal, en orden al ejercicio del culto espiritual, para gloria de Dios y salvación de los hombres. Por lo que los laicos, en cuanto consagrados a Cristo y ungidos por el Espíritu Santo, tienen una vocación admirable y son instruidos para que en ellos se produzcan siempre los más abundantes frutos del Espíritu. Pues todas sus obras, preces y proyectos apostólicos, la vida conyugal y familiar, el trabajo cotidiano, el descanso del alma y de cuerpo, si se realizan en el Espíritu, incluso las molestias de la vida si se sufren pacientemente, se convierten en "hostias espirituales, aceptables a Dios por Jesucristo" (1 Pe 2,5), que en la celebración de la Eucaristía, con la oblación del cuerpo del Señor, ofrecen piadosísimamente al Padre. Así también los laicos, como adoradores en todo lugar y obrando santamente, consagran a Dios el mundo mismo” (LG 34).

miércoles, 21 de octubre de 2009

Evangelización, misión y misiones


El Señor envió a sus apóstoles, antes de su Ascensión, a predicar el Evangelio, enseñando a todos a guardar todo lo que Él mandó y bautizar para sumergirlos en el Misterio de Dios, dándoles la vida divina e incorporándolos a la Iglesia. Generaciones sin número entendieron así el mandato misionero de Cristo y desde el mismo día de Pentecostés, se convirtieron en osados apóstoles en las zonas paganas, yendo siempre más lejos, "mar adentro", con tal de que Cristo fuese conocido y amado y pudiera seguir salvando. Nada antepusieron a Cristo. Con nada confundieron la misión apostólica. Y así casi hasta nuestros días. La misión es explícitamente cristocéntrica y eclesial. Sin imposiciones, pero con la valentía apostólica de hablar de Cristo. Cuando en el tejido eclesial entra la secularización, se trastoca el orden misionero en muchísimos casos para identificar la misión única y exclusivamente con las obras de desarrollo humano, de progreso social, reduciéndose la misión a la filantropía anónima, al voluntariado social tal como tantas ONG y otras organizaciones realizan. Incluso aún hoy, cuando se escucha hablar de las misiones, lo único que se presenta es la obra social, pensando que sin hablar de Cristo porque no se considera necesario, tal vez lleguen los demás a la fe. Las obras de desarrollo son insuficientes para responder al mandato tan claro de Jesucristo. "La misión, si no está animada por el amor, se reduce a actividad filantrópica y social. A los cristianos, en cambio, se aplican las palabras del apóstol san Pablo: "El amor de Cristo nos apremia" (2 Co 5, 14). La misma caridad que movió al Padre a mandar a su Hijo al mundo, y al Hijo a entregarse por nosotros hasta la muerte de cruz, fue derramada por el Espíritu Santo en el corazón de los creyentes. Así, todo bautizado, como sarmiento unido a la vid, puede cooperar a la misión de Jesús, que se resume en llevar a toda persona la buena nueva de que "Dios es amor" y, precisamente por esto, quiere salvar el mundo.

La misión brota del corazón: quien se detiene a rezar ante el Crucifijo, con la mirada puesta en el costado traspasado, no puede menos de experimentar en su interior la alegría de saberse amado y el deseo de amar y de ser instrumento de misericordia y reconciliación... La misión brota siempre de un corazón transformado por el amor de Dios, como testimonian innumerables historias de santos y mártires, que de modos diferentes han consagrado su vida al servicio del Evangelio.

La misión es, por tanto, una obra en la que hay lugar para todos: para quien se compromete a realizar en su propia familia el reino de Dios; para quien vive con espíritu cristiano su trabajo profesional; para quien se consagra totalmente al Señor; para quien sigue a Jesús, buen Pastor, en el ministerio ordenado al pueblo de Dios; para quien, de modo específico, parte para anunciar a Cristo a cuantos aún no lo conocen" (Benedicto XVI, Ángelus, 22-octubre-2006).

martes, 20 de octubre de 2009

A vueltas con la secularización interna de la Iglesia


La cultura en la que se desenvuelve nuestra vida es la post-modernidad, que está de vuelta del cristianismo, que cree conocerlo porque conoce algunas manifestaciones externas, y lo ha reducido a un fenómeno cultural y turístico, pero sin incidencia social ni vitalidad. La sociedad post-moderna ha erigido el relativismo como criterio y medida de todas las cosas ("todo vale, todo es igualmente respetable, no existe la Verdad sino que cada cual tiene su verdad/opinión"). Y ese clima cultural y de pensamiento se infiltró en la Iglesia dejándola debilitada y vaciada de su ser y de su misión. Esta es la secularización interna de la Iglesia.

Una Iglesia que sea moderna y mundana, dedicada a tareas intramundanas (construir una sociedad justa en alianza con todos los grupos o movimientos de transformación), entregada a tareas asistenciales únicamente para suplir las carencias sociales del Estado. Pero, ¿eso es la Iglesia? ¿Esa es la misión de la Iglesia que Cristo le confió?

Nuestros obispos señalaron este grave problema y sus consecuencias en el Plan pastoral 2002-2005, "Mar adentro". Lo que ellos afirmaban debería despertarnos y emprender una tarea de regeneración eclesial.

"El problema de fondo, al que una pastoral de futuro tiene que prestar la máxima atención, es la secularización interna. La cuestión principal a la que la Iglesia ha de hacer frente hoy en España no se encuentra tanto en la sociedad o en la cultura ambiente como en su propio interior; es un problema de casa y no sólo de fuera. Es cierto que esta situación eclesial está influida por la cultura en que nos toca vivir. Pero es preciso mirar con atención las repercusiones que está teniendo en el interior de la Iglesia para darle la debida solución. Tomar conciencia de esto no significa promover ningún repliegue al interior. Con este diagnóstico pretendemos, más bien, adoptar la postura y la perspectiva adecuada para la misión. Es decir, que no sea la cultura ambiente, sino la propia identidad de ser Iglesia de Jesucristo la que nos marque los caminos pastorales, la perspectiva global y los asuntos cruciales de la vida eclesial.

Entre los efectos de esta situación de “secularización interna” destacamos:

- la débil transmisión de la fe a las generaciones jóvenes;

- la disminución de vocaciones para el sacerdocio y para los institutos de vida consagrada;

- el cansancio e incluso desorientación que afecta a un buen número de sacerdotes, religiosos y laicos;

- la pobreza de vida litúrgica y sacramental de no pocas comunidades cristianas" (nn. 10-11).

Seamos conscientes de la situación secularizada en que vivimos... ¡y acometamos la misión de la Iglesia fielmente, con clara identidad y ardor apostólico!

lunes, 19 de octubre de 2009

Lo "justito", medida pobre


Somos conscientes que nuestra vocación es la santidad, definida por Juan Pablo II en la Novo Millennio ineunte como la “alta medida de la vida cristiana ordinaria”; igualmente somos sabedores que en estos tiempos que corren son necesarios cristianos cabales, católicos íntegros, de una pieza, porque, de lo contrario, acaban confundidos y disueltos en el mundo y se vuelven insípidos, sin gracia y sin sal, siendo al final más mundanos que católicos. Pues, a pesar de eso... ¡todavía hay quien pregunta que es lo mínimo para ser buen cristiano, es decir, sólo quieren “lo justito”!

Son católicos, puede que buenas personas y alegres y simpáticos, que quieren amar al Señor, pero lo justito, poco más; incluso pueden vislumbrar que la vida de oración es necesaria, pero rezar “lo justito” para no pasarse...; pretenden hacer “algo” de apostolado y dar testimonio, pero “lo justito”, sin que complique mucho la vida ni nadie se vaya a meter con uno por eso. ¿Esta actitud no será regatear con el Señor? Porque esas medidas tan ajustadas y milimetradas revelan que falta generosidad con Jesucristo, que el corazón no llega a creer que la santidad es vocación personal.

Recuerdo aún una catequesis de adultos. Después de explicar la vocación universal a la santidad, la perfección en la caridad y la amistad con Cristo y concretarlo en algunas pautas o normas de vida que nos orienten y ayuden en lo cotidiano... me “desmotan” la catequesis preguntando sólo por “lo justito” que había que hacer para ser cristiano y nada más, que lo de santo le pillaba muy lejos. ¿Alguien preguntaría a su cónyuge, apenas casados, que es lo justito para quererlo? El amor jamás se plantea lo límites mínimos, aspira a lo mejor, a lo más excelente.

Esa pregunta por “lo justito” revela hasta qué punto nuestro catolicismo actual es flaco y débil, incapaz de acometer las grandes empresas que requiere la evangelización, la misión, la construcción del humanismo cristiano y la respuesta eficaz ante el laicismo agresivo. Los grandes retos no se pueden afrontar desde el minimalismo en el orden espiritual, por eso, tal vez, la Iglesia hoy se encuentre tan adormecida, tan mortecina, tan debilitada. Hoy habrá que repetir con santa Teresa que “en estos tiempos recios que corren, son menester amigos fuertes de Dios” (V 15,5).

domingo, 18 de octubre de 2009

Eucaristía y el anuncio misionero


Partamos de un texto y luego saquemos conclusiones:

"[Los santos nos invitan a] avanzar cada vez más por el camino de la perfección evangélica, sostenidos por la constante unión con el Señor, realmente presente en el sacramento de la Eucaristía. De ese modo, podremos vivir la vocación a la que todo cristiano está llamado, es decir, la de ser "pan partido para la vida del mundo", como nos recuerda oportunamente la Jornada mundial de las misiones, que celebramos hoy. El nexo entre la misión de la Iglesia y la Eucaristía es muy significativo.

En efecto, la acción misionera y evangelizadora es la difusión apostólica del amor, que se concentra en el santísimo Sacramento. Quien acoge a Cristo en la realidad de su Cuerpo y Sangre no puede quedarse con este don para sí mismo; se siente impulsado a compartirlo mediante el testimonio valiente del Evangelio, el servicio a los hermanos que atraviesan dificultades y el perdón de las ofensas. Además, para algunos la Eucaristía es germen de una llamada específica a abandonarlo todo para ir a anunciar a Cristo a los que aún no lo conocen" (Benedicto XVI, Ángelus, 23-octubre-2005).


-La Eucaristía no es un refugio del sentimiento, ni se limita al tiempo de la celebración; imprime su huella en todo lo que la Iglesia es, marca el carácter y la vida de todos los católicos en todos los aspectos de su vida. La Eucaristía transforma la existencia.

-Al no ser un refugio, la Eucaristía es un Sacramento "difusivo de sí mismo", impulsa más allá a algo más, a la entrega y transmisión de ese amor de manera que todos participen en la salvación de Cristo.


-La Eucaristía conlleva un mandato: "Podéis ir en paz", el aspecto de la misión. Cada miembro es enviado como discípulo y apóstol en los caminos del mundo, solidario de la misión de Cristo, a anunciar el Evangelio allá donde su vida transcurre. La misión no es para unos especialistas, sino vocación bautismal -ser profeta por el bautismo-.


-La evangelización o es eucarística o no será evangelización. La misión, las misiones, son el trabajo de implantación de la Iglesia y anuncio del Evangelio, no de obras filantrópicas pensando que lo único importante es lo material y la distribución de pan, relegando el anuncio de Jesucristo al silencio, como si Jesucristo fuere algo accesorio y no fundamental, e incluso valorando todas las religiones como iguales, válidas y verdaderas, tal como pretende la secularización y el sincretismo.
La Eucaristía corrige la dirección que el secularismo ha intentado dar a la evangelización y a las misiones.

-Hablar de evangelización y de misión es hablar de Eucaristía entregada que impulsa a que todos conozcan a Cristo, lo amen y le sigan.

Cristo lo ilumina todo


Nosotros, en cambio, que ignoramos por entero
la corta ganancia, la usura y los discursos,
ni somos fuertes en el arte de la guerra,
a ti, Cristo, tan sólo conocemos.

Entre lágrimas e himnos aprendemos
a suplicarte a ti, dobladas las rodillas;
con nuestra alma así, sencilla y pura,
a ti, con nuestra voz; a ti, con cántico piadoso.

Con estos intereses granjeamos
nuestras ganancias; éste es tan sólo
el arte de nuestra vida, estos oficios
comenzamos al par que el sol naciente resplandece.

Penetra nuestros sentimientos todos,
contempla toda nuestra vida;
hay muchas sórdidas falacias
que ha de purificar tu luz serena.

Ordena que sigamos siendo tales
cuales, quitadas nuestras manchas,
mandaste otrora que brilláramos
en el torrente del Jordán bañados.

Cuanto después en negras nubes
oscureció la noche de este mundo,
Tú, Rey del astro matutino,
alúmbralo con tu sereno rostro.

Prudencio, Himno de la mañana, vv. 45-68.

sábado, 17 de octubre de 2009

De cantos, coro, ensayos, jóvenes... y liturgia

Me plantearon una pregunta en un comentario del blog; un joven, miembro de un coro parroquial, que reconoce cuántas veces el coro es simplemente un modo de entretenimiento pastoral y se olvida que el centro es Jesucristo. Ante esto, él escribía:

“Por desgracia muchas veces se nos olvida y nos quedamos en: "vamos a cantar canciones bonitas"; "yo no voy al coro porque las canciones que ponen no me gustan... que rollo el cura"; "que rollo el ensayo, yo no voy..."

Nos olvidamos que lo que nosotros llamamos ensayo es solo la PREPARACIÓN de algo tan importante como la EUCARISTÍA. Y que nosotros no estamos para lucirnos cantando, estamos para ayudar a orar, primero a nosotros mismos y despues al resto de personas que están presentes.
¿Qué hacer para fomentar en el coro... una fe madura (bueno me he ido demasiado alto, en vías de madurar) y que no se quede todo en vamos a cantar canciones divertidas y a charlar con l@s amig@s? ¿Deberíamos enfocarlo más que como un ensayo como una preparación a la eucaristía?”

Voy a tratar de responder.


-El coro de una parroquia está al servicio de la liturgia, para orar cantando y para que todos canten las partes que les corresponden, no poniendo la liturgia al servicio del coro, que impone canciones simpáticas, con ritmo, con marcha porque "se lo pasan bien". Es la liturgia la que debe determinarlo y el procurar que todos canten.

-Cualquier música no sirve, ni cualquier letra: estamos en el ámbito de lo sagrado, del encuentro con el Señor. Aquellas canciones que pueden estar bien para una convivencia, una excursión, un fuego de campamento, chocan con la naturaleza espiritual, orante, de la liturgia. Los famosos “cancioneros juveniles” ofrecen cantos sin estilo alguno, muy poco bíblicos, sentimentales, y cambiando la letra a elementos que no se pueden alterar (por ejemplo, el Gloria, el Credo, el Santo, el Padrenuestro...) ¿Por qué no utilizar el Cantoral litúrgico Nacional, por qué no aprender a cantar el salmo responsorial...?

-Tiene mucha importancia la letra de los cantos -¡qué pobres tantas veces!- porque deben expresar la fe de la Iglesia, y no otras cosas, y la letra con su música permite que se memorice el contenido más fácilmente. Por eso un buen canto, un salmo, etc., al memorizarse, sirven como pedagogía de la fe. El canto litúrgico es muy educativo.

-Quienes dirijan el coro, con mucha paciencia, deben inculcar el sentido de la liturgia y la función tan importante de un coro al servicio de la liturgia; deben amar mucho a Jesucristo y a la Iglesia y contagiar ese amor a todos los jóvenes del coro.

-El momento del ensayo debería incluir al empezar un momento de formación. Explicar el sentido y la función de cada canto en la Misa: el canto de entrada, o porqué el Gloria, etc... con el Directorio “Canto y Música en la celebración”, explicando las partes de la Misa y cada tiempo litúrgico y sus características (Adviento, Navidad, Cuaresma, Pascua...)


-Segundo, en el ensayo, una breve catequesis sobre el canto que se ensaya: qué se dice, cuáles son las afirmaciones de la fe de ese canto... Sería una introducción espiritual a cada canto, tal vez, un canto bien explicado cada dos semanas.


Un ensayo de un coro parroquial puede ser un momento formativo, de catequesis, de iniciación a la liturgia muy fecundo para los jóvenes. No se trata –no lo olvidemos- de cantar EN la Misa, sino de cantar LA Misa.
Y, por cierto, lo escrito anteriormente no es una teoría irrealizable, sino experiencia vivida.

viernes, 16 de octubre de 2009

La crisis que padecemos... la secularización que nos tortura


A nadie se le escapa, a poco que mire con objetividad y libertad de espíritu, sin las categorías de lo “políticamente correcto”, que estamos en crisis. Y aún siendo grave, la peor crisis no es la crisis económica, es todo lo que hay detrás de esa crisis económica, porque ésta es sólo el efecto, y no la causa.

La gran crisis es una crisis espiritual, una crisis de una cultura y una civilización que nacieron cristianas y que secularizándose, se han vuelto destructivas contra el propio hombre, ya sin referentes, ya sin virtudes, ya sin Verdad. La cultura se ha convertido en un subproducto que se compra y se vende, pretendiéndose que sea “popular” lo que ha significado rebajar la cultura al plano de la masa, en vez de elevar a los hombres. El hombre, perdiendo su propia humanidad, se ha creído ser todopoderoso mediante la técnica, el progreso y la ciencia tecnológica, pero alcanza su límite máximo y todo se vuelve añicos. Hay un abuso del hombre sobre el hombre, del hombre sobre la naturaleza y del hombre sobre las verdades esenciales, que ya no son tales, sino simplemente opiniones todas igualmente válidas (no nos olvidemos de la “tolerancia”).

La crisis está asimismo en el interior de la Iglesia: se llama secularización. Ésta convierte a los católicos en personas al vaivén de las modas de los tiempos, sumamente moldeables por la influencia de la sociedad, de los medios de comunicación y de los discursos oficiales que se van transmitiendo en programas televisivos, series, reportajes, etc. Se acaba pensando lo que otros quieren que pensemos. Es imposible, pues, compaginar los criterios sociales de moda con el pensamiento católico.

Además, y no es lo menos grave, lo primero que se elimina es la piedad, la vida de oración, pretendiendo ser “activo”, “comprometido” y “luchar por el Reino”... Se seculariza el catolicismo y entonces, de inmediato, personas sin vida de oración pierden madurez y peso específico, y fácilmente pueden ser arrastradas por las corrientes post-modernas. Un hombre –una mujer- creyente posee una sólida espiritualidad y vida de oración con el Señor y entonces tiene “las cosas claras”, sabe discernir, ejerce un juicio racional sobre la verdad del mundo (oración y formación seria y profunda). Una Iglesia que se va secularizando internamente deja a sus hijos cada vez más desvalidos, más frágiles, más perdidos.

Superaremos las crisis que nos envuelven, y que arremeten contra la misma Iglesia, si volvemos a Jesucristo, si en él echamos el ancla de la vida, si somos capaces de adquirir una formación completa y compacta y si somos personas de oración.

jueves, 15 de octubre de 2009

Cuando se pierde el norte


Un muy queridísimo amigo -culto, inteligente, tradicional- me acaba de mandar una cita horrible, fiel reflejo de una estrategia que acaba infiltrándose en la Iglesia, y que llamamos "secularización interna" de la Iglesia.

¿Quién la dice?

Antonio Gramsci, fundador del Partido Comunista Italiano, propulsor del llamado "eurocomunismo", que falleció en 1937 con 46 años, poco tiempo después de convertirse y recibir los sacramentos, según testimonio de sacerdotes y religiosas del hospital donde estuvo internado.

¿Qué dice?

"Hay que vaciar la conciencia religiosa de sus elementos propios para que sea integramente asumida por la conciencia política. La religión será el punto de apoyo para la lucha de clases. Una vez penetrada, los sacerdotes no hablarán más de fe, de dogmas, de liturgia, de culto, de sacramentos o de oración, sino de solidaridad humana, esperanza intramundana, de denuncia de la injusticia y de liberación de la opresión. O sea, del Reino de Dios en la Tierra".

¿A que nos suena?
¿A que encima ese lenguaje tan "solidario" lo llamamos "pastoral" de forma errónea?

Pura estrategia, confusión y desviación.

Teresa de Jesús, Madre de orantes, mujer cabal


“Madre de orantes”: así es llamada Santa Teresa, e igualmente se la podría calificar de Maestra de orantes. Sus escritos son una sana pedagogía, una introducción, una mistagogia, que invita a la oración, nos educa en ella, nos acompaña en el camino dificultoso al principio de recorrer los caminos interiores para llegar a la comunión con Dios vivo. No habla desde un pedestal, sin contaminarse con el mundo, ni mancharse los pies de barro. Antes de ser madre, antes de ser maestra, hubo de recorrer ella un larguísimo camino.

Joven, coqueta, alegre, extrovertida, entra en el Monasterio de la Encarnación de Ávila y tras los fervores iniciales, con enfermedad grave, pasa por un período de casi veinte años sin apenas oración. Dios la cuestionaba y ella se apartó de Él, se encerró en sí misma al par que descubría que algo fallaba en su ser, que su alma gritaba por un deseo de Dios al que ella no quería acceder; por ahora quería compaginar, y no podía, “oración y regalo”, oración y vida descansada, a gusto consigo misma y sus caprichos y sus afectos. Cantó muchas veces el “Veni Creator”, a ver si el Espíritu Santo la sacaba de su situación existencial de postración, y Dios tuvo misericordia: la cuaresma de 1554 es el momento determinante de su conversión al ver la imagen de un Ecce Homo, el “
Cristo muy llagado” en su celda, ante el cual ella se arrodilló, rezó y lloró. Dios se apiadó. Comienza Teresa a ser, no de ella misma, sino completamente “de Jesús”. Se entregará a Cristo incondicionalmente, seguirá el camino que Él le trace fundando un convento carmelita de mayor rigor y contemplación, San José de Ávila (26 de agosto de 1562) y partirá por los caminos de España fundando Carmelos donde se ame mucho a Cristo y se inmolen por la Iglesia y los sacerdotes, en contemplación, amor y penitencia.

Sus obras, pensadas para sus hijas carmelitas, son hoy una joya de la literatura castellana así como una fuente indispensable para quien quiera tomarse en serio la oración y su unión de amor con Cristo. Siempre los clásicos son un referente, mejor que los autores contemporáneos que, de pronto, se ponen de moda.

Para santa Teresa la oración es un encuentro, un encuentro con Jesucristo, un encuentro de diálogo y amistad, un encuentro de presencia del Señor. La define como “tratar de amistad estando muchas veces a solas con Quien sabemos nos ama” (V 8,5). “Procuraba lo más que podía traer a Jesucristo dentro de mí presente” (V 9,4), “Se esté allí con Él” (V 13, 22) o como dice en otro lugar, en la oración “mire que le mira”, es una conciencia gozosa de que Jesucristo me mira con amor y respondo a su mirada. ¡Qué personal es la oración, qué lejana del vacío del deseo, del orientalismo que anula la persona para sumirla en la nada, en la relajación del no-ser! ¡Personalísima, humanísima es la oración, encuentro con la Humanidad gloriosa de Jesucristo! ¡Si pudiéramos extendernos en este punto...!


Cuatro grados o cuatro etapas señala ella en su Libro de la Vida, y en esas etapas seguro que nos vemos reflejados, pero que son un aliciente para avanzar, subir, crecer. Hace una comparación con un hortelano (el orante) que debe regar su huerto para que den fruto las semillas que Dios ha plantado.


El primer grado, cuando se inicia la vida de oración, es dificultoso. “De los que comienzan a tener oración podemos decir son los que sacan el agua del pozo, que es muy a su trabajo”, dice la santa en el libro de su vida (V 11,9). Todo cuesta: la oración se hace una pequeña lucha, nunca se acaba de sacar el tiempo suficiente, no se le ve fruto alguno a la oración, las distracciones son constantes, la imaginación no para de actuar.


El segundo grado: se va a regar no con cubos sacados de un pozo, sino “…con noria y arcaduces, que se saca con un torno (yo lo he sacado algunas veces), es a menos trabajo y sácase más agua” (V 11,7). Dios da alguna luz al alma, algún consuelo, alguna gracia, y la oración se hace más agradable y gustosa. Falta mucho trecho por recorrer, y algunos se paran aquí sin avanzar.

Tercer grado: se riega con agua de río, con un arroyo o acequia. “Es agua corriente de río o de fuente, que se riega muy a menos trabajo, aunque alguno da el encaminar el agua. Quiere el Señor aquí ayudar al hortelano de manera que casi él es el hortelano y el que hace todo” (V. 16,1). Dios actúa cada vez más en el orante, lo va uniendo a Él y no ya hacen falta tantas oraciones vocales o utilizar tanto la meditación o un libro para meditar.

Cuarto grado: ¡el agua de lluvia! Todo es gracia: “… es agua que viene del cielo para con su abundancia henchir y hartar todo este huerto de agua” (V 18,9). La oración es un sumergirse en el Misterio de Dios porque Dios mismo se entrega a la persona con sumo recogimiento, quietud y amor.


Pero, ¿esto de la oración no está reservado a unos monjes y unas monjas contemplativos, y como mucho, a los religiosos y sacerdotes? ¡No! Orar es cuestión vital, de vida verdadera para todos, incluidos seglares, matrimonios, catequistas, profesionales... Orar y hacerlo con “desasimiento de todo lo criado” (una gran libertad de espíritu en esta aventura), “amor y humildad” (amor a Cristo, humildad que es conocimiento propio) y “determinada determinación” (una firme voluntad de tener oración y no cejar en el empeño).


¡Madre de orantes! ¡Doctora de la Iglesia! ¿Nos animarás hoy, a nosotros desde este blog, a empezar a tener trato de amistad diario con Jesucristo?

miércoles, 14 de octubre de 2009

Misa en rito hispano-mozárabe: ¡un aviso!

Para quien pueda, o le pille de paso por Madrid:

todos los martes, a las 19 h.,

en la iglesia de San Pascual, en el Paseo de Recoletos,

se celebra la Santa Misa en rito hispano-mozárabe.

No es arqueologismo... No es el gusto de lo antiguo por lo antiguo en sí mismo... No es ninguna forma de modernismo...

¡Es entrar en contacto con la fuente viva de nuestra Tradición!

La Tradición viva, ininterrumpida, del rito hispano-mozárabe es nuestra peculiar Tradición: de ella bebieron muchos santos, de ella se nutrieron los numerosísimos mártires que confesaron la fe en las persecuciones de la época musulmana.

Celebrar así responde al deseo expresado por la Constitución Sacrosanctum Concilium:

"El sacrosanto Concilio, ateniéndose fielmente a la tradición, declara que la Santa Madre Iglesia atribuye igual derecho y honor a todos los ritos legítimamente reconocidos y quiere que en el futuro se conserven y fomenten por todos los medios
" (n. 4).

¡Aprovechemos la oportunidad de vivir la liturgia de nuestros Padres!

Lo inefable de la experiencia de Dios

Quien conoce a Dios se siente interiormente rebosante de un gozo como nada podría concederlo.
Quien vive en Dios siente tal plenitud que sus labios apenas pueden balbucear palabra alguna para expresarlo.

La experiencia de Dios es inefable, consoladora, gozosa.


El Santo Hermano Rafael Arnáiz, un joven trapense (canonizado el pasado 11 de octubre), lo describe hermosamente: "Silencio en los labios, cantares en el corazón".

Sólo quien lo ha gustado puede entender bien lo que él quiere decir. Y, al leerlo, desear más y más con nuestro pequeño corazón gozar, gustar y ver lo bueno qué es Dios.

n. 817 “Silencio en los labios, cantares en el corazón; alma que vive de amores, de sueños y de esperanzas..., alma que vive de Dios. Alma que mira a lo lejos..., lejos, muy lejos del mundo, pasando la vida en silencio..., cantando en el corazón.


Una Trapa..., un monasterio..., hombres... Sólo Dios y yo.
Pasan rápidos los días, en ellos se va la vida..., soñamos en lo pasado, esperamos lo que ha de llegar... El alma mira a lo lejos buscando la única vida, que otea en un mar de esperanzas, y que espera sea mejor. Una Trapa..., cantares a Dios. ¿Qué importan los hombres?... ¿Qué importan las nieblas o el sol?... ¿Qué importa lo que nos rodea? Todo es nada, y la nada no merece nuestra atención”.

n. 818. “Busca el alma lo que aquí no encuentra... Busca en las alturas sus ansias de Dios, y cuando a ella llegan los rayos de luz que Cristo la envía..., ¿qué importan los hombres, las nieblas o el sol?... Y canta en silencio, murmullos de amores, y busca sus consuelos en la paz tranquila, quieta y sosegada, del que nada espera, y pasa su vida, sin mirar al mundo, que ignora lo que es oración.

Pasan serenos los días, en la dulce calma del amor que espera. El alma comprende, que nada en el mundo la puede llenar... La tierra es de barro, los hombres son pobres, la vida muy corta, todo es muy pequeño, frágil y caduco..., y el alma está ansiosa de verse en el cielo, mirando a la Virgen, contemplando a Dios”.
(Santo Hermano Rafael, OC, nn 817-818).

martes, 13 de octubre de 2009

El alma del teólogo (o hacer teología) - III


Del silencio brota la palabra del teólogo.
Del silencio de la oración se genera la reflexión teológica.

Orante ha de ser el teólogo si su palabra quiere ser palabra de sabiduría.
A la oración llevará el teólogo -y el aprendiz de teólogo- la materia sobre la que reflexiona, los datos que investiga, los textos sobre los que trabaja, y tratará con el Señor en la oración personal el estudio en que está sumergido.

Este silencio lo confrontará con la Verdad, y llegará a amar la Verdad, contemplándola en la oración y uniéndose a ella. ¡Y la Verdad es Jesucristo!

Tanto como en la mesa de estudio ante los libros o ante el ordenador o en la biblioteca, el teólogo se forja en la meditación personal, en la oración que escruta.

"Creo que esta es la virtud fundamental del teólogo: esta disciplina, incluso dura, de la obediencia a la verdad, que nos hace colaboradores de la verdad, boca de la verdad, para que en medio de este río de palabras de hoy no hablemos nosotros, sino que en realidad, purificados y hechos castos por la obediencia a la verdad, la verdad hable en nosotros. Y así podemos ser verdaderamente portadores de la verdad.

Esto me lleva a pensar en san Ignacio de Antioquía y en una hermosa frase suya: "Quien ha comprendido las palabras del Señor, comprende su silencio, porque al Señor se le conoce en su silencio". El análisis de las palabras de Jesús llega hasta cierto punto, pero permanece en nuestro pensar. Sólo cuando llegamos al silencio del Señor, en su estar con el Padre del que vienen las palabras, podemos también realmente comenzar a entender la profundidad de estas palabras.

Las palabras de Jesús surgieron en su silencio en la montaña, como dice la Escritura, en su estar con el Padre. De este silencio de la comunión con el Padre, de estar inmerso en el Padre, surgen las palabras; y sólo llegando a este punto, y partiendo de este punto, llegamos verdaderamente a la profundidad de la Palabra y podemos ser nosotros auténticos intérpretes de la Palabra. El Señor, hablando, nos invita a subir con él a la montaña, y a aprender así de nuevo, en su silencio, el auténtico sentido de las palabras.

Al decir esto, hemos llegado a las dos lecturas de hoy. Job había clamado a Dios, incluso había luchado con Dios frente a las evidentes injusticias con las que lo trataba. Ahora se encuentra ante la grandeza de Dios. Y comprende que ante la verdadera grandeza de Dios todo nuestro hablar es sólo pobreza y no llega, ni siquiera de lejos, a la grandeza de su ser; así dice: "He hablado dos veces y no añadiré nada". Silencio ante la grandeza de Dios, porque nuestras palabras son demasiado pequeñas.

Esto me lleva a pensar en las últimas semanas de la vida de santo Tomás. En esas últimas semanas ya no escribió ni habló nada. Sus amigos le preguntaron: "Maestro, ¿por qué ya no hablas?, ¿por qué ya no escribes?". Y él respondió: "Ante lo que he visto ahora todas mis palabras me parecen como paja".

El padre Jean-Pierre Torrel, gran conocedor de santo Tomás, nos dice que no debemos interpretar mal estas palabras. La paja no equivale a nada. La paja lleva el grano y este es el gran valor de la paja. Lleva el grano. Y también la paja de las palabras sigue siendo válida como portadora del grano. También para nosotros esto es una relativización de nuestro trabajo y a la vez una valorización de nuestro trabajo. Es asimismo una indicación para que nuestro modo de trabajar, nuestra paja, lleve realmente el grano de la palabra de Dios.

El evangelio concluye con las palabras: "Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha". ¡Qué advertencia, qué examen de conciencia implican estas palabras! ¿Es verdad que quien me escucha a mí escucha realmente al Señor? Oremos y trabajemos para que cada vez sea más verdad que quien nos escucha a nosotros escucha a Cristo" (Benedicto XVI, Misa con la Comisión Teológica Internacional, 6-octubre-2006).


lunes, 12 de octubre de 2009

Virgen del Pilar: tradición, historia... ¡y profunda fe!

"Relacionada con la predicación de Santiago en España está la tradición y creencia en la aparición de la Virgen del Pilar en Zaragoza. Según ella, habiendo Santiago predicado el Evangelio en Galicia, mas hallándose deprimido por el poco fruto alcanzado, se dirigió a Aragón, y, estando descansando a orrillas del Ebro, la Santísima Virgen María, que aún vivía en carne mortal, se le apareció sobre un pilar, que luego dejó allí como recuerdo de su visita y como prueba de su protección perpetua sobre España.

Frente a esta tradición o creencia española se ha planteado igualmente una discusión semejante a la de Santiago. Mientros unos la defienden con grande entusiasmo, otros la rechazan con toda decisión... Quedan pues, frente por frente, las dos opiniones o puntos de vista de los que, con verdadera comprensión mutua y con el único deseo de conocer la verdad, defienden o no admiten la tradición sobre la aparición de la Virgen del Pilar... Mas, por otra parte, conviene observar de nuevo que la discusión sincera y objetiva sobre el origen de la tradición española del Pilar no excluye una cordial veneración a esta advocación. Por esto se explica perfectamente que, por una parte, discuta uno históricamente y aun tal vez rechace sinceramente la tradición, y por otra, sienta una profunda veneración a la Virgen del Pilar. Son dos cuestiones completamente diversas, por lo cual la veneración de la Virgen del Pilar debe persistir con toda su firmeza por encima de las discusiones y opiniones históricas acerca del origen de la tradición...

Ante todo encontramos con que en el siglo XIV existía y era plenamente admitida esta tradición. Más aún: poseemos de este tiempo testimonios abundantes y algunas relaciones detalladas de la aparición. Es verdad que hasta el siglo XVII no se hizo plenamente nacional y que, debido a un milagro estupendo, particularmente el obrado con el cojo de Calanda, se intensificó cada día más la devoción a la Virgen del Pilar; pero de hecho ya a fines del siglo XIII y en el siglo XIV la tradición está plenamente atestiguada..." (LLORCA- Gª VILLOSLADA-LABOA, Historia de la Iglesia Católica, vol. I Edad Antigua, Madrid, BAC, 2005, 7ª ed., pp. 140-142).

Venerable tradición, raíz de hispanidad, comienzo de la fe católica en España, oremos a María Santísima:

"Dios misericordioso y eterno:

...Mira a tu Iglesia peregrina, que se dispone a celebrar el V centenario de la evangelización de América. Tú conoces los caminos que siguieron los primeros apóstoles de esa evangelización. Desde la isla de Guanahani hasta las selvas del Amazonas.

Santifica a tu Iglesia para que sea siempre evangelizadora. Confirma en el Espíritu de tus Apóstoles a todos aquellos, obispos, presbíteros, diáconos, religiosos y religiosas, catequistas y seglares, que dedican su vida, en tu Iglesia, a la causa de nuestro Señor Jesucristo. Tú los llamaste a tu servicio, hazlos, ahora, perfectos cooperadores de tu salvación.

Haz que las familias cristianas eduquen intensamente a sus hijos en la fe de la Iglesia y en el amor del Evangelio, para que sean semillero de vocaciones apostólicas.

Vuelve, Padre, también hoy tu mirada sobre los jóvenes y llámalos a caminar en pos de Jesucristo, tu Hijo. Concédeles prontitud en la respuesta y perseverancia en el seguimiento. Dales a todos valor y fuerza para aceptar los riesgos de una entrega total y definitiva.

Protege, Padre Todopoderoso, a España y a los pueblos del continente americano.

Mira propicio la angustia de cuantos padecen hambre, soledad o ignorancia.

Haznos reconocer en ellos a tus predilectos y danos la fuerza de tu amor, para ayudarlos en sus necesidades.

Virgen Santa del Pilar: desde este lugar sagrado alienta a los mensajeros del Evangelio, conforta a sus familiares y acompaña maternalmente nuestro camino hacia el Padre, con Cristo, en el Espíritu Santo. Amén".

(Juan Pablo II, Oración, Zaragoza, 10-octubre-1984).

domingo, 11 de octubre de 2009

Carta previa a tu ordenación diaconal


Ha llegado el día esperado, deseado, lentamente forjado, amasado de ilusiones y deseos apostólicos. Mañana se te impondrán las manos, el Obispo recitará la plegaria de ordenación, serás revestido con la estola y la dalmática, te entregará el Obispo el Evangeliario con unas palabras hermosísimas, tremendas, que te marcarán para siempre, que tantas veces repetirás en tu alma:

"Recibe el Evangelio del que has sido constituido mensajero;
convierte en fe viva lo que lees,
y lo que has hecho fe viva enséñalo,
y cumple aquello que has enseñado".

Ya no te perteneces a ti mismo, ya por completo eres de Jesucristo. ¿De quién mejor? El carácter sacramental es ese sello misterioso del amor de predilección que Cristo siente por ti. Eres suyo, compartes su vida con Él y ahora te envía sin alejarse Él de ti, sino caminando contigo, viviendo a tu lado, siendo la Presencia que sostiene tu vida, que da consistencia a cuanto eres, que responde a las expectativas de tu corazón, que te da la medida de todas las cosas, la clave de interpretación de la realidad.

Sé bien hasta qué punto te has ido preparando estos años. Soy testigo de la finura de tu alma, del tiempo que empleas en las oración, de tu pasión por Jesucristo. ¡No pierdas nunca ese bagaje, acreciéntalo siempre!

El ministerio, que siempre conlleva cruz y tribulación, requiere de la oración para subsistir; la pasión por Cristo, el único motor posible para santificar santificándote.

El Señor cambió el rumbo de tu vida: tus proyectos, tus carreras universitarias y tu trabajo. ¡Te amó tanto!, y en Él descubriste una mirada que jamás verás en nadie, y viste que Él correspondía a lo que tu corazón deseaba, a lo que tu corazón, mi corazón, el corazón de todo hombre busca, porque ha sido creado para Él. Jamás pierdas de vista ese encuentro, porque ese Acontecimiento de Gracia -actualizado mañana en tu ordenación- es la perla preciosa, el tesoro escondido, el bálsamo para los momentos difíciles y duros del ministerio.

Como a un hermano pequeño me he dirigido a ti con mucha alegría por tu ordenación; con mi oración al Señor por ti y, desde luego, cuentas -¡por tantas razones!- con mi admiración y gratitud. Somos hermanos ahora por el ministerio, compartiremos la experiencia común y verás qué bello es el servicio que Dios nos ha encomendado, el gozo de ver crecer a otros, el avance en el seguimiento de Cristo de los hermanos... ¡de cuántas maravillas vas a ser testigo!

Mañana comienzas... ¡para siempre!
Mañana empiezas a tomar parte en los duros trabajos del Evangelio.
Mañana... ¡Cristo y tú sois uno hasta la eternidad!

Contigo viviré unido ese momento como hasta ahora he sido testigo de tu alma.
"El Señor estará contigo adondequiera que vayas" (Jos 1,9).

¿Fascinante, verdad?

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Moral, pregunta por el Bien, seguimiento


El evangelio del joven rico nos ofrece una imagen de la radicalidad en el seguimiento. Ante la llamada de Cristo, ¿qué es lo que nos retiene? ¿Qué nos ata, qué nos esclaviza, qué nos detiene? Sabiendo, y cuántas veces no lo habremos experimentado, que seguir a Cristo conlleva una felicidad plena y gozosa, pero que resistir a Cristo y tomar otro camino nos sumerge en la insatisfacción, en la frustración, en un deseo del corazón nunca cumplido y por tanto con un sabor amargo. El joven aquél se marchó “triste porque era muy rico”. La tristeza le acompañaría toda la vida. Perdió la ocasión, desperdició el encuentro, calculó mal su verdadera riqueza, porque la riqueza auténtica era Jesucristo.

Pero además el evangelio del joven rico –anónimo, porque sólo quien sigue a Cristo tiene “nombre”, se desarrolla como “persona” y no como un número en la masa gregaria- pone de relieve la pregunta moral del hombre, su orientación al Bien.


La encíclica Veritatis splendor parte de esta pregunta para llegar a las fuentes de la moral y a la renovación del hombre nuevo en Cristo que no sólo hace cosas buenas (y a la vez malas), sino que Él mismo por gracia se va convirtiendo en “bueno” (a imagen de Cristo), viviendo como hijo de Dios, movido por la gracia del Espíritu Santo al Bien y a la Verdad.


“En el joven, que el evangelio de Mateo no nombra, podemos reconocer a todo hombre que, conscientemente o no, se acerca a Cristo, redentor del hombre, y le formula la pregunta moral. Para el joven, más que una pregunta sobre las reglas que hay que observar, es una pregunta de pleno significado para la vida. En efecto, ésta es la aspiración central de toda decisión y de toda acción humana, la búsqueda secreta y el impulso íntimo que mueve la libertad. Esta pregunta es, en última instancia, un llamamiento al Bien absoluto que nos atrae y nos llama hacia sí; es el eco de la llamada de Dios, origen y fin de la vida del hombre” (Juan Pablo II, VS, n.7).


¿Qué alcance demuestra la pregunta del joven rico?

“Desde la profundidad del corazón surge la pregunta que el joven rico dirige a Jesús de Nazaret: una pregunta esencial e ineludible para la vida de todo hombre, pues se refiere al bien moral que hay que practicar y a la vida eterna. El interlocutor de Jesús intuye que hay una conexión entre el bien moral y el pleno cumplimiento del propio destino... Es más probable que la fascinación por la persona de Jesús haya hecho que surgieran en él nuevos interrogantes en torno al bien moral... Es necesario que el hombre de hoy se dirija nuevamente a Cristo para obtener de él la respuesta sobre lo que es bueno y lo que es malo. Él es el Maestro, el Resucitado que tiene en sí mismo la vida y que está siempre presente en su Iglesia y en el mundo. Es él quien desvela a los fieles el libro de las Escrituras y, revelando plenamente la voluntad del Padre, enseña la verdad sobre el obrar moral. Fuente y culmen de la economía de la salvación, Alfa y Omega de la historia humana (cf. Ap 1, 8; 21, 6; 22, 13), Cristo revela la condición del hombre y su vocación integral... Si queremos, pues, penetrar en el núcleo de la moral evangélica y comprender su contenido profundo e inmutable, debemos escrutar cuidadosamente el sentido de la pregunta hecha por el joven rico del evangelio y, más aún, el sentido de la respuesta de Jesús, dejándonos guiar por él. En efecto, Jesús, con delicada solicitud pedagógica, responde llevando al joven como de la mano, paso a paso, hacia la verdad plena” (VS, n. 8).

¿A dónde conduce Cristo con su respuesta?


“Sólo Dios puede responder a la pregunta sobre el bien, porque él es el Bien. En efecto, interrogarse sobre el bien significa, en último término, dirigirse a Dios, que es plenitud de la bondad. Jesús muestra que la pregunta del joven es, en realidad, una pregunta religiosa y que la bondad, que atrae y al mismo tiempo vincula al hombre, tiene su fuente en Dios, más aún, es Dios mismo... Aquel que es la fuente de la felicidad del hombre. Jesús relaciona la cuestión de la acción moralmente buena con sus raíces religiosas, con el reconocimiento de Dios, única bondad, plenitud de la vida, término último del obrar humano, felicidad perfecta” (VS, n. 9).


Sólo cuando existe (¡cuando se reconoce!) la Verdad existe el Bien absoluto; si se relativiza la Verdad, negándola, el Bien se vuelve confuso y subjetivo, la moral se privatiza. Cuando se corta la raíz del Bien, que es la Verdad, no habrá moral. Por eso la respuesta de Cristo orienta primero a Dios, que es la Verdad, y esta Verdad descubre el Bien, lo que realmente es bueno.


Sugiero una lenta y pausada lectura de la encíclica. Abre, en verdad, nuevos horizontes a lo que consideramos la moral.